SERMÓN DE LA SOLEMNIDAD DE CRISTO REY

Por el Reverendo padre Juan Carlos Ceriani

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FIESTA DE CRISTO REY

Pilato entró, pues, de nuevo en el pretorio, llamó a Jesús y le preguntó: “¿Eres Tú el Rey de los judíos?” Jesús respondió: “¿Lo dices tú por ti mismo, o te lo han dicho otros de Mí?” Pilato repuso: “¿Acaso soy judío yo? Es tu nación y los pontífices quienes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?” Replicó Jesús: “Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mis servidores combatirían a fin de que Yo no fuese entregado a los judíos. Mas ahora mi reino no es de aquí.” Le dijo, pues, Pilato: “¿Conque Tú eres rey?” Contestó Jesús: “Tú lo dices: Yo soy rey. Yo para esto nací y para esto vine al mundo, a fin de dar testimonio a la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz.” Pilato le dijo: “¿Qué cosa es verdad?”

Cristo Rey

El pasaje del Santo Evangelio de esta Fiesta nos muestra a Nuestro Señor Jesucristo enfrentado con los jefes religiosos de los judíos y con la autoridad política de los paganos, al mismo tiempo que nos deja entrever su triunfo final.

Consideremos, pues, la victoria de Jesús sobre los Judíos, los paganos y el Anticristo.

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El triunfo de Jesús sobre los judíos

A despecho del Sanedrín y de sus reiteradas prohibiciones, los Apóstoles continuaron predicando a Jesús resucitado, lo que acarreó una guerra sin tregua contra ellos. La nación judía no podía soportar que se propagase en la Palestina y a través del mundo el reino del que consideraban un falso Mesías condenado al suplicio de la cruz.

Estaban, pues, empeñados en cerrar el camino a los Apóstoles y crucificar, si fuera necesario, a los discípulos de Jesús a continuación de su Maestro. De aquí surgió una persecución sangrienta que duró tres años. Pero, en lugar de detener los progresos de la Iglesia, la sangre de los mártires fue semilla fecunda de cristianos.

Mientras que los Apóstoles defendían en Jerusalén el rebaño de Cristo, muchos discípulos se esparcieron por las provincias y formaron nuevas comunidades, en Judea, en Samaria, en Galilea y hasta en Cesarea y Damasco.

En vista de este resultado, la cólera de los perseguidores no reconoció límites. Un fariseo llamado Saulo, hombre de gran inteligencia y de indomable energía, se propuso arruinar la Iglesia de Dios.

Pero, he aquí que Saulo se convierte en el Apóstol Pablo, el convertidor de las naciones.

Jesús se burlaba de los judíos: les tomaba sus mejores adeptos para hacer de ellos sus mejores soldados.

Después de tres años de persecución, la Iglesia respiró un instante, gracias a la desaparición de los deicidas más renombrados. Los principales actores en el drama del Calvario perecieron como el traidor, de quien el Señor había dicho: Más le valdría no haber nacido.

Coronación de espinas

Pedro aprovechó aquellos días de paz para hacer la visita de su rebaño. En el libro de los Hechos se le ve predicando y obrando prodigios en Lyda, Sarón, Jope, en Cesarea, donde bautiza al centurión Cornelio y a toda su familia. Luego, resuelto a llevar el Evangelio a las naciones, deja Jerusalén y se dirige a Antioquía, la metrópoli del Oriente, donde fija su Sede durante siete años.

El reino de Jesús había hecho inmensos progresos. De la Palestina había pasado a la Siria y de aquí al Ponto, la Bitinia, la Capadocia, la Galacia y otras provincias del Asia Menor.

Los judíos quisieron detener a toda costa al Cristianismo y poner término a sus invasiones. El año 42, estalló una nueva persecución, la cual tuvo por resultado que el Reino de Dios se extendiera por el mundo entero. Pedro señaló a Matías la Cólquida, a Judas la Mesopotamia, a Simón la Libia, a Mateo la Etiopía, a Bartolomé la Armenia, a Tomás la India, a Felipe la Frigia, a Juan Éfeso. Pablo, el Apóstol de las gentes, debía evangelizar el Asia Menor, Macedonia y Grecia.

En cuanto al mismo San Pedro, tomó el camino de Roma, la ciudad de los Césares, de la cual Jesús quería hacer la ciudad de los Pontífices.

