“SOBRE LOS ORÍGENES DE LA FRANCMASONERÍA”: EL ABATE BARRUEL

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EL ABATE BARRUEL

“COMPENDIO DE LAS MEMORIAS, PARA SERVIR A LA HISTORIA DEL JACOBINISMO”

Unos derivan la Francmasonería de los Caballeros del Temple, otros la hacen venir de los Maniqueos, y otros de los antiguos misterios del paganismo ; los más docenales pretenden remontarse hasta Salomón y hasta los primeros Patriarcas.  Esta última opinión es ridícula y dice con harta claridad a los Francmasones que toda esta moral, y todos estos misterios de sus Logias no habían sido inventados sino para dispensarlos de la Revelación y de todos los misterios del Evangelio. Dicho origen es mucho más sospechoso en los que derivan su Francmasonería de las escuelas secretas del antiguo paganismo, y nos da evidentemente el derecho de decir a los Francmasones   ¿Descendéis de esos pretendidos sabios, de esos pretendidos filósofos Persas, Egipcios, Griegos, Romanos o Druidas que, reducidos a las luces de la razón, no conocieron del Dios de la naturaleza mas de lo que la razón había podido decirles de él?

Vosotros sois los hijos del Deísta, o bien del Panteísta, y llenos de la doctrina de vuestros padres buscáis el modo de perpetuarla. Así como ellos, no véis más que superstición y preocupaciones en todo aquello de donde el resto de los hombres cree haber sacado verdades con las luces de la Revelación. Todo el Cristianismo y sus misterios no son, pues, para vosotros sino un objeto de menosprecio y de odio. 

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Vosotros detestáis todo lo que detestaban los sofistas del paganismo y los sofistas iniciados en los misterios de los presbíteros de ídolos ; pero estos sofistas y estos presbíteros detestaron el Cristianismo y se mostraron sus más grandes enemigos. Después de todas vuestras confesiones, ¿qué podemos ver, pues, en vuestros secretos, si no es el mismo odio y el mismo empeño de aniquilar toda religión que no sea la de vuestros pretendidos sabios desprovistos de las luces de la Revelación?

Sobre su origen hay una opinión más común entre ellos, y es aquella que se les refería a todos, haciendo derivar sus misterios de los antiguos Caballeros del Temple. Aunque estos Caballeros estuviesen inocentes de todos los delitos de que se les había acusado, ¿cuál podía ser el objeto, sea religioso, sea político de la Masonería, perpetuando estos misterios bajo el nombre y los emblemas de aquella Orden? ¿Los templarios habían traído a Europa una religión, o bien una moral desconocida?  ¿Por ventura es esto lo que habéis heredado de ellos?  Luego en este caso, vuestra religión y vuestra moral no es la del Cristianismo. ¿Su fraternidad y su beneficencia es lo que hace el único objeto de vuestros secretos? Pero valga la buena fe, ¿los Templarios habían añadido algo a estas virtudes evangélicas? ¿Es la religión de Jehová o la unidad de Dios compatible con todos los misterios del Cristianismo?  ¿Por qué, pues, todo cristiano no masonizado  no es para vosotros sino un profano?

Ya no es tiempo de responder a estas reconvenciones, a saber, que la Religión se alarma vanamente y que su objeto fue siempre extraño a las Logias Masónicas,  que este nombre, y este culto de Jehová, que los masones convienen todos en haber recibido de los Caballeros del Temple, no son ajenos del Cristianismo.

Y si la política comparte las alarmas de la Religión, ¿cuál será en este caso el efugio de los adeptos, que juran vengar la libertad, la igualdad y todos los derechos de su asociación ultrajada por la destrucción de los Templarios?  En vano se alegaría la inocencia real, o pretendida de estos demasiado famosos Caballeros.  El intento de la venganza, que ha podido perpetuarse cerca de cinco siglos, no recae sin duda en la persona de Felipe el Hermoso, de Clemente V, sobre la de los otros Reyes y de los Pontífices que a principios del siglo XIV contribuyeron a la abolición de esta Orden.

