SERMÓN PARA EL SEGUNDO DOMINGO DE ADVIENTO

Por el Reverendo padre Juan Carlos Ceriani

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SEGUNDO DOMINGO DE ADVIENTO

¿Eres Tú el que ha de venir o esperamos a otro?

Las palabras de San Juan Bautista no sólo no han perdido su actualidad, sino que ellas sirven de incentivo en los tiempos en que nos toca vivir… Tiempos apocalípticos…, tiempos escatológicos…, tiempos en que pululan falsos profetas…, tiempos en que un sinnúmero de pretendidas apariciones y revelaciones oscurecen aún más la situación…

Pero otros interrogantes se plantean hoy en día a los que esperan a Nuestro Señor y no a otro…

La pregunta ya no gira tanto en torno a la Persona de Nuestro adorable Redentor, que vendrá en Gloria y Majestad, sino, sobre todo, alrededor de las circunstancias de su Parusía o Segunda Venida.

Ahora bien, la Epístola que se lee en la Misa de este día está tomada de la Carta de San Pablo a los Romanos, a quienes dice el Apóstol que todo lo que se ha escrito ha sido para nuestra instrucción; a fin de que por la paciencia y por la consolación que se saca de las Escrituras, conservemos una esperanza firme de ver la verificación de todo lo que se ha predicho.

La consolación que se saca de las Escrituras… En Ellas nos habla el mismo Dios, cuya Palabra es el fundamento inquebrantable de nuestra esperanza, porque está llena de promesas.

Es en Ellas, en la Tradición y en las definiciones y enseñanzas del Magisterio donde debemos buscar el fundamento de nuestra fe y de nuestra esperanza.

El Salmo 98 dice: Acuérdate de tu palabra a tu siervo, en la cual me hiciste poner mi esperanza. Esto es lo que me consuela en mi aflicción: que tu palabra me da vida.

Aquí vemos que las palabras de Dios son la medida de sus promesas, por lo cual nuestra esperanza en éstas crece en la proporción en que las vamos conociendo y creyendo.

San Pablo destaca esta virtud propia de las Escrituras divinas: son un don que Dios nos envía para consuelo. Y en vano lo buscaremos igual en ningún libro humano.

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El mismo Apóstol, escribiendo a los tesalonicenses, nos exhorta: No apaguéis el Espíritu. No menospreciéis las profecías. Examinadlo todo y quedaos con lo bueno.

No apaguéis el Espíritu… San Juan Crisóstomo, comentando estas palabras, dice: “Y si el Espíritu se apaga, ¿cuál será la consecuencia? Lo saben todos aquellos que se han encontrado en una noche oscura. Y si resulta difícil trasladarse durante la noche de una parte de la tierra a otra, ¿cómo recorrer de noche el camino que va de la tierra al cielo? ¡No sabéis cuántos demonios ocupan el intervalo, cuántas bestias salvajes, cuántos espíritus del mal se hallan apostados! Mientras tengamos la luz de la gracia, no pueden dañarnos; pero si la tenemos apagada, se arrojarán sobre nosotros, nos asirán y nos despojarán de cuanto llevamos. Los ladrones tienen por costumbre echar mano cuando han apagado la linterna, ven claro en estas tinieblas, en tanto que nosotros no estamos habituados a la luz de la oscuridad”.

No menospreciéis las profecías… Hoy solemos interesarnos poco por las Profecías bíblicas, a las cuales la Sagrada Escritura dedica, sin embargo, gran parte de sus páginas.

En el Libro del Eclesiástico se nos muestra el estudio de las Profecías como la ocupación característica del que es sabio según Dios.

Doctrina y profecía tienen la misma íntima relación que conocimiento y deseo.

Lo primero es doctrina, o sea conocimiento y fe; lo segundo es profecía, o sea esperanza y deseo vehementísimo, ambicioso anhelo de unión, y que, con sólo pensar en la felicidad esperada, nos anticipa ese gozo. ¿Cómo podría entonces concebirse que hubiera caridad verdadera en un alma despreocupada e indiferente a las Profecías?

Examinadlo todo… No todo lo que parece ser bueno, lo es en efecto. Hay que examinarlo a la luz de la fe.

En el Libro de los Hechos de los Apóstoles se muestran los fieles de Berea mejores que los tesalonicenses, porque recibían ávidamente la palabra de San Pablo y constantemente la comprobaban con las Escrituras.

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Sabemos que estaba prohibido a los hebreos todo género de adivinación: Cuando hubiereis entrado en el país que os dará el Señor vuestro Dios, guardaos bien de querer imitar las abominaciones de aquellos pueblos.

Estas abominaciones eran las supersticiones de los paganos, por medio de las cuales pretendían conocer el porvenir.

