CRISTO SE DESPIDE DE SU MADRE

Sor María de Jesùs de Ágreda

Esta despedida traspasó el amantísimocorazón de la Madre de la vida con un dolor que jamás hasta entonces había padecido

despedida

Despídese Cristo nuestro Salvador de su Madre santísima en Betania para ir a padecer el jueves de la cena, pídele la gran Señora la comunión para su tiempo y síguele a Jerusalén con Santa María Magdalena y otras santas mujeres. 

 

1141. Para continuar el discurso de esta Historia dejamos en Betania al Salvador del mundo, después que volvió del triunfo de Jerusalén, acompañado de sus Apóstoles. Y en el capítulo precedente he dicho (Cf. supra n. 1132ss) anticipadamente lo que antes de la entrega de Cristo hicieron los demonios y otras cosas que resultaron de su infernal arbitrio y de la traición de Judas Isacriotes y concilio de los fariseos. Volvamos ahora a lo que sucedió en Betania, donde la gran Reina asistió y sirvió a su Hijo santísimo aquellos tres días que pasaron desde el domingo de los Ramos hasta el jueves. Todo este tiempo gastó el Autor de la vida con su divina Madre, salvo el que ocupó en volver a Jerusalén y enseñar en el Templo los dos días lunes y martes; porque el miércoles no subió a Jerusalén, como ya he dicho (Cf. supra n. 1135). En estos últimos viajes informó a sus discípulos con más abundancia y claridad de los misterios de su pasión y redención humana. Pero con todo esto, y aunque oían la doctrina y avisos de su Dios y Maestro, respondían cada uno según la disposición con que la oían y recibían, y según los efectos que en ellos causaba y los afectos que movía; siempre estaban algo tardos, y como flacos no cumplieron en la pasión lo que antes ofrecieron, como el suceso lo manifestó y ade­lante veremos  (Cf. infra n. 1240). 

1142.    Con la beatísima Madre comunicó y trató nuestro Salva­dor aquellos días inmediatos a su pasión tan altos sacramentos y misterios de la redención humana y de la nueva ley de gracia, que muchos de ellos estarán ocultos hasta la vista del Señor en la patria celestial. Y de los que yo he conocido puedo manifestar muy poco, pero en el prudentísimo pecho de nuestra gran Reina depositó su Hijo  santísimo  todo lo que llamó Santo Rey David  incierto y oculto  de  su sabiduría (Sal 50, 8), que fue el mayor de los negocios que el mismo Dios tenía por su cuenta en las obras ad extra, cual fue nuestra reparación, glorificación de los predestinados, y en ella la exaltación de su santo nombre. Ordenóle Su Majestad todo lo que había de hacer la prudentísima Madre en el discurso de la pasión y muerte que por nosotros iba a recibir y la previno de nueva luz y enseñanza. Y en todas estas conferencias la habló el Hijo santísimo con nueva majestad y grandiosa severidad de Rey, conforme la importancia de lo que trataban, porque entonces de todo punto cesaron los regalos y las caricias de Hijo y Esposo. Pero como el amor natural de la dulcísima Madre y la caridad encendida de su alma purísima había llegado a tan alto grado sobre toda ponderación criada y se acercaba el término de la conversación y trato que había tenido con el mismo Dios e Hijo suyo,  no hay lengua  que  pueda  manifestar  los  afectos   tiernos  y dolorosos de aquel candidísimo corazón de la Madre y los gemidos que de lo más íntimo de él despedía, como tórtola misteriosa que ya comenzaba a sentir su soledad, que todo lo restante de cielo y tierra entre las criaturas no podían recompensar.

1143. Llegó el jueves, víspera de la pasión y muerte del Sal­vador, y este día antes de salir la luz llamó el Señor a su amantísima Madre, y ella respondió postrada a sus pies, como lo tenía de costumbre, y le dijo: Hablad, Señor y Dueño mío, que vuestra sierva oye. Levantóla su Hijo santísimo del suelo donde estaba postrada y hablándola con grande amor y serenidad le dijo: Madre mía, llegada es la hora determinada por la eterna sabiduría de mi Padre para obrar la salvación y redención humana, que me encomendó su voluntad santa y agradable; razón es que se ejecute el sacrificio de la nuestra [vida], que tantas veces la habemos ofrecido. Dadme licencia para irme a padecer y morir por los hombres y tened por bien, como verdadera madre, que me entregue a mis enemigos para cumplir con la obediencia de mi eterno Padre, y por ella misma cooperad conmigo en la obra de la salvación eterna, pues recibí de vuestro virginal vientre la forma de hombre pasible y mortal, en que se ha de redimir el mundo y satisfacer a la divina justicia. Y como vuestra voluntad dio el fiat para mi encarnación, quiero que me deis ahora para mi pasión y muerte de cruz; y el sacrificarme de vuestra voluntad a mi Eterno Padre será el retorno de haberos hecho Madre mía, pues Él me envió para que por medio de la pasibilidad de mi carne recobrase las ovejas perdidas de su casa, que son los hijos de Adán.  Sigue leyendo

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Historia de San Francisco de Asís y el origen del primer pesebre de Navidad

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El primer Belén o Nacimiento lo hizo San Francisco de Asís.

El primer Belén o Nacimiento, es una tradición introducida al Nuevo Mundo por los frailes, probablemente franciscanos, durante la colonización y evangelización ibérica a partir del siglo
15 y 16.

Los orígenes de esta costumbre de reproducir en imágenes el nacimiento de Jesús se remonta al siglo 13 por iniciativa de San Francisco de Asís. Se dice que, mientras predicaba por la campiña de Rieti, Italia, le sorprendió el crudo invierno al humilde predicador que vestía con harapos. Se refugió en la ermita de Greccio. Era la Navidad del año 1223.

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