Este propósito de la venganza no tiene objeto, o bien recae sobre los mismos herederos y sobre los sucesores de estos Reyes, y de estos Pontífices,  y se ha perpetuado como la escuela misma de los principios y de los misterios que se nos dice haber pasado de los Templarios a los Masones.  Pero entonces,  ¿qué son estos hombres, y estos principios, que no se pueden vengar sino por la muerte de los Reyes y de los Pontífices?  Y, ¿qué son las Logias, en donde perseveran en este propósito y en este juramento después de 480 años?

 No hay necesidad de examinar si Jacobo de Molay y su Orden fueron inocentes o culpables ; si los Templarios son, o no son, los padres de los Masones. Basta lo que es incontestable, basta que los masones se den a los Templarios por antepasados suyos. Desde entonces el juramento de vengarlos, y toda la alegoría oculta bajo este juramento, no muestra más que una asociación siempre amenazadora y siempre conspiradora contra los Jefes de la Religión y los Jefes de los Imperios.

Esta presunción, o también esa especie de demostración que resulta de las confesiones que nos hacen los Francmasones mismos sobre el origen de sus misterios, adquiere todavía mayor fuerza cuando uno se resuelve a recorrer los verdaderos monumentos de la historia sobre estos Templarios, padres de las Logias Masónicas.

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Hugo de Payens, fundador de los pobres caballeros del Templo. Sin duda grandes ejemplos de virtud y de valor en los primeros tiempos de su institución.

La Orden de los Caballeros del Temple establecida por Hugo de Paynes, y confirmada en 1146 por Eugenio III, dio sin duda grandes ejemplos de virtud y de valor en los primeros tiempos de su institución.  A la verdad estos Caballeros se distinguieron desde luego por todo el celo que la caridad cristiana podía inspirar a favor de los fieles a quienes la devoción llamaba en este tiempo a visitar Tierra Santa. No se pueden menos de admirar los prodigios de su valor contra los sarracenos, pero es necesario distinguir aquí los tiempos de su primer fervor, y los de su relajación y corrupción.

Ya muchos años antes de su extinción, la historia los acusa de haber convertido en tinieblas la luz de sus predecesores, de haber abandonado su primera vocación por los proyectos de su ambición y los placeres de la disolución ; de haber hecho traición más de una vez a los Príncipes Cristianos para hacer abortar sus proyectos: En una palabra, de haberse vuelto en hombres tan pérfidos y tan desarreglados, como sus predecesores habían sido fieles y religiosos.  Los hechos jurídicos de su proceso han escapado a la voracidad del tiempo ; su importancia los hizo conservar en muy grande número. Consulte el historiador la recopilación que ha hecho de ellos Mr. Dupuy, Bibliotecario del Rey. Este es el verdadero medio de formar el juicio sobre la inocencia o sobre los crímenes de esta famosa Orden.

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Rey Felipe IV. Desde el principio prometió renunciar a todas estas riquezas, y cumplió su palabra religiosamente, porque ni una sola posesión de los templarios fue aplicada a su Corona, según el testimonio más constante que le da la historia.

Se ha dicho que Felipe el Hermoso y Clemente V habían concertado entre sí la destrucción de los Templarios; pero esta pretensión desaparece por las cartas del Rey, y por las del Papa.  Clemente V no puede creer al principio las acusaciones, y aún cuando le es imposible resistir a las pruebas que Felipe le ofrece, se halla tan poco de acuerdo con este Príncipe que cada paso del uno y del otro en este gran negocio, ocasiona quejas y disputas interminables sobre los derechos del Soberano y sobre los de la Iglesia.

Se ha dicho que este Rey había buscado cómo apoderarse de las inmensas riquezas de los Templarios; pero desde el principio prometió renunciar a todas estas riquezas, y cumplió su palabra religiosamente, porque ni una sola posesión de los templarios fue aplicada a su Corona, según el testimonio más constante que le da la historia, (véase Luyette, Rabeu, Mariana).

