PERTINACIA DIABÓLICA DE MONS. WILLIAMSON – 2

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PERTINACIA DIABÓLICA DEL OBISPO DE KENT

(II)

Ya señalé, en la primera parte de este análisis, que el Obispo que no se retracta, en su Comentario Eleison 387, hace otra aplicación de su mala hermenéutica. En este caso, la utiliza para referirse a los Sacramentos de la Eucaristía y del Orden Sacerdotal.

Ya vimos lo relacionado con el Sacramento del Orden; consideremos ahora lo que toca a la Nueva Misa. Dice así:

… las distinciones son de sentido común y se corresponden con la realidad. Así que en la confusión universal de hoy en día, para estar en contacto con la realidad hay momentos en que necesito reconocer que una mezcla de bueno y malo será mala en su totalidad, pero ello no significa que sus partes buenas, como partes, sean malas, no más que la bondad de las partes buenas significa que el todo es bueno.

Tomen por ejemplo el Nuevo Orden de la Misa. El nuevo Rito en su totalidad disminuye tanto la expresión de verdades católicas esenciales (la Presencia Real, el Sacrificio, el sacerdocio sacrificante, etc.) que es tan malo en su totalidad que ningún sacerdote debería usarlo ni ningún Católico asistir al mismo. Pero eso no significa que esa parte de la Misa que es la Forma sacramental de la Consagración del pan y del vino sea mala o inválida. “Este es Mi Cuerpo” es ciertamente válido, “Este es el cáliz de Mi Sangre” es lo más probable que sea válido, ciertamente no es invalidado por el nuevo rito siendo éste en su totalidad tan no católico. Por consiguiente si digo que la Misa nueva debe ser siempre evitada, estoy diciendo la verdad, pero si digo que siempre es inválida, no estoy diciendo la verdad y tarde o temprano pagaré la penalidad por exagerar.

Son muchas las aclaraciones que deberían hacerse a este texto. Para no alargarme demasiado, y dejando lugar a otros comentaristas que ciertamente surgirán, voy a tratar un tema cuya discusión con el Obispo de Kent tiene larga data: viene del año 1981, cuando él era Profesor de Dogma, y yo simple seminarista en el Seminario de Écône.

Si bien en la Consagración de la Santa Misa el sacerdote tiene una actividad muy reducida, impersonal, su acción es esencial para realizar la renovación del Sacrificio de la Cruz y la Presencia real de Nuestro Señor Jesucristo en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad.

Él aporta las palabras y obra in persona Christi, en la persona misma de Jesucristo.

Pero, si el sacerdote pronunciase las palabras de las fórmulas consagratorias de manera meramente recitativa, de modo histórico, sus palabras se referían a lo que Cristo dijo e hizo en el Cenáculo.

Entonces, el “Hoc” y el “Hic” designarían el pan y el cáliz que Jesucristo tenía en sus sacrosantas manos el Jueves Santo, y, por lo tanto, no habría consagración.

Para que el sacerdote haga lo que Cristo ha hecho (y mandó hacer = “haced ésto“, “cuantas veces hiciereis ésto, lo haréis en memoria mía“), es absolutamente necesario que hable de modo significativo.

Porque es sacerdote, y porque pronuncia esas palabras in persona Christi, él pronuncia las fórmulas de la Consagración significativamente, refiriéndolas a la materia presente, el pan y el vino que debe consagrar.

Teniendo la materia en sus manos, repitiendo los gestos y las palabras del Sumo y Eterno Sacerdote, muestra que él designa por el “Hoc” y el “Hic” lo actualmente presente, y no la materia pasada, consagrada por Jesucristo.

Y este sacerdote, que actúa en la persona de Cristo, pronuncia como Él, sobre la doble materia presente, las palabras de la doble Consagración, que las consagran y la transubstancian en el Cuerpo y la Sangre del Salvador.

De este modo, el sacerdote hace lo que el Cristo hizo.

Para hacerlo, es necesario que pronuncie esas palabras, no de modo sólo recitativo, históricamente, con referencia al pasado, sino significativamente, actualmente, obrando sobre esa materia lo que significan estas palabras.