Santiago el Menor gobernó, en calidad de obispo de Jerusalén, las cristiandades de la Palestina.

Partiendo a la conquista del mundo, los Apóstoles llevaban consigo el Credo, símbolo de su fe, el Evangelio, resumen de la vida del Maestro y la Cruz, emblema de la redención. Eso bastaba para enseñar; Jesús, que les acompañaba, se encargaría de vencer.

En todas partes encontraron millares de judíos enteramente decididos a exterminarlos; no obstante, establecieron por doquier, y casi siempre al precio de su sangre, cristiandades florecientes.

Y las profecías de Jesús contra la nación judía iban a cumplirse. Desde hacía treinta años, los Apóstoles no cesaban de llamar a Israel a la penitencia. En todas partes se dirigían a los judíos antes de evangelizar a los Gentiles.

Mientras tanto, la cólera de Dios contra ellos llega a su término. En efecto, Jesús tenía el brazo levantado contra la ingrata y cruel Jerusalén. Los fieles señalaban con espanto la aparición de los signos que, según la profecía del Salvador, debían preceder al gran cataclismo, las señales que debían hacer saber al mundo la próxima venganza de Dios contra el pueblo deicida.

Los judíos, ciegos, nada vieron en aquellas señales del cielo y corrieron desatentos a la catástrofe.

En el año 66, se levantaron contra los romanos, batieron las cohortes acampadas en Jerusalén y pusieron fuego a la torre Antonia que servía de ciudadela a la guarnición. Alentados por este éxito, los patriotas de las provincias no tardaron en sublevarse y declararse libres. Esto era atraer sobre ellos el rayo.

Y los cristianos no se engañaron. Sin pérdida de tiempo, dejaron aquel país maldito, Jerusalén y la Judea; huyeron a las montañas más allá del Jordán y encontraron un refugio en la ciudad de Pella y los países vecinos.

Era ya tiempo, porque al principio del 67 Vespasiano, seguido de sus legiones vengadoras, se apoderó de las fortalezas galileas y los revoltosos fueron pasados a cuchillo. En pocos meses, dueño de todo el país, vino a acampar delante de Jerusalén donde se habían concentrado los patriotas escapados de las provincias.

En el 70, Vespasiano es proclamado emperador, se dirigió a Roma y dejó a su hijo Tito encargado de proseguir las operaciones contra Jerusalén.

Con ocasión de las fiestas pascuales, los peregrinos afluyeron a la ciudad santa, de manera que había dentro de sus muros un millón doscientos mil judíos, cuando, de improviso, urgido Tito para terminar, apareció en la cima del monte de los Olivos; con sus legiones, sus máquinas de guerra, sus arietes, sus catapultas.

Los sitiados se defendieron como leones, pero no pudieron impedir que los romanos penetrasen en las fortalezas de Bezetha y Acra, y construyesen, en sólo tres días, una muralla de circunvalación que encerró a aquellos en los cuarteles elevados del templo y de Sión.

Se cumplía exactamente la predicción de Jesús: Vendrán días en que tus enemigos te rodearán de trincheras, te encerrarán y estrecharán por todos lados.

Entonces comenzó lo que Jesús llamaba la grande angustia del país, la terrible cólera de Dios contra el pueblo. A los horrores de la guerra vinieron a juntarse los del hambre.

Cesó el sacrificio de la mañana y de la tarde: no se encontró un solo cordero para inmolarlo a Jehová; desapareciendo el holocausto figurativo, el templo no tenía ya razón de ser.

El ejército romano consiguió penetrar en el vasto recinto del edificio sagrado que los celadores defendieron atrio por atrio con la energía de la desesperación. Furiosos por una resistencia que les costaba millares de hombres, los romanos avanzaron por medio de los cadáveres, resueltos a incendiar el templo, pero Tito se opuso pareciéndole un acto de sacrílega barbarie la destrucción de aquel monumento incomparable.

De repente, a pesar de las órdenes de su jefe, un legionario suspendido en los hombros de sus compañeros, arroja un tizón encendido en los departamentos que rodeaban el santuario, la llama se comunica al techo de cedro, los judíos lanzan gritos espantosos, Tito ordena apagar el fuego, pero los soldados no obedecen, y mientras el templo se derrumba, degüellan sin piedad a los millares de judíos refugiados en los atrios.