Se habla del espíritu de venganza que dominaba a este Príncipe, y no se halla en el discurso de aquel largo proceso ni una sola ofensa particular de que el mismo Príncipe tuviese que vengarse de los Templarios. En su defensa no hay una sola palabra que suponga en él la referida ofensa, o el deseo de vengarla, y hasta este momento la amistad había unido a su Gran Maestre con Felipe el Hermoso, que le había hecho padrino de uno de sus hijos. Se pretende principalmente que la violencia y los tormentos hayan arrancado las confesiones de los Templarios, pero en la muchedumbre de las informaciones recibidas se señalan más de doscientas confesiones, como hechas libremente y sin el menor uso del tormento.

El tormento no se aplicó sino a uno solo, y si le obliga a confesar, son absolutamente las mismas confesiones que doce Caballeros, sus co-hermanos, habían hecho con entera libertad. Muchas de estas confesiones se recibieron en los Concilios, en donde los Obispos comienzan declarando que los Templarios no sean puestos en tormento, y que los que “hubiesen confesado por temor de los tormentos sean mirados como inocentes”, (Véase Concilio de Raben, Rubeus Hist. Raben Lib. 6)

Por otra parte, Clemente V, lejos de favorecer los designios de Felipe el Hermoso contra los Caballeros del Temple, declara nulos los procedimientos de este Príncipe, y suspende en seguida a los Obispos, Arzobispos, Prelados e Inquisidores de Francia.  En vano el Rey le acusa de favorecer los crímenes de los Templarios.  Clemente no se rinde sino después de haber preguntado él mismo, y hecho preguntar en su presencia a setenta y dos Caballeros; y les pregunta, no como Juez que busca culpables, sino como un hombre interesado en hallarlos inocentes para justificarse de la nota de haberlos favorecido; y oye de su boca las mismas confesiones repetidas, confirmadas “libremente y sin violencia”. Envía las personas más respetables con el interrogatorio a los superiores, a quienes la edad, o las enfermedades impiden presentarse ante él, y quiere que se les lean las deposiciones hechas por sus co-hermanos a fin de que se sepa si reconocen ser verdaderas. No quiere sobre todo otro juramento que el de responder “libremente y sin temor, espontáneamente y sin cocción”, (Epistol. Clem. V Regibus Galliae, Angliae, Siciliae).

El Gran Maestre, y aquellos otros superiores de diversas provincias deponen y confiesan también las mismas cosas, y aún las repiten, y muchos días después aprueban la extensión de sus confesiones hechas por los Notarios públicos, y sólo entonces el Papa revoca sus amenazas y la suspensión de los Obispos franceses, y permite que en Francia se sigan, para el juicio de los Templarios, las órdenes de Felipe el Hermoso.  Pero dejemos esto a un lado, y atengámonos a las confesiones que solo la fuerza de la verdad arranca de los Caballeros.

El resultado de estas confesiones era que, al tiempo de su recepción, los Caballeros del Temple renegaban de Jesucristo, pisoteaban la Cruz y la cubrían de esputos; que el Viernes Santo era para ellos un día consagrado en especial a estos ultrajes; que substituían la adoración de la Cruz por la adoración de una cabeza monstruosa; que prometían entregarse los unos a los otros para los goces más opuestos a la naturaleza; arrojaban a las llamas a los hijos nacidos de un Templario; se obligaban bajo juramento a seguir sin excepción las órdenes del Gran Maestre; a no perdonar ni a lo sagrado, ni a lo profano, a mirarlo todo como lícito para el bien de su Orden, y principalmente a no violar jamás los horribles secretos de sus misterios nocturnos, bajo la pena de los más terribles castigos, (Ved en las piezas justificativas referidas por Dupuy el extracto de los registros).

Muchos, haciendo estas confesiones, añadieron que habían sido forzados a estos horrores por la violencia, la prisión y los más crueles tormentos; que habrían querido imitar el gran número de aquellos  a quienes estos mismos horrores habían obligado a pasar a otras Órdenes Religiosas, y que no se habían atrevido a causa del poder y de las venganzas con que se les amenazaba. En esta declaración pública testificaron con sus lágrimas el más ardiente deseo de ser reconciliados con la Iglesia.

