SERMÓN DE LA DOMÍNICA 18ª DE PENTECOSTÉS

Por el Reverendo padre Juan Carlos Ceriani

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DECIMO OCTAVO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

I Corintios, I, 4-8: Continuamente estoy dando gracias a Dios por vosotros, por la gracia de Dios que se os ha dado en Jesucristo, porque en Él habéis sido enriquecidos con toda suerte de bienes espirituales, con todo lo que pertenece a los dones de la palabra y de la ciencia; habiéndose así verificado en vosotros el testimonio de Cristo, de manera que nada os falte de gracia ninguna, a vosotros que estáis esperando la manifestación de Jesucristo Nuestro Señor, el cual os confortará todavía hasta el fin, para que seáis hallados irreprensibles en el día del advenimiento de Jesucristo Señor Nuestro.

La Santa Iglesia espera ansiosamente la aparición del Esposo… La Santa Liturgia refleja esta ansiosa espera. El pensamiento de la vuelta de Cristo late con fuerza en la Misa de hoy.

Con San Pablo nos dice: … a vosotros que estáis esperando la manifestación de Jesucristo Nuestro Señor, el cual os confortará todavía hasta el fin, para que seáis hallados irreprensibles en el día del advenimiento de Jesucristo Señor Nuestro.

Es como si la Iglesia lanzara hoy este grito: Ya viene el Esposo: ¡salidle al encuentro!

Como a los fieles de la Iglesia de Corinto, la Iglesia nos exhorta con San Pablo a esperar la revelación de la gloria del Señor, es decir, el día de su Segunda Venida…

Esperar la Revelación de Nuestro Señor Jesucristo… Una expectación anhelante…

Esperemos de este modo la Revelación, la Vuelta del Señor, su Parusía.

No debemos temer el día de la Vuelta del Señor. Al contrario, debemos alegrarnos de ello, debemos desear ansiosamente su llegada.

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Esperar al que viene… Esto nos explica la complacencia con que los Apóstoles insisten continuamente en sus palabras sobre la afirmación de la venida próxima del Señor.

El cristiano espera la manifestación de Nuestro Señor Jesucristo el día que venga, nos acaba de decir San Pablo por dos veces en una misma frase.

Aplicando a la Segunda Venida los suspiros inflamados de los Profetas que anhelaban la Primera, dice en su carta a los Hebreos: Tenéis necesidad de paciencia, a fin de que después de cumplir la voluntad de Dios obtengáis lo prometido: “Porque todavía un brevísimo tiempo, y el que ha de venir vendrá y no tardará”.

Y, en efecto, tanto en la Nueva como en la Antigua Alianza, el Hombre-Dios se llama, en razón de su manifestación final, el que viene, el que tiene que venir.

El grito que pondrá fin a la historia del mundo será el anuncio de su llegada: ¡He aquí que viene el Esposo!

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Tanto para los que ansían la Parusía, como para los que piensan que los Últimos Tiempos no han comenzado, es interesante destacar que la devoción al Sagrado Corazón de Jesús tiene un carácter escatológico, es decir, que la revelación de este misterio, que es el centro mismo de todo el misterio de Cristo, estaba reservada para el período del Fin de los Tiempos.

En el siglo XIII, en la fiesta de San Juan Evangelista, Santa Gertrudis tuvo una visión de Nuestro Señor, Quién, al igual que al discípulo amado, le permitió descansar su cabeza en la Llaga de su costado.

Al escuchar el palpitar del Sagrado Corazón, ella se tornó hacia San Juan, quién estaba también presente, y le preguntó si, en la Última Cena, cuando se reclinó sobre el pecho del Señor, había escuchado lo mismo que ella; y de haberlo escuchado, por qué no lo relató en su Evangelio.

Santa Gertrudis

Más precisamente, Santa Gertrudis le preguntó a San Juan por qué, habiendo reposado su cabeza en el pecho de Jesús, no había escrito nada para nuestra instrucción sobre las profundidades y movimientos del Sagrado Corazón de Jesús.

San Juan contestó que la revelación del Sagrado Corazón de Jesús estaba reservada para los últimos tiempos:

“Mi misión era anunciar a la Iglesia naciente la doctrina del Verbo increado de Dios Padre; pero, por lo que se refiere a este Corazón Sagrado, Dios se reservó hacerlo conocer en los últimos tiempos, cuando el mundo comience a caer en la decrepitud, para reavivar la llama de la caridad ya enfriada”.

