SERMÓN DE LA DOMÍNICA 21ª DE PENTECOSTÉS

Por el Reverendo padre Juan Carlos Ceriani

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VIGESIMO PRIMER DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

San Mateo, XVIII: 15-18 y 21-35:

Si tu hermano peca contra ti repréndelo entre ti y él solo; si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha toma todavía contigo un hombre o dos, para que por boca de dos testigos o tres conste toda palabra. Si a ellos no escucha, dilo a la Iglesia. Y si no escucha tampoco a la Iglesia, sea para ti como un pagano y como un publicano. En verdad, os digo, todo lo que atareis sobre la tierra, será atado en el cielo, y todo lo que desatareis sobre la tierra, será desatado en el cielo. Entonces Pedro le dijo: Señor, ¿cuántas veces pecará mi hermano contra mí y le perdonaré? ¿Hasta siete veces?” Jesús le dijo: No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por eso el reino de los cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Y cuando comenzó a ajustarlas, le trajeron a uno que le era deudor de diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, mandó el Señor que lo vendiesen a él, a su mujer y a sus hijos y todo cuanto tenía y se pagase la deuda. Entonces arrojándose a sus pies el siervo, postrado, le decía: Ten paciencia conmigo, y te pagaré todo” Movido a compasión el amo de este siervo, lo dejó ir y le perdonó la deuda. Al salir, este siervo encontró a uno de sus compañeros, que le debía cien denarios, y agarrándolo, lo sofocaba y decía: Paga lo que debes”. Su compañero, cayendo a sus pies, le suplicaba y decía: Ten paciencia conmigo y te pagaré”. Mas él no quiso, y lo echó a la cárcel, hasta que pagase la deuda. Pero, al ver sus compañeros lo ocurrido, se contristaron sobremanera y fueron y contaron al amo todo lo que había sucedido. Entonces lo llamó su señor y le dijo: Mal siervo, yo te perdoné toda aquella deuda como me suplicaste. ¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, puesto que yo me compadecí de ti?” Y encolerizado su señor, lo entregó a los verdugos hasta que hubiese pagado toda su deuda. Esto hará con vosotros mi Padre celestial si no perdonáis de corazón cada uno a su hermano.

El trozo del Evangelio está tomado del capítulo XVIII de San Mateo, que completo para mayor comprensión.

Nuestro Señor ha establecido y explicado a sus Apóstoles el importante precepto del perdón de las injurias, el cual es uno de los más esenciales y difíciles de la moral cristiana.

Entonces Pedro plantea una cuestión de moral: Señor, ¿cuántas veces pecará mi hermano contra mí y le perdonaré? ¿Hasta siete veces?

¿Qué le movería a Pedro a hacer esta pregunta a Cristo? Tomó pie de lo que Cristo había, dicho: Si tu hermano peca contra ti repréndelo entre ti y él solo. Y con razón le asaltaría a Pedro la duda sobre las veces que convendría perdonar al hermano pecador.

Según refiere San Lucas, Nuestro Señor dijo: Y si siete veces en el día te ofendiere tu hermano y siete veces arrepentido te pidiere perdón, perdónale.

San Pedro, al plantear el problema lo lleva al extremo de preguntar si incluso ha de perdonar “siete veces“, número muchas veces simbólico de lo universal. La pregunta de Pedro es equivalente a saber si tiene que perdonar siempre.

La respuesta de Jesucristo es afirmativa, con la imagen oriental de perdonar no sólo “siete veces“, sino “setenta veces siete“. Y para hacer más gráfica aún la enseñanza, expone una parábola.

Con esta exhortación se quiere decir que los ofendidos siempre han de estar dispuestos a perdonar al ofensor.

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Una dificultad surge del texto tal como lo trae San Lucas: Si se arrepintiere…, se dice allí.

¿Acaso no deberemos perdonar, si primero no se arrepiente el ofensor?

En la presente materia son reglas inconmovibles las que dicen:

Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores.

Si no perdonáis a los demás, tampoco vuestro Padre os perdonará a vosotros los pecados.

