Festividad de la Maternidad Divina de María

Por el Reverendo padre Juan Carlos Ceriani

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MATERNIDAD DIVINA DE MARÍA SANTÍSIMA

Festejamos hoy la Maternidad divina de María Santísima. Y nos encontramos con la Inmaculada en un estado nuevo y más perfecto que los precedentes. El Arcángel la ha saludado llena de gracia, y Ella posee ya en su seno purísimo al mismo autor de la gracia; y esta posesión no es momentánea, pues se prolongará durante nueve meses en sus castas entrañas.

Mientras que con su propia sustancia nutre y hace crecer el cuerpo adorable de su Hijo, Él la alimenta espiritualmente por medio de las influencias de su divinidad, comunicándole en plenitud la vida divina mediante la gracia.

¡Qué unión! ¡Qué intimidad! No hay mayor en el orden de la naturaleza que la de una madre con el hijo que lleva en su seno. Todas las disposiciones, todas las impresiones de la madre pasan al hijo, y lo que obra sobre la una, obra por repercusión sobre el otro, porque los dos no forman físicamente más que uno.

Asimismo, pues, en el orden de la gracia, después de la unión hipostática del Verbo con la naturaleza humana asumida, no hubo ni habrá unión más estrecha que la de María con Jesús.

Las disposiciones, los sentimientos del Hijo pasan al alma de la Madre. No hay afecto, no hay impresión de que no la haga partícipe; y uno y otra no forman moralmente sino una misma cosa.

María era antes recogida; mas ¡qué nuevo género de recogimiento la domina ahora, del que no tenía idea!

Ella antes gozaba de continuo de la presencia de Dios; mas, ¿qué comparación tiene aquella con esta nueva presencia?, que la autoriza para decir: Dios está realmente en mí, me es más íntimo que yo misma; y así como mi vida es la suya, su vida es también la mía.

Antes estaba siempre en oración; ahora Jesucristo mismo es quien ruega en Ella y con Ella; y su oración es la misma que la del Verbo encarnado.

Ya no necesita, para hallar a Dios, que su espíritu y su corazón se transporten fuera de sí misma. Ella lo tiene en sí; su estado natural, en cierto sentido, es de estar con Dios; y el mismo Hijo único que está eternamente en el seno del Padre, reside temporalmente en el seno de María.

Dicho ésto, ya se ha dicho todo sobre el interior de María; sólo falta confesar que es incomprensible e inefable.

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Mas, ¿que enseña de nuevo a María el Verbo anonadado en Ella? Le da luces más vivas sobre la grandeza de Dios y sobre la nada de la criatura. Le comunica sobre la humildad miras y sentimientos que antes no tenía ni podía tener; le enseña que, si la majestad divina no puede ser dignamente honrada sino por las humillaciones de un Dios hecho hombre, todos nuestros homenajes de nada sirven, y no son capaces de merecer su agrado por sí solos.

¡Qué lección! ¿Y quién la comprendió jamás mejor que la Madre del Verbo encarnado, para dar a su Padre la gloria que le es debida?

La Virgen Madre, desde aquel momento ya no pensó en glorificar a Dios por sí sola; tuvo el sentimiento íntimo de su impotencia, y no lo glorificó sino por medio de su Hijo.

Sí, María desapareció totalmente a sus propios ojos desde el momento en que fue hecha Madre de Dios. El ser infinito que encerraba en su seno absorbió su ser finito; quedó perdida en el abismo de la Divinidad.

Se verifica de este modo que toda elevación que viene de Dios sume a la criatura en la más profunda humildad.

¡Cuán humilde debió ser Ella para merecer semejante favor! Mas, ¡cuánto más debió serlo después que lo hubo recibido!

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Contemplemos a Jesús en el seno virginal de su Madre.

