SERMÓN PARA EL PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO

Por el Reverendo padre Juan Carlos Ceriani

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PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO

En el Año Litúrgico, que hoy comienza, todo se desarrolla de la manera más armónica, viva y emocionante.

La Santa Liturgia nos presenta la intervención eficaz de Dios en la salvación y santificación de los hombres.

Han transcurrido veinte siglos desde que se realizó un hecho divino; en la Liturgia se renueva su aniversario; pero, lo que Dios obró hace ya tantos siglos, se aplica a lo largo del Ciclo Litúrgico.

La Santa Liturgia es la continua afirmación y la solemne adhesión a hechos divinos, cuya eficacia es indestructible.

Este poder vivificante del Año litúrgico es un misterio del Espíritu Santo, que fecunda sin cesar la obra que Él inspiró a la Santa Iglesia, con el fin de santificar el tiempo asignado a los hombres para hacernos dignos de Dios.

Con fino tacto, la Liturgia va poniendo las verdades de la fe al alcance de nuestra inteligencia, y desarrolla en nosotros la vida de la gracia.

Todos los artículos de la doctrina cristiana, no solamente son enunciados en el curso del Año Litúrgico, sino que ellos son también inculcados con autoridad y unción.

De esta manera, la fe de los fieles se esclarece año tras año, y se forma en ellos el sentido teológico, junto con el litúrgico.

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Por Adviento, se entiende al tiempo destinado por la Iglesia para preparar a los fieles a la celebración de la fiesta de Navidad, aniversario del Nacimiento de Jesucristo.

Pero, si penetramos en las profundidades del misterio que ocupa a la Iglesia durante este período, hallaremos que el misterio del Advenimiento de Jesucristo es a la vez simple y triple.

Simple, porque es el mismo Hijo de Dios el que viene; triple, porque viene en tres ocasiones y de tres maneras.

“En el primer Advenimiento, dice San Bernardo en el Sermón quinto sobre el Adviento, vino en carne y debilidad; en el segundo viene en espíritu y poderío; en el tercero vendrá en gloria y majestad; el segundo Advenimiento es el medio por el que se pasa del primero al tercero.”

Este es el misterio del Adviento.

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El Primer Advenimiento

Durante el Adviento, la Santa Iglesia aguarda, pues, con lágrimas e impaciencia la venida de Cristo en su primer Advenimiento.

Y así se hace eco de las ardientes expresiones de los Profetas, a las que añade sus propias súplicas.

Las ansias del Mesías no son, en boca de la Iglesia, un simple recuerdo de los anhelos del antiguo pueblo, sino que tienen un valor real, una eficaz influencia sobre el gran acto de la generosidad del Padre celestial, que nos dio a su Hijo.

Desde toda la eternidad, las oraciones del antiguo pueblo y las de la Iglesia cristiana estuvieron presente ante el divino acatamiento; y fue después de haberlas oído y escuchado todas, cuando se decidió a enviar, en su debido tiempo, a la tierra este celestial rocío que hizo germinar al Salvador.

El Segundo Advenimiento

La Iglesia ansía también el segundo Advenimiento, consecuencia del primero, y que consiste como acabamos de verlo, en la visita que el Esposo hace a la Esposa.

Este Advenimiento ocurre especialmente todos los años en la fiesta de Navidad; un nuevo nacimiento del Hijo de Dios, que libera a la sociedad de los fieles del yugo de la esclavitud que el enemigo quiere imponerle.

Durante el Adviento la Iglesia pide, pues, ser visitada por el que es su Jefe y Esposo, visitada en sus miembros, vivos unos por la gracia y otros difuntos por el pecado pero que pueden volver a la vida.

Las expresiones de la Liturgia, para pedir este amoroso e invisible Advenimiento, son las mismas que aquellas por las cuales solicitaba la venida del Redentor; porque, proporcionalmente, la situación es idéntica.

En efecto, en vano hubiera venido el Hijo de Dios, si no volviera a venir para cada uno de nosotros, en cada momento de nuestra existencia, para procurarnos y fomentar en nosotros esa vida sobrenatural cuyo principio es Él.

