¿A quién invoca realmente Decimepancho?

Francisco Bergoglio

AL GRAN DISCÍPULO SE LE VE EL RABO… COLORADO

El día de la “ceremonia litúrgica” inaugural del Sínodo de la Familia (domingo 4 de octubre), se despachó Bergoglio:

“…

(el que quiera mortificarse intensa y estérilmente, puede encontrar el texto completo aquí).

“Las lecturas bíblicas de este domingo parecen elegidas a propósito para el acontecimiento de gracia que la Iglesia está viviendo, es decir, la Asamblea Ordinaria del Sínodo de los Obispos sobre el tema de la familia que se inaugura con esta celebración eucarística.

“Dichas lecturas se centran en tres aspectosel drama de la soledad, el amor entre el hombre y la mujer, y la familia.

“…

El amor entre el hombre y la mujer

“Leemos en la primera lectura que el corazón de Dios se entristeció al ver la soledad de Adán y dijo: «No está bien que el hombre esté solo; voy a hacerle alguien como él que le ayude» (Gn 2,18). Estas palabras muestran que nada hace más feliz al hombre que un corazón que se asemeje a él, que le corresponda, que lo ame y que acabe con la soledad y el sentirse solo. Muestran también que Dios no ha creado el ser humano para vivir en la tristeza o para estar solo, sino para la felicidad, para compartir su camino con otra persona que es su complemento; para vivir la extraordinaria experiencia del amor: es decir de amar y ser amado; y para ver su amor fecundo en los hijos, como dice el salmo de hoy (cf. Sal 128).

“Este es el sueño de Dios para su criatura predilecta: verla realizada en la unión de amor entre hombre y mujer; feliz en el camino común, fecunda en la donación recíproca. Es el mismo designio que Jesús resume en el Evangelio de hoy con estas palabras: «Al principio de la creación Dios los creó hombre y mujer. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos, sino una sola carne» (Mc 10,6-8; cf. Gn 1,27; 2,24).

“Jesús, ante la pregunta retórica que le habían dirigido —probablemente como una trampa, para hacerlo quedar mal ante la multitud que lo seguía y que practicaba el divorcio, como realidad consolidada e intangible—, responde de forma sencilla e inesperada: restituye todo al origen de la creación, para enseñarnos que Dios bendice el amor humano, es él el que une los corazones de dos personas que se aman y los une en la unidad y en la indisolubilidad. Esto significa que el objetivo de la vida conyugal no es sólo vivir juntos, sino también amarse para siempre. Jesús restablece así el orden original y originante.

La familia

“«Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre» (Mc 10,9). Es una exhortación a los creyentes a superar toda forma de individualismo y de legalismo, que esconde un mezquino egoísmo y el miedo de aceptar el significado auténtico de la pareja y de la sexualidad humana en el plan de Dios.

“De hecho, sólo a la luz de la locura de la gratuidad del amor pascual de Jesús será comprensible la locura de la gratuidad de un amor conyugal único y usque ad mortem.

Para Dios, el matrimonio no es una utopía de adolescente, sino un sueño sin el cual su creatura estará destinada a la soledad. En efecto el miedo de unirse a este proyecto paraliza el corazón humano.

Paradójicamente también el hombre de hoy —que con frecuencia ridiculiza este plan— permanece atraído y fascinado por todo amor autentico, por todo amor sólido, por todo amor fecundo, por todo amor fiel y perpetuo. Lo vemos ir tras los amores temporales, pero sueña el amor autentico; corre tras los placeres de la carne, pero desea la entrega total.

“En efecto «ahora que hemos probado plenamente las promesas de la libertad ilimitada, empezamos a entender de nuevo la expresión “la tristeza de este mundo”. Los placeres prohibidos perdieron su atractivo cuando han dejado de ser prohibidos. Aunque tiendan a lo extremo y se renueven al infinito, resultan insípidos porque son cosas finitas, y nosotros, en cambio, tenemos sed de infinito» (Joseph Ratzinger, Auf Christus schauen. Einübung in Glaube, Hoffnung, Liebe, Freiburg 1989, p. 73).

“En este contexto social y matrimonial bastante difícil, la Iglesia está llamada a vivir su misión en la fidelidad, en la verdad y en la caridad.

“…

“Una Iglesia que enseña y defiende los valores fundamentales, sin olvidar que «el sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado» (Mc 2,27); y que Jesús también dijo: «No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar justos, sino pecadores» (Mc 2,17). Una Iglesia que educa al amor autentico, capaz de alejar de la soledad, sin olvidar su misión de buen samaritano de la humanidad herida.