De la misma manera, Santa Margarita María de Alacoque, del siglo XVII, relata de esta manera la segunda aparición del Sagrado Corazón en Paray-le-Monial:

“Me hizo ver que esparciría sus gracias y bendiciones por dondequiera que estuviere expuesta su santa imagen para tributarle honores, y que tal bendición sería como un último esfuerzo de su amor, deseoso de favorecer a los hombres en estos últimos siglos de la Redención amorosa, a fin de apartarlos del imperio de Satanás, al que pretende arruinar para ponernos en la dulce libertad del imperio de su amor, que quiere restablecer en el corazón de todos los que se decidan a abrazar esta devoción.”

Sta. Margarita

San Juan Evangelista dijo que Dios se reservó hacer conocer lo referente al Sagrado Corazón en los últimos tiempos… Y el mismo Jesucristo reveló que esa devoción es un último esfuerzo para los últimos siglos de la Redención amorosa…

Una vez más se plantea la cuestión que interesa a unos pocos y tiene indiferente a la mayoría: ¿cuáles son las perspectivas sobre los acontecimientos futuros?

El Padre Castellani plantea claramente esta cuestión y dice que el porvenir próximo del mundo depende de un problema teológico que enfrenta dos opiniones:

          a) La primera es la del sistema vulgar, es decir, que Jesucristo debe venir para consumar su Reinojuntamente con el fin del mundo.

          b) La otra es la que sostuvo la Tradición de los Santos Padres durante los cuatro o cinco primeros siglos de la Iglesia, es decir, que Jesucristo debe venir para consumar su Reinoantes del fin del mundo.

Castellani P.

La diferencia entre una y otra hipótesis radica en que:

a) Si la Parusía, el Juicio Final, el Fin del Mundo y el Reino de Dios son cosas simultáneas, antes de esa liquidación total debe producirse una profunda purificación de la Iglesia por el dolor.

En ese caso, luego de ese gran castigo, tendría lugar un gran triunfo de la Iglesia, un período de oro para la religión cristiana, la conversión de Europa y, por ella, del mundo. Sería el último período, en el cual se acabarían de cumplir las profecías, principalmente la de la conversión del pueblo judío y la del único rebaño con el único Pastor.

Ese período no podría ser largo; quizás 15 o 25 años.

Para algunos, esto coincidiría con el triunfo y reino del Corazón Inmaculado de María.

Y después volverían, con la fuerza incontrastable de la catástrofe, las fuerzas demoníacas tremendas que vemos en acción en estos momentos; y recién en ese momento tendría lugar la tribulación magna del Anticristo, y luego la Parusía.

Sobre esta hipótesis se fundamenta la actitud de un combate de reconquista.

b) Pero, si Cristo ha de venir antes, para vencer al Anticristo, y para reinar por un período en la tierra; es decir, si la Parusía y el Fin del Mundo no coinciden, sino que son dos sucesos separados (como creyeron la tradición apostólica y los Santos Padres más antiguos), entonces esa esperanza de un próximo triunfo temporal de la Iglesia no tiene fundamento; ni tampoco todas las profecías particulares que se apoyan en ella.

En ese caso, la actual persecución irá aumentando hasta su máximum; entonces se afianzará la gran apostasía, sonarán las últimas trompetas, derramando las últimas copas; y tendrá lugar la tribulación magna, cual no la ha habido desde el principio del mundo acá; la persecución, a la vez externa (del Anticristo) e interna (del Falso Profeta) hasta el grado de lo insoportable, que deberá ser abreviada para que no perezca toda carne; y luego el triunfo del Corazón Inmaculado de María y el Reino de Jesucristo.

Sobre esta enseñanza de la tradición apostólica se basa el combate de resistencia en la inhóspita trinchera.

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¿Cuál de las dos hipótesis es la correcta?

Ahora, para responder resumo (y mucho) lo escrito por el Padre Lacunza (Venida del Mesías en gloria y majestad, tercera parte, capítulo X, El residuo de las gentes):

Muchísimas Escrituras nos aseguran en términos formales y claros que ha de llegar finalmente cierto tiempo en que todos los habitantes de la tierra conozcan, adoren, bendigan y amen a Cristo; por consiguiente todos sean buenos cristianos, unidos en una misma fe, animados del mismo espíritu, y como una sola grey bajo el gobierno y dirección de un solo pastor.

Si todavía no vemos sujetas a Jesucristo todas las cosas; luego deberemos esperar otro tiempo en que lo sean. Si se cree a los Profetas es preciso decir y confesar, que se ha de ver alguna vez.

¿Mas cuándo? Este tiempo felicísimo, nunca visto ni oído en nuestra tierra, ¿dónde se coloca?