Dueño bien pronto del monte Sión, donde se habían asilado los últimos rebeldes, Tito hizo arrasar lo que quedaba del templo y de la ciudad, salvo las tres torres de Herodes que se levantaban aisladas en medio de aquel desierto, como para atestiguar que allí existió una ciudad que se llamó Jerusalén.

La profecía de Jesús estaba cumplida: No serás más que un desierto, y de tu templo no quedará piedra sobre piedra.

El emperador hizo acuñar una medalla conmemorativa de aquel grande acontecimiento. En el reverso se ve una mujer desolada con manto de duelo, sentada a la sombra de una palmera, reposando en la mano su cabeza: es la Judea cautiva, es la triste Jerusalén, en adelante sin rey, sin sacerdote, sin sacrificio, sin altar.

Tal fue la espantosa suerte de la nación deicida: ¡Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!, clamaron los judíos… Dios les oyó y vengó la Sangre de su Hijo.

Desde la escena del Calvario procuraron, en su implacable odio, exterminar la Iglesia; y Jesús, jefe de la Iglesia, acababa de vencerlos.

Tito no se engañó: como las ciudades del Oriente le ofrecieran coronas de oro por su triunfo, las rehusó diciendo: No soy yo quien ha vencido; no he hecho más que prestar mi brazo a Dios irritado contra los judíos.

Y para que el mundo entero sepa hasta el fin de los siglos que ha vencido a los judíos, Jesús conserva la raza maldita y la obliga a andar errante en medio de los pueblos, llevando en sus propias manos el documento fatal en que todos pueden leer el crimen y el castigo de los deicidas: Al cabo de las sesenta y dos semanas será muerto el Ungido y no será más. Y el pueblo de un príncipe que ha de venir, destruirá la ciudad y el Santuario; mas su fin será en una inundación; y hasta el fin habrá guerra y las devastaciones decretadas. Él confirmará el pacto con muchos durante una semana, y a la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la oblación; y sobre el Santuario vendrá una abominación desoladora, hasta que la consumación decretada se derrame sobre el devastador.

Los judíos leerán y meditarán esta profecía de Daniel y, más ciegos y más endurecidos que los del Calvario, continuarán blasfemando contra el Cristo que les ha vencido hasta el día en que, por un milagro de la gracia, vengan a ser los instrumentos más activos de su triunfo.

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Triunfo de Jesús sobre los paganos

Después de haber vencido a los judíos, Jesús encontró en su camino, para frustrar sus designios, al coloso romano.

Roma reinaba entonces en el universo y Satanás reinaba en Roma. Detrás del culto a Júpiter, a Mercurio, a Apolo, a Venus, a una infinidad de dioses y diosas, se hacía adorar en toda la Europa. Tenía sus templos, sus altares, sus sacrificios, sus fiestas, sus juegos solemnes en que a veces diez mil gladiadores se degollaban unos a otros entre los aplausos de cien mil espectadores.

Y para defender esta religión de sangre y lodo, Roma mostraba con orgullo sus legisladores, sus filósofos, sus poetas, sus sacerdotes, sus magos, sus invencibles legiones…, y a la cabeza de todos el emperador, dueño del mundo, pontífice y dios.

Tal era el imperio que Jesús tenía que destruir, si quería reinar sobre el universo.

El demonio no podía ver a Jesús penetrar en aquel imperio sin lanzar bramidos de furor. Hizo comprender a los idólatras que todos los dioses debían ser tolerados menos el de los cristianos, que pretendía tener derecho exclusivo a la adoración de los hombres.

Por infames acusaciones, los cristianos fueron considerados como la lacra del género humano, de lo cual se aprovechó Satanás para desencadenar contra ellos una persecución que debía durar tres siglos.

En todo el Imperio los gobernadores recibieron la orden de ultimar a los cristianos y de prohibirles absolutamente la religión de Jesucristo.

Ecce Homo

¿Y la Iglesia? La Iglesia, ahogada en su sangre, apareció entonces, ¡oh milagro divino! más numerosa y más fuerte que antes. Para hacer frente a la ley de exterminio, Jesús había creado una raza inexterminable que se multiplicaba al compás de los golpes del verdugo.

La fe, el amor, la invencible constancia de las víctimas, hizo nacer un entusiasmo nuevo, el entusiasmo del martirio. El mundo os tendrá bajo el lagar; pero estad tranquilos, yo he vencido al mundo.