No es el Niño Dios como los demás niños. El alma de Jesucristo, desde el momento de su unión con el Verbo divino, tuvo no sólo el ejercicio libre de sus facultades, sino también el perfecto y entero conocimiento de los objetos sobre que debía ejercitarlas. Desde entonces, pues, empezó a poner en práctica su entera sumisión a su Padre, que continuó sin la menor interrupción.

Adoraba a Dios su Padre, le amaba, se sometía a su voluntad; aceptaba con resignación el estado en que se hallaba, conociendo toda su debilidad, toda su humillación. ¡Qué prisión tan terrible! ¡Qué calabozo tan oscuro! ¡Qué sujeción de todos los miembros!

Por ahí entró Jesucristo en su dolorosa y humillante carrera; así empezó a anonadarse delante de su Padre; allí comenzó a enseñarnos lo que Dios merece de parte de su criatura y el estado a que debiéramos reducirnos para honrarle, si de nosotros dependiese.

¡Qué gloria para Dios el ver una Persona divina reducida a un abatimiento tal para rendir homenaje a su divina majestad!

¡Qué lección para nosotros, si supiésemos meditarla y ponerla en práctica!

Unámonos a las adoraciones del Verbo Encarnado en el seno purísimo de María Virgen y Madre.

Unámonos a su profundo abatimiento.

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Habiendo la Virgen oído todo lo que el Ángel le decía, le respondió: He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.

El Espíritu Santo ciertamente le inspiró las palabras que había de decir, ejercitando algunas excelentísimas virtudes, con las cuales acabó de disponerse para ser digna Madre de Dios.

La primera fue su gran fe, dando crédito a las palabras del Ángel y creyendo que podría ser madre y virgen, sintiendo altamente la omnipotencia de Dios.

La segunda fue su profunda humildad en medio de tantas grandezas que se le ofrecían, llamándose esclava del Señor, y juzgándose, por consiguiente, indigna de ser su Madre; poniéndose, en cuanto era de su parte, en el último lugar, cual es el de las esclavas.

¡Oh Virgen sapientísima!, ¿quién os ha enseñado a juntar con tal primor cosas que tanto distan? Si creéis que habéis de ser Madre de Dios, ¿cómo os llamáis su esclava? Y si os tenéis por esclava, ¿cómo os ofrecéis a ser Madre de Dios? ¿Qué tiene que ver ser madre con esclava? ¿Y cómo se concuerdan certidumbre de tanta bajeza con convicción de tan grande alteza, humildad tan profunda con magnanimidad tan alta?

Todos estos sentimientos tuvo la Santísima Virgen cuando se llamó esclava del Señor; y se precia mucho de este nombre porque sabía cuán agradable es a Dios, el cual solía llamar con el mismo nombre de siervo al Mesías su Hijo, en cuanto hombre, y este mismo se preciaba de ello.

Mas para que se entienda la alteza de este consentimiento, se ha de ponderar que, no solamente puso los ojos en la grandeza que el Ángel le dijo, sino también en los terribles trabajos que había de padecer aquel Hijo que le ofrecían, los cuales conocía bien por las Escrituras Sagradas, y que de ellos había de caber una parte muy grande a su Madre.

Y, sin embargo de esto, aceptó la dignidad de Madre, con la carga pesadísima del oficio; y por esto se llamó esclava, como quien la aceptaba, no para ser servida como señora, sino para servir y padecer como sierva.

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Dando la Virgen su consentimiento, en el mismo instante el Espíritu Santo formó de su sangre purísima un cuerpo perfectísimo, y creó un alma racional excelentísima, y los juntó entre sí y con la Persona del Verbo Eterno, quedando Dios hecho hombre, y el hombre Dios; y Dios desposado con la humana naturaleza en aquel tálamo virginal, y la Virgen levantada a la dignidad de Madre de Dios.

¡Oh, cuán alegre estaría el Padre Eterno por habernos dado a su Hijo, y con qué amor tan infinito amaría a este Niño, Dios y Hombre verdadero!

