SERMÓN DE TODOS LOS SANTOS

Por el Reverendo padre Juan Carlos Ceriani

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FIESTA DE TODOS LOS SANTOS

Al ver estas multitudes, subió a la montaña, y habiéndose sentado, se le acercaron sus discípulos. Entonces, abrió su boca, y se puso a enseñarles así: “Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque a ellos pertenece el reino de los cielos. Bienaventurados los afligidos, porque serán consolados. Bienaventurados los mansos, porque heredarán la tierra. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque serán hartados. Bienaventurados los que tienen misericordia, porque para ellos habrá misericordia. Bienaventurados los de corazón puro, porque verán a Dios. Bienaventurados los pacificadores, porque serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque a ellos pertenece el reino de los cielos. Dichosos seréis cuando os insultaren, cuando os persiguieren, cuando dijeren mintiendo todo mal contra vosotros, por causa mía. Gozaos y alegraos, porque vuestra recompensa es grande en los cielos, pues así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros.”

En el transcurso del año, la Santa Liturgia nos presenta una serie de Santos en particular para que, sosteniendo nuestra fe y elevando hacia el Cielo nuestra esperanza, nos acordemos de lo que ellos fueron y de lo que son ahora, exhortándonos de este modo lo que nosotros debemos ser para aumentar su número.

Pero reconociendo la Santa Iglesia que no son suficientes todos los días del año para tributar un culto en particular, incluso a aquellos solos de que ella tiene noticia, y siendo innumerables los otros, cuyos nombres sólo están escritos en el Libro de la Vida y Dios conoce, escogió un día para honrarlos a todos con este culto especial.

Todas las Fiestas del Año Litúrgico tienen cada una su excelencia y su utilidad para nuestra alma. La Fiesta de Todos los Santos es una de las más instructivas, puesto que nos muestra la gloria que gozan los Santos, nuestros verdaderos y únicos hermanos mayores, y nos hace esperar ir un día a compartirla.

Excitemos, pues, en nuestro corazón grandes sentimientos de alegría, de esperanza y de agradecimiento a Nuestro Señor Jesucristo.

Reanimemos nuestro valor: el camino está a la vista; sólo hay que seguirlo…

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¿Cómo tuvo origen esta festividad?

Empeñados los Emperadores cristianos en abolir el culto de los ídolos, echaron por tierra todos sus templos para sepultar entre sus ruinas las reliquias de las supersticiones paganas, siendo quizás el Panteón el único monumento del gentilismo que se perdonó.

Panteón

Este templo de Agripa fue dedicado bajo Augusto a todos los dioses del paganismo; de ahí su nombre de Panteón.

Se habían destruido los famosos templos de Júpiter Capitolino en Roma, de Júpiter Celeste en Cartago, de Apolo en Delfos, de Diana en Éfeso, de Sérapis en Alejandría; y subsistía un edicto del Emperador Teodosio, en que se mandaba fuesen arrasados todos aquellos lugares de abominación, y se colocasen cruces sobre los despojos de sus ruinas.

Esta medida fue necesaria para abolir la memoria del gentilismo, que había introducido el error en todos sus monumentos; San Gregorio Magno la imitó hacia fines del siglo VI, ejecutando lo mismo con los templos de Inglaterra en los principios de la dichosa conversión de los ingleses.

Más tarde, cuando ya no había que temer a la idolatría, se tomó la decisión de purificar los templos antiguos. Con esta consideración, Bonifacio IV purificó y consagró el famoso Panteón, conservado hasta su tiempo para ilustre monumento de la victoria que la Iglesia había conseguido de la ciega gentilidad.

Se lo dedicó a la Santísima Virgen María y a todos los Santos Mártires, para que en adelante fuesen honrados todos los verdaderos Santos en el mismo templo donde habían recibido sacrílegas adoraciones todos los dioses falsos.

El Papa Bonifacio IV hizo trasladar al Panteón veinte y ocho carros cargados de las reliquias de Santos mártires, sacados de las catacumbas de los contornos de Roma.

El 13 de mayo de 609 dedicó el mismo Papa esa nueva Basílica cristiana a Santa María y a los Mártires. La Fiesta de su Dedicación tomó luego un carácter más universal, y por fin se consagró aquel templo a Santa María y a Todos los Santos.

Panteón - cúpula

Sin embargo, no se debe decir que la fiesta o la dedicación de aquel magnífico templo fuese en rigor la Fiesta de Todos los Santos.

Los Mártires más ilustres tuvieron en Roma, desde el siglo IV, sus basílicas, donde se celebraba solemnemente cada año el aniversario de su pasión o glorioso tránsito.

Se instituyó entonces una serie de Misas, sin día fijo, para honrar a aquellos que eran desconocidos y no recibían culto alguno.

