MISA DEL JUEVES SANTO

Dom Prospèr Guéranger

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MISA DEL JUEVES SANTO

LA CENA. — Proponiéndose hoy la Santa Iglesia renovar con una solemnidad especial, la acción del Salvador en la última Cena, según el precepto dado a los Apóstoles: “Haced esto en memoria mía”, vamos a tomar el relato evangélico que hemos interrumpido en el momento en que Jesús entraba en la sala del festín pascual.

LA PASCUA JUDÍA. — Ha llegado de Betania; todos los Apóstoles están presentes, aun el mismo Judas, que guarda su secreto. Jesús toma asiento en la mesa sobre la que está el cordero preparado; los discípulos se sientan con El; se observan fielmente los ritos que el Señor prescribió a Moisés siguiese su pueblo. Al principio de la cena, Jesús toma la palabra y dice a sus Apóstoles: “Ardientemente he deseado comer con vosotros esta Pascua antes de mi pasión.” Hablaba de este modo, no porque esta Pascua llevase ventaja a las de los años anteriores, sino porque tendría ocasión de instituir la Pascua nueva que amorosamente había preparado a los hombres; pues habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, dice San Juan, los amó hasta el fin”.

Durante la comida, Jesús, para quien no había nada oculto en los corazones, profirió estas palabras que dejaron mudos de estupor a los discípulos: “En verdad os digo que uno de vosotros me traicionará; sí, uno de los que meten, en este momento, la mano en el plato conmigo es mi traidor.” ¡Qué amargura encierra esta queja! ¡Cuánta misericordia para el culpable, que conocía la bondad de su Maestro! Jesús le abría la puerta del perdón, pero él no se aprovecha de ella. ¡Tanta era la pasión que le había dominado que él quería satisfacer con su infame venta! Se atreve a decir como los demás: ¿Soy yo, Señor? Jesús le responde en voz baja, para no comprometerle ante sus hermanos: “Sí, tú eres; tú lo has dicho.” Judas no se rinde; se queda tranquilo y espera la hora de la traición. Los convidados, según el uso oriental, se colocaban de dos en dos sobre unos lechos de madera, preparados, por la munificencia del discípulo que presta su casa al Salvador, para esta última Cena. Juan, el discípulo amado, está al lado de Jesús, de suerte que puede en su tierna familiaridad, apoyar su cabeza sobre el pecho de su Maestro. Pedro, sentado en el lecho vecino, junto al Señor, que se halla así, entre los dos discípulos que había enviado por la mañana para preparar todas las cosas y que representan, el uno la fe y el otro el amor. La cena fué triste. Los discípulos estaban inquietos por la confidencia que les había hecho Jesús; se comprende que el alma de Juan tuviese necesidad de desahogarse con el Salvador, por las tiernas demostraciones de su amor.

Los Apóstoles no esperaban que una nueva comida sucedería a la primera. Jesús había guardado secreto; pero, teniendo que sufrir, debía cumplir su promesa. Había dicho en la Sinagoga de Cafarnaún: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo; si alguno comiere de este pan vivirá eternamente. El pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo. Mi carne es verdaderamente comida y mi sangre verdaderamente bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, vive en mí y yo en él” ‘. Había llegado el momento, en que el Salvador iba a realizar esta maravilla de su caridad para con nosotros. Esperaba la hora de su inmolación para cumplir su promesa. Mas he aquí que su pasión ha comenzado. Ya ha sido vendido a sus enemigos; su vida en adelante estará en sus manos; puede ofrecerse en sacriñcio y distribuir a sus discípulos la propia carne y la propia sangre de la víctima.

