SERMÓN DE LA DOMÍNICA 17ª DE PENTECOSTÉS

Por el Reverendo padre Juan Carlos Ceriani

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DOMINGO DECIMOSÉPTIMO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

Mas los fariseos, al enterarse de que había tapado la boca a los saduceos, se reunieron en grupo, y uno de ellos le preguntó con ánimo de ponerle a prueba: Maestro, ¿cuál es el mandamiento mayor de la Ley? Él le dijo: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas.

El amor a Dios de que nos habla Jesús es algo sublime; es un acto de amor hecho por nosotros en unión con Cristo.

Nuestro amor a Dios no es el simple amor de una creatura, sino el acto de amor sobrenatural, cuyo principio nos fue infundido por el Espíritu Santo, con el cual amamos a Dios como los hijos aman al Padre.

El amor sobrenatural a Dios, fundamento y alma de la moral cristiana, presupone la fe. Con la fe creemos los misterios de nuestra divinización y todas las verdades que nos han sido reveladas con relación a ésta.

El amor sobrenatural a Dios implica la esperanza, porque ella es la propensión del alma hacia el amor a Dios, que será un día nuestra felicidad eterna.

Si partiésemos siempre de este concepto exacto del amor a Dios, no correríamos el riesgo de confundirlo con los sustitutos peligrosos que se encuentran en circulación.

El primer sustituto, el más engañador, es el que sustituye el amor sobrenatural a Dios con el amor sensible, con el sentimentalismo que tiene su origen en nuestro organismo fisiológico, como si el amor a Dios, que reside en nuestra voluntad, debiera ser fisiológico y no espiritual.

El segundo sustituto, contra el cual nos ha puesto en guardia el mismo Jesús, hace consistir el amor a Dios en meras palabras, en dulces manifestaciones verbales: No entrará en el reino de los cielos quien dice: Señor, Señor, sino quien hace la voluntad de mi Padre.

Por esto, quien cree amar a Dios, porque frecuenta la iglesia, recita oraciones, y después no practica en su vida la ley moral, se engaña miserablemente: es un cristiano de nombre y en apariencia, no un cristiano verdadero y de hecho.

Sólo se ama a Dios cumpliendo su voluntad. Y no se cumple la voluntad del Padre sin la caridad, que es forma de toda acción nuestra sobrenaturalmente meritoria.

Tenemos verdadero amor a Dios cuando, unidos a Cristo y vivificados por el Espíritu Santo, amamos al Padre con todo el corazón, con toda la mente, con todas las fuerzas.

Con todo el corazón, es decir, cuando todos los afectos del corazón tienden a Él como fin y convergen a Él como a su centro.

Es necesario que no exista en nuestro corazón división alguna, sino que todo pertenezca a Dios; es decir, es necesario que Dios sea lo único que amemos por sí mismo y que lo demás lo amemos en relación a Dios.

Exclamaba San Agustín: No es amarte suficientemente amar contigo otra cosa que no sea amada por Ti.

Con toda la mente, o sea, nuestra inteligencia debe contemplar siempre la realidad a la luz de Dios y de su Amor.

Siendo cuanto existe creación de Dios y dependiendo de Él, mi mente no conseguirá la verdad si no encuentra la conexión entre cada cosa y Dios.

Con todas las fuerzas, o sea, con toda nuestra voluntad y toda nuestra acción. El amor a Dios exige que se viva para Él, que se obre según su voluntad y que se le sea prácticamente fiel, aun en las cosas pequeñas.

La oración, el trabajo, el dolor, el sacrificio, la vida, la muerte, en una palabra, todo debe convertirse en un canto de amor.

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Ama a Dios de todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas; es lo que pregona y urge el Evangelio.

¿Quién de nosotros comprende este lenguaje? Es el lenguaje misterioso del Hijo a Dios para los Santos, que el hombre sensual apenas comprende.

¿Quién sigue esta exhortación? Ella conduce a las alturas, nos señala un camino que se pierde entre las nubes.

Dios quiere que le amemos de todo corazón; y, sin embargo, vemos con harta frecuencia que Dios no atrae nuestro corazón; y que el mundo, en cambio, nos muestra una vida rica de colorido y llena de incentivos para los sentidos.

