Sermón Católico

DOMINGO DECIMONOVENO DESPUÉS DE
PENTECOSTÉS

22 de octubre de 2000

Por el Reverendo Padre Basilio Méramo

Amados hermanos en Nuestro Señor Jesucristo:
En este domingo decimonoveno después de Pentecostés, el Evangelio nos presenta la parábola del convite de las bodas. Parábola con la cual Nuestro Señor asemeja el reino de los cielos a unas bodas. Bodas que Él mismo realizó uniéndose a la naturaleza humana mediante su Encarnación. 

Unión íntima que establece Jesucristo con nuestras almas en la vida espiritual de la gracia. También semejan las bodas la unión indisoluble de Jesucristo con su Cuerpo Místico que es la Iglesia, esposa de Cristo y por eso, muchas veces, en la celebración de los matrimonios se les recuerda a los esposos esa unión de Cristo con su Iglesia. Por todas las anteriores razones, a Nuestro Señor le gustaba simbolizar el reino de los cielos con un festejo de bodas. 

Dice Santo Tomás, comentando el Evangelio de hoy, que Nuestro Señor quiso poner de manifiesto el rechazo de los
judíos y la vocación de los gentiles a la palabra de Dios, después de haber sido este pueblo elegido y llamado por Dios. Dios llama por medio de sus profetas y antes de los profetas por Moisés al pueblo elegido, y el pueblo elegido no atiende este llamado de Dios y lo rechaza y además lo crucifica. 

Dicen algunos comentadores que los judíos tenían esa alternativa: aceptar o matar a Cristo, porque si no lo aceptaban como a Dios, tenían que matarlo como a impostor. Es un drama que se teje en el trasfondo de toda la Historia, hasta el fin de los tiempos, cuando ese pueblo vuelva a confesar al Señor. Por el rechazo de este pueblo, es llamado el resto de la humanidad, los gentiles, como vemos en las bodas de esta parábola que parece desmesurada e inexplicable: el rey, por una parte manda quemar la ciudad entera, manda que vengan todos sin importar quiénes sean para que entren a las bodas y luego, cuando llega uno que no está vestido como corresponde a la ocasión, lo echa afuera. Para más detalles, termina este Evangelio diciendo que, “muchos son los llamados y pocos los escogidos”.

Eso es realmente complicado; sin embargo, debe comprenderse para utilidad de nuestra santificación, ver cómo a Dios, su pueblo elegido, el pueblo del cual Él toma su naturaleza humana, lo rechaza y cómo todos nosotros somos llamados en su lugar. Pero, si nos llama a todos, ¿por qué dice allí que “muchos son los llamados y pocos los escogidos”? y ¿por qué echa fuera a aquel convidado que no está con las ropas nupciales? El esquema nos muestra y sintetiza toda la historia; el llamado a los judíos y su rechazo; la vocación de los gentiles, y la necesidad de la gracia que serían las ropas nupciales sin las cuales seremos rechazados a las tinieblas exteriores que simbolizan el infierno. 

Es evidente que esta parábola no se puede interpretar al pie de la letra, como generalmente lo predican que son muchos los llamados y pocos los que se salvan, los elegidos, estarían en contra de la misma parábola, donde se condena uno sólo entre tantos invitados. También estarían en contra de otra parábola que todos conocemos, la de las diez vírgenes de las cuales cinco se salvan y cinco se condenan; entonces no son muchos o pocos sino la mitad, con lo cual vemos que la interpretación exegética al pie de la letra no corresponde y además Nuestro Señor no la quiere sencillamente porque sería un error, un grave error que se resumiría en la predestinación, como la interpretan los protestantes con Calvino, que “Dios predestina a unos para el cielo y son los buenos y a otros para el infierno y esos son los malos”. También esto creían los judíos, porque la herejía protestante es y tiene influencia judaica.

En la parábola se invitaron tanto a buenos como a malos y solamente uno fue echado fuera; entonces, no son muchos los llamados sino que somos todos. Todos somos llamados a salvarnos y Dios no niega a nadie la gracia para que se salve, aunque estuviera en el último confín del mundo –en una selva–, porque como dice Santo Tomás: le enviaría un misionero o un ángel que le predique, o que incluso el mismo Dios le infundiría la doctrina en el corazón y en su alma para que la conociera y la aceptase, con lo cual, el problema de la salvación implica siempre nuestro libre albedrío y su respuesta a Dios. De eso no se puede excluir nadie, absolutamente nadie que tenga uso de razón.

Todos  somos y estamos llamados a salvarnos, pero desgraciadamente no todos respondemos al llamado de Dios, lo que no quiere decir entonces que son pocos los que se salvan; porque sobre ello nada quiso determinar Nuestro Señor, no quiso decir nunca si eran muchos o pocos los que se salvan, porque en la parábola de hoy uno solo se condena y en el de las vírgenes son justamente la mitad las que se condenan y la otra mitad se salva. 

¿Quiénes son entonces esos elegidos? Si no se puede hacer estricta interpretación, ¿quiénes son los que se salvan?, ¿quiénes serían los elegidos? Sencillamente, aquellos privilegiados en el plan divino, aquellos que están más cerca de Dios, aquellos que son píos y santos, que no son muchos sino unos pocos que eligen la vida de santidad, de abnegación y de entrega completa y total a Dios. Por eso San Juan de la Cruz dice que es estrecha la vía que lleva a
la perfección, porque es ancho el camino que lleva a los placeres y al infierno y por eso desgraciadamente no todos responden a esa vía de perfección. Los santos, si bien son una legión, son los menos; los que eligen una vida religiosa podrían ser muchos, pero en proporción a toda la humanidad son pocos; la mayoría prefiere llevar una vida normal. 
Tenemos que pedirle a Nuestra Señora para que Ella nos ayude a mantenernos puros y gozar de la intimidad de Cristo Nuestro Señor. +

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