Algunos de los malos frutos del Concilio Ecuménico Vaticano II

Visto en: http://www.criticadigital.com (Periódico anti Cristianismo)
Sin la mano de Dios

Cuando una monja deja los hábitos, no sale
en los diarios.Las mujeres se van de la iglesia
tan silenciosamente como entraron, a
diferencia de las noticias que van desde el
párroco de un pueblo que abandona la
institución hasta un obispo que, llegado a
presidente del Paraguay, tiene que reconocer
su paternidad. Algunas de ellas cuentan,
aquí, su historia.

Por Cicco
Fotos de Patricio Pidal, Héctor Río (Rosario)
y Leonardo Mainé (Montevideo)
¿Por qué antes de conversar no me mandás un mail con las preguntas? ¿Tenés para anotar?  Es desanudar@… com.ar” No es un zapatero el que habla. Ni un devoto de la Virgen Desatanudos. No trabaja tampoco en el puerto, amarrando barcos. La que habla es mujer, se llama Stella Maris Rollan y ha atado y desatado un nudo en su vida, de ahí el nombre de su correo electrónico.  Un nudo que la sujetaba a Dios.
Stella Maris fue monja durante quince años en Rosario.  Ingresó a la vida religiosa a los 16, arrastrada por un llamado directo del Señor, algo que suele suceder en las películas pero que, de tanto en tanto, ocurre también en las mejores familias. Mientras el cura oficiaba la misa en una iglesia en el barrio industrial de la ciudad, y hablaba metafóricamente del sembrador y la semilla, Stella Maris sintió que, de alguna forma, Dios golpeaba a sus puertas como un martillo neumático.
En ese entonces, a Rollan le encantaba la rutina de la iglesia y le caía simpática una monja salesiana, mansa, didáctica y sabía que vivía en el barrio. Antes de cumplir los 15, Stella Maris avisó a sus padres: no sería abogada penalista, no sería dentista, ni pediatra, ni modelo; les dijo que lo suyo iba a ser una pasarela pero hacia Dios.  “Si querés hacerte monja no te vamos a avalar —le advirtieron—, pero tampoco nos vamos a oponer”.
Rollan estudió dos años para postulante, otros dos como novicia y otros tres más finales para ingresar como neófita. Una carrera más extensa que para Derecho Penal. Antes de abrazar a Dios, Stella Maris debió dejar de abrazar, como muchas otras, a su novio. Dios será todopoderoso, compasivo y celestial, Dios todo lo sabe, todo lo entiende y todo lo escucha, pero si hay algo que no tolera es que sus seguidoras anden con novio.
Stella Maris Rollan
“Aunque había dejado a mi novio, en la iglesia me
enamoraba de todos: profesores, curas”, recuerda la
ex hermana, hoy con 60 años. “Así que me vivía
confesando”.
Ya con los hábitos puestos, Rollan viajó a Buenos Aires, al Chaco y a Roma, donde estudió Teología en el Vaticano en 1978. Pero allí comenzaría el principio del fin del nudo. “El viaje a Europa me abrió la cabeza y cuando volví sentí que ya no era la misma; después me enteré de que a otras compañeras les había pasado lo mismo”, dice Stella, hoy viuda y con una hija de 21 años. “Sentí que lo que hacíamos desde la iglesia ya no era más lo que necesitaban los jóvenes.   Me parecía poco.  Me involucré con el mundo del teatro. Sentí que Dios me quería fuera de la congregación.”
Cuando Rollan decidió colgar los hábitos en el María Auxiliadora de Rosario —una decisión meditada durante tres años—, no hubo un gran escándalo.  Los medios no le dedicaron ni una línea a su alejamiento.  Cuando la hermana Stella Maris decidió dejar la iglesia atrás, hubo apenas un pequeño chasquido, el equivalente a cortar el nudo con unas tijeras.  “Había compañeras que se iban de vacaciones y no volvían. Mandaban la caja con los hábitos junto a una carta y nada más. Otras anduvieron con amores.  En la época mía, se fueron cinco. Y éramos quince. Eso sí, yo hice todo como se debía. Es decir, no me escapé. Daba clases y me despedí de mis alumnos y mis compañeras. La puse sobre aviso a la Madre General y ella mandó una carta al Papa. Y el Papa la respondió”.