Un levantamiento de los judíos dio ocasión para devastar por segunda vez la Judea y profanar todos los lugares santificados por el divino Salvador. Una estatua de Venus fue colocada en la cumbre del Calvario, y el ídolo de Júpiter se levantó sobre el Santo Sepulcro.

Durante el segundo siglo, cuatro emperadores, armados con todas las fuerzas humanas, habían empleado cada uno veinte años en ahogar a los cristianos en su propia sangre; y no obstante, la Iglesia crecía en proporciones increíbles en Europa, Asia y África. Tenía sus concilios, sus propiedades, sus escuelas, sus misioneros, que llevaban el Evangelio más allá de los límites del Imperio.

Más tarde, un hombre providencial, Constantino, proclamado emperador por las legiones de la Galia, pasó los Alpes para combatir al tirano. Al llegar cerca del Tíber, rogaba al Dios verdadero, a quien aún no conocía pero sí adoraba su madre, que le diera la victoria; un prodigio extraordinario, cuyos detalles él mismo refiere, fue la respuesta a su oración.

Declinaba el sol en el horizonte, cuando vio sobre el astro radiante una cruz luminosa y en ella esta inscripción; In hoc signo vinces, esta señal de la cruz te dará la victoria.

Constantino entró triunfante en Roma e hizo entrar con él a Cristo, en medio de las aclamaciones del pueblo y del ejército. Hecho ya cristiano, el emperador proclamó en un edicto solemne la libertad de la Iglesia, reedificó los templos destruidos, devolvió a los cristianos los bienes confiscados por los perseguidores y cubrió a Roma con magnificas basílicas en honor del Cristo Salvador, de sus apóstoles y de sus mártires.

Además, para dejar al Dios de la Cruz la suprema dignidad real, le entregó la capital del mundo, y como centro del imperio edificó una nueva ciudad, que llevó su nombre, Constantinopla.

La Roma de los falsos dioses vino a ser desde entonces la Roma del Cristo; el trono de Simón Pedro reemplazó al trono de los Césares; el estandarte de la Cruz flotó en la cima del Capitolio y cien millones de cristianos, nacidos de la sangre de once millones de mártires, repitieron, para gloria de Jesús vencedor del mundo, la predicción de Cesarea: Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella.

El infierno, sin embargo, no se dio por vencido. Suscitó luego a Juliano, el apóstata, que exaltó a los dioses y enriqueció sus templos, mientras que manifestaba un soberano desprecio por Nuestro Señor. Después de intentar en vano la reconstrucción del templo de Jerusalén, murió tristemente exclamando en su furor insensato: ¡Venciste, Galileo!

Furioso con esta nueva derrota, el demonio suscitó contra Jesús la persecución del Arrianismo, doctrina que minaba al cristianismo por su base, y sedujo a emperadores, obispos y fieles, hasta el punto de que, al fin del siglo cuarto, hubo momentos en que el Imperio pareció más arriano que cristiano.

Como antes la nación judía, el viejo imperio se obstina en luchar contra Jesús; pero ya se levantan los vengadores que le destrozarían como a un vaso de arcilla.

Más allá de las fronteras romanas, en las vastas llanuras que se extienden desde el Rin al Volga y desde el Volga hasta las planicies del Asia, vivían innumerables tribus conocidas con el nombre de Bárbaros.

Hacia fines del siglo cuarto, aquellos pueblos se sacudieron súbitamente cual si el mismo Dios los pusiera en movimiento. Los Hunos empujaban a los Godos, los Godos a los Germanos y todos juntos inundaron el Imperio cubriéndole durante un siglo de sangre y de ruinas. Dios conducía hacia Roma a aquellos ejecutores de sus venganzas.

Después de haber asolado la Italia, Alarico, rey de los Godos, se encaminaba a la ciudad eterna. Un santo solitario le suplicó la perdonara. No obro por mi voluntad, respondió el bárbaro; oigo sin cesar una voz que me grita al oído: Marcha, marcha, ve a saquear a Roma.

El año 410 entró en la ciudad de los Césares y la entregó a las llamas y al pillaje. Templos de los dioses, estatuas de los emperadores, palacios fastuosos, desaparecieron en el incendio. Sólo perdonó Alarico las basílicas cristianas y a los fieles que en ellas se habían refugiado.