El Tercer Advenimiento

Pero esta visita anual del Esposo no colma los deseos de la Iglesia: suspira todavía por el tercer Advenimiento, que será la consumación de todo y le abrirá las puertas de la eternidad.

La Iglesia conserva en su memoria la última frase del Esposo: He aquí que vengo a su tiempo; y dice con fervor: ¡Ven, Señor Jesús!

Tiene prisa por verse libre de la sujeción del tiempo; suspira por ver completo el número de los elegidos, y por ver aparecer la señal de su Libertador y Esposo sobre las nubes del cielo.

Hasta allí, pues, se extiende el sentido de los deseos que expresa en su Liturgia de Adviento; esa es la explicación de la frase del discípulo amado en su profecía: He aquí las bodas del Cordero, y la Esposa está preparada.

Mas, el día de la llegada del Esposo será también un día terrible. La Santa Iglesia tiembla con frecuencia con el solo pensamiento del tremendo tribunal ante el que comparecerá todo el mundo.

Califica a este día de día de ira, del cual dijeron David y la Sibila que reduciría al mundo a cenizas; día de lágrimas y de espanto.

Y no es que tema por sí misma, habiéndose de colocar sobre su frente en ese día la corona de Esposa de un modo definitivo; pero su corazón maternal tiembla ante la idea de que muchos de sus hijos estarán a la izquierda del Juez, y que, privados de toda sociedad con los elegidos, serán arrojados para siempre, atados de pies y manos, en las tinieblas donde no habrá más que llanto y crujir de dientes.

He ahí la razón por la que se detiene la Iglesia con tanta frecuencia, en la Liturgia de Adviento, a considerar la Parusía de Cristo como un Advenimiento terrible; y en las Escrituras elige los trozos más a propósito para despertar un saludable temor en el alma de aquellos de sus hijos que tal vez duerman en el sueño del pecado.

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Entre las prácticas del Adviento hay dos que deseo destacar: la vigilancia y la oración.

En cuanto a la vigilancia, tengamos en cuenta que si Nuestra Madre, la Santa Iglesia, pasa el tiempo del Adviento ocupada en esta solemne preparación al triple Advenimiento de Jesucristo; si, como las vírgenes prudentes, permanece con la lámpara encendida para la llegada del Esposo; nosotros, que somos sus miembros e hijos, debemos participar de los sentimientos que la animan y hacer nuestras la advertencia y la exhortación del Salvador:

Velad, pues, porque no sabéis en que día vendrá vuestro Señor. Comprended bien esto, porque si supiera el amo de casa a qué hora de la noche el ladrón había de venir, velaría ciertamente y no dejaría horadar su casa. Por eso, también vosotros estad prontos, porque a la hora que no pensáis, vendrá el Hijo del Hombre. ¿Quién es, pues, el siervo fiel y prudente, a quien puso el Señor sobre su servidumbre para darles el alimento a su tiempo? ¡Feliz el servidor aquel, a quien su señor al venir hallare obrando así! En verdad, os digo, lo pondrá sobre toda su hacienda. Pero si aquel siervo malo dice en su corazón: “Se me retrasa el señor”, y se pone a golpear a sus consiervos y a comer y a beber con los borrachos; volverá el señor de aquel siervo en día que no espera, y en hora que no sabe, y lo separará y le asignará su suerte con los hipócritas; allí será el llanto y el rechinar de dientes.

A la hora que no pensáis… Comenta Monseñor Straubinger: Es, pues, falso decir: Cristo no puede venir en nuestros días. La venida de Cristo no es un problema matemático, sino un misterio, y sólo Dios sabe cómo se han de realizar las señales anunciadas. En muchos otros pasajes se dice que Cristo vendrá como un ladrón, lo cual no se refiere a la muerte de cada uno, sino a Su Parusía.

Dice el Cardenal Newman: Las señales de su Venida no son tan claras como para dispensarnos de intentar discernirlas, ni tan patentes que uno no pueda equivocarse en su interpretación; y nuestra elección pende entre el riesgo de ver lo que no es y el de no ver lo que es. Es cierto que muchas veces, a lo largo de los siglos, los cristianos se han equivocado al creer discernir la vuelta de Cristo; pero convengamos en que en esto no hay comparación posible: que resulta infinitamente más saludable creer mil veces que Él viene cuando no viene, que creer una sola vez que no viene cuando viene.