LAVATORIO DE LOS PIES. — La cena acababa, cuando Jesús levantándose, ante la extrañeza de los Apóstoles, se despoja de sus vestidos exteriores, toma una toalla, se la ciñe como un siervo, echa agua en el lebrillo y da a entender que se propone lavar los pies a los convidados. El uso oriental era que se lavasen los pies antes de tomar parte en el festín; pero el más alto grado de hospitalidad era, cuando el señor de la casa cumplía él mismo este cuidado con sus huéspedes. Jesús, es quien invita en este momento a sus Apóstoles a la divina cena y se digna hacer con ellos como el huésped más diligente; pero como sus acciones encierran siempre un fondo inagotable de enseñanzas, quiere, por lo mismo, darnos un aviso sobre la pureza que se requiere en los que han de sentarse a la mesa: “El que está limpio ya, dice, no necesita lavarse los pies” ‘; como si dijera: tal es la santidad de esta mesa, que para aproximarse a ella no sólo es necesario que el alma esté limpia de sus más graves manchas; sino que debe tratar de borrar las más leves, que por el contacto con el mundo hemos podido contraer y que son como ligero polvo que se pega a los pies. Explicaremos más adelante otros misterios significados en el lavatorio de los pies. Jesús se dirige primeramente hacia Pedro, futuro jefe de su Iglesia. El Apóstol rehusa tal humillación de su Maestro; Jesús insiste y Pedro se ve obligado a ceder. Los otros Apóstoles que, como Pedro, habían quedado sobre los lechos, ven sucesivamente a su Maestro acercarse a ellos para lavarles los pies. No exceptúa al mismo Judas. Había recibido un segundo y misericordioso llamamiento, algunos momentos antes, cuando Jesús hablando a todos dijo: “Vosotros estáis limpios, pero no todos.” Este reproche había sido insensible. Jesús, cuando acabó de lavar los pies de los doce se recostó en el lecho, junto a la mesa, al lado de Juan. A Pedro le ha herido la insistencia de su Maestro. Quiere conocer al traidor, que deshonra el colegio apostólico; mas no atreviéndose a preguntar a Jesús, a cuya derecha está recostado, hace unas señas a Juan que está a la izquierda del Salvador para procurar obtener una aclaración. Juan se recuesta sobre el pecho de Jesús y le dice en voz baja: “Maestro, ¿quién es”? Jesús le responde: “Aquel a quien yo dé un bocado de pan mojado.” Jesús toma un poco de pan y habiéndolo mojado se lo ofreció a Judas. Era una nueva invitación, pero inútil a esta alma impasible a toda acción de la gracia; el evangelista añade: “Después que recibió el bocado entró en él Satanás.” Jesús aún le dice dos palabras: “Lo que vas a hacer hazlo pronto.” Y el desdichado sale de la sala para ejecutar su crimen.

INSTITUCIÓN DE LA EUCARISTÍA. — Entonces, tomando del pan ácimo que había sobrado de la Cena, levanta los ojos al cielo, bendice el pan y lo distribuye a sus discípulos diciéndoles: “Tomad y comed, este es mi cuerpo.” Los Apóstoles reciben este pan, hecho cuerpo de su Maestro; se alimentan de él; y Jesús no está sólo con ellos a la mesa, sino que está en ellos.

Como este divino misterio, no es sólo el más augusto de los Sacramentos, sino que es un Saorificio verdadero, que requiere la fusión de sangre, Jesús toma la copa, y transformando el vino en su propia sangre, le da a sus discípulos y dice: “Bebed todos de él; es la Sangre de la Nueva Alianza, que será derramada por vosotros.” Los Apóstoles participan uno tras otro de esta divina bebida.

INSTITUCIÓN DEL SACERDOCIO. — Estas son las circunstancias de la Cena del Señor, cuyo aniversario nos reúne hoy; pero no las habríamos relatado todas lo bastante, si no añadiésemos un hecho esencial. Lo que pasa hoy en el Cenáculo, no es un suceso acaecido una vez en la vida al hijo de Dios, y los Apóstoles no son los solos convidados privilegiados a la mesa del Señor. En el Cenáculo, así como ha habido más de una comida, así también ha habido algo más que un Sacrificio, por divina que haya sido la víctima ofrecida por el Soberano Pontífice. Ha habido la institución de un nuevo Sacerdocio. ¿Cómo habría dicho Jesús a los hombres: “Si no coméis mi carne y bebéis mi sangre, no tendréis vida en vosotros”, si no se hubiese propuesto establecer en la tierra un ministerio por el cual se renovase, hasta el fin de los tiempos, lo que acaba de hacer en presencia de sus discípulos? Mas dice a los hombres que ha escogido: “Haced esto en memoria mía.” Les da por estas palabras el poder de cambiar también ellos el panen su cuerpo y el vino en su sangre; y este poder se transmitirá en la Iglesia por la ordenación, hasta el fln de los siglos. Jesús continuará obrando por el ministerio de hombres pecadores la maravilla que ha hecho en el Cenáculo; Y, al mismo tiempo, que dota a su Iglesia del único Sacriñcio, nos da a nosotros, según su promesa, por el pan del cielo, el medio de “vivir en El y El en nosotros”. Vamos, pues, a celebrar hoy otro aniversario no menos maravilloso que el primero: La institución del Sacerdocio Cristiano.