Lo mismo que sobre el consultar a los adivinos, vale el creer en los sueños y el consultar a los augures y todas las demás supersticiones que Moisés refiere al por menor en el Deuteronomio, y que el Señor abomina.

Dice Dios:

Si se levantare en medio de ti un profeta, o un soñador de sueños, que te anuncia una señal o un prodigio, aunque se cumpliere la señal o prodigio de que te habló, diciendo: “Vamos tras otros dioses, que tú no conoces, y sirvámoslos”, no escucharás las palabras de ese profeta, o de ese soñador de sueños porque os prueba Yahvé, vuestro Dios, para saber si amáis a Yahvé, vuestro Dios, con todo vuestro corazón y con toda vuestra alma. Id en pos de Yahvé, vuestro Dios; a Él habéis de temer; guardad sus mandamientos; escuchad su voz, servidle y allegaos a Él. Ese profeta, o ese soñador de sueños, será muerto, por haber predicado rebelión contra Yahvé, vuestro Dios, que os sacó de Egipto y te rescató de la casa de la servidumbre, para apartarte del camino por donde Yahvé, tu Dios, te ha mandado que andes. Así extirparás el mal de en medio de ti.

Os prueba Yahvé: Aquí se ve cómo lo que se prueba en las tentaciones es nuestra fe, según dice San Pedro. Por eso, él mismo nos enseña que para resistir al diablo hay que ser “fuertes en la fe”.

La prevención contra los magos y falsos profetas, y las amenazas que siguen, son comprensibles por el influjo pernicioso que éstos ejercen sobre las masas.

Confrontemos las palabras de Jesucristo contra los falsos profetas, devastadores de su Iglesia (Mateos 7, 15 ss.; 24, 24), y lo que dicen sobre ellos San Pablo (II Tesalonicenses 2, 10 ss.) y San Juan.

Éste declara que es ya la última hora, y que muchos se han hecho anticristos; lo que significa que no necesitamos esperar a los falsos profetas como un acontecimiento futuro.

Vosotros no debéis temer, añade el Profeta, que os falten personas que os descubran las cosas futuras y desconocidas. Dios suplirá cumplidamente a la falta de los adivinos y de los magos, de los encantadores y de los augures, por un Profeta que suscitará en medio de vosotros, y que os instruirá acerca de su voluntad.

En una palabra, será la realidad de la que Moisés no era más que la figura. El Profeta de que habla aquí Moisés no es otro que el Mesías prometido.

Una vez llegado, y en arduo combate con los escribas y fariseos, les dirá:

Escudriñad las Escrituras, ya que pensáis tener en ellas la vida eterna: son ellas las que dan testimonio de Mí, ¡y vosotros no queréis venir a Mí para tener vida! Yo he venido en el nombre de mi Padre, y no me recibís; si otro viniere en su propio nombre, ¡a ése lo recibiréis! No penséis que soy Yo quien os va a acusar delante del Padre. Vuestro acusador es Moisés, en quien habéis puesto vuestra esperanza. Si creyeseis a Moisés, me creeríais también a Mí, pues de Mi escribió Él. Pero si no creéis a sus escritos, ¿cómo creeréis a mis palabras?

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Con esto es suficiente respecto de la pregunta de San Juan Bautista: ¿Eres Tú el que ha de venir o esperamos a otro?

Pasemos, pues, a los interrogantes alrededor de las circunstancias de la Parusía o Segunda Venida de Nuestro Señor.

Para intentar ver un poco más claro en estos tiempos que, como les decía al comienzo, son apocalípticos…, escatológicos…, en los que pululan falsos profetas…, y en los que un sinnúmero de pretendidas apariciones y revelaciones oscurecen aún más la situación…, resumo algunas reflexiones del Padre Lacunza, que ya he publicado en el mes de abril. Consideremos con atención:

Muchísimas Escrituras nos aseguran en términos formales y claros que ha de llegar finalmente cierto día, o siglo, o tiempo (tres palabras de que usan promiscuamente los escritores sagrados, como que significan una misma cosa) en que toda nuestra tierra; todos sus habitadores sean benditos en Cristo; todos crean y esperen en Él; todos lo conozcan, lo adoren, lo bendigan, lo amen: por consiguiente todos sean cristianos, y buenos cristianos, unidos en una misma fe, animados del mismo espíritu, y como una sola grey, bajo el gobierno y dirección de un solo pastor, etc.

En todos estos lugares de la Escritura santa, se debe observar, lo primero: la generalidad, o universalidad con que hablan de todo nuestro orbe, de todas las gentes, sin excepción alguna.

