Sermón de Nuestra Señora del Rosario

Por el Reverendo padre Juan Carlos Ceriani

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SOLEMNIDAD DE NUESTRA SEÑORA
DEL SANTÍSIMO ROSARIO

El culto que se debe a Dios, culto de latría, no impide el que debemos tributar a los Santos, culto de dulía, y, sobre todo, a la Santísima Virgen María, culto de hiperdulía.

El primer y principal objeto de la devoción es amar y servir a Dios; lo cual no impide que demos culto a los Santos que gozan de la Bienaventuranza, y a la Reina de los Ángeles y de todos los Santos.

De modo que aquella devoción principal, por la que nos inclinamos con prontitud y afecto a todo lo que se refiere al servicio de la divina majestad, no excluye la devoción por la cual damos a los Santos el honor y el culto que les es debido.

Conforme a este principio, debemos estar persuadidos que la Virgen Santísima, en razón de su eminente virtud, de las inestimables gracias de que Dios la colmó y, especialmente, por su calidad singular de ser Madre de Dios, es digna de una veneración incomparablemente mayor que la que se debe a todos los otros Santos.

La devoción hacia Ella es más justa y excelente que la que mira a estos; devoción que consiste en honrarla, invocarla y servirla con una diligencia y celo muy particular.

Los Santos Padres y los teólogos enseñan que no se le ha de tributar el supremo culto de latría, el cual corresponde a Dios solo; que el amor que se le tiene ha de referirse al Dios de toda majestad; y que no se ha de recurrir a Ella como si no nos bastase Dios.

Pero dicen, también, que por Ella conseguimos el acceso a Dios, que debemos ser sus imitadores, como Ella lo fue de Jesucristo, y que la honra dignamente quien practica las virtudes de que nos dio ejemplo.

La devoción a la Santísima Virgen está tan recomendada por la lglesia; que no hay ningún católico verdadero que no reconozca su utilidad y que no la practique como un deber.

Pero los nuevos reformadores, en vez de esos motivos eficaces de devoción a María, de esas exhortaciones a bendecirla e invocarla, no hacen sino discurrir precauciones exageradas para infundir temor sobre las alabanzas que se dan a la Madre de Dios, sobre la confianza que se pone en Ella y sobre el culto que se le tributa.

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Y, sin embargo, es algo simple y claro que no hay cosa tan sólidamente establecida como la devoción a la Virgen María.

¿Qué es lo que entienden los teólogos por devoción a María Santísima?

La devoción sólida y verdadera a la Madre de Dios no es otra cosa que la inclinación pronta y generosa de la voluntad a todo cuanto mira al culto y puede contribuir a la gloria de la Virgen Bendita.

¿Hasta dónde se ha extendido la devoción a María? No tiene otros límites que el orbe cristiano: donde quiera que es anunciado el Evangelio, Ella es conocida, alabada, amada, y se recurre a su intercesión.

Algunos Santos son particularmente venerados en ciertos pueblos y naciones; pero María lo es en todas partes donde Jesucristo es adorado. No hay en el orbe católico ni país, ni provincia, ni ciudad, ni lugar donde no sea reconocida y honrada María como Madre de Dios.

¿Hay una iglesia, capilla, oratorio en el mundo en la que no haya, por lo menos, una imagen dedicada a María?

Estos gloriosos monumentos de la devoción de nuestros padres deben estimular la nuestra. La conducta de todos los verdaderos fieles ha sido siempre, es y será unánime en este punto.

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María debe ser honrada porque es Madre de Dios. Este culto es tan antiguo como la misma Iglesia, y durará tanto como Ella. Dios mediante, el domingo próximo festejaremos y honraremos este glorioso título de Nuestra Señora.

La Virgen María, en su calidad de Madre de Dios, es nuestra Mediadora para con Dios; expresión que ha escandalizado siempre injustamente, y escandaliza aún, a todos los herejes, declarados o encubiertos; pero está consagrada por los Santos Padres más sabios y, particularmente, por San Bernardo.

¿Qué es invocar a María como Madre de Dios?

Es invocarla con toda la confianza que deben infundirnos igualmente su poder y su bondad.

De María puede decirse lo que San Agustín decía de Jesucristo: que lleva un Nombre del cual se debe esperar siempre. Esta verdad consoladora nos la enseñan la Iglesia y todos los Padres de la Iglesia.

