ESTADO Y DERECHO DE NECESIDAD

El estado de necesidad y el derecho consecutivo de necesidades uno de los argumentos adelantados por Nuestro Señor Jesucristo cuando quiere demostrar la inocencia de sus discípulos acusados por los fariseos de haber violado la ley del reposo sabático recogiendo espigas para calmar su hambre: Jesús evoca el episodio de David, quien, empujado por la necesidad del hambre, “entra en la casa de Dios y come los panes de la proposición de los cuales no le estaba permitido comer ni a él, ni a aquellos que estaban con él sino solamente a los sacerdotes” (85).

El estado de necesidades considerado por el Derecho Canónico como una de las causas que, con las condiciones fijadas, suprimen la imputabilidad (86) del “delito”, el cual se encuentra entonces reducido a una violación puramente material de la ley (87). El comunicado del 30 de junio de 1988, de la Sala de Prensa del Vaticano, hacia referencia en el caso de Monseñor Lefebvre a ese derecho de necesidad, aunque fuera para negarlo.
El estado de necesidad, como lo explican los juristas, es un estado en el cual los bienes necesarios para la vida natural o sobrenatural se encuentran amenazados de tal forma que uno se encuentra moralmente constreñido a infringir la ley, para salvaguardarlos (88).

Para que podamos invocar el estado de necesidad y nos encontremos favorecidos por el derecho correspondiente, es necesario:

1) que verdaderamente exista un estado de necesidad;
2) que se haya intentado remediarlo recurriendo a los medios ordinarios;
3) que el acto “extraordinario” cumplido no sea intrínsecamente malo y que no resulte un daño para el prójimo;
4) que, en la violación de la ley, se permanezca dentro de los límites de las exigencias realmente impuestas por el estado de necesidad;
5) qué no se ponga en cuestión de ninguna manera el poder de la autoridad competente y que, al contrario, se pueda presumir razonablemente que en circunstancias normales dicha autoridad habría dado su asentimiento.

Estas cinco condiciones se encuentran reunidas en el caso de las consagraciones episcopales hechas por Monseñor Lefebvre.

1) EXISTE REALMENTE EN LA IGLESIA UN ESTADO DE NECESIDAD
Existe un estado de necesidad para las almas que tienen el derecho de recibir del clero los bienes necesarios para la salvación, particularmente la doctrina y los sacramentos (89). Existe un derecho de necesidad para los seminaristas que tienen derecho a recibir una buena formación sacerdotal, particularmente en el dominio doctrinal.
Para las almas:
A aquel que quisiera negar la existencia de un estado de necesidad incumbiría probar que la fe y la transmisión de la fe en el pueblo cristiano no están seria y gravemente amenazados:
a) por los nuevos catecismos aprobados e impuestos por las Conferencias Episcopales;
b) por las homilías, por los mass media católicos y particularmente por la supuesta “prensa católica”(90) que ataca, pone en duda o niega las verdades de la fe y los principios de la moral católica, sin exceptuar ninguno;
c) por las iniciativas “ecuménicas” de masa, preconizadas a todos los niveles de la jerarquía, iniciativas que esparcen el indiferentismo religioso que “es una de las herejías más deletéreas” (91).
d) por la nueva liturgia, particularmente por el nuevo rito de la Misa que un anglicano convertido, Julien. Green, definió como una “imitación bastante grosera del servicio anglicano” (92) y que los calvinistas de Taizé estiman utilizable incluso para la “cena” protestante. Debería sobre todo demostrar que esta nueva orientación no es ni querida ni favorecida o permitida desde arriba, o al menos establecer que, si en el curso de los últimos veinte años hubieran sido impuestas todas las penas previstas por el Derecho Canónico para los “delitos contra la fe” (93), se hubiera llegado igualmente a los resultados por los cuales se declara hoy, indebidamente, que Monseñor Lefebvre incurrió en una pena por un “delito” cumplido en el ejercicio de su poder de orden (94).
Siendo imposible esta demostración para quien se empecina en negar un estado de necesidad, no queda más que contradecir al Espíritu Santo (95) afirmando que es posible agradar a Dios …¡incluso sin la fe!
A los que minimizan todo, los cuales objetan que no todo está en ruinas, recordamos que en materia de fe, quien pone en duda o niega una sola verdad revelada o afín a la Revelación, pone en duda o niega toda la Revelación (96).
Para los seminaristas:
Quien quisiera negar la existencia de un estado de necesidad para quienes están llamados al sacerdocio católico, debería establecer:
a) que casi todos los Seminarios no han sido cerrados y/o vendidos;
b) que los Seminarios que subsisten dan a los futuros sacerdotes una formación doctrinal (para no hablar de la formación moral y espiritual) auténticamente católica, indemne de liberalismo, modernismo, ecumenismo y herejías de toda especie;
c) que los dos intentos hechos por el Vaticano, en Roma, para ofrecer una alternativa válida a los seminaristas que dejaron a Monseñor Lefevbre, no han naufragado miserablemente como decía la prensa en estos días;
d) que en los Institutos y Universidades Católicas y en las mismas Universidades Pontificias Romanas, no se enseña una teología moral inmoral, ni una teología dogmática que niega hasta los dogmas fundamentales de la fe católica (Resurrección, divinidad de Nuestro Señor jesucristo, etc.).
Siendo imposible esta demostración, no le queda más que declarar que la formación de los futuros sacerdotes es cosa sin importancia para la Iglesia de Dios.

