Sermón Católico

DOMINGO DÉCIMO QUINTO DESPUÉS DE
PENTECOSTÉS

24 de septiembre de 2000

Por el Reverendo Padre Basilio Méramo

Amados hermanos en Nuestro Señor Jesucristo:
En el Evangelio de hoy vemos la compasión de Nuestro Señor por una mujer viuda a quien se le acaba de morir su único hijo. Conmovido ante el dolor de una madre, sin que nadie se lo pida, solamente por presenciar aquella  escena, Nuestro Señor le resucita a su hijo para consolarla, ya que siendo viuda perdía todo y lo único que tenía en el mundo; porque los hijos, no como mal se piensa ahora, son el único tesoro de una familia; en los hijos está la riqueza de una familia y el perdurar a través del tiempo la garantía de la ancianidad. Aunque también ahora, desgraciadamente, a los ancianos los encierran en las sociedades de la tercera edad para no ocuparse de ellos, lo cual muestra cuán bajo es nuestro nivel de cultura que desprecia a los ancianos, a los padres que nos han dado la vida. Nos preciamos de vivir en un siglo de ciencia y avance y lamentablemente es todo lo contrario.

Esa compasión de Nuestro Señor, ese amor, esa caridad, nos hace recordar la deuda de amor que tenemos con Él que vino al mundo para redimirnos y que no escatimó su sangre para morir por nosotros. Ese amor se revela de manera concreta en la compasión que siente hacia esta pobre mujer resucitándole a su hijo, único tesoro que tenía la viuda de Naím; por eso Nuestro Señor le remedia su dolor volviéndole a la vida y manifestando con ese milagro su divinidad. ¿Por qué manifestando su divinidad? Porque dijo en nombre propio: “Yo te lo ordeno, Yo te lo digo”. Ese carácter personal es propio solamente de Dios, porque ningún enviado lo podría hacer sino invocando a Dios y no atribuyéndose poder divino como evidentemente lo hace Nuestro Señor; así nos manifiesta su divinidad, en la cual debemos creer como católicos, que siendo verdadero Hombre es verdadero Dios, y así ese Ser que es divino y que es humano, que se encarnó para salvarnos, para redimirnos del pecado, consuela a esta pobre mujer. La misericordia,  el amor de Dios compadecido ante la miseria humana.

Todos debemos tener ese amor, esa misericordia con el prójimo y no faltar al mandamiento de la caridad que supera
incluso al de la justicia; el de la estricta justicia que obliga en conciencia a retribuir a cada uno lo debido según  el bien común; pero la caridad va mucho más allá, porque está por encima de la justicia. También San Pablo, en la epístola de hoy, nos exhorta a hacer el bien a todos y en especial a los hermanos en la fe. Que no nos cansemos de hacer el bien y que no tengamos esa avidez, esa avaricia de vanagloria, de pretender y creernos mejores que los demás; eso es origen de disputas, de peleas y de odios. Que nos soportemos mutuamente es la Ley de Cristo. Y San Pablo nos dice que la Ley de la caridad, que es la Ley de Cristo, consiste concretamente en soportarnos mutuamente, y porque no nos soportamos a nosostros mismos, somos incapaces de soportar a los demás que están a nuestro alrededor, porque de nada vale soportar a un chino o a un japonés que está al otro lado del mundo que no nos afecta para nada, sino al que está viviendo bajo el mismo techo, al que vive al lado, al vecino de enfrente, al que está próximo a nosotros. De ahí viene la palabra prójimo, soportarnos y en ese soportarse mutuamente se ejerce la caridad, la Ley de Cristo, sabiendo que debemos tolerar los defectos inherentes a la miseria humana que tiene el prójimo, porque nosotros tenemos los mismos o quizá mayores o peores defectos que los del prójimo que nos rodea. Esto es un imperativo, no es facultativo, no es si me cae bien, si me hace un favor; no es si me cae antipática esa persona; es sin distinción, por encima de lo bueno o de lo malo que la otra persona tenga, por encima de la simpatía o de la antipatía natural; la caridad no es un simpatía natural, es, si pudiéramos decir, si quisiéramos usar la palabra simpatía, sería una simpatía sobrenatural por amor a Nuestro Señor, por amor a Dios, porque Él murió en la cruz por todos y todos estamos obligados a amar al prójimo y en especial a los hermanos en la fe, es decir, a los católicos en primer lugar, en primer orden. Y veremos el fruto de la buena acción si no desfallecemos.

De ahí surge la necesidad de la perseverancia, no solamente de la paciencia, sino de la perseverancia que es como una paciencia prolongada en el tiempo, para que veamos los frutos de las buenas obras hechas por amor a Dios. Pidámosle a Nuestra Señora, la Santísima Virgen María, que podamos cumplir con ese precepto de caridad, de amor, de compasión con el prójimo, soportándonos mutuamente y haciendo el bien a todos. +

Fuente:

http://www.meramo.net

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