SERMÓN DE LA SOLEMNIDAD DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN

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LA INMACULADA CONCEPCIÓN

DE LA SANTÍSIMA VIRGEN

Por el Reverendo padre Juan Carlos Ceriani

Festejamos hoy, con gran solemnidad y alegría, la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María.

Esta Fiesta es Doble de Primera Clase con Octava Común.

La costumbre de celebrar las fiestas principales durante una semana entera viene del Antiguo Testamento.

El Señor había dicho en el Levítico: “El primer día de la fiesta será el más solemne y santo; no ejecutaréis en él ninguna obra servil. El octavo día será también santísimo y solemne; en él ofreceréis un holocausto al Señor; será día de asamblea, y tampoco haréis obra alguna servil”.

Los libros del Nuevo Testamento nos enseñan que esa era la costumbre en tiempo de Nuestro Señor, costumbre autorizada con su propio ejemplo. Se dice efectivamente en San Juan, que en cierta ocasión llegó Jesús a celebrar una de las fiestas de la Ley en medio de ella, es decir, durante la Octava; y más adelante observa el mismo Evangelista: “el último día, el más solemne de la fiesta, Jesús poniéndose de pie, clamó: “Si alguno tiene sed venga a Mí, y beba quien cree en Mí”; aquel día era el último de la fiesta, es decir el día de la Octava.

Las Octavas que celebra la Iglesia Católica son de varias clases.

Unas, tan solemnes en sus privilegios, que en ellas no se permite celebrar las fiestas de los Santos que podrían ocurrir; se hace de estas una simple memoria o se las traslada después de la Octava. Se prohíben también en ellas las Misas de Difuntos, a no ser que sean de cuerpo presente.

Otras Octavas, menos privilegiadas, admiten fiestas de los Santos que concurran, con tal de que sean de rito semidoble para arriba; pero, en este caso se hace siempre memoria de la Octava en el Oficio y en la Misa de la Fiesta, a no ser que se trate de una fiesta de rito muy superior.

A esta clase de Octavas Comunes pertenece la de la Inmaculada Concepción, la primera que hallamos en el Ciclo Litúrgico. Cede, pues, no sólo ante el Domingo, sino ante las fiestas de San Dámaso y Santa Lucía, y ante otras fiestas locales del mismo rito.

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Viniendo al dogma que nos ocupa, sabemos que el 8 de diciembre de 1854, en el ejercicio de su poder supremo pontificio de enseñar infaliblemente la verdad, Pío IX promulgó la bula “Ineffabilis Deus”, en la que expuso:

Declaramos, afirmamos y definimos que ha sido revelada por Dios, y de consiguiente, que debe ser creída firme y constantemente por todos los fieles, la doctrina que sostiene que la Santísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de culpa original, en el primer instante de su concepción, por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo, salvador del género humano.

Además de haber sido concebida sin pecado, el alma de María Santísima, en el momento en que fue creada e infundida, estaba adornada de la gracia santificante, ¡llena de gracia!, gratia plena….

Se cree piadosamente que el Profeta Jeremías y San Juan Bautista fueron santificados antes de nacer, pero después de haber sido concebidos con la mancha del pecado original.

En el alma de María no existió jamás la mancha del pecado original. La Santísima Virgen, por especial gracia, fue concebida sin el pecado de origen.

No puede decirse que el objeto de este privilegio y de este dogma sea el segundo momento de su vida, y mucho menos el de su nacimiento, dando a entender que en él haya sido santificada la Santísima Virgen, porque por la palabra concepción no puede entenderse sino el primero.

Estas nociones elementales, que todo niño que comienza su Catecismo cree y confiesa, parecen ser desconocidas, sino negadas, por algunos señores Obispos, y no sólo de entre aquellos de la iglesia modernista y apóstata…

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Esta verdad, revelada a los Apóstoles por el Hijo divino de María, recogida por la Iglesia, enseñada por los Santos Doctores, y creída por el pueblo cristiano con una fidelidad constante, estaba de suyo contenida en la misma noción de Madre de Dios.