Y cómo se agradaría en Él sobre todo lo criado, pues, como dice Santo Tomás, mucho más ama Dios a sólo Cristo, que a todos los Ángeles y hombres, y a todas las criaturas juntas; y así, mucho más se goza y agrada de mirarle, que de mirar a todo el resto de lo criado y por criar.

También hemos de ponderar el contento del Espíritu Santo en haber hecho esta obra, que se atribuye a Él por ser propio de esta Persona la bondad y el amor; y entonces parece que hartó su deseo, habiendo hecho la suprema obra de amor que podía.

Consideremos también el contento de la Virgen sacratísima en aquel instante de la Encarnación, porque le dio Nuestro Señor una luz extraordinaria con que vio el modo como se obró este misterio en sus entrañas; y cuando vio a Dios hecho hombre dentro de sí, y así se vio Virgen y Madre, y Madre de tal Hijo, fue llena de inefable gozo.

¡Qué agradecimiento, qué alabanzas y qué júbilos tendría! ¡Qué plenitud de bienes recibió en aquel momento!

Y la que antes estaba llena de gracia, entonces quedó mucho más llena y colmada de todas gracias, y de inestimable gozo con la posesión de ellas.

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En muy importante considerar las causas por qué quiso Dios hacerse niño y ser concebido en vientre de mujer, pudiendo tomar cuerpo de varón perfecto, como formó el cuerpo de Adán.

Las causas de esto fueron éstas:

La primera, para hacerse, como dijo el Apóstol, semejante en todo a sus hermanos los hombres y obligarlos con esto a que le amasen más tiernamente.

La segunda fue para darnos ejemplo de humildad, y aficionarnos a ella, cuando viésemos con los ojos de la fe al Dios de la majestad hecho niño pequeñito, y al que no cabe en Cielos ni tierra, estrechado en el vientre de una mujer.

La tercera fue para entrar en el mundo dándonos ejemplo de paciencia y mortificación muy perfecta, sufriendo una cárcel horrible, oscura y estrecha de nueve meses, cual es el vientre de la mujer, en el cual está el niño estrechado y apretado, sin poderse menear a un lado ni a otro, ni mover pie ni mano, ni ver, ni oír, ni oler, ni gustar cosa alguna.

Y aunque los demás niños no sienten esto por no tener el uso de la razón, este Niño bendito, como le tenía muy perfecto, lo sentía, y sufría de buena gana aquella cárcel y aquella mortificación de sentidos para librarnos de la cárcel eterna.

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Siguiendo con nuestra meditación, se han de considerar los vivos deseos que tenían de este soberano parto y Nacimiento, el Niño y la Virgen, en quien son representados los fieles que tienen fe de este misterio, y a su imitación desean asemejarse para celebrarle dignamente.

Hemos de contemplar, pues, el encendidísimo deseo que tenía Jesucristo Nuestro Señor, estando en el vientre de su Madre, de perfeccionar y llevar a cabo la Redención, y, por consiguiente, de ver la luz en el mundo.

Sin embargo, a pesar de este deseo, no quiso nacer antes de los nueve meses, que es el tiempo en que comúnmente nacen los demás niños, por conformarse con todos y padecer aquella cárcel enteramente, sin dejar un día; porque, en lo que era padecer, no quiso usar consigo de dispensación, ni excepción, ni privilegio.

También tendremos en cuenta los encendidos deseos que tenía la Virgen Santísima de ver nacido a su Hijo y de que llegase ya la dichosa hora de su parto, por conocer de vista al que no sólo era Hijo suyo, sino principalmente de Dios, y ver aquella humanidad sacratísima que había tomado carne de sus entrañas, y gozar de su hermosura.

También por adorarle, servirle y regalarle y hacer con Él oficio de Madre, en agradecimiento de la merced que la había hecho de escogerla para ello.

Finalmente, para que el mundo gozase del bien que Ella tenía, porque aunque le amaba mucho, no le quería para sí sola, sino para todos, pues Él se había encarnado para todos.