Cuando más tarde los nombres de “Santos no mártires” se introdujeron en el calendario eclesiástico, se dio a sus fiestas carácter más universal. Así, el Sacramentario Gregoriano señala entre las Misas comunes sin fecha, la Misa en honor de Todos los Santos, fijada para el 1º de Noviembre en el siglo V.

La época de esta festividad se debe colocar en el pontificado de Gregorio III, que por el año 732 hizo erigir una capilla en la iglesia de San Pedro en honra del Salvador, de la Santísima Virgen, de los Apóstoles, de los Mártires, de los Confesores, y de todos los Justos que reinan con Cristo en la Celestial Jerusalén; fiesta que al principio se celebró sólo en Roma; pero muy en breve se extendió a todo el mundo cristiano, y fue colocada entre las festividades de mayor solemnidad.

El Papa Gregorio IV, el año de 835, mandó que la Fiesta de Todos los Santos se celebrase solemnemente en la Iglesia universal, y se la fijó en el primer día de noviembre.

El Papa Sixto IV mandó que se celebrase con Octava, quedando de esta manera constituida entre las más solemnes de toda la Iglesia universal.

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La lectura diaria del Martirologio termina siempre con las siguientes palabras: “Y en otras partes, otros muchos santos mártires, confesores y santas vírgenes“.

En la fecha de hoy, la Iglesia celebra a todos aquellos que han sido beatificados o canonizados oficialmente y también a aquellos cuyos nombres figuran en los diversos martirologios y listas de santos locales.

Las palabras “otros muchos” no se refieren exclusivamente a los mártires, confesores y vírgenes en el sentido estricto, sino también a todos aquellos, conocidos sólo por Dios, que en sus circunstancias y estado de vida lucharon por conquistar la perfección, y gozan actualmente en el Cielo de la vista de Dios.

Así pues, la Iglesia venera en este día a Todos los Santos que reinan juntos en la gloria.

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La Iglesia estableció esta Fiesta con la finalidad de agradecer a Dios por todas las gracias que concedió a todas estas Almas Bienaventuradas para santificarlas mientras estaban en la tierra, y por la gloria inefable y eterna con que las recompensó en el Cielo.

También lo hizo para honrar en una misma solemnidad a todos los Santos que están al Cielo, conocidos o desconocidos.

Finalmente, esta Fiesta es para movernos a imitar las virtudes de los Santos y a seguir su ejemplo; implorar la divina misericordia por la intercesión de tan poderosos abogados; reparar las deficiencias en que se pueda haber incurrido al no celebrar dignamente a cada uno de los siervos de Dios en su fiesta propia, y glorificar a Dios en aquellos Santos que sólo Él conoce y a los que no se puede celebrar en particular.

Por consiguiente, el fervor con que celebramos esta Fiesta debería ser un acto de reparación por la tibieza con que dejamos pasar tantas otras fiestas durante el año, ya que en la conmemoración de hoy están comprendidas todas las otras fiestas del año.

Panteón - todos

El dogma de la Comunión de los Santos nos es recordado por esta Fiesta de la manera más solemne y más provechosa.

Cuando la Iglesia, en la festividad de Todos los Santos, nos presenta a todos estos Bienaventurados, no se contenta con proponerlos a nuestra veneración para el culto; intenta también hacerlos accesibles a nuestra imitación por el ejemplo.

Nos excita a la práctica de la virtud, presentándonos tantos modelos perfectos que debemos imitar; ya que hay Santos de todas las condiciones de vida.

Nos dice en este día que aquellos cuya celestial sabiduría es objeto de nuestra admiración, cuya virtud lo es de nuestro respeto, cuya gloria lo es de nuestro gozo, cuyos merecimientos celebramos, cuyo triunfo aplaudimos, y cuya dicha emulamos, fueron de nuestra misma edad, de nuestra misma condición, de nuestro mismo estado, de nuestro mismo empleo…

¿Qué excusa podemos alegar para no aumentar algún día el número de aquellas almas bienaventuradas?

Tantos Santos son argumentos convincentes de que para ninguno es impracticable la virtud, y que en esta vida no hay cosa tan ardua que no lleve consigo el medio para superarla. Esto nos demuestra hoy palpablemente la Iglesia, poniéndonos a la vista tantos millones de Santos que, efectivamente, fueron en el mundo aquello mismo que nosotros pretendemos ser imposible.

Cuando nos presenta a aquellos que son materia de esta solemnidad y objeto de nuestro culto, nos dice, como en otro tiempo se decía a sí mismo San Agustín: Pues qué, ¿no podrás hacer tú lo que hicieron estos y aquellas?

Ciertamente, ningún pretexto podemos alegar que no lo destruya el ejemplo de los Santos.