En el sistema vulgar, seguramente debe colocarse antes de la venida del Señor, pues después de esta no se admite espacio alguno de tiempo.

¿Cuáles serían las consecuencias legítimas y necesarias que se seguirían, si se concede que este tiempo feliz haya de ser antes de la venida gloriosa del Señor? Pues bien, antes de la venida del Señor:

1º) Se habrán ya verificado plena y perfectamente todas las profecías aludidas.

2º) Se habrán convertido a Él todos los pueblos, todas las naciones, de toda la tierra.

3º) Se habrá llenado toda nuestra tierra del conocimiento de Dios.

4º) Ya habrán sido todos los individuos cristianos excelentes (entrando también en este número todos los Judíos; por consiguiente la conversión de éstos no puede dilatarse hasta el fin del mundo, como vulgarmente se piensa con tan poca o ninguna razón).

5º) Ya habrá habido un tiempo muy grande, en que todos los habitantes de la tierra habrán servido y obedecido a Cristo, y todos habrán sido fieles, justos y santos.

6º) En este tiempo feliz ya no habrá en todo nuestra tierra ni idolatría, ni superstición, ni falsa religión; ya no habrá herejías, ni cismas, ni escándalos, ni cizaña; no habrá siervos buenos y malos; no habrá vírgenes prudentes y necias; no habrá en la gran red peces buenos y malos; no habrá en fin lo que el mismo Cristo dice y asegura tantas veces que siempre ha de haber hasta que Él venga; lo cual siempre se ha visto hasta el día de hoy puntualísimamente verificado.

Para ver la dificultad en toda su luz, confrontemos brevemente unas profecías con otras, y veamos si pueden acordarse entre sí, en el sistema vulgar, los Profetas con los Evangelios.

Lacunza

Lo que anuncian los unos y los otros sobre el punto particular de que ahora hablamos, se puede fácilmente reducir a estas dos proposiciones:

PRIMERA PROPOSICIÓN: Antes de la venida del Señor se convertirán a Él todos los pueblos de toda la tierra; todos adorarán al verdadero Dios; todos entrarán en la Iglesia de Cristo; todos vivirán en mutua paz y en concordia admirable; todos, en suma, compondrán una grey mansa, pacífica, inocente, bajo el cuidado y dirección de un pastor mismo.

SEGUNDA PROPOSICIÓN: Antes de la venida del Señor, y en todo el tiempo que debe mediar entre su Primera y Segunda Venida, aunque se predicará el Evangelio por todo el mundo, no todas las gentes lo recibirán, sino pocas, comparadas con la muchedumbre. Incluso entre estas pocas que recibirán el Evangelio, no todas lo observarán, cayendo frecuentemente el buen grano, una parte… junto al camino… otra… sobre piedra… otra… entre espinas; habrá entre ellas sin interrupción grandes y terribles escándalos, habrá herejías, habrá cismas, habrá apostasías formales; habrá odios mutuos, emulaciones, envidias y guerras sangrientas, e interminables; habrá costumbres antievangélicas, muchas de ellas, cuales ni aun entre los gentiles, y no pocas asentadas pacíficamente y miradas como justas, o a lo menos como indiferentes; habrá siempre una gran oposición y una guerra formal y continua entre la justicia y la paz; habrá sin cesar ya por una parte, ya por otra, ya por muchas a un tiempo vientos furiosos y tempestades horribles, con que la nave de Pedro será combatida de las ondas, y será necesario clamar diciendo: Señor, sálvanos, que perecemos; habrá casi siempre una gran prosperidad en los caminos de los malvados, y una casi continua adversidad, tribulación y persecución en aquellos que quieren vivir piadosamente en Jesucristo; pues como anuncia el mismo Señor: Si a mí han perseguido, también os perseguirán a vosotros. En una palabra: habrá siempre cizaña que oprima y no deje crecer ni madurar el trigo; y todo esto hasta la siega.

Todo lo que contiene esta segunda proposición se lee frecuentemente en los Evangelios y en los escritos de los Apóstoles, y nuestra larga experiencia nos ha enseñado siempre la verdad y divinidad de estas profecías.

De manera que, desde la predicación de Cristo hasta la consumación del siglo, deberá estar siempre en el mundo el buen grano junto con la cizaña y mezclado con ella.

Conque, hasta la consumación del siglo, deberá suceder siempre constantemente lo mismo (poco más, o menos) que ha sucedido hasta la presente.

Conque, hasta la consumación del siglo, deberán estar siempre juntos y mezclados entre sí, los hijos del reino e hijos de la iniquidad; y estos últimos haciendo siempre todo aquel daño que siempre hace la cizaña.