Habiendo llegado por fin el tiempo en que después de tantas promesas, predicciones y figuras, debía verificarse el misterio inefable de la Encarnación del Verbo, resolvió Dios dar al mundo Aquella en cuyo seno debía obrarse este gran misterio.

Confesar a María Madre de Dios, era ya creer, implícitamente, que la mujer destinada a llevar ese título no había tenido nunca nada de común con el pecado, y que había hecho Dios una excepción con ella, preservándola.

Por consiguiente, nuestro Depósito de la Fe posee, no una nueva verdad, sino una nueva luz sobre una verdad que ya era objeto de universal creencia.

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Consideremos las Prerrogativas que han acompañado el privilegio de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen. Esta primera gracia fue acompañada de muchas otras.

Desde el primer momento de su vida tuvo la Santísima Virgen, dice San Bernardino, el uso de la razón, y fue dotada con todos los dones del Espíritu Santo, las más excelentes virtudes, y su entendimiento fue enriquecido con los conocimientos más sublimes.

Su corazón fue abrasado desde entonces con el fuego del más puro amor de Dios; y los nueve meses que estuvo en el seno de su madre, y que para todos los hombres son una continua inacción, fueron para Ella una fuente de perfecciones y de méritos.

En esta primera santificación, dice San Vicente Ferrer, recibió la gracia con más plenitud que todos los Santos y todos los Ángeles juntos; de suerte que aun cuando todos los Serafines, espíritus celestiales que son todo fuego, reuniesen todos sus divinos ardores, sería necesario todavía mucho para que igualasen al que experimentó María en el primer momento de su vida.

Es indudable que, después de la de Jesucristo, la más bella alma que ha creado Dios es la que dio al cuerpo de la Santísima Virgen en el momento que fue concebida.

Y no sólo fue el alma más perfecta del mundo, sino que de todas las obras del Creador esta es la más excelente. En efecto, para hallar alguna cosa más grande, es menester ir hasta el Autor mismo de la naturaleza, el Verbo Encarnado.

¡Qué de luces, qué elevación en aquel entendimiento! ¡Qué docilidad en aquella voluntad! ¡Qué ternura, qué magnanimidad, qué intensidad de amor, qué pureza en aquel Corazón del cual sólo Dios ha de ser siempre el dueño!

Tales fueron los frutos de la primera gracia en María.

A esta alma privilegiada se le había preparado un cuerpo tan bello, que el gran San Dionisio confesaba, cincuenta años después, que no la podía mirar sin quedar deslumbrado, y que la hubiera adorado como una diosa, si la fe no le hubiese enseñado que no había más que una sola divinidad.

Desde el primer momento en que esta alma, toda hermosa y sin mancha, se unió a este precioso cuerpo, inmediatamente que comenzó a vivir, comenzó a amar a Dios con más ardor que todos los Serafines; y este cuerpo tan perfecto empezó desde entonces a prestar sus órganos para todas las funciones de la vida racional y espiritual.

Habiendo recibido con la gracia santificante, como se ha dicho, el perfecto uso de la razón, su entendimiento fue desde entonces ilustrado con todas las luces de la sabiduría, y enriquecido con todos los conocimientos naturales y morales.

Este insigne favor, esta gracia de predilección fue tan abundante que sobrepujó a la de todos los Santos y de todas las inteligencias celestiales; esto es, dice San Vicente Ferrer, que en el primer momento fue María más pura, más santa, más agradable a los ojos de Dios que todos los predestinados juntos en el último momento de su vida.

He aquí lo que ha sido la Santísima Virgen, no digo desde el nacimiento, sino desde el primer instante en que fue concebida.

Formemos ahora, si es posible, la idea de lo que ha sido en lo sucesivo, por el santo uso que ha hecho sin interrupción de un fondo tan rico de virtudes y de dones sobrenaturales.

No hay una sola de sus cualidades sobrenaturales ni ninguno de sus talentos naturales que haya estado en ella ocioso.

