PENTECOSTÉS Y LA PLENITUD DE LA FUNDACIÓN DE LA IGLESIA

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Domingo de Pentecostés

Escrito por el P. Juan Croisset en su Año Cristiano, traducido por D. José María Díaz Jiménez, presbítero; editado en 1864

 

(INDULGENCIAS: Varios prelados de España han concedido 2.480 días de indulgencia a todos los que leyeren u oyeren leer un capítulo o página de cualquiera de las publicaciones de la Librería Religiosa como Año Cristiano de Juan Corisset.)

La fiesta de Pentecostés que celebran los Cristianos fue figurada por la que celebraban los judíos: esta y la de Pascua son las únicas cuyo verdadero origen hallamos en el Antiguo Testamento, y por consiguiente las únicas cuya inmediata institución podemos atribuir al mismo Dios, que ordenó a su pueblo celebrar la fiesta de Pascua y Pentecostés como las dos principales solemnidades del culto religioso que le debían.

La fiesta de Pentecostés, dice Eusebio, es la mayor de todas las fiestas del año: Quam si quis ómnium festivitatum máximum vocet, haudquaquam meo juicio aberraverit. En efecto,  ella es la perfección de la gran obra de la Redención, la consumación de todos los misterios de la Religión, la publicación solemne de la Nueva Ley, y como último sello de la Nueva Alianza. El Espíritu Santo fue enviado, dice san Agustín, para que su virtud consumase la obra que el Salvador había empezado, para que conservase, lo que el Salvador había adquirido, y para que acabase de santificar lo que el Salvador había redimido: Missus est Spiritus, ut quoe  Salvator inchoaverat, Spiritus Sancti virtus consumet; et quo dille acquisivit, iste custodiat; quo dille redemit, santificet iste.

Entre todas las creaturas no hay ninguna, dicen los Padres, a que Dios se haya aplicado más, por decirlo así, ni que le haya costado tanto como el hombre.

Se diría que las tres divinas personas han puesto todo su estudio en perfeccionarle, en hacerle admirable y hacerse admirar ellas mismas en una obra tan excelente y tan acabada. El Padre le delineó, por decirlo así, creándole: el Hijo lo perfeccionó, redimiéndole: el Espíritu Santo le acabó santificándole. El Padre, formando al hombre, dice un devoto orador cristiano, le dio la razón para conocer, el apetito para amar, la libertad para obrar con mérito: El Hijo, reformando a este mismo hombre le dio la Fe para gobernar su razón, la Caridad para dirigir y rectificar su apetito, la Gracia para fortificar su libertad; y el ESPÍRITU SANTO,  para dar la última mano a esta obra, añade la inteligencia a la Fe, el ardor y el celo a la Caridad, la fuerza y magnanimidad a la Gracia; de suerte que puede decirse que el Padre nos hizo hombres; que por Jesucristo hemos sido hechos cristianos, y que el ESPÍRITU SANTO nos hace santos. Este es en algún modo todo el fondo y la sustancia de este gran Misterio.

La venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles, que hace el asunto de la solemnidad de este día, es propiamente la fiesta de la consumación de todos los misterios de la Religión y la célebre época de la publicación de la Ley y del establecimiento de la Iglesia. Esta Iglesia había sido formada por Jesucristo antes de su Ascensión a los cielos; pero estaba todavía digámoslo así en la cuna aquellos diez días que los Apóstoles y discípulos estuvieron encerrados en el Cenáculo; y hasta el día de Pentecostés no se mostró en público esta Esposa de Jesucristo: este día fue cuando tomó como posesión de la herencia prometida a los descendientes de Abraham, y entró en todos los derechos que había perdido la Sinagoga y en todas las prerrogativas que el Salvador le había dado; y así era justo que esta fiesta fuese una de las más solemnes. No se duda que los mismos Apóstoles, como se ha dicho, la instituyeron entre los primeros fieles por el interés que tenían por no dejar en el olvido un suceso que les era tan glorioso a ellos y tan ventajoso a la Iglesia. San Lucas refiere la prisa que tenía san Pablo de encontrarse en Jerusalén para celebrar la fiesta de Pentecostés: es probable que fuese ya la que celebraban los cristianos, porque no se ve que los Apóstoles celebrasen las fiestas de los judíos.

No hubo jamás analogía más perfecta entre la figura y la realidad que la que se encuentra entre la fiesta de Pentecostés de los judíos y de los cristianos. La primera fue prescrita el día cincuenta después de la ceremonia de la Pascua o del Cordero Pascual. La publicación de la Ley de Dios hecha sobre el Monte Sinaí el día cincuenta, al ruido de truenos y relámpagos y de trompetas, era, según los Padres, el objeto principal de la Pentecostés judaica; y la publicación de la Ley Nueva dada a los Apóstoles por el Espíritu de Verdad, después del mismo número de días al ruido de un viento impetuoso, en el resplandor deslumbrador de una exhalación inflamada, hace el principal objeto de la Pentecostés de los cristianos.

San Agustín prueba por la misma Escritura que el día de Pentecostés, es decir, el cincuenta después de Pascua, fue el día en que le fue dada a Moisés la Ley de Dios en el Monte Sinaí. Y el día de Pentecostés se cumplió la promesa que Dios había hecho en otro tiempo por el Profeta Jeremías, cuando le dijo que les daría una Nueva Ley mucho más perfecta que la primera que tantas veces habían quebrantado: Feriam domui Israel, et domui Juda foedus novum; non secundum pactum quod pepigi cum Patribus eorum, pactum quod irritum fecerunt. La Nueva Alianza que haré con la Casa de Israel, cuando haya llegado este tiempo, no será como la que hice en lo antiguo. No escribiré esta Ley en tablas de piedra; La imprimiré y la escribiré Yo mismo en sus corazones: dabo legem meam in visceribus eorum, et in corde eorum scribam eam.Ya no me servirá con un temor servil, sino por amor; Yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo : Et ipsi erunt mihi im populum. Et Ego eis in Deum.