Lo cual, como dice el Apóstol San Pablo, no había sucedido hasta su tiempo: Mas ahora aún no vemos todas las cosas sometidas a él; y nosotros podemos añadir que ni hasta el nuestro.

Si todavía no vemos sujetas a Él todas las cosas; luego deberemos esperar otro tiempo en que lo sean.

Lo segundo que se debe observar en esos lugares de la Escritura es que no solamente anuncian la fe en Cristo de todos los habitantes de la tierra, sino juntamente con la fe una justicia universal, nunca vista ni oída en nuestra tierra; antes se ha visto siempre todo lo contrario.

Luego, si se cree a los Profetas, es preciso decir y confesar que se ha de ver alguna vez.

¿Mas cuándo? Este tiempo felicísimo, nunca visto ni oído en nuestra tierra, ¿dónde se coloca?

Seguramente, debe colocarse en el sistema vulgar antes de la venida del Señor, pues después de esta no se admite espacio alguno de tiempo.

Y en efecto así es. Unos lo colocan antes del Anticristo, otros después.

Y unos y otros parece que se olvidan de tantas Escrituras que se oponen clara, expresa y evidentemente a su modo de discurrir.

Antes del Anticristo, no puede ser, según la idea que nos dan los Evangelios y los escritos de los Apóstoles.

Después del Anticristo, mucho menos.

Luego, nunca.

—*—

Concedamos, no obstante por un momento, como una mera permisión, que este tiempo feliz haya de ser antes de la venida gloriosa del Señor, y consideremos atentamente las consecuencias necesarias que de aquí se deberán seguir.

Primera: luego, antes de la venida del Señor, ya se habrán convertido a Él todos los pueblos, todas las naciones de toda la tierra.

Segunda: luego, antes de la venida del Señor, se habrá llenado toda nuestra tierra de la ciencia o conocimiento de Dios.

Tercera: luego, antes de la venida del Señor, ya habrán sido todos los pueblos y todos sus individuos, no solamente Cristianos, sino Cristianos excelentes (entrando también en este número todos los Judíos). Por consiguiente, la conversión de éstos no puede dilatarse hasta el fin del mundo, como vulgarmente se piensa con tan poca o ninguna razón.

Cuarta: luego, antes de la venida del Señor, ya habrá habido un siglo (o un tiempo determinado o indeterminado, pero muy grande) en que todos los habitantes de la tierra habrán servido y obedecido a Cristo, y todos habrán sido fieles, justos y santos, que es lo que anuncian las profecías.

Quinta: luego, en este siglo o tiempo feliz, ya no habrá en toda nuestra tierra ni idolatría, ni superstición, ni falsa religión; ya no habrá herejías, ni cismas, ni escándalos, ni cizaña; no habrá, en fin, lo que el mismo Cristo dice y asegura tantas veces que siempre ha de haber hasta que Él venga; lo cual siempre se ha visto hasta el día de hoy puntualísimamente verificado, sin faltarle ni un punto, ni un tilde.

—*—

Para ver la dificultad en toda su luz, confrontemos brevemente unas Profecías con otras; y veamos si, en el sistema vulgar, pueden acordarse entre sí los Profetas con los Evangelios.

Lo que anuncian los unos y los otros sobre el punto particular de que ahora hablamos, se puede fácilmente reducir a estas dos proposiciones.

PRIMERA PROPOSICIÓN

Antes de la venida del Señor, que esperamos, en gloria y majestad, se convertirán a Él todos los pueblos de toda la tierra; todos vivirán en mutua paz y en concordia admirable; todos compondrán una grey mansa, pacífica, inocente, bajo el cuidado y dirección de un mismo pastor.

SEGUNDA PROPOSICIÓN

Antes de la venida del Señor, que esperamos en gloria y majestad (y en todo el tiempo que debe mediar entre su primera y segunda venida), aunque se predicará el evangelio por todo el mundo, mas no todas las gentes lo recibirán, sino pocas, comparadas con la muchedumbre.

Aun entre estas pocas que recibirán el evangelio, no todas lo observarán, cayendo frecuentemente el buen grano, una parte… junto al camino… otra… sobre piedra… otra… entre espinas; habrá entre ellas sin interrupción grandes y terribles escándalos, habrá herejías, habrá cismas, habrá apostasías formales; habrá odios mutuos, emulaciones, envidias y guerras sangrientas, e interminables; habrá costumbres antievangélicas, muchas de ellas, cuales ni aun entre los gentiles, y no pocas sentadas pacíficamente y miradas como justas, o a lo menos como indiferentes; habrá siempre una gran oposición y una guerra formal y continua entre la justicia y la paz; habrá sin cesar ya por una parte, ya por otra, ya por muchas a un tiempo vientos furiosos y tempestades horribles, con que la nave de Pedro será combatida de las ondas, y será necesario clamar diciendo: Señor, sálvanos, que perecemos;habrá casi siempre una gran prosperidad en los caminos de los malvados,
y una casi continua adversidad, tribulación y persecución en aquellos que quieren vivir piadosamente en Jesucristo; pues como anuncia el mismo Señor: Si a mí han perseguido, también os perseguirán a vosotros.