—¿Qué decía la carta del Papa?
—Que mis votos quedaban sin efecto. Volví a ser una mujer como todas.
El reino de las sotanas
“A diferencia de los sacerdotes que reciben el sacramento del Orden Sagrado, que, como el bautismo, implica un compromiso de por vida —dice el padre Daniel Echeverría, misionero de la congregación de Sagrados Corazones de Jesús y María—, las religiosas realizan votos que, al ser dispensados, vuelven a la condición de laicas, pues la religiosa no es un clérigo. Ni el equivalente a un sacerdote en mujer. El ministerio sacerdotal es otra cosa”.
El primer día en que Rollan desató su nudo, recogió el equivalente a mil pesos de manos de la Madre Superiora del colegio donde vivía —un monto simbólico para reinsertarse socialmente— y se fue de compras. “Fui con mi hermana a comprarme una blusa y una pollera”, se acuerda Stella Maris. “Es que no tenía prácticamente nada para ponerme”.
Stella estaba contratada como catequista en dos colegios, pero pronto se quedó sin empleo, sin casa y viviendo de prestado en hogares de amigos. La vida para una ex religiosa es un salto sin red. Y no hay mano de Dios esperándolas allá abajo, en el fondo de la caída.  Como parte de su nueva relación con Dios, Stella fue una de las fundadoras de un centro de rehabilitación para adictos llamado AVCD, donde se enamoró perdidamente de un ex cocainómano: Alejandro.
Se casaron por iglesia y tuvieron una hija, Claudia, en 1988. Pero pronto Alejandro volvió a consumir. “Fue un desastre.  De nuevo empezó a tomar cocaína. En esa época, se inyectaban. Y comenzó a salir a robar para pagarse la dosis. Cayó preso muchas veces, entraba y salía”, la voz de Stella se reduce a un hilito que pide ser cortado. “Hasta que lo excluí del hogar.  Por más enamorada que estuviera, era necesario cuidar a mi hija. Me divorcié en 1994. Él viajó a Capilla del Monte, en Córdoba a recuperarse. Y cuando volvió ya estaba enfermo. Lo perdí hace seis años. Fue el amor de mi vida.”
¿Por qué será que nunca escuchó hablar de la historia de Rollan? ¿Por qué, ni aunque viva en Rosario, escuchó el rumor de la monja que dejó los hábitos y pronto se enamoró de un ex adicto, que acabó preso y murió a causa de las drogas?
Simple, porque Rollan es mujer. Si hubiese sido un hombre, sería noticia. No es necesario que sea obispo, llegue a la presidencia del Paraguay y empiecen a aparecerle hijos hasta ahora no reconocidos, como a Fernando Lugo. Un simple cura párroco de pueblo puede llegar a los diarios si deja los hábitos.  Es que, dentro de la iglesia, el rol de la mujer se ha reducido al sótano, a la oscuridad, a las sombras, a los cacharros. “Yo entiendo el machismo pero no lo acepto.  La iglesia está cada vez más separada de su origen —dice hoy Stella Maris—. En principio, Jesús andaba con mujeres y varones y no toleraba que nadie estuviera por encima del otro por el sólo hecho de ser varón.  Sin embargo, en la Edad Media cambió todo y nos dieron con un caño a las mujeres. El hombre cobró tanta fuerza que terminó en una batalla campal de géneros. A mí, en la iglesia me discriminaban en todo —recuerda Stella—. Era terrible. Pero yo era medio rebelde como monja. Y en los últimos tiempos, volvía al convento a medianoche o ni siquiera iba a dormir. Como andaba con varones todo el tiempo, amigos y alumnos, estaba mal vista dentro de la congregación”.
“A las mujeres les está negado el ministerio sacerdotal —retoma el padre Echeverría—. Y casi no participan de las instancias de gobierno y decisión: en diócesis, obispados, vayas donde vayas, todo pasa siempre por manos de varones. Las mujeres trabajan como nadie en la iglesia, pero oficialmente están al margen de los espacios de decisión. En los inicios, eso era distinto. Jesús curó a la suegra de Pedro, por lo tanto Pedro no era célibe. A Jesús eso, en apariencia, no le importaba”.