El Profeta Ezequiel anuncia y expresa este gran misterio con términos todavía más claros y precisos. Effundam super vos aquam mundam, dice el Señor, et mundamibini ab ómnibus inquinamentis vestris: Derramaré sobre vosotros una agua limpia, y seréis purificados de todas vuestras manchas; alude a las diversas aspersiones usadas entre los judíos, que purificaban de las manchas legales, y eran figuras del Bautismo y de la Penitencia, que nos lava de nuestras culpas por los méritos de la Sangre de Jesucristo, y por la aspersión invisible del Espíritu Santo y de su gracia. Dabo bobis cor novum, et spiritum novum ponam in medio vestri: Os daré entonces un corazón nuevo, y pondré en medio de vosotros un espíritu nuevo. Et  auferam cor lapideum de carne vestra: Os quitaré ese corazón de piedra, ese corazón duro, ingrato e indócil. Et dabo vobis carneum, os daré entonces, un corazón blando, dócil y agradecido. Et Spíritum meum ponam in medio vestri: Finalmente os daré Mi Espíritu, y entonces hallaréis gusto en mi Ley, y caminaréis gozosos por el camino de mis preceptos: Et faciam ut in proeceptis meis ambuletis. Ninguna cosa será ya difícil en mi servicio, guardaréis mis mandamientos con fidelidad y con gozo: Et judicia mea custodiatis, et operemini. Todas estas predicciones se verificaron tan a la letra, todas estas promesas se cumplieron tan visiblemente el día de Pentecostés por la Venida del Espíritu Santo, que parece que no es menester sino usar de las luces de la razón para quedar convencidos de la publicidad y de la verdad de este gran misterio; ved aquí cómo se cumplió:

Habiendo llevado el Salvador a sus Apóstoles y discípulos al monte de las Olivas el día de su gloriosa ascensión para hacerles a todos testigos de su triunfo, les prometió enviarles el Espíritu consolador, que derramaría sobre ellos, todos sus dones, de los cuales quedarían llenos, todos ellos con cuyo auxilio comprenderían todas las verdades que él les había enseñado. Que abrasados entonces de aquel fuego divino, e ilustrados de las más puras luces de la gracia, se les infundiría un valor indecible y una fortaleza que les haría vencer sin trabajo los mayores obstáculos. Que entonces predicarían con una santa osadía y un suceso maravilloso su nombre y su Evangelio en medio de Jerusalén, en toda la Judea, en la Samaria, y por toda la tierra. Pero que para disponerse a recibir un don tan grande del Cielo, les ordenaba ir a encerrar en Jerusalén, y estar en retiro y en oración los diez días que faltaban. Esta orden fue ejecutada religiosa y exactamente. Habiendo subido Jesucristo al Cielo del modo que dijimos el día de la Ascensión; los doce Apóstoles y los demás discípulos, un número de unos ciento veinte, en los cuales consistía entonces toda la Iglesia, teniendo a su frente a la Santísima Virgen que era todo su consuelo, se retiraron a Jerusalén, y se encerraron en una casa grande que habían elegido para su retiro. El paraje más santo de esta casa era el cenáculo; que era una gran sala en lo más alto de la casa, sitio retirado, lejos del ruido, y muy apropósito para hacer oración. Esta casa fue la primera iglesia en que los cristianos tenían sus juntas, en una de las cuales se resolvió llenar el puesto que en el Colegio Apostólico se hallaba vacante por la apostasía y muerte de Judas; cuyo puesto ocupó san Matías, habiendo caído sobre él la suerte que echaron para este fin.

Habiendo llegado el día de Pentecostés. Era esta una de las tres principales fiestas de los judíos, los cuales ofrecían a Dios este día panes hechos de los primeros frutos de la nueva cosecha. Llamábase esta fiesta Pentecostés o día cincuenta,  porque se celebraba el día cincuenta después de Pascua, como se ha dicho, en memoria de haber dado Dios su Ley en el Monte Sinaí, cincuenta días después de la primera Pascua o salida de Egipto. Estando congregados todos los discípulos con la Madre de Dios en el lugar donde acostumbraban hacer sus oraciones, a eso de las nueve de la mañana, estando en oración, se oyó de repente un gran ruido, como de un viento impetuoso que conmovió la casa, se oyó en toda la ciudad. Este ruido, este viento y esta impresión sensible eran símbolos de la presencia de la divinidad, y así como antiguamente en el Sinaí los truenos, los relámpagos y el monte echando humo la majestad de Dios se manifestó. Lo que sucedió entonces, fue todavía más prodigioso. El viento torbellino que venía del Cielo fue acompañado como de un globo de fuego, cuyas llamas, habiéndose parado repentinamente en forma de lenguas de fuego, se derramaron sobre toda aquella santa congregación, y se asentaron sobre la cabeza de cada uno de ellos. Lo que se veía no  era un fuego real y material, sino señales exteriores, y apariencias sensibles de los efectos que el Espíritu Santo producía interiormente en cada uno de los discípulos, llenos del Espíritu Santo, se sintieron al mismo instante abrasados de aquel divino fuego, ilustrados de las luces sobrenaturales que les daban una perfecta inteligencia de los más altos misterios y de las más sublimes verdades, animados de un valor y una santa osadía no conocían hasta este entonces, y, finalmente, convertidos de repente en otros hombres.

Había entonces en Jerusalén una infinidad de judíos que habían concurrido de todas las partes a celebrar la fiesta de Pentecostés. Porque aunque la distancia de los lugares pudiere dispensarles de encontrarse en Jerusalén en los días de las grandes festividades, no obstante, había muchos que acudían a tales fiestas por piedad y por devoción: por este motivo les llama la Escritura: viri religiosi: gentes amantes de la religión. Estos judíos extranjeros se juntaron con los de la ciudad, y acudieron al ruido que habían oído, de suerte que el Cenáculo, mejor dicho, la casa, fue rodeada bien presto de una multitud casi infinita de gentes de todas las naciones. Los Apóstoles, que solo buscaban cómo comunicar el divino fuego de que estaban abrasados sus corazones, no aguardaron a que se les hiciese salir de su retiro, sino que se presentaron por sí mismos delante de todo aquel pueblo: no hubo quien no quedase sorprendido al ver que unos pobres pescadores, que apenas sabían la lengua de su país, hombres idiotas, groseros y estúpidos, predicaban públicamente a Jesucristo con una intrepidez, una elocuencia, una unción, que movían a todo el mundo; pero fue mucho mayor el pasmo, cuando todos aquellos diferentes pueblos, cada uno en su lenguaje diverso, advirtieron que cada cual los entendía, aunque no hablasen sino una sola lengua, que era la siriaca. El don de lenguas que recibieron entonces todos los que habían recibido el Espíritu Santo, consistía en que podían entender y hablar las diferentes lenguas de los pueblos con quienes debían tener trato y comercio; y lo que todavía era más de admirar es que, hablando una sola lengua se hacían entender y hablar de todos los diferentes pueblos que los oían; de suerte que cada uno creía que hablaban la lengua de su país, aunque no hablasen sino la siriaca. Se obró pues, un duplicado milagro con los Apóstoles, ya porque hablaban la lengua griega, persiana, romana, cuando hablaban a un griego, a un persa, o a un romano en particular; y ya porque hablando a todos estos diferentes pueblos en general, cada uno de ellos les oía hablar su lengua, aunque no hablasen entonces sino en la lengua nativa de su propio país: lo cual aturdió a aquella multitud y les hizo decir: ¿Qué es esto que vemos? Jamás se vio cosa igual. ¿Estos hombres no son todos galileos? ¿Cómo entonces, les oímos hablar el lenguaje de nuestro país?

