PEQUEÑA REFUTACIÓN Y DESHONOR PARA EL OBISPO DE KENT

Monseñor Williamson

PEQUEÑA REFUTACIÓN

Y

DESHONOR PARA EL OBISPO DE KENT

Dice el Obispo de Kent, en su Comentario Eleison 388:

En otras palabras, hubo un tiempo cuando Dios elevó Su Iglesia Católica a grandes alturas. Pero hoy en día se está haciendo el hazmerreir del mundo, al punto que uno puede casi estar avergonzado de ser un Católico.

No es la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana, la Esposa Inmaculada de Nuestro Señor, la que se rebaja a un comportamiento ridículo.

Son sus enemigos, los conciliares y los de la falsa resistencia, los que intentan ridiculizarla.

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Nuestro Señor Jesucristo dijo:

Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque a ellos pertenece el reino de los cielos. Dichosos seréis cuando os insultaren, cuando os persiguieren, cuando dijeren mintiendo todo mal contra vosotros, por causa mía. Gozaos y alegraos, porque vuestra recompensa es grande en los cielos, pues así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros.

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Y el Apóstol San Pablo escribió a los Corintios:

I Corintios 4, 9-13:

Pues yo, para mí, tengo que Dios a nosotros, los apóstoles, nos trata como a los últimos hombres, como a los condenados a muerte, haciéndonos servir de espectáculo al mundo, a los ángeles y a los hombres.

Nosotros somos reputados como unos necios por amor de Cristo; mas vosotros sois los prudentes en Cristo; nosotros flacos, vosotros fuertes; vosotros sois honrados; nosotros viles y despreciados.

Hasta la hora presente andamos sufriendo el hambre, la sed, la desnudez, los malos tratamientos, y no tenemos donde fijar nuestro domicilio.

Y nos afanamos trabajando con nuestras propias manos; nos maldicen y bendecimos; padecemos persecución, y la sufrimos con paciencia; nos ultrajan, y retornamos suplicas; somos, en fin, tratados hasta el presente como la basura del mundo, como la escoria de todos.

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Comentando este pasaje paulino, Santo Tomás enseñó:

Búrlase ahora del desprecio con que miraban a los Apóstoles de Cristo, desprecio que, escarneciéndolos, pone primero, y la causa de él: “porque hemos venido a convertirnos en un espectáculo”.

Dice, pues, lo primero: ya dije que reináis sin nosotros, pues pienso, esto es, al parecer lo pensáis vosotros, que Dios nos trata a los Apóstoles como a los últimos hombres”, no obstante decir abajo que Dios puso en su Iglesia en primer lugar a los Apóstoles (crf Co 12); que así se cumple lo que dice San Mateo: “los primeros serán los últimos, y los últimos los primeros” (20).

Y pone un ejemplo: “como a condenados a muerte”; pues a éstos se les trata, por indignos de la vida, como a los seres más menguados, y en tal concepto tienen a los Apóstoles los mundanos, “como ovejas destinadas al matadero” -“haciéndonos servir de espectáculo…”.

Indica con esto por qué los despreciaban; acerca de lo cual es de considerar que, cuando hay condenados a muerte, júntanse los hombres, como a un espectáculo, a presenciar su ejecución; y mayormente entonces con los que echaban a las fieras; y porque a los Apóstoles los tenían en ese concepto, de condenados, añade: “porque hemos venido a parar en un espectáculo para el mundo”, quiere decir, como si todo el mundo concurriese a presenciar nuestra ejecución, según el Salmo: “nos has hecho el oprobio de nuestros vecinos”.

Y explica qué entiende por mundo, al añadir: “a los ángeles y a los hombres”, es a saber, buenos y malos; que entre la concurrencia los ángeles buenos estaban para dar esfuerzo, los malos para llevar la contra; los hombres buenos para compadecer y tomar ejemplo de paciencia, y los malos para perseguir y escarnecer.

Búrlase luego de ellos de modo especial, al decir: “nosotros somos reputados por unos necios…” porque despreciaban a los Apóstoles; y hace chunga de ese desprecio en tenerse a sí por óptimos, y a los Apóstoles por pésimos; y primero en cuanto a la perfección del entendimiento, acerca de lo cual dice: “nosotros somos reputados como unos necios por amor de Cristo”, esto es, nos tienen por unos idiotas, por predicar la cruz de Cristo (I Co), y porque por amor a Cristo soportamos oprobios y menosprecios, según aquello: “¡Insensatos de nosotros. Su tenor de vida nos parecía una necedad” (5, 4); o como dijo Festo: “desvarías, Pablo; las muchas letras te han trastornado el juicio” (Ac 26, 25). Vosotros, en cambio, así os parece, “sois prudentes en Cristo”, es a saber, porque ni os atrevéis a confesar en público su cruz, ni sufrís persecución por causa suya (Pr 26).

