SERMÓN PARA LA DOMÍNICA TERCERA DE ADVIENTO

Por el Reverendo padre Juan Carlos Ceriani

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TERCER DOMINGO DE ADVIENTO

Y éste es el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron a él de Jerusalén sacerdotes y Levitas a preguntarle: “¿Tú, quién eres?” Y confesó y no negó: y confesó: “Que yo no soy Cristo”. Y le preguntaron: “¿Pues qué cosa? ¿Eres tú Elías?” Y dijo: “No soy”.
“¿Eres tú el Profeta?” Y respondió: “No”. Y le dijeron: “¿Pues quién eres, para que podamos dar respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?” Él dijo: “Yo soy la voz del que clama en el desierto: enderezad el camino del Señor, como dijo Isaías profeta”.

Y los que habían sido enviados eran de los fariseos. Y le preguntaron y le dijeron: “¿Pues por qué bautizas si tú no eres el Cristo, ni Elías, ni el profeta?” Juan les respondió, y dijo: “Yo bautizo en agua; mas en medio de vosotros está a quien vosotros no conocéis. Este es el que ha de venir en pos de mí, que ha sido engendrado antes de mí: del cual yo no soy digno de desatar la correa del zapato”. Esto aconteció en Betania, de la otra parte del Jordán, en donde estaba Juan bautizando.

Este Domingo ha recibido el nombre de Gaudete por la primera palabra de su Introito.

San Pablo escribía a los filipenses: Alegraos en el Señor siempre; otra vez lo diré: Alegraos.

Puede sorprender esta invitación paulina a la alegría. Sin embargo, si se entiende todo el pensamiento del gran Apóstol, ella está perfectamente justificada: Alegraos en el Señor siempre; otra vez lo diré: Alegraos… El Señor está cerca…

Esta invitación del siglo primero, vale también para nosotros…, y tal vez con mayor razón que para los filipenses.

En este Domingo, pues, aumenta todavía la alegría de la Iglesia. Continuamente suspira Ella por el Señor; pero ahora siente que el Señor se aproxima y está segura de poder mitigar un poco la inquietud de este tiempo, con la inocente alegría de las pompas litúrgicas.

En primer lugar, ¡admirable condescendencia de la Iglesia!, que tan armónicamente sabe unir la seriedad de su doctrina con la graciosa poesía de las formas litúrgicas.

Entremos en su espíritu y regocijémonos hoy a causa de la proximidad del Señor.

En efecto, debemos alegrarnos en el Señor; el Apóstol aviva nuestras ansias del Salvador, y nos anuncia la paz. Estemos, pues, tranquilos; el Señor está cerca; está cerca de su Iglesia; está cerca de cada una de nuestras almas.

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Salgámosle al encuentro, por medio de las oraciones, súplicas y acción de gracias de que nos habla el Apóstol. Dupliquemos nuestro fervor y celo, para unirnos a la Santa Iglesia, cuyos deseos van a dirigirse cada día más encendidos hacia Aquél que es su luz y su amor.

Repitamos ahora con Ella: En medio de vosotros está el que vosotros no conocéis.

Puede, por consiguiente, estar el Señor cerca…, y, no obstante, que esto permanezca desconocido para la gran mayoría.

Este Cordero divino es el consuelo del Santo Precursor, quien considera un gran honor ser simplemente la Voz que invita a los hombres a preparar los caminos del Redentor.

En esto es San Juan el símbolo de la Iglesia y de todas las almas que buscan a Jesucristo. Su gozo por la llegada del Esposo es completo; pero a su alrededor existen hombres para quienes este divino Salvador no significa nada.

Pues bien, estamos ya en la tercera semana de este Santo Tiempo de Adviento; ¿están todos los corazones conmovidos por la gran noticia de la llegada del Mesías?

Los que no quieren amarle como a Salvador, ¿le temen, al menos, como a Juez? ¿Han sido enderezados los caminos tortuosos?, ¿piensan humillarse las colinas?, ¿han sido atacadas seriamente la sensualidad y la concupiscencia en el corazón de los cristianos?

El tiempo apremia: ¡El Señor está cerca!