LA MISA DEL JUEVES SANTO. — Para expresar de manera sensible a los ojos de los fieles, la majestad y unidad de esta Cena que el Salvador dió a sus discípulos y a todos nosotros en su persona, la Iglesia prohibe hoy a los sacerdotes, la celebración de toda misa privada, fuera del caso de necesidad. Quiere que sólo se ofrezca un sacrificio, al que asisten todos los sacerdotes; a la comunión se acercan al altar, revestidos de estola, insignia de su sacerdocio, para recibir el Cuerpo del Señor de manos del celebrante.

La misa del Jueves Santo es una de las más solemnes del año; y aunque la institución de la fiesta del Santísimo Sacramento tiene por objeto honrar con el mayor esplendor este misterio, la Iglesia, al instituirlo, no ha querido que el aniversario de la Cena del Señor pierda ninguno de los honores que se le deben. El color de las vestiduras es el blanco como en los días de Navidad y de Pascua; todo duelo ha desaparecido. Muchos ritos anuncian que la Iglesia teme por su Esposo, pero suspende por un momento los dolores que la oprimen. En el altar el sacerdote ha entonado el himno angélico: “Gloria a Dios en las alturas”. Las campanas lanzadas a vuelo, acompañan el canto hasta el ñn; pero a partir de este momento permanecerán mudas y durante las largas horas de su silencio, darán a la ciudad un tono de soledad y de abandono. La Iglesia quiere hacernos sentir, que este mundo, testigo de los padecimientos y muerte de su Creador, ha dejado toda melodía y se ha quedado triste y desierto. Y añadiendo a esta impresión general, un recuerdo más preciso, nos trae a la memoria que los Apóstoles pregoneros de Cristo figurados por las campanas cuyo sonido llama a los fieles a la casa de Dios, han huido y han dejado a su Maestro en manos de sus enemigos.

Después del canto del Evangelio, suspéndese en cierta manera la Misa, para dar lugar a la ceremonia del Mandato o lavatorio de los pies, que, antiguamente se verificaba después de mediodía, y que el Decreto del 16 de noviembre de 1955 prescribe se haga ahora en este sitio de la Misa, al menos allí donde es posible.

LOS MONUMENTOS. — Aun cuando la Iglesia suspende por algunas horas la celebración del Sacrificio eterno, no quiere con eso que su divino Esposo pierda ninguno de los honores que le son debidos en el Sacramento del Amor. La piedad católica ha hallado medio para transformar en un triunfo para la Eucaristía los instantes, en los que la Hostia Santa parece como inaccesible a nuestra indignidad. Prepara un monumento en cada templo. Allí traslada el cuerpo del Señor; y aunque esté cubierto de velos los fieles le asediarán con sus aspiraciones y adoraciones. Vendrán a honrar el reposo del Hombre-Dios; “donde estuviere el cuerpo allí se congregarán las águilas”‘. De todas las partes del mundo se elevarán a Jesús un concierto de vivas y afectuosas oraciones, en compensación de los ultrajes que recibió en estas mismas horas de parte de los judíos. Allí se reunirán las almas fervientes, donde ya mora Jesús, y los pecadores arrepentidos por la gracia y en vías de reconciliación.

