LA AGONÍA DEL HUERTO

Cuando Jesús, después de instituido el Santísimo Sacramento del Altar, salió del Cenáculo con los 11 apóstoles, su alma estaba turbada, y su tristeza se iba aumentando. Condujo a los 11 por un sendero apartado en el valle de Josafat.

Eran cerca de las nueve cuando Jesús llegó a Getsemaní con sus discípulos. La tierra estaba todavía obscura; pero la luna esparcía ya su luz en el cielo. Jesús estaba triste, y anunciaba la proximidad del peligro. Los discípulos estaban sobrecogidos, y Jesús dijo a ocho de los que le acompañaban que se quedasen en el jardín de Getsemaní mientras Él iba a orar. Llevó consigo a Pedro, Juan y Santiago, y entró en el jardín de los Olivos. Estaba sumamente triste, pues el tiempo de la prueba se acercaba. Juan le preguntó cómo él, que siempre los había consolado, podía estar tan abatido. “Mi alma está triste hasta la muerte”, respondió Jesús, y veía por todos lados la angustia y la tentación acercarse como nubes cargadas de figuras terribles. Entonces dijo a los tres apóstoles: “Quedáos ahí: velad y orad conmigo para no caer en tentación”.

Postrado en tierra, inclinado su rostro y anegado en un mar de tristeza, todos los pecados del mundo se le aparecieron bajo infinitas formas en toda su fealdad interior: tomólos todos sobre sí, y ofrecióse en su oración a la justicia de su Padre celestial para pagar esta terrible deuda. Pero Satanás, que se agitaba en medio de todos estos horrores con una sonrisa infernal, se enfurecía contra Jesús, y haciendo pasar ante sus ojos pinturas cada vez más horribles, gritaba a la humanidad de Jesús: “Cómo, tomarás tú éste también sobre ti, sufrirás su castigo. ¿Quieres satisfacer por todo esto?”

Yo vi la caverna llena de formas espantosas; vi todos los pecados; toda la malicia; todos los vicios; todos los tormentos; todas las ingratitudes que le oprimían; el espanto de la muerte, el terror que sentía como hombre al aspecto de los padecimientos expiatorios le asaltaban bajo la figura de espectros horrendos. Sus rodillas vacilaban: juntaba las manos, inundábalo el sudor, y se estremecía de horror. Por fin, se levantó: temblaban sus rodillas, y apenas podían sostenerlo; tenía la fisonomía descompuesta, y estaba desconocido; pálidos los labios, y erizados los cabellos sobre la cabeza. Eran cerca de las 10 cuando se levantó, y temblando, cayéndose a cada paso, bañado de un sudor frío, fue a donde estaban los tres apóstoles, subió a la izquierda de la gruta, al sitio en donde éstos se habían dormido, rendidos de fatiga, de tristeza y de inquietud. Jesús vino a ellos como un hombre cercado de angustias que el terror le hace recurrir a sus amigos; y semejante a un buen pastor, que avisado de un peligro próximo, viene a visitar su rebaño amenazado, pues no ignoraba que ellos también estaban en la angustia y en la tentación. Las terribles visiones lo rodeaban también en este corto camino. Hallándose dormidos, juntó las manos, cayó junto a ellos lleno de tristeza y de inquietud y dijo: “Simón ¿duermes?”. Despertáronse al punto; se levantaron, y díjoles en su abandono: “¿No podías venir ahora conmigo?”. Cuando lo vieron, descompuesto, pálido, temblando, empapado en sudor, cuando oyeron su voz alterada y casi extinguida, no supieron qué pensar; y si no se les hubiera aparecido rodeado de una luz radiante, lo hubiesen desconocido.

Cuando Jesús volvió a la gruta y con él todos los dolores, se prosternó con el rostro contra la tierra y los brazos extendidos; y en esta actitud rogó a su Padre celeste; pero hubo una nueva lucha en su alma, que duró tres cuartos de hora. Vinieron ángeles a mostrarle en una serie de visiones todos los dolores que había de padecer para expiar el pecado. Mostráronle cuál era la belleza del hombre antes de su caída, y cuánto lo había desfigurado y alcanzado ésta. Vio el origen de todos los pecados en el primer pecado; la significación y la esencia de la concupiscencia; sus terribles efectos sobre las fuerzas del alma humana; y también la esencia y la significación de todas las penas correspondientes a la concupiscencia. Le mostraron, en la satisfacción que debía de dar a la divina justicia, un padecimiento de cuerpo y alma comprendiendo todas las penas debidas a la concupiscencia de toda la humanidad; la deuda del género humano debía ser satisfecha por la naturaleza humana exenta de pecado del Hijo de Dios. Los ángeles le presentaban todo esto bajo diversas formas, y yo percibía lo que decían, a pesar de que no oía su voz. Ningún lenguaje puede expresar el dolor y el espanto que sobresaltaron el alma de Jesús a la vista de estas terribles expiaciones; el horror de esta visión fue tal que un sudor de sangre salió de todo su cuerpo.