Si estas líneas cayeran en manos de quienes dormitan, en vez de vigilar esperando al Redentor, les exhortarían a que abriesen los ojos y no retardasen por más tiempo el hacerse dignos de una visita, que será para ellos un gran consuelo en el tiempo y un refugio seguro contra los temores del último día.

¡Oh Jesús! envíales tu gracia con mayor abundancia todavía; oblígales a reaccionar, para que no se diga del pueblo cristiano, lo que San Juan decía de la Sinagoga: En medio de vosotros está el que vosotros no conocéis.

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Como la venida del Salvador del mundo debe ser el objeto de la devoción, de las oraciones y de todos los ejercicios piadosos de este Santo Tiempo, la Iglesia tiene cuidado todos los domingos de renovar el fervor de los fieles, de excitar su fe y su esperanza.

El Rey tanto tiempo esperado, el Señor tan deseado, el Salvador objeto de tantos votos, el cumplimiento de las divinas promesas, va a aparecer; ¿qué motivo más justo para hacer resaltar nuestra alegría?

De este modo consuela e instruye en este día a sus hijos la Iglesia.

Habiendo elegido para el oficio de los Domingos de Adviento todo lo que tiene más relación con su Advenimiento, después de haber anunciado en el Evangelio del Domingo precedente las pruebas que da Jesucristo de su divinidad y de su misión a los discípulos de San Juan Bautista, en el Evangelio de este día la Liturgia cita el testimonio que el mismo San Juan dio de Jesucristo delante de los principales de la nación y de todo el pueblo.

San Juan predicaba con tan buen éxito y tanto fruto, que el pueblo dejaba las ciudades para ir a oír a este nuevo predicador. Sólo los fariseos, orgullosos, y los saduceos, gente sin ley ni piedad, le rechazaban.

El Sanedrín, que era el gran consejo de los judíos, en el cual se decidían los negocios del Estado y de la Religión, le envía una diputación.

Los principales de entre los judíos sabían bien, por los oráculos de sus Profetas, sobre todo por el de las semanas tan célebres de Daniel, que el tiempo en que debía nacer el Mesías estaba próximo.

Por otra parte, comprobaban que por donde quiera no se hablaba más que de Juan Bautista; que este santo hombre presentaba virtudes más divinas que humanas.

Todo esto hacía que se inclinasen al parecer del pueblo, que tomaba al Precursor del Mesías por el mismo Cristo, por tanto tiempo esperado y tan ardientemente deseado de todo el pueblo.

Sin embargo, como nada haya que sea más incierto que un rumor popular, no creyeron que debían darle fe, sin haber antes enviado sacerdotes y levitas al hombre de Dios, para saber de él mismo quién era, qué cualidad tomaba, y en virtud de qué autoridad predicaba la penitencia y bautizaba.

Jerusalén vio entonces a los principales de sus sacerdotes y de sus levitas salir con un gran acompañamiento para ir, a más de veinte leguas de distancia, a informarse de la misión del nuevo Profeta, sin pensar que iban a recibir el testimonio más brillante de la venida del Mesías.

La divina Providencia permitió esta diputación para enseñar a los judíos, y para que nunca pudiesen dudar que Jesucristo, a quien un día habían de maltratar con tanto encarnizamiento, era verdaderamente el Cristo, el Ungido, el Mesías.

Encontraron los diputados a San Juan en las cercanías de Betania, ciudad situada en la otra parte del Jordán.

El Santo hombre negó firmemente ser el que ellos creían; y a fin de que no tomasen su respuesta por alguna tergiversación de una humildad poco sincera, les dijo en términos formales, y les repitió muchas veces, que de ningún modo era el Mesías; declaró sin rodeos que no era el Cristo.

Por más franca y precisa que fuese esta respuesta, los diputados no pudieron borrar la idea que habían concebido de su mérito. Les vino, pues, al pensamiento que, si no era el Mesías, podía ser muy bien que fuese un nuevo Profeta, igual a los antiguos; Elías, por ejemplo, puesto que, según la profecía de Malaquías, debía volver al tiempo de una de las dos venidas del Mesías, antes del gran día del Señor.