LA ESTACIÓN. — En Roma la Estación se celebra en San Juan de Letrán. La grandeza de este día, la Reconciliación de los Penitentes, y la consagración del Crisma, piden unánimemente esta metrópoli de la ciudad y del mundo. Hoy con todo eso tiene lugar la función en el Palacio Vaticano (Antiguamente como las dos primeras misas ocupaban gran parte del día, esta tercera misa comenzaba en el Canon. Se advierte que los textos de la Ante-misa, no tienen relación directa con la Cena; el Introito es del Martes precedente ; la Colecta pertenece a la liturgia de mañana; la Epístola está tomada del oficio de la noche; el Evangelio se leyó en otro tiempo el Martes Santo).

En el Introito la Iglesia se sirve de las palabras de San Pablo para glorificar la Cruz de Jesucristo; celebra con entusiasmo al divino Redentor que muriendo por nosotros, ha sido nuestra salvación; que por su pan divino es vida de nuestras almas y por su Resurrección, autor de la nuestra.

INTROITO

Mas a nosotros nos conviene gloriarnos de la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo: en quien están nuestra salud, nuestra vida y nuestra resurrección: por el cual hemos sido salvados y libertados. — Salmo: Compadézcase Dios de nosotros, y bendíganos: brille sobre nosotros su rostro, y tenga piedad de nosotros.—Mas a nosotros…

En la Colecta la Iglesia pone ante nuestros ojos la suerte tan diferente de Judas y el buen Ladrón los dos culpables, pero el uno condenado y el otro perdonado. Pide al Señor, que la Pascua de su Hijo en cuyo relato se ven cumplidas esta justicia y esta misericordia, sea para nosotros remisión de los pecados y fuente de gracia.

COLECTA

Oh Dios, de quien recibió Judas el castigo de su pecado, y el ladrón el premio de su confesión, concédenos a nosotros el efecto de tu propiciación: para que, así como Jesucristo, nuestro Señor, en su Pasión dió a los dos el diverso galardón de sus méritos, así nos dé a nosotros, destruido el error de la vejez, la gracia de su Resurrección. El, que vive y reina contigo.

EPISTOLA

Lección de la Epístola del Apóstol San Pablo a los Corintios (I. Cap. XI, 20-32).

Hermanos: Cuando os reunís, ya no es para comer la cena del Señor. Porque cada cual pretende comer su propia cena. Y el uno tiene hambre, y el otro está embriagado. ¿No tenéis acaso vuestras casas para comer y beber? ¿O despreciáis la Iglesia de Dios, y confundís a los que no tienen? ¿Qué os diré? ¿Os alabaré? En esto no os alabo. Porque yo recibí del Señor lo que también os he enseñado: Que el Señor Jesús, la noche que fué entregado, tomó el pan, y, dando gracias, lo partió, y dijo: Tomad, y comed: Este es mi cuerpo, que será entregado por vosotros: haced esto en memoria mía. Asimismo tomó también el cáliz, después de haber cenado, diciendo: Este cáliz es el Nuevo Testamento en mi Sangre: haced esto, cuantas veces lo bebiereis, en memoria mía. Porque siempre, que comiereis este pan, y bebiereis este cáliz, anunciaréis la muerte del Señor hasta que El venga. Por tanto, cualquiera que comiere este pan, o bebiere el cáliz del Señor indignamente será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Pruébese, pues, el hombre a sí mismo, y coma así de este pan, y beba de este cáliz. Porque, el que come y bebe indignamente, juicio come y bebe para sí, no discerniendo el cuerpo del Señor. Por eso hay muchos enfermos y débiles entre vosotros, y muchos duermen. Si nos examináramos nosotros mismos, no seríamos juzgados ciertamente. Pero, si fuéramos juzgados, seremos castigados por el Señor, para que no nos condenemos con este mundo.

