EL CARDENAL RATZINGER DEMUESTRA EL “ESTADO DE NECESIDAD” EN LA IGLESIA

Un nuevo “Informe sobre la fe”

 

 

 

El semanario italiano II Sabato del 30 de julio de 1988 publicó en exclusiva el texto integral del discurso pronunciado el 13 de julio por el Cardenal Ratzinger ante la Conferencia Episcopal Chilena a propósito de los últimos acontecimientos del “caso Lefebvre”.

De ese discurso transcribimos aquí los temas principales sobre el estado de la Iglesia postconciliar.

• Doctrina:

“Muchos comentarios dan la impresión que todo ha cambiado después del Vaticano II y que lo que lo ha precedido no tiene ningún valor o, en el mejor de los casos, no lo puede tener más que
a la luz del Vaticano II (…) muchos lo interpretan como si fuera el superdogma que quita importancia a todo el resto.
“Esta impresión se encuentra particularmente reforzada por hechos corrientes. Lo que antes estaba considerado como lo que hay de más sagrado -la forma transmitida por la liturgia- aparece degolpe como lo que hay de más prohibido y como la única cosa que debe ser ciertamente descartada. No se tolera ninguna crítica a los cambios después del Concilio; sin embargo, cuando están en juego las viejas reglas o las grandes verdades de la fe -por ejemplo la virginidad corporal de María, la resurrección corporal de Jesús, la inmortalidad del alma, etc.- no se reacciona o bien se lo hace con una moderación extrema. Yo mismo he podido comprobar, cuando era profesor, que un obispo, que antes del Concilio había despedido a un profesor irreprochable a causa de su hablar un poco rústico, después del Concilio fue incapaz de alejar a un docente que negaba abiertamente las verdades fundamentales de la fe.

“Todo esto lleva a mucha gente a preguntarse si la Iglesia de hoy es realmente la de ayer o si se la han cambiado por otra sin avisarles (…) se ha olvidado a menudo y a veces suprimido con determinación, la cuestión de la verdad: estamos aquí quizás, frente al problema crucial de la teología y de la pastoral de hoy. “La verdad apareció como una pretensión muy elevada, un “triunfalismo” que no podía permitirse más. Este processus se manifiesta claramente en la crisis en que cayeron el ideal y la práctica misioneros (…)
“En efecto, se sacó y se saca la conclusión que en el futuro hay que tender únicamentea que los cristianos sean buenos cristianos, los musulmanes buenos musulmanes, los hindúes buenos hindúes, etc. Pero ¿cómo se puede saber cuándo alguien es “buen” cristiano o “buen” musulmán?
“La idea de que todas las religiones no serían -propiamente hablando- más que símbolos de lo que finalmente es lo Incomprensible, gana rápidamente terreno en la teología y ha penetrado ya profundamente en la práctica litúrgica”.

• Liturgia:

“Después del Concilio, muchos han elevado conscientemente “la desacralización” al nivel de un programa, explicando que el Nuevo Testamento había abolido el culto del Templo: el velo del Templo, que se desgarró en el momento de la muerte de Cristo en la cruz, significaría -según algunos- el fin de lo sagrado (…) Empujados por estos razonamientos, se han abandonado los ornamentos sagrados; se ha despojado a las Iglesias, todo lo que se ha podido, del esplendor que recuerda lo sagrado; y se ha reducido la liturgia al lenguaje ya los gestos de la vida ordinaria, por medio de saludos, signos comunes de amistad y cosas parecidas”.

El examen de conciencia

Sin embargo el Cardenal Ratzinger no tiene ninguna duda: en el “caso Lefebvre”, “con total certeza”, la culpa no puede ser imputada a la Santa Sede. No obstante, ahora que su Excelencia Monseñor Lefebvre es, según él, un “hermano separado”, el Cardenal Ratzinger se siente en la obligación de aplicar en su lugar, los criterios de esta “teología del ecumenismo”, que constituye el descubrimiento fundamental del Vaticano II.