En la Epístola del día, San Pablo, enseñando a los Romanos, nos exhorta a nosotros:

Hermanos: Sabed que ya es hora de que surjamos del sueño, pues nuestra salud está ahora más cerca que cuando comenzamos a creer. Ha pasado la noche, ha llegado el día. Dejemos, pues, las obras de las tinieblas y empuñemos las armas de la luz. Marchemos honradamente, como de día: no en glotonerías y embriagueces, no en liviandades e impudicias, no en contiendas y envidias: antes revestíos del Señor Jesucristo.

El vestido que ha de cubrir nuestra desnudez es, pues, el Salvador que esperamos.

Admiremos aquí la bondad de nuestro Dios, que al acordarse de que el hombre después del pecado se había ocultado sintiéndose desnudo, quiere Él mismo servirle de velo, cubriendo tan gran miseria con el manto de su divinidad.

Estemos, pues, atentos al día y a la hora de su Venida, y cuidemos de no dejarnos invadir por el sueño de la costumbre y de la pereza.

La luz brillará bien pronto; iluminen, pues, sus primeros rayos nuestra justicia o al menos nuestro arrepentimiento.

Ya que el Salvador viene a cubrir nuestros pecados para que de nuevo no aparezcan, destruyamos nosotros, al menos, en nuestros corazones toda suerte de afecto a esos pecados; y que no se diga que hemos rehusado la salvación.

Estas últimas palabras de esta Epístola son las que, al abrir el libro, encontró San Agustín, cuando, instado desde hacía tiempo por la gracia divina para darse a Dios, quiso obedecer finalmente la voz que le decía: Tolle et lege; toma y lee.

Fueron ellas las que decidieron su conversión; entonces resolvió, de repente, romper con la vida de los sentidos y revestirse de Jesucristo.

Imitemos su ejemplo en este día; suspiremos con vehemencia por esta gloriosa y amada túnica.

La noche ha durado hasta aquí: el día va a nacer.

Muy larga es la noche cuando dura toda la vida; y es demasiadamente triste el no despertarse hasta la muerte…

Nuestra salud está ahora más cerca, es decir, que llega el momento decisivo de la salvación eterna, que el Esposo llama a la puerta, el Padre de familias viene a pedir cuenta del empleo de los talentos confiados y escondidos, de este número de días, de años…

La salvación está cerca… Tal vez, nunca estuvo más lejos de muchos esta salvación…

Aprovechemos el consejo del Apóstol: He aquí el tiempo más a propósito de despertarnos y salir de la somnolencia en que estamos.

La Iglesia nos propone estas mismas palabras al principio del Adviento para despertar en nosotros el espíritu de piedad.

Dejemos, pues, las obras de las tinieblas, que son las obras del pecado…

Revistámonos de Jesucristo, copiemos en nosotros este divino modelo.

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En cuanto a la oración, es un deber nuestro el unirnos a los Santos del Antiguo Testamento para pedir la Venida del Mesías, y pagar así la deuda que toda la humanidad tiene contraída con la misericordia divina.

Para animarnos a cumplir con este deber, transportémonos con el pensamiento al curso de aquellos miles de años, representados por las cuatro semanas del Adviento, y pensemos en aquellas tinieblas, en aquellos crímenes de toda clase en medio de los cuales se movía el mundo antiguo.

Nuestro corazón debe sentir con la mayor viveza el agradecimiento que debe a Aquel que salvó a su criatura de la muerte y que bajó hasta nosotros para compartir todas nuestras miserias, salvo el pecado.

Debe clamar con acentos de angustia y de confianza, hacia Aquel que se dignó salvar la obra de sus manos, pero que quiere también que el hombre pida e implore por su salvación.

Que nuestros deseos y nuestra esperanza se dilaten, pues, con estas ardientes súplicas de los antiguos Profetas, que la Iglesia pone en nuestros labios en estos días de espera; abramos nuestros corazones hasta en sus últimos repliegues a los sentimientos que ellos expresan.

¿Por qué debemos desear esta Venida?