Entonces, y sin entrar en otros detalles, más allá de que en la Nueva Misa la Forma sacramental de la Consagración del pan y del vino sea ciertamente y probablemente válidas, como dice el Obispo de Kent, queda pendiente el modo o la manera en que esas palabras se aplican a esas materias.

Y este es, precisamente, el punto en litigio = el tono (significativo o narrativo) en que deben pronunciarse las fórmulas de la Consagración, es decir, la forma del Sacramento.

Para el Obispo de Kent, el tono no entra en la consideración de la validez o invalidez del Sacramento de la Sagrada Eucaristía. El señor Obispo sólo tienen en cuenta la materia y la forma.

+++

Consideremos lo que dice al respecto el Breve Examen Crítico del Novus Ordo Missæ.

En el Punto IV, que considera la esencia del Sacrificio, encontramos el apartado 4) FÓRMULAS CONSAGRATORIAS.

Y allí se nos enseña que la antigua fórmula de la Consagración era clara y propiamente sacramental, pero no meramente narrativa, mientras que en el Novus Ordo se insinúa lo contrario.

Se nos llama la atención sobre las nuevas puntuaciones de las palabras y la nueva tipografía.

En efecto, en el antiguo Misal el mismo punto y aparte significaba claramente el paso del modo narrativo al modo sacramental y afirmativo.

Las mismas palabras consagratorias se trazaban en el antiguo Misal con letras mayúsculas y en el medio de la página; más aún, con frecuencia escritas también en color diferente, de manera que se separasen del contexto meramente histórico.

Todas estas cosas, por cierto, conferían sapientísimamente a toda la fórmula consagratoria una fuerza propia de significación absolutamente individual y singular.

En cambio, en el Nuevo Misal, la forma narrativa se pone ahora de relieve de hecho con las mismas palabras en la Instrucción oficial: “Narración de la Institución” (nº 55 d); y ella se confirma en la definición de la anamnesis, donde se dice: “La Iglesia celebra la memoria de Cristo mismo” (nº 55 c).

En síntesis, dice el Breve Examen, la teoría que se propone sobre la epiclesis y la misma innovación en cuanto a las palabras de la Consagración y de la anamnesis implican que también se ha realizado un cambio en el modo de significar; pues las fórmulas consagratorias son ahora pronunciadas por el sacerdote como parte de alguna narración histórica y no son enunciadas en cambio como expresando un juicio categórico y operativo, proferido por Aquél en cuya representación el sacerdote mismo obra, diciendo: “Esto es mi Cuerpo”, pero no: “Esto es el Cuerpo de Cristo”.

Y allí encontramos una nota muy importante, que dice así:

Las palabras de la Consagración, por el modo como se insertan en el contexto del Novus Ordopueden ser válidas en virtud de la intención del ministro. Pueden no serlo porque ya no lo son ex vi verborum [por la fuerza misma de las palabras], o más exactamente en virtud del modus significandi [del modo de significar] que tenían hasta ahora en la Misa. Por lo cual, los sacerdotes que en un futuro próximo no habrán sido instruidos conforme a la doctrina tradicional y quienes simplemente se fiarán del Novus Ordo a fin de “hacer lo que hace la Iglesia”, ¿consagrarán en realidad válidamente? Es lícito dudar de ello.

Tengamos en cuenta que, para los autores del Breve Examen Crítico, las palabras de la Consagraciónya no son válidas por la fuerza misma de las palabras, por la virtud objetiva del modo de significar.

Por lo tanto, no sólo hace falta tener la intención de hacer lo que hace la Iglesia, sino una verdadera contra-intención de lo que hace la contra-Iglesia conciliar…

+++

Santo Tomás (S. Th., III, 78, 5), respondiendo a la cuestión de si las locuciones de la forma son verdaderas, dice:

En torno a este problema ha habido muchas opiniones.