Se debe amar a María porque es Madre de Dios, y Madre de un Dios salvador.

Se debe amar a María como a Madre de Dios, y de un Dios salvador, y, por lo tanto, nuestra Madre.

San Buenaventura se explica así sobre este punto: María tiene un hijo único según la carne, que es el hombre Dios, y muchos según el espíritu y por adopción, que son puramente hombres; esta adopción se hizo en el Calvario al pié de la Cruz.

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¿Cómo, pues, debemos amar a la Virgen Santísima? La respuesta es fácil y natural: como a nuestra Madre, con un amor tierno y filial.

Ahora bien, un amor filial no se contenta con ciertas señales ambiguas de un afecto y respeto aparente.

Nuestra caridad debe manifestarse por las obras; decirle a una madre que se la ama, sin darle jamás alguna señal real y efectiva de amor, ¿es amarla verdaderamente?

¿En qué debe consistir, pues, particularmente nuestro amor a María?

San Bernardo lo enseña claramente: nuestro amor no ha de limitarse a algunos sentimientos de tierna devoción, sino que su efecto debe ser reformar nuestras costumbres, por el cuidado que hemos de tener en imitar sus virtudes.

María nos puede decir con más razón que San Pablo: Sed imitadores míos, así como yo lo soy de Cristo.

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Particularmente todo lo dicho cobra importancia durante este mes de octubre, consagrado al Santísimo Rosario, cuya solemnidad celebramos hoy.

Tengamos en cuenta, en primer lugar, que esta devoción y el culto que se tributa a María por medio del Santísimo Rosario, es el culto y la devoción que más le agradan.

En efecto, la piedad y devoción de los que rezan el Santo Rosario veneran sus títulos más gloriosos, porque reconocen su gran poder, celebran su santidad y cantan sus alabanzas.

Pero, cabe preguntarse, ¿con qué sentimientos y con qué intención se debe rezar el Santo Rosario para cumplir con un culto que agrade a Nuestra Señora?

La respuesta puede reducirse a tres puntos:

1°) Un alto concepto y estimación de la Persona a quien dirigimos esta oración, lo cual nos da idea de su gran poder.

2°) Un tierno afecto hacia Aquella a quien reconocemos por nuestra Madre.

3°) Una firme confianza de obtener, por medio de María, lo que pedimos.

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Hay tres cosas que deben darnos un alto concepto de la dicha de ser devotos del Santo Rosario.

1°) El secreto de orar bien.

2°) El modo de vivir santamente.

3°) La gracia de preparar una buena muerte.

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Ahora bien, el primer fundamento de la estima que debemos tenerle radica en que el Santo Rosario es una devoción que en su materia y forma tiene por autor al mismo Dios.

En cuanto al segundo fundamento del aprecio que merece el Santo Rosario reside en que es un ejercicio de piedad muy honroso en la práctica para Jesucristo y su Santísima Madre.

Finalmente, el Rosario es una ocupación santa y, en sus efectos, muy saludable para los cristianos; por lo cual debemos valorarlo como corresponde.

Todo esto nos induce a alistarnos bajo los estandartes de Nuestra Señora del Santísimo Rosario.

En efecto, están en juego la dignidad de su autor, a quien debemos respetar; la gloria de Jesús y María, objeto de él; nuestro propio interés, que está unido al mismo.

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Todos estos motivos deben convencernos de la excelencia y ventajas del Santo Rosario.

Es una devoción que, practicada con espíritu de recogimiento y meditando los principales misterios de nuestra religión, comprende muchos medios de atraer gracias, fomentar la piedad y conseguir la gloria. Si se examina bien la cosa, no puede menos de confesarse que Dios mismo es el autor de esta piadosa devoción.

Además, debemos convenir en que pocas devociones, de las que tiene autorizadas y recomendadas la Iglesia, tributan un culto más religioso y razonable a Jesucristo y su Santísima Madre que el Santísimo Rosario.

Tenemos en él reunidos lo que puede llamarse la esencia y el alma del Rosario, es decir: el profundo homenaje que todo cristiano debe rendir a Jesucristo en sus misterios; junto a un santo anhelo del alma fiel por unirse de un modo indisoluble con el Salvador; más la aplicación formal a copiar en nuestra vida y costumbres todo cuanto nos enseñó Jesucristo por su doctrina y ejemplos.