Escuchémoslo:
“Sin ninguna duda, el problema planteado por Lefebvre no ha finalizado con la ruptura del 30 de junio… Sería demasiado cómodo dejarse ganar por una suerte de triunfalismo y pensar que este problema dejó de existir a partir del momento en que el movimiento de Lefebvre se separó netamente de la Iglesia. Un cristiano no puede ni debe regocijarse jamás de una desunión. A pesar que con total certeza, la culpa no puede ser atribuída a la Santa Sede, es nuestro deber preguntarnos sobre los errores que hemos cometido y los que estamos cometiendo. Los criterios con los cuales se evalúa el pasado sobre la base del decreto sobre el ecumenismo del Vaticano 11, como es lógico, deben valer para el presente”.
Más adelante el Cardenal Ratzinger dirá: “…ante todo, debemos considerar esta situación como una ocasión de hacer un examen de conciencia”.
¿Es sincero el Cardenal? Suponiendo que lo sea, nos proponemos ayudarlo en ese “examen de conciencia”.

Movimientos sospechosos de herejía

“Estos últimos meses -dice el Cardenal Ratzinger- hemos invertido un gran esfuerzo en el problema Lefebvre, esforzándonos sinceramente en crear para su movimiento un espacio vital adecuado en el seno de la Iglesia. Por esta razón la Santa Sede ha sido criticada por varios lados. Se ha dicho que habría cedido al chantaje del cisma; que no habría defendido al Concilio Vaticano II con la fuerza que se imponía; que mientras trataba con gran dureza a los movimientos progresistas, se mostraba exageradamente comprensiva con la rebelión restauradora. El desarrollo de los acontecimientos ha desmentido suficientemente estas aserciones. El mito de la dureza del Vaticano antelas desviaciones progresistas se reveló como una vana elucubración. Hasta hoy no se han hecho esencialmente más que admoniciones y en ningún caso se han aplicado penas canónicas propiamente dichas”.
Podemos preguntarnos si el Cardenal Ratzinger sabe cuáles son las verdades de la fe (sin hablar de la moral) que han sido arrancadas de la conciencia de los católicos por lo que él llama (por eufemismo)“los movimientos progresistas”, o a lo más cuáles son las “desviaciones progresistas”. El lo sabe porque ha hablado abundantemente de ellos en su libro Informe sobre la fe; y también, muy brevemente, hace alusión a ello en el discurso ante la Conferencia Episcopal Chilena, cuando dice: “No se tolera ninguna crítica a los cambios operados después del Concilio. sin embargo cuando están en juego las viejas reglas o las verdades fundamentales de la fe -por ejemplo la virginidad corporal de María, la resurrección corporal de Jesús, la inmortalidad del alma, etc, no se reacciona, o bien se lo hace con una moderación extrema”.
El Cardenal Ratzinger sabe entonces perfectamente que estos “movimientos progresistas” son, propiamente hablando, movimientos sospechosos de herejía. Hasta llega a deplorar que contra estas herejías y cuasi herejías, “no se reacciona o bien se lo hace con una moderación extrema”.

Un “signo de los tiempos”

Una cuestión se plantea: ¿aquél que se expresa así no es 78 el mismo que algunas líneas más arriba había subrayado los méritos de la Santa Sede al no reaccionar o por hacerlo con una “moderación extrema”? Sí, es la misma persona la que por un lado deplora cuando “están en juego… las grandes verdades de la fe… no se reacciona o bien se lo hace con una moderación extrema” y por otro lado afirma que “el mito de la dureza del Vaticano ante las desviaciones progresistas reveló ser una vana elucubración. Hasta hoy, no se han hecho esencialmente más que admoniciones y en ningún caso se han aplicado penas canónicas propiamente dichas”.
No hay que asombrarse ante estas contradicciones: se trata simplemente de un signo de los tiempos. En efecto, es propio de la “perversión modernista de la inteligencia”, el “no encontrar ya monstruoso el hábito de afirmar en un mismo discurso proposiciones incompatibles” (1) pues “el debilitamiento del sentido lógico es propio del espíritu de nuestro siglo; y quita a la misma Iglesia (más exactamente a los hombres de Iglesia) el temor a contradecirse” (2).

