SERMÓN DE LA DOMÍNICA 16ª DE PENTECOSTÉS

Por el Reverendo padre Juan Carlos Ceriani

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DECIMO SEXTO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

La Oración Colecta de este Domingo nos hace rezar de este modo: Te suplicamos, Señor, nos prevenga y nos acompañe siempre tu gracia; y nos haga solícitos y constantes en la práctica de las buenas obras.

Que tu gracia nos prevenga y nos acompañe siempre…

En el orden de la salvación es tal nuestra impotencia, que, si la gracia divina no se nos anticipase, no tendríamos siquiera el pensamiento de obrar; y si ella no continuase en nosotros sus inspiraciones para llevarlas a término, no sabríamos pasar nunca del simple pensamiento al acto mismo de cualquier virtud.

En la Oración Colecta la Iglesia nos hace pedir, pues, la prevención y la perseverante continuidad de ayuda tan preciosa como es la gracia.

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Esta Oración nos lleva a reflexionar sobre las gracias actuales, que son auxilios sobrenaturales y transitorios, distintos de la gracia habitual o santificante, por los cuales Dios ilumina el entendimiento y ayuda a la voluntad para realizar actos sobrenaturales.

Como lo indica su definición, su misión es iluminar la inteligencia del hombre con alguna verdad relacionada con su último fin sobrenatural, y fortalecer su voluntad para que quiera secundar, libre y espontáneamente, aquella divina inspiración.

Sin ellas, el hombre —incluso en estado de gracia santificante— es tan impotente para realizar un acto sobrenatural como en el orden natural para dar un solo paso sin la previa moción de Dios, causa primera natural.

En efecto, así como para las obras naturales se requiere el auxilio o concurso natural de Dios, de igual modo, para realizar actos sobrenaturales se requiere cierto auxilio o moción sobrenatural, que se llama precisamente gracia actual.

Sin embargo, la gracia actual se diferencia del concurso natural porque este se requiere incluso para las obras malas (o sea, para el elemento bueno y positivo que en ellas se encuentra necesariamente), mientras que la gracia se ordena únicamente al bien.

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La gracia actual coopera con nosotros de dos modos: inmediata y mediatamente.

Inmediatamente recae sobre las facultades propiamente humanas:

a) Iluminando el entendimiento para que veamos lo que nos conviene para la salvación. Y así al pagano o infiel le abre los ojos del alma para que perciba la verdad de la religión cristiana; al pecador, para que advierta la malicia de su pecado; y al justo, para que conozca la belleza de la virtud.

b) Ayudando a la voluntad, dándole el deseo y la potencia para querer y hacer las cosas necesarias para la salvación. Y así excita en el corazón del pagano o infiel el deseo de buscar la verdad, a la vez que le da fuerzas para abrazar la religión cristiana; al pecador, le solicita e impulsa a apartarse de sus iniquidades, volviéndose a Dios por el arrepentimiento y la penitencia; y al justo, le mueve de mil maneras a santificarse cada vez más.

Mediatamente, la gracia actual obra en el entendimiento y en la voluntad utilizando los sucesos externos para excitar en el alma piadosos pensamientos y buenos deseos que la lleven a la práctica del bien. En ese sentido se vale Dios de las buenas lecturas, sermones, buenos consejos, acontecimientos prósperos o adversos, etc., que son otras tantas gracias actuales de las que el alma se puede aprovechar. Por ejemplo, de un sermón para practicar la paciencia…

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Las gracias actuales son muchas. Las principales resultan de las siguientes distinciones:

1ª) Gracia operante y cooperante.

La operante es aquella cuya operación procede exclusivamente de Dios y a Él solo se atribuye: el alma es movida, pero no se mueve a sí misma.

La cooperante es aquella en la que el alma es movida por Dios y se mueve a sí misma, cooperando a la divina acción.