Algunos, efectivamente, dijeron que en la locución esto es mi cuerpo, el término esto es un pronombre demostrativo gramaticalmente hablando, pero no tiene fuerza efectiva en este caso, ya que toda la proposición tendría un valor material por ser proferida como haciendo referencia a algo que ha ocurrido. De hecho el sacerdote dice que dijo Cristo: esto es mi cuerpo.

Pero esta opinión no se puede sostener, porque en este caso, las palabras no se aplicarían a la materia corporal presente, con lo cual no se realizaría el sacramento.

Dice, en efecto, San Agustín en Super lo: Cae la palabra sobre el elemento y se hace el sacramento.

Además, con esa explicación tampoco se supera la dificultad de este problema, porque las mismas razones valen para la primera vez que Cristo pronunció estas palabras, ya que entonces es claro que no las pronunció materialmente, sino ateniéndose a su significado.

Por tanto, es coherente decir que cuando las pronuncia el sacerdote tienen un valor significativo, y no meramente material.

Y no importa que el sacerdote las pronuncie también de modo narrativo, como dichas por el Señor. Porque el infinito poder de Cristo hace que, de la misma manera que el contacto de su carne comunicó fuerza regenerativa no sólo a las aguas que le tocaban, sino a todas las aguas de la tierra por los siglos venideros, así también por haberlas pronunciado Cristo, estas palabras recibieron un poder consecratorio, cualquiera sea el sacerdote que las diga, como si el mismo Cristo presencialmente las pronunciase.

Por eso, otros afirmaron que el término esto en esta proposición es un pronombre demostrativo no referido a los sentidos, sino al entendimiento, de tal manera que el sentido de esto es mi cuerpo sería: lo que esto significa es mi cuerpo.

Pero tampoco es admisible. Porque como los sacramentos realizan lo que significan, la forma no haría que el cuerpo de Cristo estuviera en el sacramento realmente, sino sólo como signo, lo cual es herético, como se ha dicho ya (q.75 a.1).

En consecuencia, otros sostuvieron que el término esto es un pronombre demostrativo referido a los sentidos, pero entendida esta referencia no para el momento en que se pronuncia esta palabra, sino para el último momento de toda la locución, como si, por ej., uno dijera: ahora me callo, el adverbio ahora hace referencia al sustantivo inmediatamente posterior a la locución entera, en cuyo caso el sentido sería: nada más decir estas palabras me callo.

Pero tampoco esta opinión es admisible, porque según esta explicación el sentido de la frase sería éste: mi cuerpo es mi cuerpo. Pero no es éste el propósito de esta proposición, porque esto ya era así antes de pronunciar las palabras. Por lo que tampoco es éste el significado de la locución en cuestión.

Por todo lo cual, hay que afirmar, en contrario, que, como acabamos de decir (a.4), esta locución tiene un poder efectivo para convertir el pan en el cuerpo de Cristo.

Por eso se compara a otras locuciones que tienen un poder significativo y no operativo, como se compara la idea de la inteligencia práctica, que es la realizadora de la cosa, con la idea de la inteligencia especulativa, captada directamente de las cosas. Porque, como dice el Filósofo, las palabras son los signos de los conceptos.

Por tanto, como los conceptos de la inteligencia práctica no presuponen la cosa que conciben, sino que la realizan, así la verdad de esta locución no presupone la cosa significada, sino que la realiza. Así es, en realidad, la relación de la palabra de Dios con las cosas que produce.

Ahora bien, esta conversión no se hace de modo sucesivo, sino de modo instantáneo, como se ha dicho ya (q.75 a.7). Por eso, es preciso entender la proposición en cuestión en relación con el instante conclusivo de la pronunciación de las palabras, no presuponiendo en el sujeto lo que es punto de llegada en la conversión, o sea, que el cuerpo de Cristo sea el cuerpo de Cristo, ni tampoco debe presuponer en el sujeto lo que era punto de partida antes de la conversión, o sea, el pan, sino que se debe entender en el sujeto lo que es común a las dos cosas, o sea, lo contenido en general bajo estas especies.