Si esto debe siempre suceder así, hasta la consumación del siglo, y si no se admite algún espacio de tiempo desde la consumación del siglo hasta el fin del mundo (antes se mira este espacio de tiempo como un error, o como un sueño, delirio y fábula, etc.), decidme ahora, ¿cuándo y cómo podrán tener algún lugar decente todas aquellas profecías que quedan ya citadas, y tantas otras semejantes que pudieran citarse?

En el sistema vulgar no hay más que un solo tiempo, esto es, el intermedio entre la Primera y Segunda Venida del Señor.

En el sistema vulgar la consumación del siglo es lo mismo que el fin del mundo.

En el sistema vulgar no hay que esperar otro tiempo, u otro siglo, u otra nueva tierra y nuevo cielo después de la consumación del siglo.

Por todo ello, tampoco tenemos que esperar una concordia sólida y firme entre unas y otras profecías.

Más, si se hace la debida distinción entre tiempo y tiempo, como la hace la Escritura santa, todo lo hallamos concorde, claro, fácil y llano.

Las cosas opuestas, diversas, enemigas entre sí, que no pueden concurrir en un mismo tiempo, sin destruirse las unas a las otras, ¿no podrán comparecer en diversos tiempos cada cual en el suyo propio?

Si antes de la consumación del siglo, o de la vendimia, o de la mies, no puedan todas verificarse, ¿no podrán verificarse plenísimamente unas antes, otras después?

Este después se hace durísimo el admitirlo, porque destruye desde los cimientos el sistema vulgar.

De aquí hay que sacar una consecuencia, como una de las más legítimas y justas que se han sacado jamás:

Luego, el sistema vulgar no es bueno, ni lo puede ser en ningún tribunal; pues ni es capaz de concordar unas escrituras con otras, ni de concordarse con ellas mismas.

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Regresando a lo planteado por el Padre Castellani, es correcta, pues, la hipótesis que sostuvo la Tradición de los Santos Padres durante los cuatro o cinco primeros siglos de la Iglesia, es decir, que Jesucristo debe venir para consumar su Reino antes del fin del mundo.

Y entonces, si Cristo ha de venir antes, para vencer al Anticristo, y para reinar por un período en la tierra; es decir, si la Parusía y el Fin del Mundo no coinciden, sino que son dos sucesos separados, entonces aquella esperanza de un próximo triunfo temporal de la Iglesia no tiene fundamento; ni tampoco todas las profecías particulares que se apoyan en ella.

Por lo tanto, la actual persecución irá aumentando hasta su máximum; entonces se afianzará la gran apostasía, sonarán las últimas trompetas, derramando las últimas copas; y tendrá lugar la tribulación magna, cual no la ha habido desde el principio del mundo acá, la persecución externa e interna a la vez hasta el grado de lo insoportable, que deberá ser abreviada para que no perezca toda carne.

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Mientras tanto, el Cardenal Newman nos dice lo que debemos hacer:

¡Velad!

Nuestro Salvador formuló esta advertencia cuando estaba por dejar este mundo, en lo que a su presencia visible se refiere.

Pero contemplaba el futuro, dirigía su vista hacia los muchos cientos de años que habrían de pasar antes de que volviera.

Conocía su propósito y el propósito de su Padre, dejando gradualmente al mundo para que se arreglara por sí mismo, quitando gradualmente las prendas de su graciosa presencia.

Contemplaba todo lo que sucedería… contemplaba todas las cosas, la creciente negligencia respecto de su persona, negligencia que se extendería incluso entre los que se profesaban seguidores suyos; la descarada desobediencia y las insultantes palabras que le dedicarían a Él y a su Padre muchos de los que Él había regenerado; y la frialdad, cobardía y tolerancia para con el error que desplegarían otros que no llegaban tan lejos como para directamente hablar o actuar en su contra.

Anticipaba el estado del mundo y de la Iglesia, tal como la vemos hoy en día, cuando su prolongada ausencia ha hecho que prácticamente se crea que nunca más volverá con presencia visible.

Y en el texto que nos ocupa nos susurra, misericordiosamente, a los oídos que no confiemos en lo que vemos, que no compartamos esa general incredulidad, que no nos dejemos llevar por el mundo, sino que “miremos, vigilemos y recemos” y esperemos su Venida.

Card. Newman

Por cierto que deberíamos tener presente esta misericordiosa advertencia en todo tiempo, siendo que es tan precisa, tan solemne, tan seria.