Así lo explica San Agustín en un hermoso texto:

Porque en verdad comienza Dios a obrar para que nosotros queramos (gracia operante), y cuando ya queremos, con nosotros coopera para perfeccionar la obra (gracia cooperante)… Por consiguiente, para que nosotros queramos, comienza a obrar sin nosotros, y cuando queremos y de grado obramos, con nosotros coopera. Con todo, si Él no obra para que queramos, o no coopera cuando ya queremos, nada podemos en orden a las buenas obras de piedad.

2ª) Gracia excitante y adyuvante.

La excitante nos impulsa a obrar estando distraídos o inactivos; la adyuvante nos ayuda a obrar estando ya decididos a ello.

3ª) Gracia preveniente, concomitante, subsecuente.

La preveniente precede al acto del hombre, moviendo o disponiendo la voluntad para que quiera.

La concomitante acompaña al acto del hombre, concurriendo con él a un mismo efecto.

La subsecuente se dice por relación a un efecto anterior producido por otra gracia.

4ª) Gracia suficiente y eficaz.

La suficiente es aquella con la cual el hombre podría obrar el bien, si quisiera. Empuja a obrar.

La eficaz hace obrar infaliblemente. Produce infaliblemente el acto.

Sin la suficiente, no podríamos realizar el bien; con la eficaz, lo realizamos libre, pero infaliblemente.

La suficiente nos deja sin excusa ante Dios; la eficaz es un efecto de su infinita misericordia.

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Para comprender bien la necesidad de las gracias actuales hay que examinar lo que el hombre puede hacer sin ayuda de la gracia en el orden puramente moral natural, y la necesidad imprescindible de las gracias actuales para realizar cualquier acto sobrenatural.

1º) Cualquier hombre puede, bajo la moción general de Dios (la cual se le debe por la providencia común), realizar con sus solas fuerzas naturales, sin ayuda de la gracia, algunas obras naturalmente buenas.

Algunas obras, no todas las de la ley natural ni por toda la vida.

Tales son, por ejemplo, compadecerse del pobre, sacrificarse por otros, ser justo y honrado en los negocios humanos, etc.

Lo cual quiere decir que no todas las obras que realizan los paganos o pecadores son pecados, sino que pueden realizar algunas que sean moralmente buenas en el orden puramente natural.

Esas obras no tienen valor alguno en orden a la vida eterna —porque están desprovistas de la gracia, que es condición indispensable para el mérito sobrenatural—, pero son y pueden llamarse buenas desde el punto de vista puramente humano y natural.

2º) El hombre caído puede cumplir, sin auxilio de la gracia, cualquier precepto de la ley natural considerado aisladamente, a excepción del precepto de amar a Dios sobre todas las cosas.

Aunque el que está en pecado no tenga en sí el poder de evitar en absoluto el pecado (por sus malas inclinaciones, que le llevarán muchas veces a él), puede, sin embargo, evitar por sí mismo este o aquel pecado determinado. Por eso, todo pecado que comete, lo comete voluntariamente; y, de este modo, con razón se le imputa coma culpa.

La razón de exceptuar el precepto de amar a Dios sobre todas las cosas es porque, si el pecador realizara ese acto, quedaría inmediatamente justificado y en gracia de Dios; y esto es absolutamente imposible sin una previa gracia actual, ya que excede las fuerzas de la sola naturaleza.

3º) El hombre no justificado —ya sea por ser pagano o infiel, o por encontrarse en pecado mortal, aunque esté bautizado— carece de la gracia habitual o santificante, pero puede recibir, si Dios se lo envía, el empuje sobrenatural de una gracia actual.

4º) El hombre caído no puede, sin auxilio de la gracia, guardar colectivamente y por largo tiempo todos los preceptos de la ley natural.

O sea que, aunque el hombre caído pueda, con sus solas fuerzas naturales, evitar este o aquel otro pecado, considerados aisladamente, es imposible, sin la ayuda de la gracia, evitarlos todos por largo tiempo. Sus malas inclinaciones le arrastrarán muy pronto al pecado, a no ser que venga en su auxilio la gracia de Dios, robusteciendo aquellas fuerzas y contrarrestando sus malas inclinaciones.