PUREZA NECESARIA PARA COMULGAR. — El gran Apóstol de las Gentes después de haber reprendido a los Cristianos de Corinto, por los abusos a que daban lugar las cenas llamadas Agapes, que el espíritu de fraternidad había instituido y que no tardaron en suprimirse, relata la *Cena del Señor. Insiste en el poder, que el Salvador dió a sus discípulos, de renovar la acción que acababa de efectuar. Pero nos enseña de un modo particular que, cada vez que el sacerdote consagra el cuerpo y la sangre de Jesucristo, “anuncia la muerte del Señor”, dando a entender por estas palabras, la unidad de sacrificios en la cruz y en el altar. “Examínese pues, cada hombre a sí mismo dice San Pablo y después coma de este pan y beba de este cáliz.” En efecto, para participar de un modo íntimo del misterio de la Redención, para contraer una unión estrechísima con la divina víctima, debemos desterrar de nosotros todo lo que sea pecado, o afecto al pecado. “El que come mi carne y bebe mi sangre mora en mí y yo en él”, dice el Salvador. ¿Puede haber algo más íntimo? ¡Con Qué cuidado debemos purificar nuestra alma, unir nuestra voluntad a la de Jesús, antes de acercarnos a esta mesa que ha preparado para nosotros y a la cual nos invita! Pidámosle que nos prepare El mismo, como preparó a los apóstoles lavándoles los pies. Lo hará, ahora y siempre, si nos entregamos por completo a su amor.

El Gradual está compuesto con las palabras que la Iglesia repite a cada instante durante esos tres días. San Pablo quiere con ellas reavivar en nosotros un reconocimiento profundo hacia el Hijo de Dios que se entregó por nosotros.

GRADUAL

Cristo se hizo por nosotros obediente hasta la muerte, y muerte de Cruz. Por lo cual Dios le sobreensalzó y le dio un nombre que es sobre todo nombre.

EVANGELIO

Continuación del santo Evangelio según San Juan (XIII, 1-15).

Antes del día de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre: habiendo amado a los suyos, que estaban en el mundo, los amó hasta el final. Y, terminada la cena, cuando el diablo ya había sugerido al corazón de Judas, hijo de Simón Iscariote, el designio de entregarle, Jesús, sabiendo que el Padre había puesto en sus manos todas las cosas, y que había salido de Dios, y que a Dios iba, levantóse de la mesa, y se quitó su ropa: y, habiendo tomado una toalla, se la ciñó. Después echó agua en un lebrillo, y comenzó a lavar los pies de los discípulos, y a limpiarlos con la toalla con que estaba ceñido. Llegó, pues, a Simón Pedro. Y díjole Pedro: Señor, ¿me lavas tú los pies a mí? Respondió Jesús, y le dijo: Lo que yo hago, no lo entiendes tú ahora, pero lo entenderás después. Díjole Pedro: No me lavarás los pies jamás. Respondióle Jesús: Si no te lavare, no tendrás parte conmigo. Díjole Simón Pedro: Señor, no sólo mis pies, sino también las manos, y la cabeza. Díjole Jesús: El que ya está lavado no necesita lavarse más que los pies, porque ya está limpio todo. Y vosotros estáis limpios, pero no todos. Porque sabía quién le había de entregar: por eso dijo: No estáis limpios todos. Así que les hubo lavado los pies y tomado de nuevo su ropa, volviendo a sentarse a la mesa, díjoles: ¿Sabéis lo que os he hecho? Vosotros me llamáis Maestro, y Señor: y decís bien: porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro,* he lavado vuestros pies: vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros. Porque os he dado ejemplo, para que, como yo he hecho, hagáis también vosotros.