Debemos hacer notar que hay dos maneras de perdonar una injuria:

La primera es no deseando ningún mal al que nos injurió, lo cual ha de hacerse, si queremos que Dios nos perdone nuestras deudas, pida él perdón o no lo pida.

Y otra es no delatándolo al tribunal, ni acusarle, ni procurar su castigo.

De esta segunda manera es de la que dice Cristo que no se ha de perdonar al ofensor si no precede en él el arrepentimiento.

Por eso advirtió que no se denunciase al pecador ante el tribunal de la Iglesia, sin antes haberle amonestado privadamente y ante testigos para que se duela de lo mal hecho.

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Prestemos ahora atención a los tres momentos de este pasaje evangélico:

1º.- la condonación de la deuda de parte del rey.

2º.- la ingratitud del siervo inicuo.

3º.- su encarcelación o tortura.

Para comprender en su profundidad la enseñanza que desea dar Nuestro Señor, es necesario tener en cuenta que el talento era una unidad fundamental de peso; indicaba un peso determinado de dinero. El talento comprendía 6.000 dracmas áticas, equivalente cada una al denario; y éste era la paga diaria de un jornalero.

Por eso, la deuda de 10.000 talentos era equivalente a 60 millones de denarios…, es decir 60 millones de jornadas de trabajo… La deuda era, pues, fabulosa.

Es un dato cuya finalidad es mostrar la misericordia del señor con el siervo; por lo que, no pudiendo pagar, se lo perdona todo.

Pero se contrapone la conducta de este siervo perdonado con lo que exige a otro consiervo para que le pague, inmediatamente, una pequeña deuda de 100 denarios, cien jornadas laborales.

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Son varios los puntos doctrinales que se destacan en la parábola:

1º.- El motivo por el que el consiervo debía haber perdonado: porque el rey —Dios— le había perdonado a él.

2º.- La distancia entre el perdón del rey al siervo, y lo que no quería perdonar este siervo al otro.

Esto habla de la deuda infinita del perdón de Dios a los hombres, y la pequeñez de perdón de los seres humanos entre sí.

3º.- La necesidad de perdonar para que Dios perdone.

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Aquel siervo malvado, olvidando la misericordia divina que le había condonado la deuda, no quiso usar de misericordia para con su consiervo. Tenía el deber de usar misericordia, después que el señor había tenido misericordia con él.

Tan grande es la diferencia entre los diez mil talentos y los cien denarios, como grande, y mucho más, es la diferencia entre el pecado con el cual ofendemos a Dios y el pecado con el cual nos ofende el prójimo.

Si Dios, Señor de todo lo creado, te perdona una deuda tan grande, ¿por qué tú no perdonas al prójimo una deuda tan pequeña?

Pero el siervo ingrato no respetó las misma palabras que lo salvaron a él: Ten paciencia conmigo y te pagare… Por eso prosigue: Mas él no quiso

El rey no lo llamó siervo malo cuando le debía diez mil talentos, ni tampoco le injurió, sino que se compadeció de él. Por el contrario, cuando correspondió con ingratitud, entonces es cuando le dice siervo malo.

De este modo vemos la caridad del Señor y la crueldad del siervo. El primero perdona diez mil talentos y el segundo no quiso perdonar cien denarios; el siervo pide a su Señor, y obtiene el perdón completo de toda la deuda; y al consiervo que le suplica le deje tiempo para poder pagarle, ni siquiera esto le concede.

Es digno de destacarse que no se lee que aquel siervo diese a su Señor respuesta alguna; en esto se manifiesta que en el día del juicio cesará toda clase de excusa.

Mas por ventura, el que ha sido arrojado a la condenación eterna, ¿podrá hallar espacio para corregirse? No; la expresión “hasta que” significa lo infinito. De manera que tiene este sentido: siempre estará pagando, pero jamás satisfacerá completamente, y siempre, por lo mismo, sufrirá la pena.

Esto nos manifiesta que será continuamente, es decir, eternamente castigado y que jamás habrá pagado.