Profetizó su Primera Venida, y sin embargo tomó por sorpresa a la Sinagoga cuando vino; mucho más repentina será la segunda vez, cuando sorprenda a los hombres con su Parusía, ahora que no ha indicado intervalo alguno de tiempo, como sí lo hizo otrora, sino que dejó librada a nuestra vigilancia la guarda de nuestra fe y la custodia de nuestro amor.

¡Vendré pronto! Esta promesa nos debe tener en un suspiro.

Silenciosamente, los años se suceden; la venida de Cristo está siempre más cerca. Más cerca que en tiempos de San Pablo.

Pues bien, se podría tal vez objetar que hay aquí una suerte de paradoja:

¿Cómo es posible —se nos pregunta— esperar permanentemente algo que tarda tanto? Lo que tanto ha tardado en suceder, puede tardar aún mucho más.

Para los primeros cristianos era posible quizá esperar así a Cristo, pero ellos no contaban con la experiencia del largo período durante el cual la Iglesia lo ha estado esperando.

No podemos sino usar de nuestra razón: no hay ahora más razones para esperar a Cristo que otrora, cuando, como ha quedado claro, Él no vino.

Los cristianos han estado esperando en todo tiempo el último día, y siempre se han visto desilusionados. Les ha parecido ver señales de su Venida; particularidades de su tiempo, que un poco más de conocimiento sobre el mundo, una experiencia más dilatada de la historia, les habría indicado ser común a todas las épocas.

Han estado asustados sin motivo valedero, inquietos en sus mentes estrechas, construyendo sobre sus supersticiosas veleidades.

¿En qué época no ha habido gente persuadida de que se acercaba el Día del Juicio? Tales expectativas no han sino inducido a la indolencia y a la superstición. Y deben ser consideradas como evidencias de debilidad.

Bien. Ahora trataré de contestar alguna cosa a esta objeción.

Considerada como objeción a la continua espera —para usar una frase común—, prueba demasiado.

Si se la sigue hasta sus últimas consecuencias de manera consistente, no debería esperarse el Día del Señor en ninguna época; la época en que vendrá —sea cuando sea— no debiera esperarlo; que es precisamente contra lo que se nos advirtió.

En ningún lugar nos advirtió contra lo que despreciativamente llaman superstición; y en cambio nos advirtió expresamente contra una confiada seguridad.

Si es verdad que no vino cuando los cristianos lo esperaban, no es menos cierto que cuando venga, para el mundo será un suceso inesperado.

Y así como es verdad que los cristianos de otros tiempos se figuraban ver señales de su Venida, cuando de hecho no había ninguna, es igualmente cierto que, cuando aparezcan, el mundo no verá las señales que lo anticipan.

Las señales de su Venida no son tan claras como para dispensarnos de intentar discernirlas, ni tan patentes que uno no pueda equivocarse en su interpretación.

Y nuestra elección pende entre el riesgo de ver lo que no es y el de no ver lo que es.

Es cierto que muchas veces, a lo largo de los siglos, los cristianos se han equivocado al creer discernir la vuelta de Cristo…

Pero convengamos en que en esto no hay comparación posible: resulta infinitamente más saludable creer mil veces que Él viene, cuando no viene; que creer una sola vez que no viene, cuando viene.

Tal es la diferencia entre la Escritura y el mundo: a juzgar por las Escrituras, deberíamos esperar a Cristo en todo tiempo; a juzgar por el mundo, no habría que esperarlo nunca.

Ahora bien, ha de venir un día, más tarde o más temprano.

Ahora, los hombres del mundo se mofan de nuestra falta de discernimiento; pero ¿a quién se le atribuirá falta de discernimiento entonces?

Todo esto atestigua nuestro deber de recordar y esperar a Cristo.

Esto nos enseña a despreciar el presente, a no confiarnos en nuestros planes, a no abrigar expectativas para el futuro sino vivir en nuestra Fe como si Él no se hubiese ido, como si ya hubiese vuelto.

+++

Continuamente estoy dando gracias a Dios por vosotros, por la gracia de Dios que se os ha dado en Jesucristo, porque en Él habéis sido enriquecidos con toda suerte de bienes espirituales, con todo lo que pertenece a los dones de la palabra y de la ciencia; habiéndose así verificado en vosotros el testimonio de Cristo, de manera que nada os falte de gracia ninguna, a vosotros que estáis esperando la manifestación de Jesucristo Nuestro Señor, el cual os confortará todavía hasta el fin, para que seáis hallados irreprensibles en el día del advenimiento de Jesucristo Señor Nuestro.

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