Desde su Inmaculada Concepción todo su entendimiento estuvo ocupado en conocer y en alabar a Dios; todo su Corazón, toda su alma en amarle con el amor más puro, el más ardiente, el más perfecto y el más tierno.

No hubo jamás en la Santísima Virgen momento vano, dones infructuosos, gracia ineficaz; Ella no perdió un solo momento desde el primero de su Inmaculada Concepción, y no ceso ni un instante, dice san Bernardino, de amar a Dios cuanto podía amarle con la sobreabundancia de gracias de que estaba llena.

¡Cuán grande, pues, debió ser el tesoro de méritos de que se halló enriquecida en aquellos nueve meses! María, dice el mismo Santo, ha recibido tantas gracias cuantas puede recibir una pura criatura.

No pueden ya sorprender los términos enfáticos de que se sirven los Santos Padres cuando hablan de la gracia de que ha sido colmada la Santísima Virgen desde el primer momento de su concepción.

San Epifanio dice que esa gracia es inmensa…

San Agustín, que es inefable…

San Juan Crisóstomo llama a María el tesoro de todas las gracias…

San Jerónimo dice que en su seno se ha derramado toda la gracia: la gracia se ha distribuido a los mayores Santos con medida; pero a María se ha dado toda la plenitud de la gracia.

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La Fiesta de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen es la más solemne de todas las que celebra la Iglesia en el Santo tiempo de Adviento.

Ninguno de los Misterios de María Santísima más a propósito y conforme con las piadosas preocupaciones de la Iglesia durante este místico período de expectación.

Es intención de la Iglesia en esta Fiesta, no sólo el celebrar el aniversario del momento en que comenzó la vida de la gloriosa Virgen María en el seno de la piadosa Ana, sino también honrar el sublime privilegio en virtud del cual fue preservada del pecado original, al que se hallan sujetos, por decreto supremo y universal, todos los hijos de Adán, desde el instante en que son concebidos en el seno de sus madres.

La fe de la Iglesia Católica, solemnemente reconocida como revelada por el mismo Dios, nos enseña que el alma bendita de María no sólo no contrajo la mancha original, en el momento en que Dios la infundió en el cuerpo al que debía animar, sino que fue llena de una inmensa gracia, que la hizo, desde ese momento, espejo de la santidad divina.

Semejante suspensión de la ley dictada por la justicia divina contra toda la descendencia de nuestros primeros padres, fue motivada por el respeto que tiene Dios a su propia santidad.

Las relaciones que debían unir a María con la divinidad, relaciones no sólo como Hija del Padre celestial, sino como verdadera Madre de su Hijo, y Santuario inefable del Espíritu Santo, exigían que no se hallase ninguna mancha ni siquiera momentánea en la criatura que tan estrechos vínculos había de tener con la Santísima Trinidad, y que ninguna sombra hubiese empañado nunca en María, la perfecta pureza que el Dios tres veces Santo quiere hallar en los seres a los que llama a gozar en el Cielo de su visión.

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Meditemos en María Inmaculada… Admiremos la plenitud de la gracia que Dios puso en Ella, y contemplemos a los Santos Ángeles envolviéndola en amoroso respeto como a futura Madre del Hijo de Dios.

Pensemos en el Salvador divino que se encuentra, unos quince años más tarde, en el seno de su Madre, la purísima María, y adoremos con los santos Ángeles, el profundo anonadamiento a que se ha reducido por amor nuestro.

El Hijo de Dios quiere pasar nueve meses en el seno de su Madre, como los demás niños, nacer después en la pobreza, vivir en medio de trabajos y sufrimientos, y hacerse obediente hasta la muerte y muerte de Cruz.

Mas descansa aún en las castas entrañas de María, en esa Arca viviente, de la que es verdadero Maná, destinado a ser manjar de los hijos de Dios.

Saludemos una vez más el excelso misterio de la Concepción Inmaculada de María; nada desea tanto el Emmanuel como ver glorificada a su Madre. Para Él fue creada; para Él fue preparado, desde toda la eternidad, aquel radiante despertar de tan brillante estrella.