Y ¿cuál es la enseñanza de la presente parábola? En el versículo 35 se contiene que Dios no nos perdonará nuestras culpas si nosotros no perdonamos las ofensas que nos hicieron nuestros hermanos, que más justo es que nosotros se las condonemos a ellos que no Dios a nosotros las nuestras. Porque, al fin y al cabo, todos los hombres somos iguales; pero Dios es muy superior a todos nosotros, y nuestros pecados contra Él son innumerables e infinitamente graves, y los de nuestros prójimos contra nosotros son ofensas de hermanos, pocas y a veces leves.

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Pero el rey de la parábola parece decir: Perdonad y os será perdonado; porque si no perdonareis, os volveré a llamar y os reclamaré cuanto os haya perdonado.

Jesucristo dice claramente que Dios no perdona a quien a otro no perdona.

¿Se enseña en esta parábola que Dios, una vez que perdona un pecado, por culpa de un nuevo pecado, retracta el perdón del antiguo y lo castiga?

Se pregunta, concretamente, si los pecados perdonados reviven.

San Antonio de Padua responde:

La solución de este problema es oscura y ambigua, porque algunos afirman, pero otros niegan que los pecados, una vez perdonados, puedan más adelante revivir para ser sometidos a la pena.

Los que dicen que los pecados perdonados reviven, se fundamentan sobre las siguientes afirmaciones.

San Ambrosio: “Perdónense unos a otros, si uno peca contra el otro; de otro modo, Dios hace revivir los pecados perdonados. En efecto, si es despreciado en esta materia, sin duda considerará nula la penitencia, por la cual concedió su misericordia, como se lee en el evangelio del siervo malvado, que fue sorprendido culpable contra su consiervo”.

San Gregorio: “Por lo que se dice en el evangelio consta que, si no perdonamos de corazón lo que fue cometido contra nosotros, nos será de nuevo demandada la cuenta también de lo que, con júbilo, pensábamos que fuese perdonado con la penitencia”.

San Agustín: “Dice Dios: “Perdona y serás perdonado”. Pero yo te perdoné antes. Tú, al menos, perdona después, porque, si no perdonas, te llamaré y pediré cuenta también de los pecados perdonados”.

Y de nuevo: “El que, olvidando los beneficios divinos, quiere vengar las injurias recibidas, no sólo no merecerá el perdón de los futuros pecados, sino que de nuevo se le pedirá cuenta de los pecados que él creía que ya fuesen perdonados”.

Y todavía: “Que los pecados perdonados revivan, allí donde falta la caridad fraterna, lo enseña clarísimamente el Señor en el evangelio del siervo malvado, al cual el señor pidió la restitución de la deuda ya perdonada, porque el siervo no quiso condonar la deuda a su compañero”.

San Beda: “Regresaré a mi casa de la cual salí. Debemos tener temor de este versículo y tomarlo seriamente en cuenta, para que la culpa, que creíamos extinguida en nosotros, no vuelva a caer sobre nosotros por nuestro descuido”.

Se fundamentan, pues, sobre las afirmaciones de estas autoridades los que sostienen que los pecados perdonados reviven, si los mismos son cometidos de nuevo.

Se les objeta:

No parece justo que uno sea castigado de nuevo por el pecado por el cual ya hizo penitencia y que le fue perdonado. Si fuese castigado porque pecó y no se enmendó, evidentemente esto es justo. En cambio, si se le pidiera cuenta de lo que le fue condonado, esto o es una injusticia o una justicia misteriosa. Parece que Dios juzgue y condene dos veces por el mismo pecado y que el castigo fuera infligido dos veces. Todo esto la Escritura lo niega.

Como parece incompatible que los pecados perdonados sean de nuevo imputados, algunos piensan que nadie es castigado de nuevo por Dios por los pecados una vez perdonados.

Otros piensan que los pecados perdonados reviven y son imputados, porque, a causa de la ingratitud, el pecador es considerado culpable, como lo era anteriormente. Y se dice que se pide cuenta de lo que había sido perdonado, porque el pecador fue ingrato del perdón recibido; y así se vuelve reo, como lo era antes.