Y la invasión continuó durante un siglo devastando todo el Imperio, que se desplomaba por todas partes a los golpes de los bárbaros.

Sobre las ruinas del mundo pagano, Jesús va a levantar ahora su propio imperio. De todos estos elementos en fusión, vencidos y vencedores, Romanos y Bárbaros, nacerá la Sociedad Cristiana, la más bella después de la del Cielo.

La Iglesia, única de pie en medio de las ruinas, por medio de sus Papas, sus Obispos, sus misioneros y sus monjes, domará a los bárbaros y los convertirá, unos tras otros, a la verdadera fe.

La nación de los Francos fue la primera en caer a los pies de Jesús. El día de Navidad del año 496, Clodoveo recibió el bautismo con tres mil de sus guerreros y Francia vino a ser la hija primogénita de la Iglesia.

En los tres siglos siguientes, Jesús extendió sucesivamente su reino en Irlanda, Inglaterra, España, Alemania e Italia.

El año 800, Carlomagno, el bárbaro cristianizado, tenía bajo su cetro una gran parte de Europa, la cual gobernaba, según él decía, no como soberano, sino como simple delegado del Rey Jesús, el solo Dueño y Señor.

El día de Navidad del año 800, Carlomagno, rodeado de su corte y de una multitud de Obispos, oraba en Roma ante la tumba de San Pedro. El Papa San León III se presenta ante el gran jefe de la Cristiandad y le pone en la cabeza la corona imperial.

Coronación Carlomagno

Una prolongada aclamación resuena en la basílica del Vaticano: ¡Viva Carlos Augusto, el pacífico Emperador de los Romanos, coronado por el mismo Dios!

El Imperio cristiano tomaba el lugar del imperio pagano: Jesús, el Rey de los reyes y el Señor de los señores, reinaba en el mundo vencido por Él.

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Triunfo de Jesús sobre el Anticristo

En víspera de su crucifixión, antes de entrar al jardín de los Olivos, decía Jesús a sus apóstoles: Tened confianza, yo he vencido al mundo. Y después de transcurridos ocho siglos, a despecho de Satanás y de sus secuaces, Él había vencido realmente al mundo, al mundo judío, al mundo romano, al mundo bárbaro… Reinaba sobre un inmenso imperio que se llamaba la Cristiandad.

Los reyes se prosternaban delante de aquel monarca supremo, las leyes tenían por base su Evangelio, los pueblos vivían de su vida, esforzándose en reproducir sus divinas virtudes.

A partir de Constantino, durante mil años, Europa se cubrió de iglesias y de monasterios donde resonaban perpetuamente las alabanzas de Cristo Salvador.

Los Benitos, los Brunos, los Domingos, los Franciscos multiplicaban las Órdenes religiosas, verdaderos seminarios de santos y de mártires. Y todos los súbditos del Señor Jesús, reyes, caballeros, sacerdotes, religiosos, simples fieles, sabios o ignorantes, llenos de fe y de amor, a pesar de sus pasiones, repetían la misma oración y trabajaban por idéntico fin.

¡Que venga tu Reino!, decían… ¡Que tu Nombre sea glorificado en el mundo entero! ¡Que tu voluntad, oh Maestro divino, se cumpla en la tierra como en el Cielo!

Soldados de Jesús, defensores de su Reino, los cristianos miraban como enemigos personales suyos a los herejes, cismáticos y apóstatas, enemigos del Salvador.

Cuando Mahoma y sus musulmanes se lanzaron contra los fieles de Cristo, amenazando exterminar la Iglesia de Dios, se encontraron por todas partes, en Francia, en España, en África, en Oriente, con los Cruzados que, durante largos siglos, al grito de ¡Dios lo quiere! derramaron su sangre por Jesucristo.

Ya se saludaba la aurora de aquel gran día en que, conforme a la predicción de Jesús, no habría en la tierra más que un solo rebaño y un solo pastor…

Pero los cristianos olvidaban esta otra profecía del Salvador, a saber: que antes de su triunfo completo sobre sus enemigos y de su Segundo Advenimiento a la tierra, las naciones sustituidas a los Judíos deicidas pasarían también por una crisis más terrible que la persecución de los emperadores romanos…

¿Acaso no había predicho el Maestro la antevíspera de su muerte: El mundo pasará por una tribulación como no se ha visto ni se verá jamás semejante? Dios abreviará su duración por amor a los elegidos, porque en ese tiempo se levantarán falsos cristos y falsos profetas que se servirán de prodigios fantásticos capaces de inducir en el error, si esto fuera posible, a los mismos elegidos.