En los siglos que precedieron a la Encarnación, los justos suspiraron por la Venida del Mesías: Rorate, cæli, desuper y nubes pluant Justum… Pero desde que Nuestro Señor subió al Cielo, los Santos suspiraron por su retorno glorioso: Expectantes beatam spem et adventum gloriæ magni Dei et Salvatoris nostri Jesu Christi.

Los Santos desearon y desean, pidieron y piden la Segunda Venida de Nuestro Señor.

Apropiadas son las palabras de Nuestro Señor a sus discípulos en el Jardín de Getsemaní: Velad y orad para no entrar en tentación. El espíritu está dispuesto, pero la carne es débil.

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Consideremos, finalmente, qué sabiduría y por qué motivos nos propone la Iglesia en este día el doble Advenimiento del Hijo de Dios.

Como de estos dos Advenimientos depende nuestra suerte eterna, la sabiduría de Dios los ha hecho, con respecto a nosotros, mutuamente dependientes el uno del otro.

La cualidad de Salvador debe ponernos en estado de mirar con confianza al Soberano Juez; y la cualidad de Juez severo debe conducirnos a ponerlo todo por obra para que nos sea útil y fructuosa la de dulce Salvador.

Este es el espíritu de la Iglesia cuando, en el primer día del Adviento, con el Evangelio de la Misa, hace reflexionar sobre la descripción del Juicio.

Al mismo tiempo, en los oficios divinos, nos presenta la imagen consoladora del Nacimiento del Salvador.

Esto lo hace para que comprendamos que todo lo que Jesucristo tiene de amable, dulce, afable, y compasivo en el Pesebre, tendrá de terrible, severo, inexorable y espantoso, cuando aparezca sobre las nubes lleno de poder y de majestad.

Todo esto es para hacernos ver cuán justo es que sean rechazados por Jesucristo, Soberano Juez, aquellos que no quisieron recibirlo cuando nació como Salvador…

¡Qué sentimiento, qué despecho, qué rabia tendrán los réprobos al pensar que este Juez, entonces tan terrible, tan espantoso, tan severo, se había dignado hacerse niño por amor de ellos!

En efecto, nada hay en este nacimiento que no convide, que no obligue, que no gane el corazón, que no encante….

¡Y qué agravio hacen aquellos que no han querido prepararse a recibirle con ansia, con amor, con sentimientos de reconocimiento y de confianza!

¡Qué justo será que la majestad de este soberano Juez condene a aquellos a quienes no ha ganado la humildad y la pobreza de su pesebre!

Este será el momento en que aparecerá en todo el esplendor de su gloria, en que su santa humanidad, tan ultrajada, será reivindicada públicamente….

Este será, además, el día de la liberación definitiva de la Iglesia, en que triunfará sobre todos sus enemigos…

Este será el día de la recompensa y de la gloria perfecta, completa, del alma y del cuerpo; será el Reino eterno con Jesucristo….

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Solamente las almas fieles desean esta redención, este Advenimiento glorioso de Nuestro Señor; es decir, sólo los cristianos amantes de Nuestro Señor, que le sirven fielmente y están comprometidos con sus intereses, sólo sus verdaderos discípulos….

San Agustín dice: Hay pocos que desean esta Venida porque son pocos los que realmente aman a Jesucristo y están en condiciones de comparecer delante de Él….

Por lo tanto, pocos son los que merecen escuchar estas palabras: Venid, benditos de mi Padre, a poseer el reino que os está preparado.

¡Cuántos son los que viven en la ilusión, o no saben lo que dicen, o mienten cuando dicen Adveniat regnum tuum…!

Oh buen Jesús, pronto vas a venir, en tu misericordia, con tu gracia a cubrir nuestra desnudez; pero un día llegará en que vuelvas con una majestad tan deslumbradora, que los hombres quedarán secos de espanto.

¡Oh Cristo!, no quieras perderme en ese día de incendio universal.

Visítame antes amorosamente. Yo quiero prepararte mi alma. Quiero que en ella nazcas, para que, el día en que las convulsiones de la naturaleza anuncien tu próxima llegada, pueda yo levantar la cabeza, como tus fieles discípulos, que, llevándote ya en sus corazones, no temerán tus iras.

Fuente:

http://radiocristiandad.wordpress.com/

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