Segundo, en cuanto al poder de acción, al decir: “nos tienen por flacos o débiles”, en lo exterior, por las aflicciones que padecemos (II Co 12); “vosotros, en cambio, según la balanza con que os pesáis, sois fuertes”, esto es, en lo temporal, pues lleváis una vida tranquila, sin tribulaciones. Pero “¡ay de vosotros!, los que os levantáis de mañana a emborracharos y a beber con exceso hasta la noche, hasta que os abrasa el vino” (Is 5, 2).

“Vosotros nobles, a vuestro juicio, esto es, sois dignos de honra, ya que por fuera no padecéis contumelias (Is 19); nosotros, en cambio, sin nobleza”, en opinión vuestra y de otros, ya que nos tienen por gente vil (I Co 1), siendo así que lo contrario es la verdad; pues despreciables sólo aquéllos lo son que tienen a Dios en menosprecio, según aquello: “pero los que me despreciaren serán deshonrados” (IS 2, 30).

Indica después el porqué del menosprecio, al decir: “hasta la hora presente… “; y primero la falta de los bienes temporales, y en cosas necesarias, como en la comida. De ahí que diga: “hasta la hora presente”, esto es, desde mi conversión hasta el presente, andamos sufriendo el hambre, la sed (II Co XI). En el vestido, la desnudez, esto es, por escasez de vestidos, porque algunas veces los dejaban desnudos robándose los vestidos (Job 24); aunque el Salmo 36 dice lo contrario: “no he visto al justo desamparado ni a sus hijos mendigando de puerta en puerta”. Pero a esto se responde que las privaciones de los Apóstoles no llegaban a tanto que quedasen desamparados de la mano de Dios; pues la Divina Providencia atemperaba en ellos la abundancia y la escasez dándoles del pan y del palo no más de cuanto era necesario para ejercitar la virtud. De ahí que diga el Apóstol: “todo lo he probado y estoy ya hecho a todo: a tener hartura, y a sufrir hambre; a tener abundancia, y a padecer necesidad; todo lo puedo en Aquel que me conforta”.

Pone, en segundo lugar, la falta de aquellas cosas necesarias para llevar una vida decorosa, la primera de las cuales es el respeto que le tienen a uno los hombres; contra lo cual dice: “nos dan de bofetadas”, maltratamiento que se da más para afrentar que para castigar a una persona. De donde leemos que a Cristo “le escupieron en la cara y le dieron de bofetadas” (Mt 26, 67).

Otra cosa es la estancia fija en un lugar, contra lo cual dice: “y no tenemos donde fijar nuestro domicilio”, ya porque los perseguidores los expulsaban de uno y otro lugar (Mt X), ya porque por razón de su oficio andaban de aquí para allá (Jn XV).

Tercera, la falta de quién les ayudara, contra lo cual dice: “¿y nos afanamos trabajando con nuestras propias manos?”, sea porque a veces nadie les facilitaba como sustentarse, sea porque buscaban su comida trabajando con sus manos, ya para no ser gravosos a los fieles, o para rechazar a los pseudoapóstoles, que si predicaban era porque ganaban (II Co 12), ya también para poner a los holgazanes la muestra (II Th 3). De ahí que diga Pablo: “cuanto ha sido menester para mí, y para mis compañeros, todo me lo han suministrado estas manos” (Ac 20, 34).

Ahora toca los males que padecían los Apóstoles, y primero de palabra, al decir: “nos maldicen”, esto es, hablan mal de nosotros, o para quitarnos la buena fama, o para afrentarnos con contumelias, o aun para desearnos males (Jr 15); “y bendecimos”, esto es, devolvemos bien por mal, según aquello de San Pedro: “no volviendo mal por mal, ni maldición por maldición; antes, al contrario, bendiciones” (I, 3, 9).

Segundo, de obra: “Padecemos persecución”, no sólo cuanto a andar fugitivos de un lugar a otro, que es lo que propiamente se llama persecución, sino cuanto a las múltiples tribulaciones con que nos afligen (Ps 1, 18); “y la soportamos”, esto es, todo lo sufrimos con paciencia, por amor a Cristo.