Otra cuestión lógica e inevitable

Pero es peor aún.
Aquél que deplora que “cuando están en juego… las grandes verdades de la fe… no se reacciona o se lo hace con una moderación extrema” no es un observador ajeno a la Iglesia o un simple sacerdote sin ninguna autoridad. Todo lo contrario. Se trata del Prefecto de la Congregación Romana para la Fe, ex Santo Oficio, quien después del Papa, o más bien con el Papa, es el responsable más importante de la salvaguarda de la Fe en la Iglesia.
Una cuestión lógica surge entonces en el espíritu: ¿por qué se expresa él como si no tuviera ninguna responsabilidad en la materia?, “no se reacciona -dice- o bien se lo hace con una moderación extrema”. ¿Quién es entonces ese sujeto impersonal que tendría el deber de reaccionar contra los herejes y las herejías y no lo hace, o si lo hace, es con una deplorable moderación? Evidentemente, no se trata de él mismo, Prefecto de la Congregación para la Fe; no se trata de los obispos, ya que el Cardenal Ratzinger trae el ejemplo del obispo rígido “antes del Concilio” (es el Cardenal Ratzinger esta vez, quien remarca la línea divisoria de las aguas) y reducido a la impotencia “después del Concilio”. Por otra parte, es impensable que el Cardenal Ratzinger quiera criticar así públicamente al Papa. No queda más entonces que los innumerables organismos colegiados que han brotado como hongos venenosos en la Iglesia del Vaticano II, en nombre de “la colegialidad” episcopal y de la “descentralización”.

El “profesor” y el “cardenal”

Cuando el Cardenal Ratzinger publicó su Informe sobre la Fe, se le preguntó:
“¿Quién se expresa en su libro: el Prefecto del ex Santo Oficio o el «profesor» Ratzinger?” (…)
Respuesta: “No me asombra que algunos hayan podido experimentar dudas en este tema. Esta conversación refleja únicamente mi posición personal. No compromete más que mi responsabilidad personal, no pone en juicio más que mi competencia personal. Sería totalmente distinto un documento de nuestra Congregación, que nace de la responsabilidad colegiada, de un trabajo colectivo, según consulta a Iglesias locales (3)“.
Pues bien hay una “responsabilidad personal” pero que sólo compromete al “profesor Ratzinger”. Cuando se convierte en “Cardenal Ratzinger”, Prefecto de la Congregación de la Doctrina de la Fe, pierde esta responsabilidad personal: es cuestión entonces de “responsabilidad colegiada”, lo que constituye una verdadera contradicción in terminis.
En Informe sobre la Fe (4), a la pregunta: “¿hay todavía verdaderamente «herejes», hay todavía «herejías»?, el “profesor Ratzinger” responde:
“Por empezar, los remito a Id que responde el nuevo Código de Derecho Canónico, promulgado en 1983, después de veinticuatro años de trabajos que lo han recompuesto completamente y perfectamente recolocado en la línea del renuevo conciliar. En el canon, es decir en el artículo 751, dice. «se llama herejía a la negación obstinada, después de la recepción del bautismo, de una verdad que debe ser creída con fe divina y católica, o la duda obstinada de esta verdad».
“En lo que concierne a las sanciones, el canon 1364 establece que el hereje -a igual modo que el apóstata y el cismático- incurre en excomunión lata sententiae. Esto vale para todos los fieles, pero las sanciones son más severas contra el hereje cuando es sacerdote. Usted ve, pues, que también para la Iglesia postconciliar (por lo que valga esta expresión, yo no la acepto, y explicaré por qué) existen herejes y herejías nominados por el nuevo Código como «delitos contra la religión y la unidad de la lglesia» y se ha previsto la manera de defender de ellos a la comunidad” (pág. 24).
Por lo tanto a título personal, en su calidad de “profesor”, el Cardenal Ratzinger dice que la Iglesia, sociedad perfecta de institución divina, tiene entre otros poderes, el poder de coerción, que no se reduce a las “admoniciones”, sino que consiste justamente en aplicar a los negadores contumaces de las verdades de la Fe, “penas canónicas propiamente dichas “, igualmente previstas en el nuevo Código. Y también a título personal en su calidad de “profesor”, el Cardenal Ratzinger sabe que la autoridad no puede renunciar al ejercicio del poder coercitivo porque la Iglesia “debe velar sobre las cosas de las que no es más que la depositaria” (pág. 23) y que “la fe es «un bien común», una riqueza de todos, comenzando por los pobres, los más desvalidos ante las desviaciones” (pág. 25).
El “teólogo Ratzinger” también podría explicar perfectamente que la herejía es de lejos mucho más grave que el cisma, pues -como explica Santo Tomás (5)– “el pecado contra Dios es más grave que el pecado contra el prójimo” y la herejía es un “pecado contra Dios mismo, en tanto El es la verdad primera sobre la cual está fundada la Fe, mientras que el cisma se opone a la unidad de la Iglesia, que es un bien por participación inferior a Dios mismo”.
El “profesor” Ratzinger podría explicarnos todo esto y alguna cosa más. Pero cuando se vuelve Cardenal Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, actúa como si ignorase la enseñanza del “profesor”. Y por ejemplo, como si el canon 1364 no previera que “el hereje al igual que el apóstata o el cismático incurre en excomunión latae sententiae” y que las sanciones son agravadas contra el hereje que es sacerdote; como si el Divino Fundador de la Iglesia la hubiera dejado sin defensa, impotente frente a la agresión de los herejes. Todo esto, porque el Cardenal Ratzinger en calidad de Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, no tiene “responsabilidad personal”: le ha sido quitada para transformarla en una “responsabilidad colegiada” anónima e impersonal. Lo que permite al Cardenal Ratzinger deplorar públicamente que frente a las herejías y contra los herejes “no se reacciona o bien se lo hace con una moderación extrema”.


