ÚLTIMA CENA : INSTITUCIÓN DE LA EUCARISTÍA

Venerable Sor María de Jesús de Agreda

CAPÍTULO 11

Antes faltará el cielo y la tierra, que falte la eficacia d
ésta forma de consagrar, debidamente pronunciada por
el ministro y sacerdote de Cristo.

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Celebra Cristo nuestro Salvador la cena sacramental, consagrando en la Eucaristía su sagrado y verdadero cuerpo y sangre, las oraciones y peticiones que hizo, comulgó a su Madre santísima y otros misterios que sucedieron en esta ocasión.

1180.    Cobarde llego a tratar de este misterio de misterios de la inefable Eucaristía y lo que sucedió en su institución, porque levantando los ojos del alma a recibir la luz divina que me encamina y gobierna en esta obra, con la inteligencia que participo de tantas maravillas y sacramentos juntos, me recelo de mi pequeñez, que en ella misma se me manifiesta. Túrbanse mis potencias, y no hallo ni puedo formar razones adecuadas para explicar lo que veo y mani­fiesta mi concepto, aunque tan inferior al objeto del entendimiento. Pero hablaré como  ignorante en los  términos  y como inhábil en las potencias, por no faltar a la obediencia y para tejer la Historia continuando lo que en estas maravillas  obró la gran Señora  del mundo María santísima. Y si no hablare con la propiedad que pide la materia, discúlpeme mi condición y admiración, que no es fácil descender a las palabras exteriores y propias cuando sólo con afectos desea la voluntad suplir el defecto de su entender y gozar a solas de lo que ni puede manifestar ni conviene.

1181.  La cena legal celebró Cristo nuestro bien recostado en tierra con los Apóstoles, sobre una mesa o tarima que se levantaba del suelo poco más de seis o siete dedos, porque ésta era la costumbre de los judíos. Y acabado el lavatorio, mandó Su Majestad preparar otra mesa alta como ahora usamos para comer, dando fin con esta ceremonia a las cenas legales y cosas ínfimas y figurativas y principio al nuevo convite en que fundaba la nueva ley de gracia; y de aquí comenzó el consagrar en mesa o altar levantado que permanece en la Iglesia Católica. Cubrieron la nueva mesa con una toalla muy rica y sobre ella pusieron un plato o salvilla y una copa grande de forma de cáliz, bastante para recibir el vino necesario, conforme a la voluntad de Cristo nuestro Salvador, que con su divino poder y sabiduría lo prevenía y disponía todo. Y el dueño de la casa le ofreció con superior moción estos vasos tan ricos y preciosos de piedra como esmeralda. Y después usaron de ellos los Sagrados Apóstoles para consagrar cuando pudieron y fue tiempo oportuno y conveniente. Sentóse a la mesa Cristo nuestro bien con los doce Após­toles y algunos otros discípulos y pidió le trajesen pan cenceño de trigo puro sin levadura y púsolo sobre el plato, y vino puro de que preparó el cáliz con lo que era menester.

1182. Hizo luego el Maestro de la vida una plática regaladísima a sus Apóstoles, y sus palabras divinas, que siempre eran penetrantes hasta lo íntimo del corazón, en esta plática fueron como rayos encendidos del fuego de la caridad que los abrasaba en esta dulce llama. Manifestóles de nuevo altísimos misterios de su divinidad y humanidad y obras de la Redención. Encomendóles la paz y unión de la caridad y se la dejó vinculada en aquel sagrado misterio que disponía obrar. Ofrecióles que amándose unos a otros los amaría su Eterno Padre como le amaba a él. Dióles inteligencia de esta promesa y que los había escogido para fundar la nueva  Iglesia y Ley de Gracia. Renovóles la luz interior que tenían de la suprema dignidad, excelencia y prerrogativas de su purísima Madre Virgen. Y de todos estos misterios fue más ilustrado San Juan Evangelista, por el oficio a que estaba destinado. Pero la gran Señora desde su retiro y divina contemplación miraba todo lo que su Hijo santísimo iba obrando en el Cenáculo y con profunda inteligencia lo penetraba y entendía más que todos los Apóstoles y los Ángeles juntos, que asistían, como arriba queda dicho (Cf. supra n. 1163)), en figura corpórea adorando a su verdadero Señor, Rey y Criador suyo. Fueron traídos por los mismos Ángeles al Cenáculo Enoc y Elías  del lugar donde estaban, disponiendo el Señor que estos dos Padres de la ley natural y escrita se hallasen presentes a la nueva maravilla y fundación de la Ley Evangélica y participasen de sus misterios admirables.  Sigue leyendo

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