Vi esto en el momento de la compasión de los ángeles, cuando desearon consolar a Jesús, y en efecto recibió en ese instante algún alivio. Entonces todo desapareció, y los ángeles abandonaron al Señor, cuya alma iba a sufrir nuevos ataques.

Cuando el Salvador en el monte de los Olivos quiso poner a prueba y dominar esta violenta repugnancia de la naturaleza humana contra el dolor a la muerte que hace parte de todo padecimiento, fue permitido al tentador hacer con Él lo que hace con un hombre que quiere sacrificarse por una causa santa. En la primera agonía, Satanás presentó al Señor la enormidad de la deuda que quería satisfacer, y llevó la audacia hasta buscar culpas en las obras mismas del Salvador. En la segunda agonía, Jesús vio con toda su extensión y su acerbidad el padecimiento expiatorio necesario para satisfacer a la justicia divina: esto le fue presentado por los Angeles, pues no pertenece a Satanás hacer ver que la expiación es posible; el padre de la mentira y de la desesperación no puede mostrar las obras de la misericordia divina.

A Jesús, habiendo resistido victoriosamente a todos estos combates por su abandono completo a la voluntad de su Padre celestial, le fue presentado un nuevo círculo de horribles visiones. La duda y la inquietud que preceden al sacrificio en el hombre que se sacrifica, asaltaron el alma del Señor que se hizo esta terrible pregunta: ¿cuál será el fruto de este sacrificio? Y el cuadro más terrible vino a oprimir su amante corazón.

Apareciéronse a los ojos de Jesús todos los padecimientos futuros de sus apóstoles, de sus discípulos y de sus amigos; vio a la Iglesia primitiva tan pequeña, y a medida que iba creciendo vio las herejías y los sistemas hacer irrupción, y renovar la primera caída del hombre por el orgullo y la desobediencia. Vio la frialdad, la corrupción y la malicia de un número infinito de cristianos; la mentira y la malicia de todos los doctores orgullosos, los sacrilegios de todos los sacerdotes viciosos; las funestas consecuencias de todos estos actos; la abominación y la desolación en el Reino de Dios, en el santuario de esta ingrata humanidad, que Él quería rescatar con su sangre al precio de padecimientos indecibles.

Vio los escándalos de todos los siglos hasta nuestro tiempo y hasta el fin del mundo; todas las formas del error, del fanatismo furioso y de la malicia; todos los apóstatas, los herejes, los reformadores con la apariencia de santos: los corruptores y los corrompidos lo ultrajaban y lo atormentaban como si a sus ojos no hubiera sido bien crucificado, no habiendo sufrido como ellos lo entendían o se lo imaginaban, y todos rasgaban el vestido sin costura de su Iglesia, muchos lo maltrataban, lo insultaban, lo renegaban: muchos al oír su nombre alzaban los hombros y meneaban la cabeza en señal de desprecio; evitaban la mano que les tendía y se volvían al abismo donde estaban sumergidos. Vio una infinidad de otros que no se atrevían a dejarlo abiertamente, pero que se alejaban con disgusto de las playas de su Iglesia, como el levita se alejó del pobre asesinado por los ladrones. Se alejaban de su esposa herida como hijos cobardes y sin fe abandonan a su madre cuando llega la noche, cuando vienen los ladrones a los cuales la negligencia o la malicia ha abierto la puerta. Vio todos esos hombres tan pronto separados de la verdadera viña y tendidos entre los racimos silvestres, tan pronto como un rebaño extraviado, abandonado a los lobos, conducido por mercenarios a los malos pastos, rehusando entrar en el rebaño del buen pastor que da su vida por sus ovejas. Erraban sin patria en el desierto en medio de arenas agitadas por el viento. No querían ver su ciudad edificada sobre la montaña para que no pueda esconderse, la casa de su esposa, su Iglesia erigida sobre la roca a cuyo lado había prometido estar hasta el fin de los siglos. Edificaban sobre la arena chozas, que hacían y deshacían sin cesar, pero en las cuales no había ni altar, ni sacrificio: tenían veletas sobre los tejados, y sus doctrinas cambiaban como el viento: por eso estaban en contradicción los unos con los otros. No podían entenderse y jamás tenían posición fija: con frecuencia destruían sus chozas y lanzaban los escombros contra la piedra angular de la Iglesia que estaba inmóvil. Viendo muchos de ellos en las tinieblas, no venían hacia la luz puesta en el candelero en la casa de la esposa, pero andaban con los ojos cerrados en los jardines de la Iglesia, viviendo más que de los perfumes que se exhalaban de ella; tendían los brazos hacia los ídolos nebulosos, y seguían a los astros errantes que los conducían a pozos sin agua. En el borde del precipicio no querían escuchar la voz de la esposa que los llamaba y, devorados por el hambre, se reían con una insultante piedad de los servidores y de los mensajeros que los convidaban al festín nupcial. No querían entrar en el jardín, pues temían las espinas del seto; satisfechos de ellos mismos, no tenían ni trigo para el hambre, ni vino para la sed; y ofuscados con su propia luz, apellidaban invisible la Iglesia del Verbo humanado. Jesús los vio a todos; lloró sobre ellos; quiso sufrir por todos los que no lo ven y que no quieren llevar su cruz con él, a la ciudad edificada sobre la piedra, a la cual se ha dado en el Santísimo Sacramento, y contra la cual las puertas del infierno no prevalecerán nunca.