Abuso del poder anónimo eclesial

Adivinamos así cual es ese “se” impersonal del que habla el Cardenal Ratzinger. Este sujeto sin rostro y sin nombre que debiera reaccionar y no reacciona, o lo hace con una “moderación extrema”, aún cuando los eclesiásticos en los Seminarios o Universidades católicas enseñan a los sacerdotes y a los futuros sacerdotes que la Santísima Virgen no es virgen, que Nuestro Señor Jesucristo no resucitó y entonces no es Dios, que nuestra alma no es inmortal… Con todas las consecuencias previsibles para el futuro de la Iglesia y la salvación eterna de las almas. Es esta misma responsabilidad impersonal y anónima la que hace que “un obispo que antes del Concilio había despedido a un profesor irreprochablea causa de su hablar un poco rústico, ha sido después del Concilio, incapaz de alejara un docente que negaba abiertamente las verdades de la fe”.

Este sujeto impersonal es realmente tal, no una persona; está constituído por diferentes organismos colegiados: es la colegialidad, otro desgraciado descubrimiento del Vaticano II. Colegialidad que ha constreñido a los obispos, de buen o mal grado, a abdicar el poder propio y ordinario que tienen de derecho divino (6) para dejárselo a la anónima “responsabilidad colegiada” de las distintas conferencias episcopales.

El principio de colegialidad también ha quitado a los obispos toda posibilidad de apelación a Roma, porque la Sede Romana, cuya principal función por mandato divino es defender la Fe (II Concilio de Lyon), también sacrifica cotidianamente este deber por respeto a “la colegialidad”. Al punto mismo que el Prefecto de la Congregación Romana calificada anteriormente ya justo título de “suprema”, porque tiene especialmente la guarda de la fe y la disciplina de la Iglesia, parece, como nosotros mismos, no tener otras armas contra el error que la simple… polémica.

Conclusión: hoy la estructura de la Iglesia está profundamente alterada: el poder efectivo y real no está, como debiera estarlo, en las manos del Papa y de los obispos, está acaparado por un poder eclesial anónimo y tiránico, que ha podido imponer una subversión total en materia doctrinal, litúrgica y disciplinaria, sin que se sepa exactamente a quién acusar y ante quién acusar.

Este “poder anónimo” también ha tenido un rol decisivo en la “excomunión” de Monseñor Lefebvre. Esta sanción era esperada desde hacía mucho por la “colegialidad” episcopal francesa, que condicionó todas las discusiones con Roma, como lo podemos comprender de la lectura del discurso del Cardenal Ratzinger y como la prensa “católica” francesa lo mostró en esos días.