Porque estas palabras no hacen que el cuerpo de Cristo sea el cuerpo de Cristo, ni que el pan sea el cuerpo de Cristo, sino que lo contenido bajo estas especies, que antes era pan, sea el cuerpo de Cristo.

Por eso, significativamente, el Señor no dice: este pan es mi cuerpo, como entiende la segunda opinión; ni este cuerpo mío es mi cuerpo, como lo entiende la tercera opinión; sino en general: esto es mi cuerpo, sin especificar el sujeto con un sustantivo, y haciendo de sujeto el solo pronombre, que indica la sustancia en general sin especificar, o sea, sin una forma determinada.

+++

Entre los comentadores de Santo Tomás, encontramos al Cardenal Cayetano, el Cardenal Billot, Garrigou-Lagrange, Billuart, Merkelbach y Alastruey…

Ahora bien, los tres primeros dicen explícitamente que, si las palabras de la consagración fueran pronunciadas en forma meramente narrativa (narrative tantum), no se produciría la transubstanciación. Los tres últimos afirman lo mismo, pero sólo de modo implícito.

Leamos:

Cardenal Cayetano:

Comparando entre sí estos dos modos de pronunciar, el segundo (el significativo) prevalece sobre el primero (el recitativo) por dos razones: ya porque en el modo recitativo se toman las palabras materialmente; ya porque con el modo narrativo el sacerdote no obra en la persona de Cristo, sino que relata a Cristo obrando” (in III, q. 78, a. 1, ad 4, ed. leonina, Romæ, 1906).

Cardenal Billot:

Justamente acontece que entre nosotros la palabra effundetur es de futuro; por lo tanto no se profiere asertivamente, sino tan sólo narrativamente; por lo mismo, todo el inciso no pertenece a la esencia de la forma, puesto que es necesario que la forma signifique lo que aquí y ahora se realiza en el momento presente. Sobre lo cual debes observar que las palabras consacratorias pueden ser proferidas, al mismo tiempo, histórica y asertivamente; las demás, sin embargo, en forma meramente histórica. Digo que las palabras en las cuales reside la eficacia de la consagración, son proferidas históricamente, como consta por el contexto del canon de la misa en todas las liturgias, y, al mismo tiempo, asertivamente, puesto que de otro modo no serían prácticas, ni se aplicarían a la materia presente, y, por consiguiente, no realizarían el sacramento (De Ecclesia Sacramentis, Tomus Prior, Editio sexta, Romæ MCMXXIV, Quæst. 78, Thesis XLIX, § 2, pág. 540).

Garrigou-Lagrange:

En la primera parte del cuerpo del artículo santo Tomás excluye en primer lugar tres opiniones. La primera opinión es: Estas palabras se dicen sólo recitativamente, no significativamente. Se responde: De este modo no se realizaría ahora el sacramento, sino que se recitaría solamente la conversión realizada por Cristo, como en la predicación de la institución de la Eucaristía. Además, esta opinión no resuelve las dificultades propuestas. Estas palabras dichas ahora por el sacerdote, son dichas no sólo recitativamente, refiriéndose solamente al pasado, sino significativamente, significando, en efecto, que algo se realiza aquí y ahora” (De Eucharistia, Pontificum Institutum Internationale Angelicum, R. Berruti, Augustæ Taurinorum, Desclée de Brouwer, Paris, 1943, Q. LXXVIII, a. 5, pág, 185).

+++

El Obispo de Kent concluye:

Por consiguiente si digo que la Misa nueva debe ser siempre evitada, estoy diciendo la verdad, pero si digo que siempre es inválida, no estoy diciendo la verdad y tarde o temprano pagaré la penalidad por exagerar.

Pero, si entiendo por Nueva Misa la que ha realizado un cambio en el modo de significar, debo decir que, cuantas veces sea celebrada conforme a él, otras tantas veces será inválida.

Y al decir esto, estaré diciendo la verdad y no una exageración.

Quien afirme lo contario, no estará solamente minimizando un hecho tan grave, sino que estará faltando a la realidad de las cosas.

Padre Juan Carlos Ceriani

Fuente:

https://radiocristiandad.wordpress.com

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