Hay eximios doctores, que sostienen ya una posición ya la otra.

Por esto yo, sin pronunciarme ni por una ni por la otra, dejo el juicio al lector inteligente, añadiendo que para mí será seguro y cercano a la salvación comer las migajas, que caen bajo la mesa de los señores.

Hasta aquí San Antonio… Santo franciscano.

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Con Santo Tomás, dominico, hemos de decir que los pecados perdonados por la penitencia no vuelven jamás, aunque el pecador recaiga nuevamente en el pecado.

Sin embargo, en cierto sentido impropio, se puede hablar del retorno de los pecados perdonados, en cuanto que:

— el pecado siguiente hace al hombre reo del infierno lo mismo que los anteriores

— por la ingratitud que supone la recaída en el pecado, después de haber sido misericordiosamente perdonado por Dios, el pecado posterior encierra en cierto modo la malicia de los pecados anteriores.

En la Cuestión 88 de la Tercera Parte de la Suma Teológica, Santo Tomás trata estos problemas:

¿Vuelven los pecados ya perdonados por la penitencia, por el mismo hecho de cometer un pecado posterior?

¿Vuelven de algún modo, debido a la ingratitud, especialmente la que suponen ciertos pecados?

¿Vuelven con el mismo grado de culpa?

Y los resuelve de este modo:

¿Vuelven los pecados ya perdonados con el pecado posterior?

En el pecado mortal hay que distinguir dos aspectos: la aversión a Dios y la conversión a los bienes creados.

Lo que hay de aversión en el pecado mortal es, de suyo, común a todos los pecados mortales, ya que cualquier pecado mortal aparta al hombre de Dios. De tal manera que la mancha consistente en la privación de la gracia y el débito de la pena eterna son comunes a todos los pecados mortales.

Pero, por parte de la conversión a los bienes creados, los pecados mortales son diversos, y, a veces, contrarios.

Es por tanto manifiesto que, por parte de la conversión a los bienes creados, el pecado mortal posterior no hace volver los pecados mortales anteriormente perdonados. De lo contrario, se seguiría que, por un pecado de prodigalidad, el hombre contraería el hábito o la disposición de la avaricia anteriormente perdonada, y así ocurriría que una cosa sería causada por su contrario, lo cual es imposible.

Se ha discutido el problema de si la mancha y el débito de la pena eterna, en cuanto que fueron causados por pecados ya perdonados, retornan por un pecado mortal posterior.

Algunos afirmaron enteramente que sí.

Pero esto es imposible. Porque la obra de Dios no puede ser anulada por la obra del hombre. Y, como la remisión de los anteriores pecados es obra de la misericordia divina, ésta no puede ser anulada por el pecado posterior del hombre.

Por eso otros, manteniendo que los pecados vuelven, dijeron que Dios no perdona los pecados al penitente cuando en su presciencia ve que este penitente pecará de nuevo, sino que se limita a otorgarle la justicia en el presente. Porque Él sabe de antemano que este penitente ha de ser castigado eternamente por esos pecados y, sin embargo, al presente lo hace justo por su gracia.

Pero tampoco esto se puede mantener. Porque si a una causa no se le ponen limitaciones, tampoco se le han de poner limitaciones al efecto. Luego, si la remisión de los pecados no es total, sino condicionada al futuro, se seguirá que la gracia y los sacramentos de la gracia no son causa eficaz de la remisión de los pecados. Lo cual es un error que rebaja la virtud de la gracia.

Por tanto, es inadmisible que reaparezca la mancha y el débito de los pecados precedentes en cuanto efecto de tales actos pecaminosos.

Puede ocurrir, sin embargo, que un acto pecaminoso posterior a la penitencia contenga virtualmente el débito del pecado anterior, en el sentido de que quien peca por segunda vez, por el mismo hecho de reincidir, parece que peca más gravemente que había pecado antes.

Se desprecia mucho más la bondad de Dios pecando por segunda vez, después de perdonado el primer pecado, ya que es mayor beneficio perdonar un pecado que soportar al pecador.