Y comentando estas palabras del Salvador, San Pablo anunciaba a los primeros cristianos: Un misterio de iniquidad se forma en la Iglesia de Dios… Veía surgir hacia el fin de los tiempos novadores, enemigos de la sana doctrina, que volverían la espalda a la verdad para seguir toda clase de errores. Y entonces, exclamaba, estallará la apostasía de las naciones, entonces aparecerá el hombre de pecado, el hijo de perdición, el gran adversario que se levantará por encima de todo lo que se llama Dios, hasta sentarse en el templo para hacerse adorar como el único Dios.

Este será el gran desquite de Satanás, su último combate contra su vencedor, pero también su suprema derrota, pues con un soplo de su boca, Jesús exterminará al Anticristo, y todos los secuaces de este impío, testigos de su caída, reconocerán por fin al Hombre-Dios y le proclamarán Rey de los reyes y Señor de los señores.

En el momento, pues, fijado por Jesús para la gran prueba de las naciones, fue dado al demonio comenzar la Revolución Anticristiana.

Para señalar el nuevo espíritu que iba a presidir en adelante los destinos del mundo, la historia tomó desde entonces el nombre de historia moderna. Ella tendrá por principal objeto referir las peripecias de la gran apostasía de las naciones, es decir, los hechos y proezas del Anticristo y de sus precursores.

El infierno se conmovió y todos sus secuaces, iniciados por las sociedades secretas en el gran misterio de iniquidad, lanzaron los pueblos a la tercera etapa de la apostasía. No se trata ya de destruir solamente el espíritu cristiano y de derribar el Papado, sino de atacar directamente a Jesucristo negando su divinidad y su Reinado Social como lo hicieron los judíos.

Un nuevo precursor del Anticristo apareció en el mundo rodeado de apóstatas que tomaron el nombre de filósofos; y todos juntos, durante medio siglo, se pusieron a combatir la divinidad del Salvador Jesús, la revelación, la religión toda, sus dogmas, su moral, sus Sacramentos, su culto.

Jamás el infierno, ni aun en tiempo de Nerón y Diocleciano, vomitó tantas blasfemias contra el Hijo de Dios, tantos ultrajes y calumnias contra los cristianos.

En nombre de la razón, de la libertad y del bienestar de la humanidad, organizaron con el hombre de Revolución, un estado social nuevo, basado, no en la voluntad de Dios, sino en la voluntad del pueblo, en adelante único soberano y único legislador.

En nombre del pueblo, del que se llamaron representantes, decretaron la abolición de todas las instituciones religiosas, desterraron o asesinaron sacerdotes y fieles, destruyeron iglesias y altares, suprimieron todo lo que se llamaba el antiguo culto, la semana, el domingo, el calendario católico y hasta la era cristiana. El pasado no existía ya; un mundo nuevo comenzaba con la Revolución.

Después de más de dos siglos, la Revolución prosigue con infernal tenacidad la descristianización de las sociedades y de los individuos. Ya las naciones, como naciones, han dejado de reconocer a Jesucristo por su Rey, al Pontífice Romano por su jefe, al Decálogo como la ley suprema.

En virtud de los principios llamados liberales, todos los gobiernos hacen profesión de no tomar en cuenta la voluntad de Dios en la confección de las leyes. No reconocen otra divinidad que el pueblo soberano, ni otra ley que la voluntad de las mayorías, aun cuando estas legislen contra el Evangelio, contra el Decálogo, contra Cristo y su Iglesia.

Es un verdadero repudio de Cristo Rey, de quien Carlomagno se llamaba el lugarteniente; es la apostasía de las naciones, discessio, predicha por el apóstol San Pablo y antes de él por David.

Para arrebatar a Jesús hasta el último de los bautizados, la Revolución emplea hoy el medio más eficaz…

El divino Salvador ha cristianizado el mundo por la enseñanza católica; la Revolución le descristianiza por la enseñanza satánica… y esto desde la misma Cátedra de Verdad y por medio de los mismos que debieran ejercerla…

Las profecías de la Escritura sobre la apostasía general de las naciones están ya cumplidas. Como los judíos, los pueblos modernos claman: No queremos ya que Jesús reine sobre nosotros.