Parece pobre lo que nos promete el Evangelio; la vida piadosa de amor de Dios parece falta de alegría, semejante a un paisaje gris, en que los colores son oscuros y fríos, envuelto en densas nieblas, en que por mucho que nos esforcemos vemos muy poca cosa.

¿Qué hemos de escoger? Ama el mundo, nos dice la caducidad… Ama a Dios, nos dice el Evangelio, y le amarás con todo tu corazón…

Meditamos y vacilamos, porque no sabemos en realidad qué significa amar con todo el corazón.

Amamos con tibieza, y por esto no nos es sabroso el amar; mas no sabemos cómo amar con toda el alma.

Amamos, bien que mal, y por esto nos cansamos; mas está muy lejos de nosotros el saber amar con todas nuestras fuerzas.

Pues bien, Dios envía en nuestra ayuda espíritus brillantes, en quienes se encarna el Evangelio, la doctrina del Maestro.

Los llena de vida, alegría, fuerza; sus ojos brillan; su hablar es como un río impetuoso; su figura irradia tanta luz que en su presencia se disipa la oscuridad de la gloria de la tierra; en torno suyo parece que todo el mundo se convierte en ceniza… No buscan nada, y todo lo tienen; la gloria que han despreciado se transforma en escabel de su trono; al morir empiezan a vivir de veras…

Estos espíritus, estos hermanos nuestros, los Santos, nos los envía el Señor para ayudarnos, y nos dice: No te explicaré qué significa el mandamiento amarás a tu Señor Dios; no te lo explicaré; porque cualquier cosa que te dijera, tú la mezclarías con tus pobres y mezquinos pensamientos; no te lo explicaré con palabras, porque el sentido de las palabras puede ser falsificado por la costumbre, por la frivolidad, por la aridez de espíritu; sino que te lo mostraré con imágenes vivas; así verás qué significa amar a Dios de todo corazón; te enseñaré qué vigor invencible y qué gloria inmortal supone el amar a Dios con todas sus fuerzas

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Tomemos un ejemplo, entre tantos…

Vayamos a Cartago, en el verano del año 203…, y detengámonos ante la casa de la familia Vibia. La hija de esa familia, Perpetua, se casó hace dos años; tiene ahora veintidós y es madre; ama con todo el cariño de su corazón a su hijito. Entremos en la casa… Un dolor profundo atormenta sobre todo al padre encanecido, dolor que a ratos llega a verdadera locura; porque su hija, la joven madre, fue recluida en la cárcel proconsular y allí sufre en compañía de una sierva suya, Felicidad, que está encinta, y de tres jóvenes esclavos, Revocato, Saturnino y Segundo, y del diácono Sáturo, catequista de todos ellos.

¿Qué ha ocurrido? ¿Por qué está Perpetua, la joven madre en la cárcel? Porque ama a Dios de todo corazón, y le exigen que cometa el pecado de negarle. Ella dice: Amo de todo corazón al Señor y por esto no me separaré de Él. Prefiero separarme de mi casa, de mi esposo, de mi anciano padre, de mi hijito…; separarme de Dios, nunca.

¿Cuál será el desenlace? El mundo está asombrado; los intereses familiares, el amor paternal, los lazos conyugales, el honor, la dureza de la cárcel harían titubear a un varón esforzado, y mucho más a una mujer, esposa y madre; mas Perpetua Vibia dice: Yo amo a Dios con todo mi corazón, y no le negaré por amor a mi familia.

Esto es lo que significa amar a Dios de todo corazón…; tanto si nuestro corazón es el corazón de una madre, como si es el de un padre, de un hijo, de un esposo o de una esposa.

¡Amar de todo corazón; amar sobre todas las cosas! ¡Amar a Dios más que a la familia; más que al padre y a la madre! Si es necesario, hemos de separarnos de ellos por amor a Dios; no vacilemos ni un solo momento.

Ama a Dios, y Él será tu padre, tu madre, y aún más para ti…

— ¡Cruel religión!, ¿qué es lo que predicáis? ¿Vas a extirpar los sentimientos filiales y los maternales? ¿Pregonas el odio?