Nonne ecce onmes ii qui loquuntur, galelei sunt? Et quomodo nos audivimus unusquisque linguam nostram in qua nati sumus? A la verdad, todos nosotros somos judíos, si no de nacimiento, a lo menos de religión; pero de país y lenguaje muy diferentes. Unos somos partos, otros medos, muchos persas, los hay de Mesopotamia, de Judea, de Capadocia, del Ponto, de la Asia Menor, de Frigia, de Panfilia, de Egipto y de la Libia, que está cerca de Cirene, muchos han venido hasta de Roma, algunos de la isla de Creta, y de la Arabia; pero todos cuantos estamos aquí, así judíos naturales como prosélitos, esto es, gentiles que han abrazado el judaísmo, los hemos oído ensalzar y publicar cada uno en nuestra lengua las incomprensibles maravillas que Dios ha obrado y de que nunca habíamos oído hablar. Fue tan grande el pasmo que les causó la novedad, que se miraban unos a otros; y llenos de admiración y como fuera de sí, se preguntaban: ¿Qué significa, qué quiere decir todo esto? Quidnam vult hoc esse?

Viendo san Pedro , el pasmo que causaba aquel prodigio en todos los espíritus, levantó la voz para que todos la oyesen; y como vicario de Jesucristo y cabeza visible de la Iglesia empezó a desenvolverles el misterio que se estaba cumpliendo. Viri judaei, et qui habitatis Jerusalem universo: hoc bobis nutum sit, et auribus percipite verba mea: Vosotros todos, les dijo, los que os preciáis de haber nacido judíos, o los que habéis abrazado el judaísmo, y los que os halláis hoy juntos en Jerusalén, escuchadme: La causa de estas maravillas que veis y que os causan tanta admiración, no es lo que algunos de vosotros piensan; lo que admiráis tanto en nosotros, y lo que acabáis de oír no es un efecto de la embriaguez, como discurrís: sabéis muy bien que los días de fiesta, como lo es hoy, no es permitido comer ni beber antes del medio día, y ahora no son más de las nueve de la mañana: sabed, pues, que lo que veis y no comprendeis, es el cumplimiento de la promesa que hizo el Señor antiguamente a su pueblo por el profeta Joel: Que en los últimos tiempos haría bajar su espíritu sobre toda carne, sobre sus siervos y siervas; que les daría el don de profecía y el de milagros, y que los llenaría de sus dones: Visiones videbunt et somnia somniabunt. (Las palabras profecía, sueño, visión, significan aquí todo género de revelaciones y de dones particulares del Espíritu Santo). Todo esto acaba de cumplirse en la persona de aquellos en quienes admirarais tantos prodigios. Y aprovechándose el santo Apóstol de la disposición en que estaba aquella gente, y de la atención con que le oían, les hizo un sermón tan sólido, tan enérgico, tan eficaz, que no se sabía si el que les hablaba era hombre, o algún ángel. Les prueba sobre todo la divinidad de Jesucristo, del modo más fuerte del mundo; les dice cuánto es capaz de persuadirla en los más incrédulos, trae infinitas pruebas para ello; La establece por el testimonio de los Profetas, de modo que su razonamiento no tiene réplica. No disimula su perfidia y el deicidio que han cometido en la persona de su Salvador, del verdadero Mesías, a quien han crucificado: demuestra su gloriosa y triunfante resurrección; encuentra en la Sagrada Escritura toda la historia evangélica hasta la venida del Espíritu Santo, con todas las circunstancias de que este último misterio está acompañado: hace valer los textos que cita: desenvuelve el verdadero sentido de las figuras que trae: descubre su sentido oculto: apoya su explicación con razonamientos tan fuertes, tan sólidos, tan concluyentes, que se diría que había envejecido en el estudio de los libros santos, y que por medio de un largo uso se había formado en el arte de hablar y de discurrir según todas las reglas de la elocuencia. Cuando no hubiera habido otra maravilla en el misterio de este día, hubiera bastado esta para convencer a los espíritus más incrédulos.

¡Pedro, aquel pobre pescador, aquel hombre tan ignorante y tan grosero, qué jamás supo otra cosa que manejar sus redes; que casi se hizo viejo en una barca y en la pesca: aquel  Apóstol tímido y tan cobarde que negó a su buen maestro a la solo reconvención de una criada o de un criado! ¡Juan, Jacobo, Bartolomé, Tomás, Andrés y todos los demás Apóstoles, en una condición tan vil, de un entendimiento tan oscuro, de una ignorancia todavía más crasa, al momento que han recibido al Espíritu Santo transformarse en los doctores más profundos y más ilustrados, en los predicadores más fecundos y elocuentes, en los héroes más magnánimos de la antigüedad, en los oráculos del mundo, tan penetrados de las luces de Dios, y tan consumados en la ciencia del Reino de Dios, como hasta entonces habían sido ignorantes, llenos de errores e incrédulos! ¿No fue una mudanza de la diestra del Altísimo verlos en Jerusalén predicando unas verdades que habían hecho profesión no solo de no creerlas, sino también de contradecirlas, cuando aún no habían recibido al Espíritu Santo? ¿Cuánto no le costó a aquel divino Maestro el hacerles entender la celestial doctrina que había venido a establecer sobre la tierra, por más cuidado que había puesto en darles una inteligencia perfecta de ella? Todo lo que miraba a su divina persona estaba todavía escondido para ellos: su humildad les chocaba: su cruz era para ellos un escándalo: nada concebían en las promesas que les hacía: en lugar de la verdadera redención que debían esperar de Él, se figuraban una redención quimera, una redención temporal, cuya vana esperanza les tenía engañados. Veis aquí  cuales eran estos hombres groseros, ignorantes y carnales antes de recibir el Espíritu Santo. Estos son, dice san Crisóstomo, los sujetos que el Espíritu Santo elige para hacerlos los doctores de la Religión y los oráculos del mundo. Le conviene que sean de este carácter; si hubieran sido menos idiotas y menos groseros, no hubieran sido una prueba tan clara y tan convincente de la divinidad de Jesucristo, de la virtud omnipotente del Espíritu Santo, de la verdad y autenticidad de nuestra Religión, de la santidad y de la verdad de su doctrina.

Así este prodigio hizo tanta impresión en los espíritus que el fruto de este primer sermón de san Pedro fue la conversión de  tres mil personas. Nadie ignora las pasmosas maravillas que se siguieron. ¡Qué de milagros, qué de conversiones milagrosas en medio de Jerusalén! ¡Qué de prodigios en toda la Judea, en la Samaria, y conforme a la palabra de Jesucristo, en todo el mundo! Eran precisos los milagros para establecer la Iglesia de Jesucristo: en todos tiempos habrá milagros en esta Iglesia, pero ¿No puede decirse que el establecimiento de la Iglesia es un milagro permanente y el más grande y el más estupendo y el más convincente de todos los milagros?