NUEVA LECCIÓN DE PUREZA. — La acción del Salvador de lavar los pies a sus discípulos antes de admitirles a participar de su divino misterio encierra para nosotros una lección. Hace unos momentos nos decía el Apóstol: Examínese cada uno a sí mismo; “Jesús dice a sus discípulos: “Vosotros estáis limpios” y añade después: “mas no todos”. Del mismo modo nos dice el Apóstol que hay quienes se hacen reos del cuerpo y de la sangre del Señor”. Temamos la muerte de éstos y examinémonos a nosotros mismos; examinemos nuestra conciencia antes de acercarnos a la Sagrada Mesa. El pecado mortal y el afecto al pecado, trocarían en veneno el alimento que da la vida al alma. Pero, si debemos tener gran reverencia a la Mesa del Señor, para presentarnos a ella sin las manchas por las cuales pierde el alma toda semejanza con Dios y le entrega a los dardos terribles de Satán, debemos también, por respeto a la santidad divina que va a venir a nosotros, purificar hasta las más leves manchas, con las que pudiéramos herirlos. “El que ya está limpio, no necesita lavarse más que los pies”, dice el Señor. Los pies son los lazos terrestres por los cuales estamos expuestos a pecar. Vigilemos sobre nuestros sentidos y sobre los movimientos de nuestra alma. Purifiquémonos de estas manchas con una confesión sincera con la penitencia, con las penas y mortificaciones, a fin de que recibiendo dignamente este Santo Sacramento, despliegue en nosotros toda la plenitud de su virtud (En adelante éste es el lugar, al menos donde sea factible, para el Mandato, cuya explicación y texto damos más adelante),

En la antífona del Ofertorio, el cristiano fiel, apoyado en la palabra de Cristo que le ha prometido el pan de la vida, da rienda suelta a su gozo. Da gracias por este alimento que salva de la muerte a los que se alimentan de él.

OFERTORIO

La diestra del Señor ejerció su poder, la diestra del Señor me ha exaltado: no moriré, sino que viviré, y contaré las obras del Señor.

En la Secreta, la Iglesia, recuerda al Padre celestial que hoy es el día en que se instituyó el Sacrificio ofrecido en este momento.

SECRETA

Suplicárnoste, oh Señor, Padre santo, Dios omnipotente y eterno, Dios, que te haga acepto nuestro sacrificio el mismo Jesucristo, tu Hijo, y Señor nuestro, que en este día le instituyó y enseñó a los discípulos a celebrarle en su memoria. Tú que vives…

El sacerdote después de haber comulgado en las dos especies, distribuye la sagrada Eucaristía al clero; y, mientras los fieles a su vez comulgan, el coro canta la antífona de la Comunión a la que pueden añadirse los salmos 22, 71, 103 y 150.

COMUNION

El Señor Jesús, después de cenar con sus discípulos, lavó sus pies, y díjoles: ¿Sabéis lo que os he hecho yo, el Señor, y el Maestro? Os he dado ejemplo, para que también hagáis vosotros así.

En la poscomunión, la Iglesia pide para nosotros, la conservación del don que acabamos de recibir, hasta la eternidad.

POSCOMUNION

Saciados con estos vitales alimentos, suplicárnoste, Señor, Dios nuestro, hagas que, lo que celebramos durante el tiempo de nuestra mortalidad, lo consigamos con la gracia de tu inmortalidad. Por el Señor.

LA PROCESIÓN. — Terminada la Misa, una procesión se dirige hacia el lugar donde será depositado el Santísimo Sacramento. El celebrante lleva el sagrado copón bajo palio, como en la fiesta del Corpus Christi, pero hoy, el Cuerpo sagrado del Redentor contenido en el copón, va cubierto y no rodeado de rayos de esplendor como el día de su triunfo. Adoremos a este divino Sol de justicia y durante la marcha al monumento cantemos el Pange, lingua, el himno del Santísimo Sacramento, tan conocido de todos.

Llegado al monumento, el celebrante inciensa el sagrado copón y le encierra en el tabernáculo. Durante unos instantes se ora en silencio y luego el cortejo vuelve al coro en silencio e inmediatamente se procede a la denudación de los altares.

DESPOJO DE LOS ALTARES. El celebrante ayudado de los ministros, quita los manteles que cubren el altar. Este rito anuncia que se suspende el Sacrificio. El altar permanecerá desnudo, hasta que pueda ofrecerse a la Majestad divina la ofrenda sagrada; pero, para esto, es necesario que el Señor, vencedor de la muerte, salga triunfante de la tumba. En este momento, está en manos de los judíos, van a despojarle de sus vestidos, como nosotros despojamos su altar. Va a ser expuesto a los ultrajes de todo el pueblo; por eso la Iglesia manda se acompañe esta ceremonia con la recitación del Salmo XXI, en el que, el Mesías expone de una manera tan sorprendente la acción de los romanos, que, al pie de la Cruz, dividen sus despojos. Terminada la denudación de los altares, en el Coro se recitan las Completas.