2) TODOS LOS MEDIOS ORDINARIOS FUERON AGOTADOS
Para remediar el estado de necesidad de los fieles, Monseñor Lefebvre fundó una Fraternidad Sacerdotal que asegura a las almas la sana doctrina y los sacramentos según el rito tradicional de la Iglesia Católica. Por otra parte, siguiendo el ejemplo de San Pablo, no ha cesado de recordar públicamente a los otros miembros de la jerarquía sus propias responsabilidades hacia la “verdad del Evangelio” y hacia las almas, exponiéndose así a la hostilidad de sus hermanos en el episcopado, particularmente a la de los obispos franceses y a la del mismo Pablo VI.
Para remediar el estado de necesidad de los que estaban llamados al sacerdocio y a causa de sus apremiantes solicitudes, Monseñor Lefebvre fundó el Seminario de Ecóne. Cuando este Seminario, reconocido y floreciente en medio del derrumbamiento general de las vocaciones sacerdotales y de los Seminarios, debió ser cerrado en virtud de medidas tan ilícitas como inválidas, su fundador, viendo que le era rechazada toda posibilidad de obtener justicia de parte de la Autoridad, procede a la ordenación de los primeros sacerdotes, hallándose así con la suspensión a divinis. Durante doce años le fue negada toda rehabilitación y no le fue hecha la más elemental justicia. Luego de la “cima” ecuménica sin precedentes de Asís, Monseñor Lefebvre anuncia que a causa de su edad avanzada se encuentra constreñido a consagrar Obispos auxiliares para asegurar el acceso al sacerdocio de unos 300 seminaristas que se preparaban en las diversas casas de la Fraternidad. Es entonces que Roma intenta seducirlo con la perspectiva de poder proceder a las consagraciones con un mandato pontificio en forma, y sin deber plegarse a cambio, a compromisos doctrinales.

Muy rápidamente, sin embargo, Monseñor constató que la promesa, verbal e imprecisa de tal mandato pontificio, no era más que un cebo tramposo. En la Nota difundida por la Sala de Prensa del Vaticano; el 16 de junio de 1988, se lee que en el Protocolo “destinado a servir de base” para la “reconciliación” Monseñor Lefebvre y su Fraternidad se comprometían “a una actitud de estudio y de comunicación con la Sede, Apostólica, evitando toda polémica con relación a los puntos enseñados por el Vaticano II o a las reformas posteriores que le parecían difícilmente conciliables con la Tradición” Era claramente un “pacto de silencio”.

Una experiencia amarga de más de 20 años ha demostrado ampliamente que argumentar “en una actitud de estudio y de comunicación” con el Vaticano es una cosa perfectamente inútil: el único resultado previsible del “acuerdo” era reducir al silencio a la única voz autorizada y molesta que se hizo oír a la hora de la autodemolición generalizada de la Iglesia. Luego, cuando se reclamó a Monseñor Lefevbre que pidiera perdón al Papa, por escrito, por errores jamás cometidos, las conversaciones abiertas con la promesa de “respetar el carisma propio” de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X aparecieron claramente fundadas sobre un equívoco, como lo dirá el mismo Cardenal Gagnon en L’Avvenire el 17 de junio de 1988: “De nuestro lado, siempre hablamos de reconciliación, Monseñor Lefebvre, al contrario, de reconocimiento. La diferencia no es pequeña. La reconciliación presupone que las dos partes hacen un esfuerzo, que se reconocen los errores pasados. Monseñor Lefebvre pretende que se declare que él tuvo razón siempre y esto es imposible’ (97).

No, Monseñor Lefebvre no quiere una declaración según la cual él tuviera razón: el texto del “protocolo” está allí para demostrarlo; él quiere simplemente que no se le pida reconocer “errores” que no ha cometido, porque eso equivaldría a hacer vana la por la Fe ida durante todos estos años, batalla que más hubiera valido no comenzar jamás si hubiera que concluirla con un reniego. A esta altura de las negociaciones se hizo evidente la imposibilidad de “colaborar” con una jerarquía cuya orientación persistente habría terminado, tarde o temprano, reclamando a Monseñor Lefebvre y a su Fraternidad, compromisos, abandonos o al menos, silencios cómplices.