Doce pobres pescadores, tales como los hemos pintado, sin armas, sin dinero, sin arte, sin apoyo, forman el designio de establecer en todo el mundo una nueva religión, y de empezar la obra construyendo y condenado todas las demás religiones del mundo. Se proponen hacer que en toda la tierra no se adore sino un solo Dios en tres Personas; esto es, tres personas realmente distintas siendo cada una Dios, sin que haya ni pueda haber más que un solo Dios; hacer que se crea que este Dios se había hecho hombre, que había muerto en una cruz para redimir a los hombres; que había resucitado al tercer día y que al día cuarenta, después de su resurrección se había subido al cielo, de donde ha de venir al fin de los siglos a juzgar  a todos los hombres para recompensar con una felicidad eterna a aquellos que habían creído todas estas verdades y observado sus mandamientos, hubieran muerto en su gracia, y para castigar con el más horrible y el más espantoso de todos los suplicios por toda la eternidad a aquellos que hubieran muerto en pecado mortal. Si a lo menos a esta incomprensibilidad de dogmas se hubieran propuesto juntar una moral suave, sensual, voluptuosa, grata a los sentidos y tan carnal como la que reinaba tantos siglos había en todo el universo, se hubiera podido creer que habría habido gentes que dijesen: déjenos vivir como queramos y creeremos cuanto se quiera. Pero la moral que resolvieron estos hombres hacer abrazar, es verdad, que es la más santa que se puede imaginar, la más pura, la más razonable; pero no puede negarse que al mismo tiempo es la más austera, la más contraria al amor propio, la más enemiga de la sensualidad y de los sentidos. Los hombres son naturalmente soberbios y esta nueva religión quiere que la humildad más profunda sea el fundamento del edificio espiritual de todos sus discípulos. Los hombres son carnales naturalmente; abandonados a sus pasiones, esclavos de su amor propio y nacen todos con propensión al pecado: son naturalmente regalones, voluptuosos, interesados, vengativos, coléricos; la nueva moral exige una mortificación continua, una pureza sin mancha, un desinterés perfecto, una caridad universal, compasiva bienhechora, una mansedumbre y una paciencia que lleven hasta perdonar de todo corazón las más atroces injurias: exige, en fin esta moral una vida toda santa, siempre crucificada, nunca indulgente con los sentidos, con el amor propio, ni con la menor de las pasiones.

Decir que doce pobres pescadores, los más ignorantes, los más desnudos de talentos, los más viles, los más despreciables a todos los hombres se proponen a hacer creer todo esto, abrazar todo esto, ¿a quiénes? A los romanos, a los griegos, a los escitas, a los persas, a los indios, a los egipcios, a los africanos, a los galos; en una palabra, a todos los pueblos de la tierra habitable: esta solo proposición hace reír; y mirada a la sola luz de la  razón, parece una miserable extravagancia, un delirio que da lástima. Sin embargo, este designio formado por doce Apóstoles el mismo día de Pentecostés, por más extravagante, por más imposible que hubiese parecido, se ejecutó, y nosotros vemos el milagro. Todos estos pueblos creyeron y abrazaron esta santa Ley, se sujetaron a esta moral a pesar de la corrupción del corazón humano, a pesar de la soberbia del espíritu, a pesar de todas las preocupaciones de interés y de nacimiento. La Religión cristiana ha visto expirar el paganismo en medio de los fuegos que se encendían de todas las partes para exterminar a los cristianos. La sangre de más de diez y seis millones de Mártires ha sido como la semilla de los fieles. No solo han abrazado la fe las ciudades, sino que los más vastos desiertos se han poblado de santos anacoretas. La Cruz se ha plantado hasta sobre la corona de los Emperadores, y hace su más bello adorno. Buscad después de esto, pedid otro mayor milagro. Este milagro es permanente, y subsistirá hasta la consumación de los siglos, y este milagro es el maravilloso efecto de la bajada del Espíritu Santo en este día. Veis aquí cual ha sido la virtud de este misterio que celebramos, y cuál ha sido el fruto de la fiesta de Pentecostés. ¿Debe admirarnos el que la Iglesia la celebre con tanta solemnidad? ¿No ha tenido razón para llamarla con Eusebio la mayor de todas las fiestas del año?

El introito de la misa de este día es como el resumen de todo este gran misterio. Se tomó del capítulo del libro de la Sabiduría, y nada es más claro ni más expresivo: Spiritus Domini replevit orbem terrarum, et hoc quod continet omnia, scientiam habet vocis, alleluia, alleluia, alleluia:El Espíritu del Señor llenó todo el universo, y como contiene todas las cosa, tiene la inteligencia de todo, especialmente sabe todas las lenguas; y este don milagroso a todos aquellos sobre quienes bajó y a quienes llenó este día de sus dones. Bendigamos sin cesar a la adorable Trinidad, y démosle eternas gracias por un beneficio tan grande; bendigamos al Padre de quien procede este Santo Espíritu, al Hijo que nos le ha enviado, y al mismo Espíritu Santo, que se dignó llenar el día de hoy a todos los Apóstoles y discípulos, y que anima aún a toda la Iglesia y anima en todos los tiempos. Exurgat Deus, et dissipentur inimici ejus: et fugiant qui oderunt eum a facie ejus: Lévantese Dios y sean disipados los enemigos: manifiéstese este Dios omnipotente, y huyan delante de Él los que rehúsan obedecerle, y sacudan el yugo de sus leyes. Así empieza el salmo LXVII, el cual debe entenderse de la venida de Jesucristo o del Espíritu Santo, de sus victorias, de los misterios cumplidos en la persona del Salvador y del establecimiento de la Iglesia por los Apóstoles. Hace aquí el Profeta una relación de diversos prodigios del viejo Testamento que fueron figura de lo que había de suceder en el Nuevo. Nada puede convenir más bien a la presente fiesta.

La epístola del día contiene la historia del misterio como la acabamos de referir.