Clemente V, no pudiendo resistir a tantas pruebas, entendió en fin de donde provenían las quejas sobre las frecuentes traiciones de que los Príncipes Cristianos habían sido víctimas en sus guerras contra los sarracenos, y consintió que se prosiguiese la causa de los Templarios.  Entonces fueron oídos en París ciento cuarenta de estos Caballeros, a excepción de tres, que dijeron que no tenían conocimiento de los crímenes imputados a su Orden.  El Papa no creyó deber contentarse con esta información hecha por Religiosos  y Gentileshombres franceses, y pidió otra nueva, que se recibió en el Poitou delante de los Cardenales y otras personas nombradas por él mismo; y las mismas confesiones se repitieron siempre, y con la misma libertad.

El Gran Maestre y los jefes las renovaron por tercera vez en presencia del Papa. Las informaciones continuaron durante muchos años en París, Champaña, Normandía, Quercy,  Languedoc y Provenza. Sólo en Francia resultaron de ellas más de doscientas confesiones de la misma naturaleza. No variaron en Inglaterra en el Sínodo de Londres, donde se emplearon dos meses en las propias informaciones y donde setenta y ocho Caballeros confesaron las mismas infamias.  Las mismas hubo también en Irlanda, en donde cincuenta y cuatro Caballeros se confesaron igualmente culpables. Por último, en Italia, en los Concilios de Rávena, de Bolonia, de Pisa y de Florencia, todas las informaciones dieron también el mismo resultado, aunque los Obispos se mostrasen muy activos para absolver a los Caballeros que lograsen justificarse.

Cuando se han puesto en duda los crímenes de esta Orden, no se ha pensado bastante en la muchedumbre de estas confesiones y la diversidad de las naciones que las oyeron.  Sería un hecho muy extraño en la historia que tantos Caballeros oídos en Francia, en Inglaterra, en Italia, en Irlanda y en Escocia se hubiesen dado por culpables de los más grandes horrores, y sería un  delito mucho más extraño todavía, y mucho más afrentoso para la naturaleza humana, que tantos Obispos, tantos Gentileshombres, tantos Magistrados y tantos Soberanos, hubiesen supuesto que estas confesiones habían sido hechas con toda la libertad posible, en el caso de que no hubiesen sido arrancadas sino por el temor, la violencia y los tormentos. Pero para honor de la humanidad, no es así como fueron juzgados los Templarios en Francia, ni en otras partes se había agitado causa más importante. Por todo lo que nos queda de documentos auténticos sobre este famoso proceso, es imposible dejar de convenir en que nunca se han tomado más precauciones para no confundir al inocente y al culpable.

El vulgo podrá dejarse arrastrar por las protestas tardías de Guy, y de Molay, porque el vulgo no distinguirá jamás la firmeza y la constancia de la virtud, de la pertinacia de la desesperación, y no sabe que un falso honor tiene sus mártires así como los tiene la verdad. Jacobo Molay ha perseverado en sus confesiones durante tres años, y las ha renovado a lo menos tres veces; los reproches de algunos hermanos y un honor mal entendido le obligan en fin a contradecirlas, pero no suministra prueba alguna de su inocencia; y su sola retractación no bastará para demostrar la injusticia de su condenación y la falsedad de las confesiones que han hecho tantos otros Caballeros.

Aún mucho menos daremos fe a la fábula de Molay apelando y emplazando a Felipe el Hermoso y al Papa Clemente para que compareciesen ante el Tribunal de Dios  en el espacio de un año, porque la historia varía igualmente sobre el día y sobre el año en que Molay sufrió su sentencia.  !Tales son los hombres de quienes los Francmasones hacen gloria de descender! 

La impiedad de los Templarios no era propuesta a los hermanos como modelo de las opiniones que debían seguir en Religión más que en los últimos grados de su iniciación, a los que pocos Masones eran admitidos. Se les decía que el Dios de los Cristianos no fue más que un falso profeta, justamente condenado a muerte para expiar sus propios crímenes, y no los del género humano. Confrontemos los  últimos grados Masónicos con el dogma, con el lenguaje, y con los símbolos de los Templarios, y la semejanza será asombrosa.

Fuente:

https://forocatolico.wordpress.com/

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