Al ensalzar a la Inmaculada Concepción de María honramos también la Encarnación divina. Jesús y María son inseparables.

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Al mismo tiempo, nos damos cuenta de que llamados también nosotros a unirnos a Jesucristo por los más íntimos lazos en esta vida, y a contemplarte en la otra cara a cara, debemos tratar de purificarnos más y más de todas nuestras manchas.

Nuestro Señor dijo: “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios”.

La Concepción Inmaculada de su Madre nos revela también las exigencias de la santidad infinita. Dígnese el Emmanuel, por el amor que le llevó a preservarla de la ponzoña del enemigo, dígnese apiadarse también de todos los que son hijos suyos.

Aún están visibles en nosotros las consecuencias del pecado original, y, para colmo de desgracias, hemos añadido nuestras propias faltas a la prevaricación de nuestro primer padre…

Purifica Jesús nuestros corazones y nuestros sentidos para que podamos comparecer en su presencia.

Y que María Purísima, en pago de los homenajes que le fueron ofrecidos el día en que fue proclamado el privilegio de su Concepción Inmaculada, en medio de los aplausos de toda la tierra, se digne derramar sobre nosotros los tesoros de su ternura y de su amparo, pues es Espejo de la Justicia divina y más pura que los Querubines y Serafines.

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El mundo desquiciado implora la ayuda de su mano maternal, para reafirmarse.

El infierno parece que ha soltado por el mundo esos temibles espíritus del mal, que no respiran más que odio y destrucción.

Ha comenzado una lucha terrible; y con frecuencia nos viene la tentación de preguntarnos quién habrá de vencer, y si no están ya próximos los últimos tiempos.

¡Oh Reina de los hombres! ¿Sólo iluminará ruinas la estrella de tu Concepción Inmaculada que brilla ahora en el cielo?

¿No es justo que la señal anunciada por el Discípulo amado, la Mujer que aparece en el cielo, vestida del sol, ceñida su frente con corona de doce estrellas y pisando la luna con sus plantas, no es justo que esa señal tenga más brillo y poder que el arco que apareció en el cielo para anunciar el fin de la ira divina en los tiempos del diluvio?

Hemos merecido el castigo; la justicia de Dios nos ha puesto a prueba, tiene derecho a exigirnos todavía más expiaciones; pero por fin se dejará vencer.

La nueva lluvia de gracias que ha derramado el Señor sobre el mundo con motivo del día cuya memoria celebramos, no puede quedar estéril; desde esa fecha ha entrado el mundo en un nuevo período.

María, calumniada en los tres últimos siglos por la herejía, ha bajado hasta nosotros como Reina; Ella dará el golpe de gracia a los errores que han embaucado durante mucho tiempo a las naciones; Ella hará sentir su planta victoriosa al dragón que se revuelve con furor; y el divino Sol de justicia de que se halla revestida, volverá a lanzar sobre el mundo los rayos de una luz más brillante y más pura que nunca para renovarlo todo.

Quizá no lleguen a ver ese día nuestros ojos, pero ya podemos saludar su aurora.

Oh María, en el siglo XVII, un siervo de Dios elevado después por la Iglesia a los Altares, tu devoto siervo, Leonardo de Puerto Mauricio, señaló ya el tiempo de tu futuro triunfo, tiempo en que debía alcanzar la paz el mundo.

Poco más tarde, otro incondicional devoto tuyo, San Luis María, anunció lo mismo.

Las revueltas en medio de las cuales vivimos, podrían muy bien ser el preludio de esa paz tan deseada, en cuyo ambiente la divina palabra podrá esparcirse por el mundo sin traba alguna, y la Iglesia de la tierra recogerá su cosecha para la del cielo.

¡Oh Madre de Dios! también el mundo estuvo agitado en los días que precedieron a tu divino alumbramiento. Pero cuando le diste a luz en Belén, toda la tierra estaba en paz.

En espera del momento en que has de demostrar la fuerza de tu brazo, no nos abandones, haznos también a nosotros puros y santos.

Fuente:

http://radiocristiandad.wordpress.com/

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