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Para reforzar estas ideas, tengamos en cuenta que la historia eclesiástica refiere que a fines del siglo XII se levantó una secta perniciosa de herejes, los albigenses, capaces de trastornar los más sólidos fundamentos de la Iglesia.

Entre mil errores detestables con que aquellos infames herejes trataban de inficionar las provincias meridionales de Francia, había algunos referentes al culto que los fieles dan a María como a Madre de Dios.

¡Qué horribles imposturas inventaron para destruir la doctrina de la Iglesia sobre la inmaculada pureza de la Virgen!

¿Quién se atreverá a acometer y dar muerte a este monstruo de impiedad? ¿Quién será el campeón de la Iglesia?

¡Levántate, Domingo de Guzmán, a defender la causa de Cristo y de su Santísima Madre!

Sí, este Patriarca glorioso fue el que, cual otro David, sin otras armas que las de una sólida devoción a María, corrió a derribar a aquel Goliat, a aquel presuntuoso gigante que se prometía la victoria sobre el pueblo de Dios.

Empuñando la espada de la divina palabra y escudado con la poderosa protección de la Virgen, al propio tiempo que predica la cruzada contra los herejes, exhorta todos los fieles a la práctica del Santo Rosario, y tiene el consuelo de hallar en todos una inclinación singular a honrar a María Santísima con este piadoso ejercicio.

Así los animaba a que tomasen a su cargo la causa de Cristo y de su Madre, con la esperanza de que se renovase la faz de las provincias. Y su confianza no fue vana.

En efecto, ¡cuán asombrosos frutos obtuvo! Mientras Domingo levantaba las manos al Cielo, como otro Moisés, Simon, conde de Monfort, cual otro Josué, derrota a los herejes; mientras una multitud innumerable de fieles devotos se ocupan en la piadosa práctica del Rosario.

Más de cien mil hombres son desbaratados por los soldados cristianos, aunque muy inferiores en número. Así pereció trágicamente aquella perniciosa secta, que, con todo su furor, no pudo prolongar el término fatal señalado por la mano del Señor.

El ilustre Santo Domingo de Guzmán recibió de la Virgen María la devoción del Santísimo Rosario para destruir la herejía que perseguía cruelmente a la lglesia.

Así es que todos los católicos la recibieron con fervor; y en poco tiempo vino a ser una señal de religión que los distinguía de los herejes.

Por eso, todos los enemigos de la lglesia desde entonces se han desatado contra él, y muchos herejes se han esforzado a desacreditarlo, los unos por medio de burlas sacrílegas y los otros por motivos aparentes de religión.

Sin embargo, la aprobación de los Sumos Pontífices, las indulgencias que han concedido, los milagros que Dios ha obrado y la devoción de los fieles manifiestan que esta práctica es piadosa, y todo condena la impiedad de los que tienen la osadía de vituperarla.

Los mismos prodigios se repitieron en la por siempre memorable batalla que la armada católica ganó a los turcos en Lepanto. El instrumento de aquel triunfo gloriosísimo no fueron tanto los cruzados que pelearon con las armas en la mano, cuanto los católicos congregados para rezar el Santo Rosario y violentar, digámoslo así, a Dios con sus fervorosas oraciones.

¡Oh asombrosas victorias! ¡Oh testimonio eterno dado a la verdad, eficacia y poder del Rosarlo!

Así nos lo demuestra la institución de esta fiesta, que es como un monumento eterno de agradecimiento para dar gracias a Dios por los beneficios concedidos mediante la intercesión de María.

Era, pues, muy a propósito que se consagrase un día en el año para que sus fieles siervos le rindieran este justo tributo.

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El Rosario, rezado en su origen con estos sentimientos religiosos, atrajo tantas gracias y bendiciones del Cielo sobre los pueblos, que todo era conversiones, penitencias y fervor.

¿Y cómo era esto? Porque al alistarse en las filas de María, se penetraban del espíritu de los misterios de la Virgen Bienaventurada.