El Evangelio se tomó del sermón que hizo Jesucristo a sus Apóstoles la víspera de su muerte después de la última cena como lo cuenta san Juan: si quis diligit me, dice el Salvador, sermonem meum servabit: si alguno me ama, pondrá por obra mis palabras; mi Padre le amará, le visitaremos nosotros, y estableceremos en él nuestra morada. Acababa el Salvador de hacer una admirable plática a sus Apóstoles para prevenirles la ignominia de su muerte, y para consolarles de su ausencia; les había prometido que conseguirían todo cuanto pidiesen en su nombre y que Él les enviará del seno de su Padre otro consolador que era el Espíritu Santo. Acababa de decirles que el que le ama a Él será amado de su Padre; que Él mismo le amaría tiernamente y se le manifestaría. Sobre lo cual san Judas se tomó la libertad de decirle: ¿Por qué Señor, te ocultas a las gentes del mundo, y te dignas manifestarte tu voz a nosotros? Porque los que me aman, respondió el Salvador, guardan mis preceptos y obras según mis máximas. Por eso ganaran de tal modo el corazón de mi Padre y el Mío, que no solo vendremos a ellos, sino que estableceremos en ellos nuestra morada por la gracia de la perseverancia que les concederemos. Jesucristo da aquí la razón por la que no se da a conocer al mundo, es decir, a los mundanos, a las personas que no tienen sino el espíritu del mundo, de aquella manera que promete a darse a conocer a sus Apóstoles, y es porque el mundo no le ama; y la prueba de que el mundo no le ama, es que no guarda sus mandamientos. Pero sabed, les dijo, que esta celestial doctrina, que he venido a enseñar sobre la tierra no es mía solamente, es también la palabra y doctrina de mi Padre, y nos es común a ambos. Ved aquí, añadió el Salvador, todo tenía que deciros antes de dejaros; pero el Espíritu Santo; aquel divino consolador que mi Padre os ha de enviar en mi nombre y por mis ruegos; el Espíritu Santo; digo, que os servirá de maestro en mi lugar, os hará acordar en las ocasiones y os dará la perfecta inteligencia de las verdades que os he enseñado, y que vosotros no habéis podido comprender: Ille vos doce vit omnia, et sugeret vobis omnia quaeque dixero vobis. Él os desenvolverá todos estos grandes misterios, que son tan sobre el espíritu humano: Él os hará comprender las grandes verdades de la religión, que os parecen ahora unas paradojas: Él os dará la inteligencia, el verdadero sentido de todas las figuras de la Escritura, de todas las alegorías y parábolas que yo mismo me he servido para acomodarme a la capacidad tan limitada de vuestro espíritu, naturalmente oscuro y grosero.  Estas luces sobrenaturales; esta perfecta inteligencia será uno de los principales dones del Espíritu Santo, el cual mi Padre y yo hemos como dejado la última perfección de la obra de la redención, que es propiamente mi obra. Pacem relinquo vobis: la Paz os dejo. Dejar o dar la paz, es en frase de los hebreos saludar y desear todo género de prosperidades. Dejando Jesucristo a sus discípulos, les da, no una paz como la da el mundo, que solo consiste en vanos deseos, bienes frívolos y caducos: Non quomodo mundus dat, ego do vobis. La paz que os doy es una paz sólida y eficaz, con la seguridad de recibir todos los bienes que podeis desear. Gozad tranquilamente de esta dulce paz, y guardaos bien de dar entrada en vuestro corazón a la inquietud y al temor sobre el asunto de mi salida de este mundo: Non turbetur cor vestrum, neque formidet. Si miráis por vuestro propio interés, acordaos de lo que os he dicho; que no os dejo sino para volver bien presto a vosotros; y si el amor que me teneis os hace desear lo que me es a mí más ventajoso, debeis alegraos y estar gozosos, pues no os dejo sino para ir a mi Padre, al cual en cuanto hombre soy inferior en dignidad, en poder y perfección; pero que me quiere honrar más en su reino, cuanto he sido menos honrado en el mundo. Bien se deja conocer que en cuanto aquí dice el Salvador, no habla de sí, si no cuanto a hombre: había hablado bastante de su divinidad, por la que es igual a todo a su Padre, pues el Padre y Él son una misma cosa: Ego, et Pater unum sumus; y cuando dice aquí: Pater major me est, el Padre es mayor que yo, no habla de sí sino cuanto hombre; y de la separación en cuanto hombre de lo que estaban afligidos los Apóstoles. Et nunc dixi vobis priusquam fiat, ut cum factum fuerit , credatis: Os lo he dicho ahora, y he creído deberos advertir que me vuelvo a mi padre, no para afligiros, ni para suavizar  mis penas exhortándoos a la compasión, sino con el fin de afirmaros en la fe sobre lo que mira a mi persona y doctrina. Ninguna cosa prueba mejor que es Dios quien ha hablado, que el suceso de lo que se ha predicho, con todas sus circunstancias. Por lo demás estoy bien persuadido que por más que haga el demonio, este pretendido príncipe de este mundo, por más que haga el demonio contra mí y contra vosotros, por el ministerio de los que se han hecho sus esclavos, no tiene ningún poder respecto de mí, ni tampoco ejerce su malicia sobre mis siervos, sino cuando yo lo permito, para darles este motivo más de mérito. Sin embargo, quiero que ejerza sobre mí las mayores crueldades, para que vea el mundo hasta que extremo amo a mi Padre, que desea que yo satisfaga plenamente a su justicia por los pecados de los hombres, derramando mi sangre y se redima a los hombres muriendo en una cruz, y que no padezco ni muero si no por hacer su voluntad, y para agradarle: Sicut mandatum dedit mihi Pater, sic Facio. Si muero, no muero sino porque quiero, por conformarme en esto con la voluntad de mi Padre, y porque sepa el mundo que amo a mi Padre, y que ejecuto puntualmente las órdenes que me ha dado y vosotros no debéis jamás olvidaros de lo que os dije al principio, que la mejor y aun la única prueba del amor de Dios, es la observancia exacta de sus preceptos.

La solemnidad de este no se termina ni se limita al solo día de Pentecostés, sino que continúa toda la octava; lo que hace estos siete días se llama una semana de fiestas, como sucedía antiguamente en la semana de Pascua. El tiempo pascual debía, al parecer acabar la vigilia de Pentecostés, en la que se empieza a ayunar, pero como la vigilancia de Pentecostés era el día solemne en que la Iglesia confería el Bautismo del mismo modo que el Sábado Santo con la misma solemnidad, se continúa a favor de los neófitos. La solemnidad de la Pascua toda la semana de Pentecostés. Se les hacía venir al oficio todos los días: se cantaba un cántico de gozo por su nacimiento espiritual, se decía la alleluia todo este tiempo; y para no fatigarlos; se abreviaba el oficio; por eso el oficio de la semana de Pentecostés no tiene más de un nocturno, es decir, tres salmos y tres lecciones, cerrando la nona del sábado siguiente tiempo pascual.

Se asegura que después de la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles, la casa en que sucedió este prodigio fue luego convertida en iglesia, la que en rigor fue la primera iglesia de los cristianos. San Cirilo, obispo de Jerusalén, que vivía en el siglo IV lo confirma, llamándola iglesia de los Apóstoles; y san Epifanio testifica que en el saqueo a la ciudad por las tropas de Tito fue perdonada como milagrosamente. Y era opinión común de san Esteban y los otros diáconos habían sido ordenados en esta iglesia. Donde los Apóstoles juntaban a todos los primeros fieles.

HIMNO DE SAN AMBROSIO

Veni, Creator Spiritus, Mentes tuorum visita. Imple superna gratia 

Quae tu creasti pectora

 

Qui diceris Paraclitus,

Altissimi donum Dei,

Fons vivus, ignis, charitas,

Et spiritalis unctio.

 

Tu septiformis munere,

Digitus paternae dexterae,

 Tu rite promissum Patris,

 Sermone ditans guttura.