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Sabe con certeza María que su virginidad no sufrirá menoscabo. En efecto, tenía la esperanza certísima de que su virginidad no había de padecer detrimento alguno en el parto, creyendo firmemente que como fue virgen en el concebir al Hijo de Dios sin obra de varón, así lo sería en el dar a luz sin perjuicio de su entereza virginal.

La experiencia de lo pasado la certificaba de lo futuro, acordándose que ambas cosas estaban profetizadas juntamente por Isaías, diciendo: Mirad que una virgen concebirá y dará a luz un hijo, cuyo nombre será Emmanuel, que quiere decir: Dios con nosotros.

Meditaría estas palabras dentro de sí, y con grande admiración diría:

¿De dónde a mí tanto bien, que sea yo esta milagrosa virgen?

¿Que es posible que haya yo concebido en mis entrañas al mismo Hijo que el Eterno Padre tiene dentro de las suyas?

¿Y que está conmigo el Emmanuel que tantos han deseado tener consigo?

¿Y que sin daño de mi virginidad saldrá de mí para estar y morar con todos?

Gracias te doy, ¡oh Emmanuel bendito!, por haber escogido a esta humilde Virgen por tu Madre.

¡Oh!, si llegase ya la hora de que nacieses. Porque, aunque salgas de mí en cuanto hombre, siempre te quedarás conmigo en cuanto Dios.

De aquí procedía que estaba libre de los temores que tienen otras mujeres embarazadas, y de los cuidados del parto, que suelen darles grande pena.

Ella sólo tenía cuidado de aparejar su alma con esclarecidos actos de virtud para servir mejor a su Hijo, y también de prevenir lo que era menester para su nacimiento, conforme a su pobreza.

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Concluyamos con las hermosas palabras del San Bernardo:

Dios te salve llena de gracia, el Señor es contigo.

No dijo el Ángel, el Señor está en ti, sino el Señor es contigo, porque aunque Dios está igualmente en todas partes por su simplicísima sustancia, con todo eso está de diferente modo en las criaturas racionales que en las demás; y en aquellas mismas todavía de otra suerte en los buenos que en los malos, por su eficacia.

De tal modo que está en las criaturas irracionales y no puede caber en ellas, y en las racionales puede caber por el conocimiento, pero sólo halla cabida completa en los buenos por el amor.

Así, sólo en los buenos está de tal manera, que además de estar en ellos, está también con ellos por la concordia de la voluntad, porque, cuando sujetan de tal modo sus voluntades a la justicia, que no es indecente a Dios querer lo que ellos quieren, por lo mismo que no se apartan de su voluntad, se juntan a sí mismos y se juntan también con especialidad con Dios.

Mas, aunque de esta manera está Dios con todos los Santos, particularmente está con María, con la cual tuvo tanta concordia que juntó a sí mismo no sólo su voluntad, sino también su misma carne, y de su sustancia y de la carne de la Virgen hizo un solo Cristo, o mejor, se hizo un solo Cristo, el cual, aunque ni todo de la sustancia de Dios, ni todo de la carne de la Virgen, sin embargo todo es de Dios y todo de la Virgen, no siendo dos hijos sino uno sólo, hijo de uno e hijo de la otra.

Dice, pues, Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo.

Y no solamente el Señor Hijo es contigo, al cual revistes de tu carne, sino también el Señor Espíritu Santo, de quien concibes, y el Señor Padre, que engendró al que tú concibes.

El Padre es contigo, y hace que su Hijo tuyo también.

El Hijo es contigo, que para obrar en Ti este admirable misterio se abre milagrosamente para Sí tu seno, pero a Ti te guarda el sello virginal.

El Espíritu Santo es contigo, y juntamente con el Padre y con el Hijo santifica tu seno.

Ciertamente, Madre de Dios, el Señor es contigo.

Fuente:

http://radiocristiandad.wordpress.com/

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