En una palabra: habrá siempre cizaña que oprima y no deje crecer ni madurar el trigo; y todo esto hasta la siega.

Conque, hasta la consumación del siglo, deberá suceder siempre constantemente lo mismo (poco más, o menos) que ha sucedido hasta el presente.

Conque, hasta la consumación del siglo, deberán estar siempre juntos y mezclados entre sí, los hijos del reino… y los hijos de la iniquidad; y estos últimos haciendo siempre todo aquel daño que siempre hace la cizaña.

—*—

Si esto debe siempre suceder así hasta la consumación del siglo, si no se admite algún espacio de tiempo desde la consumación del siglo hasta el fin del mundo; antes se mira este espacio de tiempo como un error, o como un sueño, delirio y fábula, etc.; decid ahora, ¿cuándo y cómo podrán tener algún lugar decente todas aquellas profecías?

Volved a leerlas con alguna mayor atención; en ellas veréis, sin poder dudarlo, una fe y una justicia universal, no solamente en todas las naciones, sino también en todas las familias de todo el orbe.

Veréis una suma paz y hermandad entre todas las gentes, sin inquietarse las unas a las otras, ni pensar en ejercitarse para la guerra.

Veréis una sumisión y una obediencia general de todas las gentes, y de todos los reyes de toda la tierra, al Rey de los reyes y Señor de los señores.

Veréis a toda nuestra tierra como un solo aprisco, y un pastor.

Veréis, en suma, una idea infinitamente ajena, y aun diametralmente opuesta, a la idea que nos ofrecen estas dos palabras: trigo y cizaña.

—*—

En el sistema que siguen son absolutamente inconcordables ambas proposiciones.

Una y otra constan clara y expresamente de la Escritura Santa, y es preciso que una y otra sean verdaderas.

Mas, no es verdadero lo uno y lo otro, ni lo pueden ser, si se quiere que se hable de un solo tiempo. Pues la Escritura Santa no es capaz de anunciar para un solo tiempo, que una cosa será y no será.

Como en ese sistema no hay más que un solo tiempo, esto es, el intermedio entre la primera y segunda venida del Señor; como en ese sistema la consumación del siglo es lo mismo que el fin del mundo; como en ese sistema no hay que esperar otro tiempo, u otro siglo, u otra nueva tierra y nuevo cielo, después de la consumación del siglo, tampoco tenemos que esperar una concordia sólida y firme entre unas y otras Profecías.

Más, si se hace la debida distinción entre tiempo y tiempo, como la hace la Escritura Santa, todo lo hallamos concorde, claro, fácil y llano: distingue los tiempos, y concordaréis los derechos.

Las cosas opuestas, diversas entre sí, que no pueden concurrir en un mismo tiempo, sin destruirse las unas a las otras, ¿no podrán comparecer en diversos tiempos cada cual en el suyo propio?

Si antes de la consumación del siglo, no puedan todas verificarse, ¿no podrán verificarse plenísimamente unas antes, otras después?

Este después se hace durísimo el admitirlo, porque destruye desde los cimientos ese sistema.

Yo saco, pues, de aquí una consecuencia como una de las más legítimas y justas que se han sacado jamás: ese sistema no es bueno; pues ni es capaz de concordar unas Escrituras con otras, ni de concordarse con ellas mismas.

+++

Todas estas cosas han sido escritas para nuestra instrucción. Pero, ¿se saca hoy mucho fruto de tantas instrucciones saludables que se contienen en las Santas Escrituras?

El Apóstol tenía razón para decirnos que es tiempo de salir de nuestro sueño profundo y despertarnos…

Pero, si no nos aprovechamos de este santo tiempo, ¿cuándo despertaremos?

Es muy triste no despertarse hasta la muerte.

+++

Todo lo que antes se escribió, fue escrito para nuestra enseñanza, a fin de que tengamos la esperanza mediante la paciencia y la consolación de las Escrituras. El Dios de la paciencia y de la Consolación os conceda un unánime sentir entre vosotros según Cristo Jesús, para que con un mismo corazón y una sola boca glorifiquéis al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo. El Dios de la esperanza os colme de todo gozo y paz en la fe, para que abundéis en esperanza por la virtud del Espíritu Santo.

Fuente:

http://radiocristiandad.wordpress.com/

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