Lo que el Cardenal Ratzinger no deplora

El Cardenal Ratzinger deplora pues, que cuando las verdades de la fe son cuestionadas “no se reacciona o bien se lo hace con una moderación extrema”. En el Informe sobre la Fe, sin embargo, a la pregunta de saber “si le había costado pasar de la condición de teólogo (aunque sujeto a la atención vigilante de Roma) a la de control del trabajo de los teólogos”, el Cardenal Ratzinger responde: “Nunca hubiera aceptado este servicio de la Iglesia, si mi deber hubiera consistido ante todo en controlar. Con la reforma nuestra Congregación ha conservado, por supuesto, los deberes de decisión que pueden entrañar intervenciones de orden disciplinario, pero el Motu Proprio de Pablo VI le da como objetivo prioritario un rol constructivo, el de «promover la santa doctrina para dar nuevas energías a los mensajeros del Evangelio” (pág. 20).

Entonces, el Cardenal Ratzinger está totalmente con el espíritu del Motu Proprio Integrae Servandae de diciembre de 1965, por el cual Pablo VI redujo a la impotencia al Santo Oficio. Al igual que Pablo VI él tiene, en efecto, una predilección por el “método de exhortaciones y admoniciones, que reclama pero no condena, advierte pero no obliga, dirige pero no manda” (7). Como Pablo VI que denuncia los males de la Iglesia, pero en ese mismo acto revela una mentalidad que reduce la autoridad a una “función puramente didáctica” (8), el Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe denuncia los muy graves atentados sufridos en materia doctrinal, pero no lo hace como juez; denuncia con franqueza, pero hechos, no personas, muy feliz de no tener que condenar.

Sin embargo la Iglesia, despojada de su poder coercitivo, se encuentra en el estado de una ciudad desarmada invadida por malhechores. Es por eso que, conforme a la voluntad de su Divino Fundador, “entre las partes integrantes del cargo supremo siempre se han contado los actos de gobierno, que consisten en mandar y obligar y sin los cuales, aún la enseñanza de las verdades de la fe quedarían en puro enunciado teórico y escolar. Para mantener la verdad es necesario:
1°) reprender el error desde lo alto de la cátedra de enseñanza, lo que se hace refutando los argumentos del error y demostrando que no concluyen;
2°) apartar al errado del puesto que ocupa, lo que se hace mediante un acto de autoridad en la Iglesia.
Si este acto de autoridad pontificia falta (…) se comprueba un «retraimiento de la mano del Señor, brevatio manus Domini» (9)“,

Es innegable que el Cardenal Ratzinger no puede o no quiere superar los aspectos más notorios de la crisis actual. Y el aspecto más grave de lo que él mismo denuncia, no se encuentra en la existencia de herejes y herejías en el seno de la Iglesia: eso ha existido siempre. El aspecto más grave y absolutamente nuevo, es que esos herejes y esas herejías puedan multiplicarse sin ninguna dificultad. Y eso porque el poder coercitivo de la Iglesia ha sido paralizado por un Pontífice, Pablo VI, que habría hecho suya la mentalidad de esos liberales que-escribía León XIII en su encíclica Libertas “reconocen a la Iglesia…, pero no le reconocen el origen y los derechos de una sociedad perfecta, que tiene el poder real de hacer leyes, de juzgar, de castigar, sino solamente la facultad de exhortar, de persuadir, de gobernar a los que espontánea y voluntariamente se someten a ella”, y que “con tales ideas desnaturalizan el concepto esencial de esta sociedad divina, a la que le reducen y debilitan la autoridad, el magisterio, la influencia”. Pablo VI tenía una mentalidad liberal que desgraciadamente se perpetúa en sus sucesores.