En estas pinturas dolorosas que pasaban delante del alma de Jesús, yo vi a Satanás que le arrancaba con violencia, para ahogarlos, una multitud de hombres rescatados con su sangre y ungidos con su Sacramento. El Salvador vio con un amargo dolor toda la ingratitud, toda la corrupción de los cristianos de todos los tiempos. Todas estas apariciones, mientras las cuales la voz del tentador repetía sin cesar: “¿Quieres sufrir por estos ingratos?”, venían sobre Jesús con tanta impetuosidad, que una angustia indecible oprimía su humanidad. Jesucristo, el Hijo del hombre, luchaba y juntaba las manos, caía como abrumado sobre sus rodillas, y su voluntad humana libraba un combate tan terrible contra la repugnancia de sufrir tanto por una raza tan ingrata, que el sudor de sangre caía de su cuerpo a gotas sobre el suelo. En medio de su abandono, miraba alrededor como para hallar socorro, y parecía tomar el Cielo, la tierra y los astros del firmamento por testigos de sus padecimientos.

Jesús elevó la voz y dio gritos dolorosos. Los tres apóstoles se despertaron, escucharon y quisieron ir hacia Él; pero Pedro detuvo a los otros dos, y dijo: “Estar quietos, yo voy a Él”. Lo vi correr y entrar en la gruta, exclamando: “Maestro, ¿qué tenéis?” y se quedó temblando a la vista de Jesús ensangrentado y aterrorizado. Jesús no le respondió y no hizo caso de él. Pedro se volvió a los otros, y les dijo que el Señor no le había respondido, y que no hacía más que gemir y suspirar. Su tristeza se aumentó, cubriéronse la cabeza, y lloraron orando.

Entonces me fue revelado que estos enemigos del Salvador eran los que maltrataban a Jesucristo realmente presente en el Santísimo Sacramento. Reconocí entre ellos todas las especies de profanadores de la Sagrada Eucaristía. Yo vi con horror todos esos ultrajes, desde la irreverencia, la negligencia, la omisión hasta el desprecio, el abuso y el sacrilegio; desde la adhesión a los ídolos del mundo, a las tinieblas y a la falsa ciencia, hasta el error, la incredulidad, el fanatismo y la persecución.

Vi con espanto muchos sacerdotes, algunos mirándose como llenos de piedad y de fe maltratar también a Jesucristo en el Santísimo Sacramento. Yo vi a muchos que creían y enseñaban la presencia de Dios vivo en el Santísimo Sacramento, pero que no lo tomaban con bastante calor; pues olvidaban y descuidaban el palacio, el trono, lugar de Dios vivo, es decir, la Iglesia, el altar, el tabernáculo, el cáliz, la custodia, los ornamentos, en fin, todo lo que sirve al uso y a la decoración de la Iglesia de Dios. Todo estaba abandonado, todo se perdía en el polvo y la porquería, y el culto divino estaba si no profanado interiormente a lo menos deshonrado al exterior. Todo eso no era el fruto de una pobreza verdadera, sino de la indiferencia, de la pereza, de la preocupación de vanos intereses terrestres y algunas veces del egoísmo y de la muerte interior; pues vi negligencias iguales en Iglesias ricas o a lo menos acomodadas.