EL LAVATORIO DE LOS PIES 

LECCIÓN DE CARIDAD FRATERNA. — Después de haber lavado Jesús los pies a los discípulos les dijo: “¿Sabéis lo que acabo de hacer? Vosotros me llamáis Maestro y bien decís, pues lo soy, si pues, yo os he lavado los pies, yo el Maestro y Señor, cuánto más debéis vosotros lavaros los unos ^ los otros. Os he dado ejemplo, a ñn de que, así como lo he hecho yo, así también lo hagáis vosotros.” La Iglesia ha recogido y puesto en práctica estas palabras. En todos los siglos se ha visto a los cristianos, a ejemplo del hombre Dios, cumplir este mandato a la letra, lavándose los pies unos a otros.

ANTIGÜEDAD DEL RITO. — En los comienzos del cristianismo, era frecuente este acto de caridad; San Pablo, enumerando las cualidades de la viuda cristiana recomienda a Timoteo que se ñje si se ocupa “en lavar los pies de los santos, eá decir, de los fieles”

Esta piadosa práctica la vemos usada por los mártires, y más tarde todavía en los siglos de paz. Las actas de los santos de los seis primeros siglos, las Homilías y los Tratados de los Padres hacen continuas alusiones. Poco a poco, en el andar del tiempo, se fué enfriando la caridad, quedando recluida esta práctica a los monasterios. Con todo eso, de cuando en cuando, han surgido ejemplos admirables, incluso entre los reyes, que para humillar el orgullo del hombre, quisieron imitar al Redentor. La Iglesia, que no puede dejar perder las tradiciones que la recomendó su Fundador, quiere que, al menos una vez al año, se ponga a los ojos de los fieles el ejemplo de humildad del Salvador. Quiere que en cada Iglesia importante, el prelado o el superior honre esta humillación del Hijo de Dios, observando el rito del lavatorio de los pies. El Padre Santo, en el Palacio del Vaticano, da ejemplo a toda la Iglesia, y en el mundo entero los obispos siguen sus pasos.

EL NÚMERO ESCOGIDO. — Ordinariamente se escogen doce pobres para hacer las veces de los doce Apóstoles; pero el Soberano Pontífice lava los pies a trece sacerdotes de diferentes nacionalidades; por eso la Santa Iglesia en su ceremonial exige este número en las Iglesias catedrales. Este uso ha sido interpretado de diversos modos. Unos han visto en ellos el número perfecto del colegio apostólico, que era de trece; el traidor Judas reemplazado por Matías y Pablo añadido por una disposición especial de Jesús. Otros mejor informados por Benedicto XIV ‘, dicen que la razón de este número hay que buscarla en un hecho de la vida de San Gregorio Magno, cuyo recuerdo Roma ha conservado. Este insigne Pontífice, lavaba cada día los pies a doce pobres, que eran admitidos a su mesa. Un día sucedió, que se halló uno desconocido, mezclado con los otros, sin que le hubiese visto; este personaje era un ángel, que Dios había enviado para dar testimonio, con su presencia, de cuán agradable le era este acto de Gregorio.

La ceremonia del Lavatorio de los pies llámase también Mandato por razón de la primera palabra de la antífona que se canta en esta función/. Después del Evangelio en que se relata la acción del Señor, el celebrante quítase la casulla, se ciñe con un lienzo y se dirige a aquellos a quienes ha de lavar los pies. Arrodíllase delante de cada uno de ellos y besa su pie después de habérsele lavado. Entretanto el coro canta las antífonas siguientes:

ANTÍFONA. — Un mandamiento nuevo os doy: que os améis mutuamente, como yo os he amado, dice el Señor. T. Bienaventurados los puros en su camino: los que andan en la Ley del Señor. — Un mandamiento nuevo…

Se repite la Antífona Mandatum y así las demás después de su versillo.