Conclusión lógica

Estando así las cosas en la Iglesia, todos los “Informes sobre la Fe” del Cardenal Ratzinger, dejando aparte la satisfacción que puede procurar a algunos, no hacen más que mostrar, si fuera todavía necesario, el lastimoso estado de la Iglesia y quitan toda esperanza, al menos en lo inmediato, de un renacimiento. De la lectura de su discurso es evidente que no solamente la liturgia y la doctrina católica han sido y siguen siendo todavía desfiguradas muy gravemente “después del Concilio”, sino más aún -y esto es mucho más grave- que en la Iglesia “después del Concilio” nadie más es responsable, ni como acusado, ni como juez, estando toda responsabilidad personal diluída en la “responsabilidad colegiada”.
Esto es evidentemente anormal en la Iglesia; es un estado extraordinario que autoriza medidas extraordinarias: “Si un órgano no ejerce sus funciones esenciales e indispensables, los otros órganos tienen el derecho y el deber de utilizar el poder que tienen en la Iglesia, para que la vida de la Iglesia esté garantizada y que su fin sea alcanzado. Si las autoridades eclesiásticas se niegan a ello, la responsabilidad de los otros miembros de la Iglesia aumenta, pero también sus derechos (10)“.
El mismo Cardenal Ratzinger testimonia en su discurso que Roma no asegura más su función indispensable y los obispos tampoco, o bien se encuentran en la imposibilidad de utilizar el poder que tienen de derecho divino en la Iglesia para la salvación de las almas. Por lo tanto, el mismo Cardenal Ratzinger prueba así este estado de necesidad y el derecho que de él deriva, derecho al que se refirió Su Excelencia Monseñor Lefebvre el 30 de junio de 1988. Es pues el Cardenal quien viene a confirmar la inexistencia del famoso “cisma” y la invalidez de la excomunión (11).
¿Es sincero el Cardenal Ratzinger? Si lo es, debiera sacar de su discurso la conclusión lógica que se impone: todos los males de la Iglesia y por consiguiente el estado de necesidad cesarán cuando Roma vuelva a ser Roma guardiana de la Fe, y de la disciplina de la Iglesia.
Entonces los obispos volverán a ser obispos pues “el relajamiento” de la autoridad del Papa acarrea el relajamiento de todas las otras autoridades de la Iglesia (12).
Entretanto, obrando y rezando a fin de que suene la hora de la misericordia divina, es justo devolver al Cardenal Ratzinger su afirmación: en el “caso” Lefebvre, para el pasado y para el presente, sin ninguna duda, la responsabilidad debe ser atribuida a la Santa Sede, cuya autoridad de derecho divino “cede y se desmorona bajo los empujes centrífugos de la nueva eclesiología democratizante” (13).

Promemoria para el Cardenal Ratzinger

En lo que concierne al contenido de este “discurso sobre la fe”, pronunciado por ‘el Cardenal Ratzinger ante la Conferencia Episcopal Chilena, brevemente hacemos observar esto:

1) La cuestión litúrgica no se reduce al tema de “lo sagrado”

Aún si es celebrado sin ningún abuso y hasta acompañado de canto gregoriano, el nuevo rito de la Misa se aleja de manera impresionante de la teología católica, aproximándose al mismo tiempo y de manera no menos impresionante a la teología herética protestante que niega el sacerdocio ministerial, la Presencia Real y el carácter Sacrificial de la Misa, reduciéndola a una simple conmemoración. Los cardenales Ottaviani y Bacci, enseguida y firmemente denunciaron esto: el Novus Ordo “se aleja de manera impresionante, en el conjunto como era el detalle, de la teología católica de la Santa Misa”(Breve examen crítico del Novus Ordo Missae).

Los mismos protestantes de la Confesión de Augsbourg y de Lorena, lo reconocieron:
“Hoy debiera ser posible a un protestante reconocer en la celebración eucarística católica la cena instítuída por el Señor (…) Nos interesa el uso de las nuevas plegarias eucarísticas en las cuales nos reencontramos y que tienen la ventaja de esfumar la teología del sacrificio (14)…”

Max Thurian, pastor calvinista de Taizé declara lo misrno: que “uno de los puntos (del Novus Ordo) será quizás, que comunidades no católicas podrán celebrar la Santa Cena con las mismas plegarias que la Iglesia Católica” (15). Por otra parte puede ser por eso, que no tuvo ninguna dificultad en hacerse ordenar sacerdote católico permaneciendo protestante.