Pero, ¿cómo acabará esta conjuración satánica de las naciones contra Jesucristo y su Iglesia? Acabará como la de los judíos y la de los romanos, por el exterminio de los rebeldes y el triunfo solemne del gran Rey que ellos quieren destronar.

Antes del fin de los tiempos, sobrevendrá la gran tribulación, tribulación tal que los pueblos no han visto semejante desde el principio, pero cuya duración se abreviará en favor de los elegidos.

¿Y quién será el principal autor de esta gran tribulación? Un día, dice san Pablo, aparecerá el hombre de pecado, el hijo de perdición, el Anticristo o el adversario del Salvador, quien se levantará sobre todo lo que se llama Dios y se sentará en el templo para hacerse adorar como Dios.

Verdadera personificación de Satanás, engañará a los hombres con toda suerte de seducciones, de artificios y prodigios diabólicos que les arrastrarán a su perdición. No han querido la verdad que salva; por eso Dios los entregará al espíritu de error y de mentira.

Este monstruo de iniquidad, añade el apóstol, aparecerá en el tiempo marcado por Dios, pero el Señor Jesús le matará con un soplo de su boca.

San Juan, en su Apocalipsis, pinta de una manera emocionante la lucha del Anticristo y su Falso Profeta contra la Iglesia, así como también el exterminio de los apóstatas.

Todos los enemigos de Cristo Rey se reputarán felices de continuar con semejante caudillo su guerra satánica contra Jesucristo. Se creerán seguros esta vez de poder anonadar la Iglesia…

Pero, en los combates contra Dios, nunca está más próxima la ruina que cuando se canta victoria…

Después de haber revelado las abominaciones del Anticristo, el Señor hizo conocer a San Juan el desenlace de la horrible persecución. El Apóstol amado asistió, en una visión, a la victoria del triunfador: Yo vi el cielo abierto, vi aparecer pronto al Fiel, al Verídico, al que juzga y combate con justicia. Sus ojos lanzaban llamas, su cabeza llevaba gran número de diademas, su ropa estaba teñida con su sangre: se llamaba el Verbo de Dios. De su boca salía una espada, la espada con que hiere a las naciones. En su ropaje se leían estas palabras: Rey de los reyes y Señor de los señores.

Parusía

Y vi entonces la Bestia, el Anticristo, los reyes de la tierra y sus ejércitos reunidos para combatir al Verbo de Dios. Y la Bestia fue atrapada y con ella el Falso Profeta. Ambos fueron precipitados, vivos, al estanque de fuego y azufre; sus ejércitos cayeron bajo la espada del vencedor, mientras que las milicias angélicas entonaban este canto de triunfo: El reino del mundo ha venido a ser el reino de Nuestro Señor y de su Cristo.

Esta será la proclamación solemne del Reinado de Cristo sobre todos los pueblos de la tierra.

Despertados al estallido del trueno, iluminados por el Espíritu Santo, los pueblos reconocerán el poder soberano del Hijo único de Dios.

Viendo a Jesús anonadar con un soplo de su boca a aquel Anticristo, a aquel rey de las naciones que habían tomado por su mesías, los judíos se estremecerán de horror ante el recuerdo de su deicidio, se darán en cuerpo y alma al Dios a quien crucificaron, llegando a ser los más ardientes propagadores de su Reino.

Las naciones, víctimas durante tan largo tiempo de los secuaces de Satanás, de los herejes, de los apóstatas, de todos los Anticristos salidos de las sociedades secretas, maldecirán a los que las han engañado y jurarán fidelidad al Señor Jesús.

Judíos y Gentiles unidos por la misma fe y el mismo amor, llevarán el Evangelio a todos los pueblos iluminados por el sol. Todos caerán al pie de la Cruz, adorarán a Aquel que ha dado su Sangre por la salvación del mundo, y, según la predicción del Maestro, no habrá en la tierra más que un soló rebaño y un solo pastor.

Y por siglos de siglos, Jesucristo, el soberano triunfador, reinará con sus Santos, y tendrá bajo sus pies en las eternas llamas a los demonios y réprobos.

 

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