ANTÍFONA. — Después que se levantó el Señor de la cena, echó agua en un lebrillo, y comenzó a lavar los pies de sus discípulos: este ejemplo les dejó. 7. Grande es el Señor, y muy digno de alabanza: en la ciudad de nuestro Dios y en su santo monte. — Después que se levantó…

ANTÍFONA. — Jesús, nuestro Señor, después de cenar con sus discípulos, les lavó los pies y les dijo: ¿Comprendéis lo que yo, vuestro Señor y Maestro, he hecho con vosotros? Os he dado ejemplo para que también lo hagáis vosotros. 7. Has sido benévolo con tu tierra, Señor; has hecho repatriar los cautivos de Jacob.— Jesús, nuestro Señor…

ANTÍFONA. — Señor, ¿me lavas tú los pies a mí? Respondió Jesús, y díjole: Si no te lavare los pies, no tendrás parte conmigo. V. Llegó, pues, a Simón Pedro, y díjole Pedro: Señor, ¿me lavas tú los pies a mí? Respondió Jesús, y díjole: Si no te lavare los pies, no tendrás parte conmigo, V. Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora: pero lo entenderás después. — Señor, ¿me lavas tú…?

ANTÍFONA.—; Si yo, vuestro Señor y Maestro, os he lavado a vosotros los pies: ¿cuánto más deberéis lavaros los pies unos a otros? — V. Oíd esto, gentes todas: escuchad con los oídos, los que habitáis la tierra.— Si yo, vuestro Señor…

ANTÍFONA. — En esto conocerán todos que sois mis discípulos: si os tuviereis mutuo amor. V. Dijo Jesús a sus discípulos. En esto conocerán…

ANTÍFONA. — Permanezcan en vosotros estas tres cosas: la fe, la esperanza y la caridad; pero la mayor de ellas es la caridad. V. Ahora permanecen estas tres cosas: la fe, la esperanza y la caridad; pero la mayor de ellas es la caridad. — Permanezcan en vosostros…

Después de estas antífonas se canta el siguiente cántico, que nunca se ha de omitir, porque es una exhortación a la caridad, de quien es un símbolo el Lavatorio de los pies.

1. Donde hay caridad y amor, allí está Dios. V. Nos ha congregado juntos el amor de Cristo. J. Alegrémonos y gocémonos en él. J. Temamos y amemos al Dios vivo. T. Y amémonos nosotros con corazón sincero.

2. Donde hay caridad y amor, allí está Dios. y. Cuando, pues, nos reunamos juntamente. V. Evitemos el dividirnos en espíritu. V. Cesen las riñas malignas, cesen los pleitos, V. Y que, en medio de nosotros, esté Cristo, Dios.

3. Donde hay caridad y amor, allí está Dios. V. Veámonos juhtamente con los Santos, y. Alegremente tu rostro, oh Cristo, Dios. V. Y el gozo tuyo, inmenso y puro. y. Por los siglos de los siglos infinitos. Amén.

El celebrante revestido de nuevo con el pluvial, termina la función con las siguientes preces:

Padre nuestro.

El resto de la oración dominical se continúa en voz baja hasta las dos últimas peticiones.

V. Y no nos dejes caer en la tentación.
R. Mas líbranos de mal.
V. Tú ordenaste, Señor, que tus mandatos.
R. Se guardasen celosamente.
V. Tú lavaste los pies de tus discípulos.
R. No desprecies las obras de tus manos.
V. Señor, escucha mi oración.
R. Y llegue a ti mi clamor.
V. El Señor sea con vosotros.
R. Y con tu espíritu.

ORACION

Suplicárnoste, Señor, asistas a este obsequio de nuestra servidumbre: y, pues, tú te dignaste lavar los pies a tus discípulos, no desprecies las obras de tus manos, que nos mandaste conservar: para que, así como aquí nos lavan y nos lavamos las manchas exteriores, así sean lavados por ti los pecados interiores de todos nosotros. Lo cual te dignes conceder tú mismo, oh Dios, que vives y reinas por todos los siglos de los siglos. Amén.

Fuente:

https://moimunanblog.wordpress.com/2016/03/24/misa-del-jueves-santo/

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