El mismo Osservatore Romano del 13 de octubre de 1967 admitía que “la reforma litúrgica ha dado un importante paso adelante en el campo del ecumenismo y se ha aproximado a las formas litúrgicas de la iglesia luterana”.
Un observador profano, el filósofo existencialista N. Abbagnano escribió en el diario italiano La Stampa del 15 de marzo de 1983:
“El Concilio Vaticano II ha eliminado o atenuado muchos aspectos tradicionales del rito católico, acercándolo a la participación total de los creyentes, que habrá sido el fundamento del luteranismo”.

2) Los pretendidos “abusos” litúrgicos son, en realidad, verdaderos “usos”

Los pretendidos “abusos litúrgicos” son en realidad usos autorizados por la movilidad del rito que deja muy amplia iniciativa a las conferencias episcopales, a sus comisiones y subcomisiones litúrgicas, y que permite “la creatividad de la Asamblea” y de su “presidente”. Es en virtud de esta movilidad, que tan numerosas celebraciones se transforman en profanaciones colectivas del Cuerpo y de la Sangre de Cristo y que la misma validez de la Consagración no esté más’garantizada como antes, por la estabilidad del rito fijado por Roma.

3) El concepto de separación entre Concilio yTradición no es fruto de una valoración exagerada

No es un ‘estrechez de pensamiento” como lo afirma el Cardenal Ratzinger, lo que “aísla al Concilio Vaticano II (de la Tradición) y que provoca la oposición”.
No. Ciertos textos del Concilio están realmente separados de la Tradición y no pueden en ningún caso ser conciliados con ella. No es solamente que “muchos comentarios dan la impresión” que con el Vaticano II todo ha cambiado y lo que lo ha precedido no tiene más valor. No. Existen textos del Concilio que han constituido un cambio en relación a lo que precedía y que por consiguiente necesitan una elección: o Vaticano II o la Tradición. Textos como Nostra Aetate para las religiones no cristianas,Unitatis Redintegratio para el ecumenismo y Dignitatis Humanae sobre la “libertad religiosa” conducen efectivamente, y con razón, “a preguntarse si la Iglesia de hoy es realmente aquella de ayer o si se la ha cambiado por otra” sin siquiera tomarse el trabajo de advertírselo a los católicos.
Existe un problema que no reside en una excesiva valoración del Concilio, pero que es -hecho gravísimo querer conciliar, contra toda lógica, “proposiciones incompatibles”; cosa evidentemente imposible para aquel a quien “la perversión modernista de la inteligencia” es decir, “el debilitamiento del sentido lógico” no le ha quitado “el temor de contradecirse”.
Es absolutamente imposible presentar todo el Vaticano II como “una parte de la íntegra y única Tradición de la Iglesia y de su fe”. Salvo que se quiera para esto abolir los principios de igualdad y de no contradicción, o inventar -lo que no nos asombraría demasiado en esta época propicia a los “inventores”- una noción- totalmente nueva de “Tradición” en la cual habría lugar tanto para la verdad como para el error correspondiente.

NOTAS 
(1) R. Th. Calmel O. P., Bréve apologie pour l’Eglise de toujours, en Itinéraires, sept.-oct. 1987, pág. 11.
(2) R. Amerio, Iota Unum, Paris, N. E. L., 1985, nª 38, pág. 71. (3) LeFigaro, 8-9 de junio de 1985 (cita reproducida del italiano).
(4) Paris, Fayard,1985, pág. 24.
(5) Ha. IIae., q. 39, a. 2.
(6) Cfr. Vaticano I, Denzinger 1828. (7) R. Amerio, ob. cit, n4 65, pág. 129. (8) Ob. cit., nª 66, pág. 131.
(9) Ob. cit., nª 65, págs. 128-129.
(10) C. May, Notwehr, Widerstand und Notstand, Viena, Mediatrix-Verlag, 1984.
(11) Cfr. Courrier de Rome, “Ni schismatiques ni excommuniés”. (12) R. Amerio, ob. cit., nª 65, pág. 127.
(13) Ob. cit., n4 322, pág. 588.
(14) L’Eglise en Alsace, enero de 1974, citado por L. Salleron, en La Nouvelle messe, Paris, N. E. L., 2ª ed.1981, págs. 193-194.
(15) La Croix, 30 de mayo de 1969, citado por L. Salleron, pág.
193.  

Visto en: http://www.statveritas.com.ar

 

 

 

 

 

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