San Juan se turba al ver que se hacía tanto caso de él, y que se le igualaba con los grandes Profetas. Cuanto más se le daban testimonios de estimación, más se abatía.

No sólo negó que fuese Elías, sino que añadió que ni siquiera era Profeta.

Quería, sin duda, dar a conocer a los doctores y a los sacerdotes lo que ignoraban y lo que les importaba saber: que el tiempo de los Profetas había pasado; que no venía, como sucedía antiguamente para prometerles el Mesías, sino para advertirles que el mismo ya había venido, que estaba en medio de ellos; y para mostrarles con el dedo a Aquél que sus padres no habían visto sino en confuso y de muy lejos, por un espíritu de profecía.

No pudiendo obtener de San Juan más que respuestas negativas, y que no les decía lo que era, sino lo que no era, le oprimieron para que les declarase lo que se debía pensar de él, con qué autoridad predicaba, y lo que debían responder a los que les habían enviado, para saber de él mismo en qué concepto debía tenérsele.

El Santo no pudo ya menos de satisfacer su curiosidad. Se manifestó a ellos, y les declaró con mucha modestia y sencillez, que era aquel de quien había hablado Isaías cuando, viendo en espíritu al Mesías que debía venir, le parecía oír ya la voz de su Precursor en el desierto, la cual exhortaba a los pueblos a que se preparasen para su venida.

Los fariseos, más celosos por mantener su autoridad que en procurar su salvación y la del pueblo se molestaron de esta respuesta, y replicaron con altanería: Si no eres, pues, ni el Cristo, ni Elías, ni Profeta, ¿por qué bautizas?

San Juan, que quería con su humildad abatir su orgullo, no les habla ni de su misión, que había recibido inmediatamente de Dios, ni del cargo eminente con que el Cielo le había honrado.

Se contenta con responderles, para su instrucción y la de todo el pueblo, que el agua de su bautismo no obraba sobre las llagas del alma. Así como el agua común obra sobre las llagas del cuerpo, no para curarlas, sino únicamente para lavarlas, a fin de que estando limpias se las vea para poder luego aplicarles el remedio adecuado, del mismo modo su bautismo expone las llagas espirituales para que sobre ellas aquel hombre divino a quien buscaban, el verdadero Mesías, aplique bien pronto un nuevo Bautismo que curará todas las llagas de sus almas, del cual el suyo no era más que la sombra.

Él ha recibido de lo alto una gracia particular para descubrir a los hombres sus errores y sus vicios, pero es incapaz de remediarlos; todo lo que puede hacer es exhortarles a reconocer a su verdadero médico, el único de quien deben esperar su curación.

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El Evangelio de hoy no lo trae pero, después de haber dado a los diputados de los fariseos este testimonio de la venida de Jesucristo, el Santo Precursor, en todas las ocasiones que se le ofrecieron, continuó publicando la santidad y la omnipotencia del Salvador del mundo.

Así, al día siguiente vio a Jesús que venía hacia él, y dijo: “He aquí el cordero de Dios, que lleva el pecado del mundo. Éste es Aquel de quien yo dije: En pos de mí viene un varón que me ha tomado la delantera, porque Él existía antes que yo. Yo no lo conocía, mas yo vine a bautizar en agua, para que Él sea manifestado a Israel.”

Y Juan dio testimonio, diciendo: “He visto al Espíritu descender como paloma del cielo, y se posó sobre Él. Ahora bien, yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua, me había dicho: «Aquel sobre quien vieres descender el Espíritu y posarse sobre Él, Ése es el que bautiza en el Espíritu Santo.» Y bien: he visto, y testifico que Él es el Hijo de Dios.”

San Juan Bautista es el primero que llama a Jesús Cordero de Dios. Empieza así a descorrerse el velo. El cordero que sacrificaban los judíos todos los años en la víspera de la fiesta de Pascua y cuya sangre era el signo que libraba del exterminio, figuraba a la Víctima divina que, cargando con nuestros pecados, se entregaría en manos de los hombres para que su Sangre, más elocuente que la de Abel, atrajese sobre el ingrato Israel y sobre el mundo entero la misericordia del Padre, su perdón y los dones de su gracia para los creyentes.