Es entonces cuando Monseñor Lefebvre escribe a Su Santidad Juan Pablo 11: “El momento de una colaboración franca y eficaz no ha llegado todavía…Continuaremos rezando para que la Roma moderna, infestada de modernismo, vuelva a ser la Roma católica y reencuentre su Tradición bimilenaria. Entonces el problema de la reconciliación no tendrá más razón de ser”.

En la imposibilidad de obtener un mandato pontificio regular sin deber plegarse a compromisos, no quedaba más que proceder a las consagraciones usando del derecho a salir de la legalidad fundado por el derecho de necesidad seguir la norma disciplinaria que rige en ese dominio el poder de Orden de los Obispos, habría significado, en el actual estado de necesidad en el que se encuentran las almas y los futuros sacerdotes, sacrificar la salvación de las almas a una prescripción disciplinaria de derecho eclesiástico, lo que es propiamente alterar el orden: la disciplina está ordenada a la salvación de las almas y no al contrario. Es la enseñanza de Jesús frente al formalismo farisaico: el sábado se hizo por causa del hombre y no el hombre por causa del sábado (98).
La declaración difundida por la Sala de Prensa del Vaticano, según la cual la necesidad “ha sido creada” por Monseñor Lefebvre, es por lo tanto absolutamente infundada: el estado de necesidad en el cual se encuentran las almas y los candidatos al sacerdocio ciertamente no fue causado por él. La necesidad, visible después, de poner en obra el propio poder de Orden fuera de las normas ordinarias que lo rigen para el bien de la Iglesia, fue creada por quien creyó poder aprovecharse del estado de necesidad en el cual la edad ponía a Moneñor Lefebvre para hacerle ceder


3) EL ACTO REALIZADO NO ES INTRINSECAMENTE MALO Y NO RESULTA DE EL NINGÚN DAÑO PARA LAS ALMAS.
No es intrínsecamente malo. La consagración episcopal sin mandato pontificio regular no constituye en sí misma “un acto de naturaleza cismática” como se lee-increíble pero cierto- en el Decreto de la Congregación para los Obispos (99).
En sí mismo es un acto de desobediencia, formal o material, a uña norma disciplinaria de derecho eclesiástico. Ahora bien, es evidente que un acto de desobediencia no constituye un cisma, no sólo conforme al sentido común que afirma que una golondrina no hace verano, sino conforme también a la distinción dada por la teología católica (100). Y, de hecho, para una consagración episcopal sin mandato pontificio, el Código de Derecho Canónico hasta Pío XII, no tenía prescripto más que una suspensión a divinis y no la excomunión (introducida por los motivos ya expuestos). Y hoy mismo, en el Código de 1983, tal consagración no figura en la serie de los “delitos contra la unidad de la Iglesia” (101) sino en el capítulo de “La usurpación de cargos eclesiásticos y los delitos en el ejercicio de esos cargos” (102).

Cayetano precisa que cuando el rechazo de obedecer concierne a la materia de la cosa mandada o a la persona misma del Superior sin que sea puesta en duda la autoridad o incluso la persona del superior, no hay cisma (103).

Ahora bien, Monseñor Lefebvre no sólo no pone en discusión, para nada, a la autoridad del Papa como se lo expondrá más ampliamente en el Nº 5, sino que tampoco pone en duda el derecho que tiene el Papa a disciplinar el poder de orden de los Obispos en lo que concierne a la consagración de otros Obispos, como tampoco discute la disciplina que actualmente está en vigor en la Iglesia. El impugna simplemente que la norma en vigor pueda ser empleada o deba ser respetada en perjuicio de la Iglesia y de las almas, es decir en contra de la razón de ser del Episcopado y del Primado Pontifical mismo.
Así está probado que el acto de Monseñor Lefebvre no es intrínsecamente malo porque no es “de naturaleza cismática” ni está inspirado por una intención cismática, y porque la “desobediencia” es puramente material y está impuesta por el estado de necesidad que pesa sobre él y sobre otras personas. Está, por lo tanto, justificado por el derecho de necesidad correspondiente.
Finalmente, es inútil demostrar que una consagración episcopal no causa ningún daño a otro. A quien quisiera objetar que el acto de desobediencia, incluso puramente material, constituye un escándalo para los católicos insuficientemente advertidos, responderemos con San Gregorio Magno: “Melius permittitur nasci scandalum quam Veritas relinquatur”: Más vale dar nacimiento aun escándalo que traicionar a la Verdad.