Por tanto, con el pecado posterior a la penitencia retorna de alguna manera el débito de los pecados ya perdonados, no en cuanto causado por éstos, sino en cuanto causado por el último pecado cometido, que adquiere más gravedad por los pecados anteriores.

Esto no significa que los pecados precedentes retornen en sentido absoluto, sino, en cierto sentido, en cuanto que están virtualmente contenidos en el pecado posterior.

Objeción: Dice San Agustín: Que vuelven los pecados ya perdonados cuando falta la caridad fraterna, clarísimamente lo enseña el Señor en el Evangelio, en la parábola del siervo a quien el Señor reclamó de nuevo la deuda perdonada, por no haber querido perdonar él la deuda a un compañero. Ahora bien, la caridad fraterna se pierde por cualquier pecado mortal. Luego cualquier pecado mortal hace volver los pecados después de haber sido perdonados por la penitencia.

Respuesta: El texto de San Agustín hay que entenderlo del retorno de los pecados en cuanto al débito de pena eterna, considerado en sí mismo, porque, efectivamente, el que vuelve a pecar después de la penitencia incurre en el débito de pena eterna como antes, aunque no, ciertamente, por la misma razón. Por lo que San Agustín, al decir en otro lugar que no cae de nuevo en lo que ya se le perdonó, añade: sin embargo, es castigado con la muerte que mereció por sus pecados ya perdonados, pues incurre en la muerte eterna que había merecido por sus pecados.

Objeción: Dice el Señor en Ezequiel XVIII: 24: Si el justo se apartase de su justicia y cometiese la impiedad, no serán recordados más todos los actos de justicia que hizo.

Respuesta: Con el pecado posterior, las obras de justicia anteriores quedan en el olvido, en cuanto meritorias de la vida eterna, no en cuanto que eran impedimento de pecado.

¿Retornan los pecados perdonados por la ingratitud manifestada especialmente en cuatro géneros de pecados, a saber: el odio, la apostasía de la fe, el desprecio de la confesión y el dolor de la penitencia hecha?

Dice San Gregorio, en XVIII Moral: Consta en los Evangelios que, si no perdonamos de todo corazón la injuria recibida, se nos exigirá de nuevo también aquello de cuyo perdón gozábamos por la penitencia. Y así, por la ingratitud, especialmente la del odio fraterno, retornan los pecados perdonados. Y la misma razón vale para los demás pecados indicados.

Los pecados perdonados con la penitencia se dice que retornan en cuanto que el débito por ellos está virtualmente contenido en el pecado posterior por la ingratitud que supone este pecado.

Ahora bien, la ingratitud puede ser doble.

Primera, la que consiste en hacer algo contra el beneficio recibido. Y, en este sentido, cualquier pecado mortal, con el que se ofende a Dios, convierte al hombre en ingrato hacia quien le ha perdonado los pecados. Y así, con cualquier pecado mortal posterior retornan los pecados anteriormente perdonados por la ingratitud que este pecado supone.

Segunda, se comete ingratitud actuando no sólo contra el mismo beneficio, sino también contra la forma del beneficio obtenido.

Pues bien, esta forma, desde el punto de vista del beneficio, es la condonación del débito.

Por lo que obra contra esta forma quien no perdona al hermano que le pide perdón, y se mantiene en el odio.

Pero desde el punto de vista del penitente, que recibe el beneficio, encontramos un doble movimiento del libre albedrío.

Primero, movimiento del libre albedrío hacia Dios, que consiste en el acto de fe formada, y contra el cual obra el hombre apostatando de la fe.

Segundo, movimiento del libre albedrío contra el pecado, que es el acto de la penitencia.

A la cual pertenece en primer lugar la detestación de los pecados pasados. Y contra esta detestación actúa quien se arrepiente de haberse arrepentido.

Y, en segundo lugar, pertenece al acto de penitencia que el penitente se proponga someterse a las llaves de la Iglesia con la confesión. Y contra esto va quien desprecia el confesarse, como se lo había propuesto.

Por consiguiente, se dice que la especial ingratitud de estos pecados hace retornar los pecados previamente perdonados.