— No…, no, nosotros pregonamos el amor. ¡Amemos! Amemos a Dios por sobre todas las cosas…

No basta todavía… El padre de Perpetua entra en la cárcel y le dice: Hija mía, ten piedad de tu anciano padre; ten compasión de tu padre, si merezco aún tal nombre. Te he educado entre mis brazos, hasta convertirte en mujer bella como una flor, en quien descansan con deleite los ojos de toda Cartago; no hagas ahora de mí el ludibrio de la ciudad. Mira a tu madre, a tu tía, a tu hijito. Deja estos sentimientos orgullosos, soberbios, irreductibles.

— Padre mío, ocurrirá lo que Dios quiere, contestó Perpetua.

Amemos a Dios con todas nuestras fuerzas. Cifrémoslo todo en Dios; nuestros pensamientos, nuestro amor, nuestros afectos, nuestros intereses, nuestras inclinaciones y esperanzas; cifrémoslo todo en Dios para poder decir: Dios mío y mi todo

¡Pobre corazón humano!, ¡cuántos suspiros y lágrimas te cuesta este noble gesto de amar a Dios!

Perpetua se encuentra en el silencio de la lóbrega cárcel. Piensa en su casa, su familia, su hijito… y aquí en la cárcel su vestido está roto y en sus muñecas lleva pesadas cadenas. ¡Ah!, si pudiera ahora entrar en la casa paterna y abrazar a su madre, a su padre, y estrechar contra su corazón a su hijito… ¡Qué alegría! Y todo depende de ella. Bastaría una palabra suya y se abriría la cárcel, y ella recobraría la libertad.

Pero Perpetua no pronuncia esa palabra. La prisionera murmura: No puede ser. Amo a Dios. Le amo más que a cualquier otra cosa. Le amo, y por su amor renuncio a todo, a todo… A la edad de veintidós años me separo de mi casa, y arranco de mis pechos mi hijito…, es necesario. Yo sé lo que significa “Amarás a Dios de todo tu corazón”.

¿Y qué será del mundo? ¿Qué dirá la gran ciudad? ¿Qué dirá Cartago? ¿Qué dirá la sociedad distinguida que se reunía en el palacio de la familia Vibia? ¿Qué dirán los criados, los obreros? ¿Qué dirá el pueblo de la calle, qué dirán los vecinos? Dirán: Perpetua Vibia, la cristiana, ¡qué loca, qué cruel es! ¡Cuán loca, cuán necia!

Y cuando salgas, Perpetua, cuando hayas de presentarte en la plaza ante el tribunal, cuando se te conduzca al patíbulo, ¡cómo te mirará el populacho! Tus conocidos se harán señas y se pondrán a murmurar; te mirarán extrañados, examinarán tus vestidos, mirarán tu cabellera, mirarán si la cárcel ha dejado huellas en ti; observarán cuán pálida, cuán quebrantada estás; tu nombre correrá en boca de todos.

¡Oh, Perpetua, madre joven, de veintidós primaveras!, ¿lo resistirás tú? Ve, ve, huye.

No, no me moveré; amo a Dios; y por su amor desprecio todo lo demás: el mundo, la opinión pública, la ira y la adulación del pueblo, sus alabanzas y su maledicencia…, todo… He despreciado el reino del mundo y toda la gloria de este siglo.

¿Por qué?

Porque amo.

¡Amar a Dios! ¡Oh, amor divino, oh poder que vences al mundo!, que de la joven Perpetua has hecho una mártir y una heroína, al tomar posesión de su corazón, de su alma y de todas sus fuerzas, y la has colocado ante los ojos del mundo, ante los hombres de poca fe, cansados, para que vieran lo que significa: ¡Amarás a Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas!

¿Y nosotros? ¿Dónde están los sacrificios, las lágrimas que ofrendamos a Dios? ¿Cuándo hemos amado a Dios de todo corazón, con toda nuestra alma y con todas nuestras fuerzas?

Perpetua no ha hecho todavía el sacrificio supremo. Además de su padre, tiene otro ser a quien ama, y más que la cárcel, más que las cadenas teme otro sacrificio… y con todo lo hace.

Quizá con el niñito se logrará vencerla. Este ha de ser el lazo que ate su alma al mundo; este ha de ser el poder que apague en su corazón el fuego del amor divino…

¡Ah!, si así fuera, Perpetua no amaría a Dios con todo su corazón, con toda su alma…

Lo que quiere su padre es que el niño venza a Perpetua…

Cuando ella sube, con paso firme, por la gradería del tribunal levantado en la plaza para escuchar la sentencia de la pena capital o del indulto, su padre se coloca en el primer escalón y le presenta el niño…

Perpetua —le dice—, Perpetua, ten compasión de mí y de este niño.