4) EN LOS LÍMITES
DE LAS EXIGENCIAS EFECTIVAS
En la violación material de la norma disciplinaria, Monseñor Lefebvre se mantuvo dentro de los límites trazados por las exigencias efectivamente impuestas por el estado de necesidad y por lo tanto actuó en el cuadro del derecho de necesidad.

Ya el 27 de abril de 1987 el fundador de Econe escribía a sus sacerdotes: “Los fieles todavía católicos están en muchos lugares en una situación espiritual desesperada. Es este el llamado que escucha la iglesia, es para estas situaciones que ella da jurisdicción (ley de suplencia) … y por ¿so debemos ir a donde nos llaman y no dar la impresión de que tenemos una jurisdicción universal ni una jurisdicción sobre un país o sobre una región. Sería fundar nuestro apostolado sobre una base falsa e ilusoria.” Y agrega: “Si un día fuera necesario consagrar Obispos, éstos tendrían sólo la función episcopal de ejercer su poder de orden y no tendrían ningún poder de jurisdicción por no tener misión canónica”. A los consagrados repitió: “El fin principal de esta transmisión es conferir la gracia del orden sacerdotal para la continuación del verdadero Sacrificio de la Misa, y para conferir la gracia del sacramento de la confirmación a los niños y a los fieles que os la pidan”.
Monseñor Lefebvre no se ha arrogado el derecho de conferir a los nuevos Obispos un poder de jurisdicción que viene directamente o indirectamente del Papa. No ha organizado ni ha pretendido organizar una jerarquía paralela (los Obispos consagrados por él permanecen especialmente sometidos al Superior General de la Fraternidad) y aún menos a una iglesia Paralela. El se ha limitado a transmitir el poder de Orden que el Obispo recibe directamente de Dios en el momento de la Consagración, a fin de que los nuevos Obispos puedan subvenir al estado de necesidad de las almas y de los candidatos al Sacerdocio. Y porque en una situación normal el poder de orden se ejerce en conformidad con las normas fijadas, Monseñor Lefebvre agregó:“Os conferiré esta gracia (del episcopado católico) confiando en que pronto la Sede de Pedro será ocupada por un sucesor de Pedro perfectamente católico en las manos del cual podréis poner la gracia de vuestro episcopado para que él la confirme.”

5) LA AUTORIDAD DEL PAPA NO ES CUESTIONADA
En vista de lo que precede, también debería estar claro que Monseñor Lefebvre jamás puso ni quiere poner en discusión la autoridad del Papa, ni globalmente ni en alguna de sus prerrogativas. Distingue, como es lícito hacerlo, entre la función de Papa y la persona del Papa; ésta puede, en todo o en parte,“renueve subesse officio Papae” (Cayetano), negarse a cumplir los deberes de su propio cargo, queriendo favoreciendo o permitiendo una orientación ruinosa para la Iglesia (que sea por mala voluntad o por negligencia, por ceguera o por equivocación personal más o menos culpable, poco importa, a Dios corresponde juzgar). Es por ello que Monseñor Lefebvre en el momento en que va á proceder a las consagraciones episcopales, en ausencia de un mandato pontifical regular, escribía a los futuros obispos: “Os conjuro a que permanezcáis unidos a la Sede de Pedro, a la Iglesia Romana, Madre y Maestra de todas las Iglesias, en la Fe católica íntegra, expresada en los Símbolos de la Fe, en el Catecismo del Concilio de Trento, conforme a lo que os ha sido enseñado en vuestro Seminario”.
La Consagración Episcopal sin mandato pontifical regular no implica la negación del Primado, como ha sido dicho con increíble ligereza. No sólo porque esta consagración está motivada y efectivamente justificada por un estado real de necesidad, sino también porque se puede y se debe presumir razonablemente que el Papa habría aprobado en circunstancias normales (es decir, fuera del curso extraordinario de las cosas en el cual se encuentra objetivamente hoy la Iglesia) un acto razonable hecho por el bien de las almas y vuelto necesario por la situación. No se puede pensar que el Vicario de Cristo pueda querer o quiera la condenación a muerte de los únicos Seminarios Católicos en los cuales florecen vocaciones que no encontrarían otro marco en el cual recibir una recta formación sacerdotal. No se puede pensar que pueda querer o quiera la condenación a muerte de la única Obra católica que socorre a tantas almas sumergidas en una angustia y en una penuria espirituales extremas. Así como lo vuelve a decir Monseñor Lefebvre en esta ocasión una vez más “el Papa (en su función de Papa) no puede desear más que la continuación del sacerdocio católico” es decir de la Iglesia Católica cuya edificación es precisamente toda su razón de ser Papa.

 

Visto en: http://www.statveritas.com.ar

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