Los pecados veniales de ningún modo hacen retornar los pecados perdonados porque con el pecado venial no se incurre en ingratitud, ya que el hombre que peca venialmente no obra contra Dios, sino que prescinde de él.

Por la ingratitud del pecado posterior, ¿se contraen tantos débitos cuantos correspondían a los pecados ya perdonados?

Algunos afirmaron que por la ingratitud del pecado posterior se origina un débito de pena tan grande como el de los pecados ya perdonados, además del débito propio de ese pecado.

Pero esto no se sigue de modo necesario. Porque, como se ha dicho anteriormente, el débito de los pecados precedentes no retorna por el pecado posterior como efecto de los actos de los pecados precedentes, sino como efecto del acto del nuevo pecado.

Por lo cual es lógico decir que la gravedad del débito que retorna corresponde a la gravedad del pecado posterior.

Ahora bien, puede acontecer que la gravedad del pecado subsiguiente se equipare a la gravedad de todos los pecados precedentes. Pero esto no siempre ocurre así, ya se trate de la gravedad específica del pecado, ya se trate también de la gravedad resultante de la ingratitud aneja.

Porque no es necesario que la medida de la ingratitud corresponda con la medida del beneficio recibido, cuya magnitud viene dada por la gravedad de los pecados perdonados.

Acontece, en efecto, que, con respecto al mismo beneficio, uno es muy ingrato, por la intensidad en el desprecio del mismo, o por la gravedad de la culpa cometida contra el benefactor; otro, sin embargo, es poco ingrato porque le desprecia menos, o porque actúa menos contra el bienhechor.

Pero, proporcionalmente, la gravedad de la ingratitud corresponde a la magnitud del beneficio, ya que, supuesto un idéntico desprecio por el beneficio recibido, o una idéntica ofensa al bienhechor, la ingratitud es tanto más grave cuanto mayor ha sido el beneficio.

Queda claro que no es necesario que por la ingratitud del pecado posterior retorne un débito igual al de los pecados precedentes, sino que, proporcionalmente, cuanto más y más graves fueron los pecados anteriormente perdonados, tanto mayor ha de ser el débito que retorna con cualquier pecado mortal.

Por lo tanto, si bien es cierto que el beneficio de la culpa remitida recibe su magnitud absoluta de la gravedad de los pecados perdonados, sin embargo, el pecado de ingratitud no recibe su magnitud absoluta de la magnitud del beneficio, sino de la magnitud del desprecio o de la ofensa.

Objeción: Es mayor pecado ofender a Dios que ofender al prójimo. Ahora bien, a un esclavo liberado y culpable se le reduce a la esclavitud que antes tenía, o se le somete a una mayor. Luego con mayor razón se le somete al mismo débito penal que antes a quien peca contra Dios después de haber sido liberado del pecado.

Respuesta: Al esclavo liberado no se le reduce a la antigua esclavitud por una ingratitud cualquiera, sino por una grave.

Objeción: En San Mateo 18, 34 se dice que, a quien por su ingratitud se le imputan de nuevo los pecados perdonados, airado el Señor le entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Ahora bien, esto no ocurriría si la ingratitud no llevase consigo un débito tan grande como el de todos los pecados precedentes. Luego por la ingratitud vuelve el mismo débito.

Respuesta: Aquel a quien se le imputan de nuevo los pecados perdonados por la subsiguiente ingratitud, devuelve toda la deuda por el hecho de que la gravedad de todos los pecados precedentes se encuentra proporcionalmente en la ingratitud subsiguiente, y no de un modo absoluto, como ya se ha dicho.

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Concluyo con San Antonio de Padua:

Hermanos queridísimos, imploremos y supliquemos al Señor:

— que nos perdone los pecados pasados,

— que nos conceda la gracia de no recaer en ellos,

— y que perdonemos de corazón a nuestros hermanos.

Y así mereceremos llegar a su gloria, en la cual Él es digno de alabanza y glorioso por los siglos eternos. Amén.

Fuente:

http://radiocristiandad.wordpress.com/

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