Toca, en tercer lugar, la causa de por qué los maltrataban de palabra y de obra, al decir: “blasfeman de nosotros”, o nos tienen por blasfemos, y por tal causa nos cargan la mano, en tanto que nos llaman magos, o malhechores, y nos consideran como enemigos de Dios, a tenor de lo que dice San Juan: “va a venir tiempo en que quien os matare se persuada hacer un obsequio a Dios” (16, 2; Rm 3, 8). Eso no obstante, retornamos el mal con suplicas que hacemos a Dios por los que nos persiguen y ultrajan, como dice San Mateo: “rogad por los que os persiguen… “.

En fin, como conclusión de todo lo dicho, “somos tratados hasta el presente como la basura del mundo”, esto es, judíos y gentiles nos tienen en tal concepto que, para no apestar al mundo, será menester que nos maten para que, por el contrario, se purifique; como si fuésemos “la escoria de todos”.

Llámase peripsema cualquier suciedad, o de fruta, o de comida, o de otra cosa. Y esto “hasta el presente”, porque es el pan de cada día; mas no hay plazo que no se llegue, ni mal que dure cien años, como por boca de los impíos lo dice la Sabiduría: “Estos son los que en otro tiempo fueron el blanco de nuestros escarnios, y a quienes proponíamos como un ejemplar de oprobio”; mas “mirad cómo son contados en el número de los hijos de Dios, y cómo su suerte es estar con los santos” (5, 3).

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En la Encíclica de San Pío X Communium rerum, leemos:

Pero existen razones que deben levantar nuestro espíritu. Porque vive el Señor que hará que “todo se convierta en bien para aquellos que le aman”.

De estos males Él sacará bienes, y tantos obstáculos opuestos a su obra por la perversidad humana, hará brillar con más esplendor los triunfos de Iglesia.

Es éste el consejo admirable de la divina Sabiduría, son éstos, en el orden actual de la Providencia, “misteriosos caminos”, -“porque no son mis pensamientos iguales a los vuestros, ni mis caminos son vuestros caminos, dice el Señor”; de tal manera que la Iglesia de Cristo renueva en sí cada vez más la vida de su divino Fundador, que tanto padeció, de modo que en cierta forma complete “aquello que falta a la pasión de Cristo”.

Por lo cual, su condición de militante en la tierra es la de vivir entre las luchas, las dificultades y las incesantes aflicciones para poder de este modo “entrar en el reino de Dios… por medio muchas tribulaciones”, y unirse al fin con la iglesia triunfante del cielo.

Así desarrolla Anselmo, sobre esta materia, aquel lugar de San Mateo: “Jesús obligó a sus discípulos a subir la barca”:

“Según la interpretación mística se describe aquí el estado de la Iglesia desde la venida del Salvador hasta el fin del mundo… La barca pues era batida por las olas en medio del mar mientras Jesús permanecía en la cumbre del monte; porque desde que el Salvador subió al cielo, la Santa Iglesia ha sido sacudida en este mundo con grandes tribulaciones, dispersada con muchas tempestades de persecuciones, vejada de diversas maneras por la perversidad de hombres malvados y tentada de infinitos modos por los vicios. Pues el viento le era contrario, porque el soplo de los espíritus malignos siempre le es adverso para que no pueda llegar al puerto de la salvación; se esfuerzan por hundirla en las olas de las adversidades del siglo, levantando contra ella todas las dificultades que les son posible”.

Están pues muy equivocados los que creen y esperan para la Iglesia, un estado permanente de plena tranquilidad, de prosperidad universal, y un reconocimiento práctico y unánime de su poder, sin contradicción alguna; pero es peor y más grave el error de aquellos, que se engañan pensando que lograrán esta paz efímera, disimulando los derechos y los intereses de la Iglesia, sacrificándolos a los intereses privados, disminuyéndolos injustamente, complaciendo al mundo “en donde domina enteramente el demonio”, con el pretexto de simpatizar con los fautores de la novedad y atraerlos a la Iglesia, como si fuera posible la armonía entre la luz y las tinieblas, entre Cristo y el Demonio.

Son éstos, sueños de enfermos, alucinaciones que siempre han ocurrido y ocurrirán mientras haya soldados cobardes, que arrojen las armas a la sola presencia del enemigo, o traidores, que pretendan a toda costa hacer las paces con los contrarios, a saber, con el enemigo irreconciliable de Dios y de los hombres.

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Es usted, Obispo de Kent, quien, no sólo se avergüenza de ser católico, sino también quien se atreve intentar ridiculizar a la Santa Madre Iglesia.

Si ya ofendió a la misma Madre de Dios, Inmaculada en su Concepción, ¿cómo no iba a deshonrar a la Iglesia de su Divino Hijo?

Arrepiéntase, y haga penitencia antes de que sea demasiado tarde…

Padre Juan Carlos Ceriani

Fuente:

https://radiocristiandad.wordpress.com

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