 

Accende lumen sensibus,

Infunde amorem cordibus,

Infirma nostri corporis,

Virtute firmans perpeti.

 

Hostem repellas longius,

Pacemque dones protinus,

Ductore sic te praevio,

Vivitemus omne noxium.

 

Per te sciamus da Patrem,

Noscamus atque Filium,

Teque utriusque Spiritum

Credamus omni tempore.

 

Deo Patri sit gloria,

Et Filio qui a mortuis

Surrexit, ac Paraclito

in saeculorum saecula.

Amen

Ven Espíritu Santo enamorado,Visita de tus siervos las potenciasLlena de tus divinas influencias 

Y de gracia las almas que has criado

Tú eres abogado y fiel consuelo,

Don de Dios soberano y excelente, Caridad, fuego hermoso, viva fuente

Y espiritual unción toda del cielo.

Tú que con siete dones resplandeces; De la diestra del Padre Todopoderoso, Eres dedo, promesa, don gracioso Que las lenguas de voces enriqueces

Enciende tu luz bella los sentidos, Infunde al corazón tu amor ardiente Con virtud roborando permanente  Los desmayos del cuerpo padecidos.

Ahuyenta al enemigo más perverso, Danos pronto la paz firme y constante  Siendo nuestro Adalid, yendo adelante Evitemos así todo lo adverso.

Concédenos que al Padre conozcamos Por ti al Hijo amado confesemos,

Y a Ti, Espíritu de ambos, veneremos Y en todo tiempo firmes te creamos.

Sea Gloria a Dios Omnipotente,

Al Hijo soberano, que glorioso, Resucitó triunfante y victorioso

Y al Espíritu Santo eternamente.

Amén.

La Epístola es del capítulo II de los Hechos de los Apóstoles.

Cum complerentur dies Pentecostes erant omnes discipuli pariter in eodem loco:et factus est repente de caelo sonus, tamquam advenientis spiritus vehementis et replevit totam domum ubi erant sedentes. Et apparuerunt illis dispertitae linguae tamquam ignis seditque supra singulos eorum: et repleti sunt omnes Spiritu Sancto, et coeperunt loqui aliis linguis prout Spiritus Sanctus dabat eloqui illis. Erant autem in Ierusalem habitantes Iudaei viri religiosi ex omni natione quae sub caelo est. Facta autem hac voce convenit multitudo et mente confusa est quoniam audiebat unusquisque lingua sua illos loquentes. Stupebant autem omnes et mirabantur dicentes nonne ecce  omnes  isti qui loquuntur Galilaei sunt, et quomodo nos audivimus unusquisque lingua nostra in qua nati sumus? Parthi et Medi et Elamitae et qui habitant Mesopotamiam, Iudaeam et Cappadociam Pontum et Asiam, Frygiam et Pamphiliam Aegyptum et partes Lybiae quae est circa Cyrenen et advenae romani, Iudaei quoque et proselyti Cretes et Arabes audivimus eos loquentes nostris linguis magnalia Dei.

 

Completos ya los días de Pentecostés, estando todos los discípulos congregados en un mismo lugar, se oyó repentinamente venir del cielo como el ruido de un viento impetuoso, que resonó en toda la casa en que habitaban.

En el mismo momento aparecieron como lenguas de fuego dispersas que se fijaron en cada uno de ellos. Quedaron entonces todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en diferentes lenguas, según les hacía hablar el Espíritu Santo. Hallábanse en Jerusalén judíos de todas las naciones que están debajo del cielo, gentes afectas a la religión. Al ruido que se había hecho, se juntó una multitud innumerable, la cual quedó admirada al oír que cada uno de los discípulos hablaba a cada uno en su lengua. Todos pasmados y llenos de asombro decían: “¿Acaso estos hombres que hablan no son todos galileos? ¿Cómo es que cada uno de nosotros les hemos oído hablar la lengua de nuestro país nativo? Partos, medos y elamitas, los que habitan en la Mesopotamia, la Judea, la Capadocia, el Ponto y el Asia Menor, la Frigia y la Panfilia, el Egipto, y los cuarteles de la Libia en las cercanías del Cirene, y los que han venido de Roma; los judíos como los prosélitos, los de Creta y los de Arabia, todos acabamos de oírles referir en nuestras lenguas las cosas maravillosas que Dios ha hecho”.

REFLEXIONES

Fueron todos llenos del Espíritu Santo, y empezaron a hablar en diversas lenguas. Se habla siempre un lenguaje cuando se ha recibido el Espíritu Santo. El Espíritu Santo produce en el alma una luz tan viva, una inteligencia tan pura de las cosas sobrenaturales; infunde en ella tanta claridad, que pensando de un modo enteramente distinto de cómo se había pensado hasta entonces, no debe sorprendernos el que hable un lenguaje diverso. ¡Qué suceso más portentoso, qué mudanza más admirable! Un puñado de gente de un nacimiento oscuro, de una educación todavía más baja, de un entendimiento todavía más duro y más grosero, sin conocimiento de letras, sin tintura alguna de los misterios de la Escritura, criados en una ignorancia crasa de la ley, a quienes el mismo Jesucristo apenas los había devastado en tres años de instrucciones, de lecciones, de cultivo: que una tan buena mano bien podía formarlos, ilustrarlos, pulirlos, no tiene; pero menester un milagro para mudarles, y para hacer de ellos unos hombres siquiera un poco menos groseros, unos discípulos siquiera un poco más racionales, y un poco menos indóciles. Jesucristo no juzgó a propósito hacer este milagro. Dejó al Espíritu Santo que hiciera esta maravilla, y pusiera la última mano a la obra de su poder, de su sabiduría, de su amor. En efecto, no bien pareció el Espíritu Santo, no bien fueron llenos los Apóstoles y discípulos, cuando el fuego sagrado en que estaban abrasados se vió brillar, darse a conocer, y alumbrar de todos modos. Los que antes eran ignorantes, en un instante quedan hechos doctores profundos, profetas ilustrados, maestros célebres de la vida espiritual y oráculos de todo el universo.

¡Qué aliento, qué intrepidez, qué magnanimidad más heroica! Ya no se temen las acusaciones ni las reconvenciones de una criada; se arrostran los peligros más espantosos, se desprecian los más horrendos tormentos, se comparece sin temor en los tribunales más terribles, y se predica en ellos con una santa osadía la divinidad de Jesucristo, la gloria de sus humillaciones y de su muerte de cruz y todo lo que la moral cristiana ofrece de más opuesto a las pasiones y los sentidos. Eran menester un milagro como este para establecer en el mundo una religión enteramente divina; pero todos estos milagros eran frutos necesarios de la venida del Espíritu Santo ¿reconocemos en nosotros semejantes milagros? A esta señal reconoceremos si hemos recibido el Espíritu Santo. ¿Qué se hubiera pensado de los Apóstoles si después de haber bajado sobre ellos el Espíritu Santo, no hubiesen hablado sino una lengua natural, y se hubieran quedado tan cobardes y tan imperfectos como antes? ¿Y qué debemos pensar de nosotros mismos si de esta fiesta no salimos ni más espirituales, ni más devotos, ni más fervorosos de lo que éramos?