Vi a Jesús orando todavía en la gruta, luchando contra la repugnancia de su naturaleza humana, y abandonándose a la voluntad de su Padre. Aquí el abismo se abrió delante de Él, y los primeros grados del Limbo se le presentaron. Vi a Adán y a Eva, los patriarcas, los profetas, los justos, los parientes de su madre y Juan Bautista, esperando su llegada al mundo inferior, con un deseo tan violento que esta vista fortificó y animó su corazón lleno de amor. Su muerte debía abrir el Cielo a estos cautivos. Cuando Jesús hubo mirado con una emoción profunda estos Santos del antiguo mundo, los ángeles le presentaron todas las legiones de los bienaventurados futuros que juntando sus combates a los méritos de su pasión, debían unirse por medio de Él al Padre celestial. Era ésta una visión bella y consoladora. Vio la salvación y la santificación saliendo como un río inagotable del manantial de redención, abierto después de su muerte.

Era la comunión de los santos futuros que pasaban ante el espíritu del Salvador, el cual estaba entre los deseos de los patriarcas y el ejército triunfal de los bienaventurados futuros; estas dos multitudes, completándose la una a la otra, rodeaban el corazón amante del redentor como una corona. Este espectáculo tierno dio al alma de Jesús un poco de consolación y de fuerza. Amaba tanto a sus hermanos y a sus criaturas, que hubiera aceptado gustoso todos los padecimientos que iba a sufrir por la redención de una sola alma.

Pero estas visiones consoladoras desaparecieron, y los ángeles le presentaron su pasión que se acercaba. Vi todas las escenas presentarse delante de Él, desde el beso de Judas hasta las últimas palabras sobre la cruz; yo vi allí todo lo que veo en mis meditaciones de la pasión. La traición de Judas, la huida de los discípulos, los insultos delante de Anás y Caifas, la apostasía de Pedro, el tribunal de Pilatos, los insultos de Herodes, los azotes, la corona de espinas, la condenación a muerte, el camino de la cruz, el sudario de la Verónica, la crucifixión, los ultrajes de los fariseos, los dolores de María, de Magdalena y de Juan, la abertura del costado; en fin, todo le fue presentado con las más pequeñas circunstancias. Aceptó todo voluntariamente, y a todo se sometió por amor de los hombres. Vio y sintió también el dolor actual de su madre, que la unión interior con sus padecimientos había hecho caer sin conocimiento en los brazos de sus amigas.

Al fin de las visiones sobre la pasión, Jesús cayó sobre su cara como un moribundo: Los Ángeles desaparecieron; el sudor de sangre corrió con más abundancia y atravesó sus vestidos. La más profunda oscuridad reinaba en la caverna.

ANA CATALINA EMMERICH

NOTA:

Ana Catalina Emmerich, quien fue beatificada el 3 de octubre de 2004, nació en el pueblo de Flamske, cerca de la ciudad alemana de Münster, el 8 de septiembre de 1774. A la edad de 24 años, siendo persona de espíritu particularmente piadoso, comenzó a sufrir dolores corporales similares a los experimentados por Jesucristo en su pasión, marcándose en su cabeza, manos y pies heridas en forma de estigmas. En noviembre de 1802 tomó el hábito de religiosa en las Agustinas de Dulmen. Pronto no pudo andar ni levantarse de la cama, y sólo estaba en condiciones de alimentarse con agua. Los fenómenos que padecía fueron conocidos durante muchos años por muy pocas personas. Autoridades eclesiásticas de ese tiempo, así como varios destacados personajes que la visitaron vieron correr la sangre abundantemente de sus llagas, lo cual le producía dolores indecibles. Si bien este hecho, al comienzo muy frecuente, prácticamente cesó después de siete años, los dolores en cambio le acompañaron toda su vida. Ofreció todos sus padecimientos por la Iglesia y por algunos de sus miembros, cuyo desamparo veía en espíritu. Ana dio testimonio visible de numerosos episodios de la vida de Jesucristo, de José y de María, como si estuviese en ellos presente. Tomó siempre nota de estos relatos el escritor alemán Brentano. Relató así toda la Pasión de Jesucristo, y los fragmentos que reproducimos corresponden a lo que vio en la Cuaresma de 1823. Muere el 9 de febrero de 1824. Estos textos, muy divulgados a lo largo de un siglo, hoy son casi inencontrables.

Como ha sido ampliamente informado, el director de cine Mel Gibson se documentó en estas revelaciones de Ana Catalina Emmerich para la producción del film “La Pasión de Cristo”.

Visto en:

http://humanitas.cl

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