Nada podía, pues, convenir mejor al designio de la Iglesia que este Evangelio, tan propio para reanimar nuestra fe y excitar nuestro fervor, en un tiempo que tanto lo necesitamos para preparamos a recibir dignamente a Aquél que los judíos no han querido reconocer.

Inexcusables después del testimonio de San Juan Bautista, todavía más criminales después de haber sido testigos de sus maravillas, los judíos rehusaron tenazmente recibir a Aquél que habían pedido con tanto ardor y esperado por tanto tiempo.

No seamos nosotros tan culpables como aquellos impíos; y lo seríamos si, conociendo y confesando a Jesucristo por nuestro Salvador, no nos dispusiésemos con tiempo y debidamente a recibirle con alegría, con empeño, con fervor…, el día de su Venida.

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¡Cuán poco conocido es Jesucristo! ¡Y cuán poco amado de aquellos mismos que le conocen!

Con cuánta razón podría decirse de muchos católicos lo que San Juan decía a los judíos: Jesucristo está en medio de vosotros, y vosotros no le conocéis.

¡Qué desgracia para los judíos no haber reconocido a su legítimo Rey!, su soberano Señor, su Redentor, su Mesías… El Mesías tan ardientemente deseado y esperado por tanto tiempo; estando tan claramente marcado el tiempo de su venida, y viéndose el cumplimiento de las profecías que le habían anunciado.

¡Qué desgracia la de tantos católicos que conocen a Jesucristo sólo con una fe débil…!

¡Cómo se parece el mundo posmoderno al de los tiempos de San Juan Bautista!

Tanto desde el punto de vista político como desde el punto de vista religioso, aquel mundo era un verdadero desierto.

Y para definir bien quién era y cuál era su misión, San Juan se apropió un pasaje muy conocido del Profeta Isaías: ego vox clamantis in deserto… soy la voz del que clama en el desierto…

En este sentido, San Juan era el heraldo encargado de anunciar su llegada; la voz destinada a gritar sacudir el entorpecimiento de los judíos, para excitarlos a hacer penitencia, a prepararse para oír pronto la voz del propio Salvador, y a aprovechar bien el gran beneficio de la Redención.

Nosotros también, en el tiempo en que vivimos, en el desierto político y religioso del mundo ultramoderno, debemos ser vox clamantis in deserto…, la voz del que clama en el desierto…

Debemos decir del mundo apóstata: “soy la voz, el heraldo encargado de anunciar la Venida de Jesucristo, preparar sus caminos y disponer los corazones para recibirlo bien”; “Soy la voz destinada a clamar, a sacudir el entorpecimiento, para excitar a la penitencia…”

Ciertamente, la diferencia es evidente entre un mundo idólatra, como el de la antigüedad, y un mundo cristiano como el de la Edad Media…

Y más aún, la diferencia es enorme entre una sociedad pagana y una sociedad apóstata como esta que se construye desde hace cinco siglos…

Debemos oponernos, según nuestro estado y nuestra misión, a instituciones y costumbres cuyo principio animador no es ya cristiano, cuyo espíritu es verdaderamente el de la apostasía.

Esta nueva condición, los grandes autores de la Edad Media no podían tenerla en cuenta; no existía en su tiempo, es particular de nuestro tiempo.

Sin embargo la doctrina de los doctores medievales, en sí misma, no debe cambiarse; se trata solamente de colocarla en las perspectivas actuales.

Desde la Revolución, la Iglesia se ve atacada por todas las partes… Violentada por fuera por las fuerzas políticas de las logias…, traicionada al interior por las autoridades modernistas que ocuparon los puestos de mando.

La Iglesia del tiempo de la apostasía es Una, Santa, Católica, Apostólica; y María Inmaculada la sostiene para que se mantenga audaz.

Cuando viene el tiempo malo, hay que seguir siendo fiel a la Virgen Inmaculada, a la doctrina definida, a los Sacramentos y a la Misa de siempre…

Ser fieles, permanecer en paz, tener confianza y una santa alegría…

¡Ser voces que claman en el desierto…!

Fuente:

https://radiocristiandad.wordpress.com

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