Ellos tuvieron las mismas preocupaciones que nosotros, padecieron las mismas tentaciones, lidiaron con las mismas pasiones, se encontraron con los mismos problemas, y no sirvieron a otro Señor que al que nosotros servimos: todos tenemos una misma ley, y ellos no aspiraron a otra gloria diferente.

¡Qué desgracia, qué dolor será el nuestro a la hora de la muerte, si no nos aprovechamos de sus ejemplos!

Esto debe sacudir nuestra tibieza y nuestra cobardía, mostrándonos que la gloria y la felicidad de los Santos están a nuestro alcance. La misma recompensa de la que gozan se nos promete, y está garantizada, a condición de que trabajemos en santificarnos como ellos.

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La solemnidad de este día nos enseña lo que es ser santo.

Nuestra pereza, ingeniosa para forjarse ilusiones, querría persuadirnos de que para ir al Cielo hay una vía cómoda en la cual se puede uno dejar de mortificar y vivir a sus anchas, huir de la cruz y darse gusto en todo; seguir la voluntad propia y sus caprichos; el amor propio y su vanidad…

Pero, preguntemos a los Santos si hay uno siquiera que se haya salvado siguiendo esta vía. Nos responderán con el Evangelio que hoy se lee solemnemente como una protesta contra este sistema de moral relajada.

La solemnidad de este día nos recuerda que debemos ser santos.

En efecto, durante la eternidad, no habrá término medio entre ser santo o réprobo, como no lo habrá entre el Cielo y el infierno.

A nosotros nos toca elegir entre estas dos alternativas: ¿podemos vacilar un instante y no decir desde el fondo del corazón: Sí, yo quiero ser santo, reconozco que debo serlo, porque si no seré réprobo?

La solemnidad de hoy demuestra que podemos ser santos.

¿No es ésta una empresa superior a mis fuerzas? nos dirá nuestra flaqueza. ¡No!, responden hoy, con su ejemplo, todos los Santos del Cielo.

En efecto, vemos entre ellos Santos de todas las edades, condiciones, estados, oficios… Lo que ellos han podido ¿por qué no lo hemos de poder nosotros?

No existe estado alguno de vida en el que nadie se haya santificado. Y todos los Santos se santificaron, precisamente, en las ocupaciones de su estado y en las circunstancias ordinarias de su vida: lo mismo en la prosperidad que en la adversidad, en la salud que en la enfermedad, en los honores que en los vilipendios, en la riqueza que en la pobreza.

De cada una de las circunstancias de su vida supieron hacer un medio de santificación.

Así, pues, Dios exige que el hombre santifique su estado propio por el despego del corazón y la rectitud de la intención.

No hay más que un Evangelio, un solo Sacrificio, un solo Redentor, un Cielo y un camino para el Cielo. Jesucristo vino a mostrárnoslo, sus enseñanzas no cambian y se aplican a todos los hombres. Es absolutamente falso que el camino por el que hemos de alcanzar la salvación sea distinto del de los Santos.

Panteón - Cristo

La Iglesia nos manda echar en este día una mirada al Cielo, que es nuestra verdadera Patria, para ver allí con San Juan a esa turba magna, a esa muchedumbre incontable de Santos, los cuales, revestidos de blancas túnicas y con palma en mano, alaban sin cesar al Cordero sin mancilla.

¡Oh deseos mayores que todos los deseos! ¿Qué cosa hay más poderosa para afligir un corazón verdaderamente deseoso de su eterna felicidad, que el conocer la descripción que hace San Juan de la belleza de la Iglesia Triunfante, bajo la figura de la Celestial Jerusalén?

¡Qué hermoso espectáculo: contemplar en espíritu sobre la tierra la belleza de esa ciudad de Dios vivo! ¡Qué vista tan hermosa como placentera: ver en el Cielo, en calidad de ciudadanos, a tantos bienaventurados!

Sí, cada piedra de aquella Celestial Jerusalén estará animada del espíritu de Dios, penetrada de su gloria, y encendida en su amor.

San Pablo, que en su éxtasis fue levantado a ella, tuvo muchísima razón de decir, que ni ojo vio, ni oído oyó, ni corazón del hombre apeteció lo que tiene Dios aparejado para el que le ama.

La Virgen Santísima, las bienaventuradas falanges de Ángeles distribuidas en nueve coros, los Apóstoles y Profetas, los Mártires con su propia sangre purpurados, los Confesores radiantes con su blancos vestidos y los castos coros de Vírgenes forman el majestuoso cortejo y adoran ya al Rey de reyes y Corona de todos los Santos.

Elevémonos en espíritu al Cielo, contemplemos la gloria y la felicidad de los Santos y bendigamos al Señor que recompensa a sus escogidos con tanta magnificencia.

Unamos nuestras adoraciones y alabanzas a las de los Bienaventurados, que no cesan de exaltarle ni de día ni de noche, diciendo: Santo, Santo, Santo es el Señor Dios de los ejércitos.

 

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