Se los veía llenos de consuelos divinos al meditar los misterios gozosos, renunciando con resolución a todos los deleites del mundo; se los veía penetrados de compunción al meditar los misterios dolorosos, sufriendo con resignación todos los trabajos y adversidades de la vida; por fin, se los veía tan tranquilos y serenos al meditar los misterios gloriosos, que al parecer no vivían en la tierra y competían en felicidad con los Bienaventurados del Cielo.

Pues bien, así como María no cesa de auxiliarnos, tampoco nosotros debemos cansarnos de repetirle la oración que le es más agradable.

No se cansen, pues, los cristianos de repetir esta oración a María Virgen, supuesto que Ella no se cansa jamás de oírla, y no está menos interesada en auxiliarnos que nosotros en implorar su protección.

Continuamente tenemos menester de su intercesión en esta vida, donde somos combatidos de infinitas tentaciones, donde nos rodean enemigos peligrosos y donde estamos expuestos a caer a cada paso.

¿Y cómo resistiremos a tantos asaltos, cómo evitaremos tantas asechanzas, sin una Protectora tan poderosa?

A vista de los peligros que nos rodean, no podemos hacer cosa mejor que recurrir a María Reina.

¿Y podremos dejar de recurrir, sin una negligencia culpable, a la que es nuestro refugio y amparo, particularmente en estas horas críticas, en que tanto tenemos que temer de nosotros y nada que esperar sino en la divina misericordia?

¿Qué será de nosotros, desamparados de todas las criaturas, si Ella no nos ampara y protege?

Si los impíos se juntan para blasfemar del Santo Nombre de Dios, nosotros nos congregamos para bendecirle; si las bocas sacrílegas se abren para insultar a Jesucristo y a su Santísima Madre, nosotros formamos otra asociación para vengar tales ultrajes.

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Pero, ¡atención! Es un error creer que se cumplen las obligaciones del Santo Rosario contentándose simplemente con rezarle.

Este error, tan común como pernicioso en sus consecuencias, ha alterado el precio de la verdadera devoción, porque los fieles se contentan con sus buenas intenciones y piadosos deseos; y a fuerza de pedir habitualmente con los labios unas virtudes que cuidan poco de adquirir, creen haberlas adquirido.

Los verdaderos devotos del Santísimo Rosario deben conformarse con Jesucristo, según la expresión de San Pablo.

Un verdadero devoto del Santo Rosario, después de haber contemplado a Jesucristo en los diversos pasajes de su vida, debe unirse al divino Salvador por el amor y conformar enteramente sus disposiciones a las suyas.

Su nacimiento temporal es el modelo de nuestro nacimiento espiritual. Su encarnación, su infancia y las humillaciones que le acompañaron en esos estados, son un motivo poderoso para renunciar a la vana estimación, a la falsa gloria y a las pompas del mundo.

Su vida retirada, sus trabajos, su oración continua y su anonadamiento en la Pasión nos convencen de lo necesario que es llevar una vida penitente, crucificada y mortificada en la tierra para hacernos conformes a nuestra Cabeza.

Finalmente, levantando los ojos hasta el trono de gloria en que Jesucristo está sentado a la diestra de su Padre, por justo premio de sus humillaciones, conocemos que vivimos como peregrinos en la tierra y deseamos de continuo la disolución de nuestro cuerpo para estar con Cristo en la Patria celestial.

Las buenas obras practicadas son fruto de estas piadosas reflexiones y de los fervorosos deseos de un corazón lleno de amor.

Así, el verdadero devoto del Santísimo Rosario funda la semejanza que espera tener con Jesucristo resucitado, glorioso e inmortal, en la semejanza de su conducta con la de Este, es decir, en su vida penitente y mortificada sobre la tierra.

Los misterios del Hijo y de la Madre son enseñanza y esperanza nuestra. Sean también la regla de nuestra vida mortal y garantía de nuestra eternidad: eso es lo que pide la Santa Iglesia por la Liturgia en la Oración Colecta:

¡Oh Dios!, cuyo Unigénito nos alcanzó, por medio de su vida, muerte y resurrección, los premios de la salud eterna, haz, te suplicamos, que, al recordar estos Misterios en el Sacratísimo Rosario de la Virgen Santa María, imitemos lo que contienen y consigamos lo que prometen.

Fuente:

http://radiocristiandad.wordpress.com/

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