5º) El hombre caído no puede con solas sus fuerzas naturales merecer la gracia.

Lo definió dogmáticamente el Concilio de Trento, que explica más detalladamente su propio pensamiento y declara:

El principio de la justificación misma en los adultos ha de tomarse de la gracia de Dios preveniente por medio de Cristo Jesús, esto es, de la vocación, por la que son llamados sin que exista mérito alguno en ellos, para que quienes se apartaron de Dios por los pecados, por la gracia de Él, que los excita y ayuda a convertirse, se dispongan a su propia justificación, asintiendo y cooperando libremente a la misma gracia; de suerte que, al tocar Dios el corazón del hombre por la iluminación del Espíritu Santo, ni puede decirse que el hombre mismo no hace nada en absoluto al recibir aquella inspiración, puesto que puede también rechazarla, ni tampoco que sin la gracia de Dios puede moverse por su libre voluntad a quedar justificado ante Él.

De manera que el hombre caído —pagano, hereje o cristiano en pecado mortal— no puede, sin la gracia de Dios preveniente arrepentirse de sus pecados y salir de su triste situación.

La razón es porque el orden sobrenatural de la gracia trasciende infinitamente el valor y las fuerzas de toda naturaleza creada o creable y, por lo mismo, sólo mediante el empuje sobrenatural de la gracia actual puede el hombre elevarse a esas alturas, disponiéndose convenientemente a recibir la gracia habitual o santificante y con ella el perdón de sus pecados y la plena justificación ante Dios.

6º) La previa moción de la gracia (gracia actual) se requiere indispensablemente para todo acto relacionado con la salvación del alma.

El hombre, con sus solas fuerzas naturales, es física y absolutamente impotente para realizar el menor acto sobrenatural, por la infinita superioridad y trascendencia del orden sobrenatural, que escapa en absoluto a las fuerzas de toda naturaleza creada o creable.

7º) El hombre ya justificado y en posesión de los hábitos sobrenaturales (gracia, virtudes y dones) necesita todavía el previo empuje o previa moción de la gracia actual para realizar actos sobrenaturales.

San Agustín, el gran Doctor de la Gracia, dice:

Así como el ojo del cuerpo, aun cuando esté perfectamente sano, no puede ver los objetos sino con ayuda del resplandor de la luz, así también el hombre, aunque esté perfectamente sano, no puede vivir bien si no le ayuda divinamente la luz eterna de la justicia.

Esa gracia actual que el justo necesita para hacer el bien se la pone la divina Providencia constantemente a su disposición, de manera semejante a como en el orden natural pone a disposición de todos el aire que necesitamos para respirar.

8º) Sin un auxilio especial de Dios, el justo no puede perseverar largo tiempo en el estado de gracia, sobre todo hasta el fin de su vida.

Aunque por la gracia quede elevado el hombre al orden sobrenatural y ordenado a la vida eterna, permanecen, sin embargo, en él ciertas consecuencias funestas del pecado original, que son principalmente cuatro: ignorancia en el entendimiento, mala inclinación en la voluntad, debilidad contra las dificultades y concupiscencia de los goces ilícitos. Ahora bien: en estas condiciones es imposible, sin un auxilio especial de Dios, perseverar largo tiempo —y menos aún la vida entera— sin incurrir en pecado; porque para superar todas las tentaciones y cumplir todos los preceptos, no obstante esas perversas inclinaciones que la gracia habitual no destruye, se requieren muchas gracias eficaces de Dios que sostengan y fortalezcan al hombre en los caminos del bien.

Y como no tenemos derecho estricto a estas gracias tan múltiples y eficaces, hay que concluir que el hombre no perseverará de hecho mucho tiempo en el estado de gracia, si Dios no le concede un auxilio especial enteramente gratuito y misericordioso.

Sin embargo, al que con ayuda de la gracia hace lo que puede, Dios no le niega jamás los auxilios sobrenaturales que necesita para perseverar hasta la muerte en su amistad y gracia.

De aquí la importancia de pedir la gracia de la perseverancia final.