SECUENCIA

Veni Sancte Spiritus et emite caelitus lucis tuae radium

Veni pater pauperum, veni dator munerum, veni lumen cordium.

Consolator optime, dulcis hospes animae, dulce refrigerium.

In labore requies, in aestu temperies, in fletu solatium.

O lux beatissima, reple cordis intima tuorum fidelium.

Sine tuo numine nihil est in homine, nihil est inoxium.

Lava quod est sordidum, riga quod est aridum, sana quod est saucium.

Flecte quod est rigidum, fove quod est frigidum, rege quod est devium.

Da tuis fidelibus in te confidentibus, sacrum septenarium.

Da virtutis meritum, da salutis exitum, da perenne gaudium.

Amen, Alleluia.

Venid Oh Santo Espíritu y enviad desde el cielo de tu luz sacrosanta un puro rayo que penetra el pecho.

Venid padre de los pobres, venid liberal dueño de celestiales dones,

 Venid, del corazón amante fuego.

Del pecho tribulado, Consolador excelso, y del alma afligida, refugio suave, dulce refrigerio.

Descanso en los trabajos, en el bochorno intenso, de la aflicción alivio y del llanto, dulcísimo consuelo.

¡Oh bienaventurada luz de esplendor eterno!

Llenad a vuestros fieles del corazón los más profundos senos.

Sin Vos solo es hombre en la nada, de que fue hecho: todo sin Vos es nada, pues sin Vos nada hay santo, nada recto.

Lavad lo que es inmundo, regad lo que está seco; y médico divino, sanad en mí lo mucho que hay enfermo.

Doblegad  lo inflexible, y fomentad al yerto de mi amor; a Vos vuelva lo que en mi se desvía de su centro.

Dad al que en Vos confía, dad a vuestro fiel siervo de celestiales dones el septenario número de efectos.

Dadnos de las virtudes, el mérito y el premio

Dad salud a nuestra alma y dadnos finalmente Vos eterno.

 Amén, Aleluya.

El Evangelio es del capítulo XIV de san Juan

In illo tempore: Dixit Jesus discipulis suis: Si quis diligit me, sermonem meum servabit, et Pater meus diliget eum, et ad eum veniemus, et mansionem apud eum faciemus: qui non diligit me sermones meos non servat. Et sermonem, quem audistis, non est meus, sed ejus, qui misit me, Patris. Haec locutus sum vobis, apud vos manens. Paraclitus autem Spiritus Sanctus, quem mittet Pater in nomine meo, ille vos docebit omnia, et suggeret vobis omnia, quaecumque dixero vobis.

Pacem relinquo vobis, pacem meam do vobis, non quomodo mundus dat, Ego do vobis. Non turbetur cor vestrum, neque formidet. Audistis quia ego dixi vobis: Vado, et venio ad vos. Si diligeretis me, gauderetis utique, quia vado ad Patrem: quia Pater maior me est. Et nunc dixi vobis priusquam fiat: ut cum factum fuerit, credatis. Jam non multa loquar vobiscum: venit enim princeps mundi hujus, et in me non habet quicquam. Sed ut cognoscat mundus quia diligo Patrem, et sicut mandatum dedit mihi Pater, sic facio.

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: si alguno me ama guardará mi palabra, mi Padre le amará, le visitaremos, y estableceremos en él nuestra morada: el que no me ama no pondrá en práctica mis palabras. Por lo demás, si no del Padre que me envió. Os he dicho estás cosas mientras he estado con vosotros. Mas el Consolador, el Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre, Él es el que os instruirá en todas las cosas, y os hará pensar en todo lo que yo os hubiere dicho.

Yo os dejo la paz, os doy mi paz: no os la doy como da el mundo: no os turbéis. Habéis acabado de oírme decir: yo me voy y vuelvo a vosotros, si me amáis, os alegrareis, porque me voy al Padre, porque mi padre es mayor que yo. Ahora os lo digo, antes que las cosas sucedan, a fin de que creáis cuando todo esto sucediere. Ya no me queda apenas tiempo para hablar con vosotros. He aquí que viene el príncipe de este mundo, y ningún poder tiene sobre mí; pero para que el mundo sepa que yo amo a mi Padre, y que ejecuto las órdenes que mi Padre me ha dado.

MEDITACIÓN

Sobre el misterio de este día

PUNTO PRIMERO.- Considera cuántas maravillas resplandecen en el misterio de este día. El Espíritu Santo, el divino consolador, la tercera persona de la adorable Trinidad baja milagrosamente sobre los Apóstoles y sobre todos los discípulos que estaban congregados: de hombres groseros e ignorantes los hace en un momento los doctores más ilustrados y los más hábiles en todo género de conocimientos.

En un momento se hallan con la ciencia infusa de la Religión, y con la perfecta inteligencia de los más sublimes y más profundos misterios: poseen toda la ciencia de la ley, y penetran el verdadero sentido de toda la Escritura. Estos hombres tan despreciables hasta entonces por la obscuridad de su nacimiento, por la bajeza de su condición, por la grosería de su espíritu, por la rusticidad de sus costumbres, se encuentran de repente dotados de un don de sabiduría tan perfecta y tan eminente, que toda la sabiduría humana se vio obligada a callar, a bajar la cabeza, a reconocer no haber sido sino necedad. Estos hombres tan tímidos, tan cobardes, se hallan desde el mismo instante animados de un valor de héroes, de una intrepidez que borra todo cuanto hay de más grande y más magnánimo en la historia. Jamás se vio milagro en que omnipotencia de Dios pareciese más visible; ningún prodigio llevó mayor bien impreso y señalado el carácter de la virtud del Altísimo. Ved a Pedro, ese pescador de profesión que apenas sabía leer, comparecer en presencia de todos los doctores de Jerusalén, demostrarles que aquel Jesús, a quien quitaron la vida en una cruz cincuenta y tres días antes, era el Hijo de Dios, su soberano Dueño, el verdadero Mesías. Todos los otros apóstoles, tan tímidos, tan cobardes naturalmente como este, no temen ni amenazas ni tormentos: anuncian con un aliento y una intrepidez de héroes la divinidad de Jesucristo, predican su Religión, y en pocos días hacen que la fe triunfe en toda Judea, y poco tiempo después en todo el mundo. ¡Buen Dios, qué admirable sois en vuestras maravillas! Nosotros buscamos milagros: almas de poca fe, si pedís prodigios, ¿hubo jamás uno más visible, más admirable, más concluyente que este? ¿Y puede haber jamás milagro más estupendo y que dé más de golpe? No es este uno de esos milagros secretos y oscuros; es un milagro público, universal, hecho a favor de todos los discípulos de Jesucristo, a quienes el temor tenía encerrados, y que hasta este momento no estaban en estado de entender el menor misterio de la religión; que ignoraban la ley; y para quienes el lenguaje figurado y misterioso de los Profetas había sido hasta entonces un lenguaje desconocido. No sucede en secreto este prodigio; es en lo más claro del día, en la solemnidad de una fiesta que había juntado en Jerusalén muchos millares de personas de todas las naciones, y todas de diverso lenguaje, para que fuesen otros tantos testigos de lo que sucedió: el ruido milagroso de un viento impetuoso que se oye en toda la ciudad, pero que solo se experimenta en la casa en que están congregados los discípulos de Jesucristo, hace acudir a ella a todos, así extranjeros, así habitantes, para ser todos testigos del milagro. Se presentan en público los Apóstoles y discípulos, descubren el prodigio, revelan el misterio, explican el sentido, y publican las grandezas de Jesucristo en toda especie de lenguas. ¡Buen Dios, qué prueba más clara, más fuerte, más sensible, más incontestable de la verdad de nuestra Religión y de la Iglesia.