“Recuerdo a san Juan Pablo II cuando decía: «El error y el mal deben ser condenados y combatidos constantemente; pero el hombre que cae o se equivoca debe ser comprendido y amado […] Nosotros debemos amar nuestro tiempo y ayudar al hombre de nuestro tiempo.» (Discurso a la Acción Católica italiana, 30 de diciembre de 1978, 2 c: L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, 21 enero 1979, p.9). Y la Iglesia debe buscarlo, acogerlo y acompañarlo, porque una Iglesia con las puertas cerradas se traiciona a sí misma y a su misión, y en vez de ser puente se convierte en barrera: «El santificador y los santificados proceden todos del mismo. Por eso no se avergüenza de llamarlos hermanos» (Hb 2,11).

“Con este espíritu, le pedimos al Señor que nos acompañe en el Sínodo y que guíe a su Iglesia a través de la intercesión de la Santísima Virgen María y de San José, su castísimo esposo”.

Como no podía ser de otra manera, nuestro desquiciado compatriota se comporta como lo que es: un genuino ultramodernista, que en un texto como el que hemos transcripto (y en lo que omitimos por caridad… al lector) mezcla dos o tres párrafos más o menos (mejor menos que más) católicos (los señalados en verde), con el resto, plagado de desafíos a la voluntad de Jesucristo Nuestro Señor y a la doctrina de su Esposa, la Santa Iglesia Católica.

En efecto, ya desde sus primeras frases menciona tres aspectos (no dos) y separa por un lado el amor entre un hombre y una mujer, y por el otro la familia, creando una distinción dialéctica entre cuestiones inseparables en la verdadera familia instituida por Dios Nuestro Señor en el Edén; todo eso para luego aparentar que defiende el orden familiar…

Para mejor diluir los verdaderos conceptos, aparecen en el texto todas las frases señaladas en color… boñiga, que podría haberlas dicho con toda soltura monseñor-ita Krzysztof Charamsa (otro polaco K…) aplicándoselas “caritativamente” a su propia persona, a su amancebado y a su asquerosa situación revelada tan, pero tan oportunamente.

Pero el colmo de la sutileza perversa y genuinamente diabólica de los dichos de Decimejorge, lo podemos encontrar en su discurso de este lunes 5 de octubre (vomitiva versión completa aquí) al comenzar las deliberaciones del Sínodo que augura calamidades:

“El Sínodo no es un congreso o un parlamento, no es un parlamento o un senado donde nos ponemos de acuerdo. El Sínodo es una expresión eclesial es decir, la Iglesia que camina junta para leer la realidad con los ojos de la fe y con el corazón de Dios.

“Es la Iglesia que se interroga sobre la fidelidad al depósito de la fe, que por ella no representa un Museo para mirar y menos salvaguardar, sino que es una fuente viva de la cual la Iglesia bebe para saciar e iluminar el depósito de la vida.

“El Sínodo se mueve necesariamente en el seno de la Iglesia y dentro del Santo Pueblo de Dios, del cual nosotros formamos parte en calidad de Pastores, es decir, servidores.

El Sínodo es por otra parte un espacio protegido, donde la Iglesia experimenta la acción del Espíritu Santo.

En el Sínodo, el Espíritu habla a través de la lengua de todas las personas que se dejan conducir por Dios que sorprende siempre, del Dios que revela a los pequeños aquellos que esconde a los sabios e inteligentes, del Dios que ha creado la ley y el sábado para el hombre y no viceversa, del Dios que deja las 99 ovejas para buscar la única oveja perdida, del Dios que es siempre más grande que nuestras lógicas y nuestros cálculos.

El Sínodo podrá ser un espacio de la acción del Espíritu Santo sólo si nosotros participantes nos revestimos de coraje apostólico, de humildad evangélica y de oración confiada.

Se preguntarán ¿dónde está lo perverso? En anticipar el fundamento aparente de los resultados finales del Sínodo: no se tratará, así, de desvíos doctrinales y morales, sean cuales fueren los documentos y resoluciones que de él emanen, sino de la (supuesta) acción del Espíritu Santo, invocado aquí no para que guíe a los “padres sinodales” (pues ni el disertante ni los disertados creen en Él), sino como respaldo hipócritamente señalado a priori, de modo de consumar el peor descarrío en que puede caer un fiel: un pecado contra el mismo Espíritu Santo; atribuir a Dios lo que es del Demonio, o al Demonio lo que es de Dios (Mateo XII, 24-32).

Concretamente en este caso, se trata de convencer a la gilada conciliar de que las conclusiones sinodales no son los últimos estertores protervos de las mentes hipermodernistas extraviadas, usurpadoras del Vaticano, sino obras del Amor por esencia y excelencia; persuadir a la masa adormecida de la neoiglesia de que las perversiones con que concluya este “Sínodo-no-parlamento” son obras de Quien procede del Padre y del Hijo, y no de los hijos dilectos del padre de la mentira.

¡Esposa del Espíritu Santo, sostennos!

Fuente:

https://radiocristiandad.wordpress.com

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