9º) El justo, por muy perfecto y santo que sea, no puede, sin un especial privilegio de Dios, evitar durante toda su vida todos los pecados veniales.

El hombre puede evitar este y el otro pecado venial considerados aisladamente y en singular; pero no puede evitarlos todos colectivamente y durante toda su vida, a menos de un privilegio especial, que no consta haberlo recibido nadie, fuera de la Santísima Virgen María.

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Para terminar, consideremos cuál es el régimen divino en la distribución de las gracias actuales.

1º) Dios ofrece siempre a todos los justos las gracias suficientes para que puedan resistir las tentaciones o cumplir los preceptos de Dios y de la Iglesia.

El apóstol San Pablo, escribiendo a los fieles de Corinto, les dice: Fiel es Dios, que no permitirá que seáis tentados sobre vuestras fuerzas; antes dispondrá con la tentación la salida para que podáis sobrellevarla.

San Agustín asentó los dos grandes principios de esta cuestión:

a) Dios no toma jamás la iniciativa de abandonarnos antes de que nosotros le abandonemos a Él.

b) Dios no manda jamás imposibles, sino que, al mandarnos alguna cosa, nos avisa que hagamos lo que podamos y pidamos lo que no podamos.

Esto supone, como es obvio, el ofrecimiento de la gracia necesaria y suficiente para vencer las tentaciones y cumplir los divinos preceptos.

2º) A todos los pecadores, aun a los endurecidos y obstinados, ofrece Dios misericordiosamente los auxilios suficientes (al menos remotamente) para poder arrepentirse de sus pecados.

Dios no abandona al pecador en sus extravíos, sino que le persigue y busca de mil maneras, al menos ofreciéndole los auxilios suficientes para que se arrepienta y viva.

Hay que advertir que la gracia actual para arrepentirse de sus pecados no se le confiere al pecador en cada instante o momento, sino únicamente cuando se presenta la ocasión u oportunidad.

Dios llama con frecuencia al corazón del pecador, principalmente en las siguientes ocasiones:

a) A propósito de una predicación, buena lectura, buenos ejemplos o consejos.

b) Cuando el pecador realiza una buena acción, por ejemplo, al dar una limosna.

c) En las tribulaciones, enfermedades, muertes de familiares y amigos, etc.

d) Sobre todo a la hora de la muerte, porque es cuando más lo necesita el pecador y Dios no falta nunca en las cosas necesarias; si bien el pecador puede desechar ese último llamamiento de Dios y condenarse para siempre.

También hay que tener en cuenta que, según la ley común de Dios, los que abusan inveteradamente de la gracia, rechazando deliberadamente su conversión o cometiendo frecuentemente graves pecados, ponen en gravísimo peligro su salvación, porque se privan de gracias más abundantes, aumentan sus malos hábitos, disminuyen progresivamente las fuerzas de su alma y se exponen a que la muerte les sorprenda inesperadamente y les precipite en la ruina eterna.

3º) Dios no niega jamás su gracia al que hace lo que puede por alcanzarla.

Claro que es siempre Dios el que nos previene con su gracia, no somos nosotros quienes prevenimos a Dios con nuestro libre albedrío. Dios nos previene para que de una buena obra pasemos a otra.

4º) Aunque Dios no niega jamás a nadie las gracias suficientes para salvarse, sin embargo concede a unos gracias más abundantes que a otros.

Ahora bien: ¿qué norma o criterio sigue Dios en la distribución desigual de sus gracias?

La primera y principal es su propia divina y adorable voluntad.

En segundo lugar, obedece también a la libre cooperación del hombre al influjo de las gracias que vaya recibiendo de Dios. La fidelidad a la gracia es un factor importantísimo para seguir recibiendo los auxilios sobrenaturales de Dios en proporción cada vez más abundante.

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Te suplicamos, Señor, nos prevenga y nos acompañe siempre tu gracia; y nos haga solícitos y constantes en la práctica de las buenas obras.

Fuente:

http://radiocristiandad.wordpress.com/

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