PUNTO SEGUNDO.– Considera que lo que se cumplió por primera vez en los Apóstoles, debe cumplirse en nosotros, si estamos dispuestos como ellos lo estaban para recibir este celestial don del Espíritu de Dios; pues Jesucristo por su muerte nos lo mereció a nosotros igualmente que a los Apóstoles. Tengamos un corazón puro y vacío del amor de las creaturas, y bien presto estará este divino Espíritu. Siendo el Espíritu Santo siempre el mismo, los que le reciben deben experimentar los principales efectos que produce en las almas donde habita. El Espíritu Santo es un Espíritu de verdad que nos ilumina, un Espíritu de santidad que nos purifica, un Espíritu de fortaleza que nos anima, y que nos hace superar todos los obstáculos y todas las dificultades. Como Espíritu de verdad nos desengaña de todos nuestros errores; como Espíritu de santidad nos desprende de nuestras aficiones criminales, y como Espíritu de fortaleza nos hace triunfar en nuestras flaquezas. El Espíritu Santo no se limita a enseñarnos unas verdades en particular, como suelen hacerlo lo hombres. Este Espíritu divino persuade y enseña a un mismo tiempo y sin excepción toda la verdad, y la enseña sin distinción a toda clase de personas; lo que no pertenece sino solo a Dios. Este divino Espíritu no solo es esencialmente santo, es también Espíritu santificador; es decir, origen y principio de santidad en todos aquellos a quienes comunica; y esto es lo que significa la expresión misteriosa de la que se sirvió el Salvador el día de su Ascensión, cuando dijo a sus discípulos que dentro de pocos días serían bautizados por el Espíritu Santo; pues purificar y santificar es el efecto propio del Bautismo. Finalmente, el Espíritu Santo es en nosotros el principio inmediato y substancial de todas las operaciones de la gracia: por Él somos reengendrados en el Bautismo; por Él somos reconciliados en la Penitencia; por Él se ha derramado y se derrama la caridad en nuestros corazones. De aquí nace aquella clara inteligencia y persuasión de las verdades de la fe en todos los que le reciben: de aquí aquella pureza, aquel fervor  de devoción, aquella caridad, aquel celo que inspira tanta generosidad en la práctica de la verdad, y que obtiene en premio la perseverancia. Veamos si advertimos en nosotros unos efectos de tanto consuelo, y por aquí podemos conocer si hemos recibido el Espíritu Santo. Nuestra fe, ¿es por ventura universal? Nuestra devoción, ¿es más fervorosa? ¿Sentimos un nuevo aliento en los caminos de Jesucristo? Si nuestra fe es todavía limitada y enfermiza, si nuestra devoción es siempre floja, si no tenemos más celo que antes, así por la salvación de otros como por la nuestra, nos sobran motivos para temer que no hemos recibido este celestial don.

Haced, Dios mío, por vuestra gracia y misericordia que no tenga yo esta triste prueba. Os ruego y pido que supláis la falta de mis disposiciones. Dadme vuestro Espíritu, y bien presto me renovaré, y aún me convertiré en otro hombre.

JACULATORIAS.-  Dadnos, Señor, vuestro Espíritu Santo, y todo se renovará. (Psalm. CIII).

No permitáis Señor, que vuestro Espíritu Santo se retire jamás de mí. (Psalm.L).

PROPÓSITOS

1 El Espíritu Santo es el Espíritu que anima a la Iglesia de Jesucristo y la gobierna; y este mismo Espíritu debe animar y dirigir a todos los fieles. Es el que debe alumbrarnos, vivificarnos, guiarnos, fortificarnos, abrasarnos con el divino fuego de que es la fuente. ¡Qué felices son los que reciben al Espíritu Santo! Ved lo que pasa el día de hoy con los Apóstoles. En nuestra mano está lograr la misma dicha. Jesucristo nos prometió este don precioso, que es el origen de todos los dones; y si no lo recibimos, echémonos la culpa a nosotros mismos. Haz que tu devoción, tu amor a Jesucristo, tu fervor, tu nuevo deseo de llegar a la perfección de tu estado, y toda tu conducta te sea una prueba de que has recibido el Espíritu Santo, y que tus sentimientos, tus deseos, tus palabras digan que estás lleno de Él.

2 Es un ejercicio de devoción muy saludable, y muy familiar a las personas virtuosas, renovar hoy después de la comunión los votos y promesas del Bautismo. Esta cristiana ceremonia se debe hacer con mucho fervor. Se debe empezar por dar gracias a Dios del favor que nos ha hecho en habernos reengendrado por este Sacramento, y habernos hecho nacer en la Iglesia, hijos adoptivos de Dios, sus herederos, sus queridos discípulos. Después se renueva todo lo que se prometió en el Bautismo: se dice el Credo, que encierra los principales artículos de nuestra fe: se le protesta a Dios que se cree firmemente todo lo que la Iglesia cree y en particular la presencia real de Jesucristo en la adorable Eucaristía: Se renuncia al espíritu del mundo, a sus pompas, a sus máximas: se le dice a Dios que no se quiere vivir sino según las máximas del Evangelio, el cual será en adelante la regla de tus costumbres y de toda tu conducta. Renueva los ofrecimientos que has hecho a la Santísima Virgen; conságratele de nuevo, haciendo una nueva profesión y protesta de ser su siervo, poniendo de nuevo bajo su protección, tomándola en adelante por tu madre, y no olvidando nada para merecer el contado en el número de sus hijos. Si estás en el estado religioso; renueva tus votos de religión: si eres de alguna hermandad, como del Rosario, del Escapulario, etc., renueva asimismo el voto y los empeños que contrajiste al entrar en ella. Renueva también tu devoción a tu Ángel custodio y sele fiel en adelante.

Visto en: http://forocatolico.wordpress.com

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