Perpetua siente oprimírsele el corazón, suspira, vuelve el rostro a otra parte y dice: No es posible.

Nuevamente acababa de triunfar; triunfó sobre el niño, triunfó sobre los sentimientos maternos, triunfó nuevamente por virtud del amor divino: triunfó y fue a abrazar la muerte.

¿Qué más hemos de decir? ¿Hemos de relatar que una vaca enfurecida levantó con sus cuernos a Perpetua? ¿Que, finalmente, la espada traspasó su corazón? ¡Oh!, quien es capaz de triunfar del corazón, triunfará también de la fiera, de la espada y de la muerte. ¡Perpetua triunfó!

Otro tanto sucedió con Felicidad y sus compañeros…

En la Cruz podríamos poner como epígrafe: Así amó Jesucristo; y en boca de Perpetua y Felicidad, que van a la vanguardia de las huestes cristianas hace más de 1800 años, podemos poner este pregón: Hermanos, así hay que amar a Dios.

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De modo que Santa Perpetua viene a ser una explicación viva de las palabras de Nuestro Señor Jesucristo: Amarás al Señor Dios tuyo de todo corazón, y con toda tu alma y con todas tus fuerzas.

La figura heroica de Perpetua y de los mártires explica muy bien estas palabras. Levantemos a menudo nuestra mirada hacia la Santa, y cuanto más débil nos sintamos con más afán llenémonos de espíritu.

Sometamos nuestra carne rebelde y también a nuestra alma, si queremos alcanzar la Perpetua Felicidad, cuyo pensamiento nos sugiere muy ingeniosamente San Agustín al juntar los nombres de estas dos grandes mártires…

¡Cuán débiles e impotentes somos nosotros en el amor de Dios!

Decimos que estamos dispuestos a morir por Dios y darlo todo por Él, y lo que hacemos propiamente es hurtar cuerpo y alma a todo lo molesto, lo difícil y lo desagradable.

Ante nosotros se yergue la Santa Cruz… Ella, la vida de los Santos, y con mayor razón de los mártires, nos hablan del sacrificio supremo; nosotros miramos continuamente estos cuadros y no comprendemos, no queremos comprender que debemos amar a Dios de todo corazón, es decir, de tal manera que nunca nos separemos de Él.

Hay muchas clases de martirio en la vida humana; demostremos que amamos a Dios de todo corazón.

Hay momentos en que sangra nuestro corazón…, hay momentos en que nuestros ojos se arrasan de lágrimas…, hay momentos en que nos duele el alma por causa de los hombres, por causa de la cruz de la vida o por causa de las pasiones no satisfechas del corazón…

En estos trances debemos detenernos, estrechar las manos contra el corazón y exclamar: ¡Amo a Dios de todo corazón!; no quiero ofenderle nunca, y por Él estoy dispuesto a hacer cualquier sacrificio.

Si este amor hinche nuestro corazón, surgirán santos…, porque en aquel que ama a Dios de todo corazón y por su amor es capaz de hacer sacrificio, se manifestará la virtud del Señor.

Amarás al Señor Dios tuyo… Este es el primer mandamiento. No dice “creerás”, “esperarás”, “temerás” o “aguardarás el galardón”, sino amarás, amarás al Señor Dios tuyo

Y no de cualquier manera, sino con ardor; le anhelarás, te lanzarás en pos de Él, volarás hacia Él, le abrazarás, te apoyarás en Él…

Es el primer mandamiento, porque Dios, fuente de la vida y de la perfección, lo exige sobre todas las cosas.

Otros no estiman tanto el amor; pero Él es celoso, y exige su primacía.

Es el primer mandamiento también porque es el más dulce; su elemento es la alegría.

Podemos sentir alegría en la obediencia, en el honor y en la alabanza que rendimos a Dios, pero la alegría más dulce está en el amor.

Con el amor podremos adelantar, perseverar, luchar, hacer sacrificios; porque el amor enseña la renuncia; sirve para todo, lo vence todo.

Sea, pues, el amor a Dios el que inspire nuestro corazón y nuestra alma.

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