“La sociedad es machista, y la iglesia, desde luego, también parece serlo casi al modo de un lente amplificador”, deduce Sonia Budassi, autora del libro Mujeres de Dios, la inmersión periodística más fascinante en torno al mundo de las religiosas en la Argentina. “El machismo en la iglesia es algo que admiten casi todas las hermanas de distintas congregaciones. Históricamente, siempre fue más fácil la vida de los sacerdotes que la de las monjas.
Incluso, algunas congregaciones nacieron sólo para ‘asistir’ a los curas, en las capillas y con los trabajos domésticos. Si bien eso se fue modificando, todavía los hombres son quienes mantienen los lugares más importantes de poder, y son los protagonistas de la mayoría de las intervenciones públicas de la iglesia”.
Cada vez menos consagradas
Los censos de religiosas hoy en día caen más bajo que las acciones de General Motors. En la Argentina, los registros dan cuenta de la presencia de 13.423 mujeres consagradas religiosas allá en 1961. Al año 2000, el último censo realizado hasta la fecha, es decir casi cuarenta años más tarde, la cifra se desbarrancó a 9.113.
Un tercio de las religiosas no se renovó, se jubiló, o directamente entregó una caja con los hábitos y desapareció, no de la faz de la Tierra, pero sí de la faz de la iglesia.  Fuera de la mirada de ese Dios que, bajo ningún aspecto, quiere novios cerca. “¿Por qué una mujer deja la vida religiosa?”, se pregunta Adriana Barbieri, de la congregación de Hermanas Misioneras Redentoristas. “Porque consideran que no es para ellas. Porque las obras que hay que sostener desde la institución ya no responden al carisma de la Congregación, pero se las mantiene con mucho trabajo y ellas no quieren vivir más así.  Porque se enamoran. O porque las estructuras de la vida religiosa a veces se vuelven una traba para la radicalidad evangélica que ellas desean vivir”.
“Dejar los hábitos es parte de un ejercicio de libertad que antes del Concilio Vaticano II, según cuentan las propias hermanas, no era tan frecuente”, continúa Budassi, la periodista, quien sondeó a cuatro hermanas que abandonaron la iglesia y le hablaban de su alejamiento como un divorcio. Le contaron cómo había que empezar la vida de cero. Pero también en ciertas congregaciones le describían su estadía como algo diferente al paraíso bíblico.  Más bien, como un lugar más abajo del paraíso bíblico.  Mucho más abajo. “Hasta ver a tu familia estaba mal visto”, le explicaban.
“Te preguntaban: ‘¿Por qué la vas a ver? ¿Te sentís mal?’”  Sólo una de las cuatro mujeres aceptó hablar, con seudónimo, para el libro de Budassi: una ex religiosa de 29 años apodada Rosario.  “Yo me había decidido a dedicarle la vida a Dios, era re copado, pero después… no”, le contó la ex monja de jeans, botitas y cartera en una pizzería del centro. “El corralito era una pavada al lado de todo lo que pasaba adentro”.
“Rosario empezó a somatizar su malestar —apunta Budassi—.  La congregación había pasado por un juicio no sólo eclesiástico sino civil y penal y, según contaba, se vivía una situación de mucha exigencia que no pudo resistir. Se enfermó, la internaron y, a partir de ahí, pidió volver a su casa y realizar el trabajo de ‘discernimiento’ (replantearse si esa era su vocación) fuera del convento. En esa comunidad, las chicas ingresaban siendo muy jóvenes y el proceso de discernimiento por el que decidían tomar los votos transcurría en poco tiempo. Era frecuente que las chicas tomaran los primeros votos habiendo estado sólo un año en el convento, cuando lo habitual en otros lugares es dejar pasar por lo menos tres años”.
“Hoy en día la iglesia católica es una institución sumida en una crisis gigantesca”, exclama Claudia Touris, coordinadora del Grupo de Trabajo de Religión y Sociedad en la Argentina Contemporánea —Relig-Ar—, en el Instituto Ravignani de la Universidad de Buenos Aires. “A pesar de que las normas se han flexibilizado mucho y hoy muchas religiosas pueden vivir en pequeñas comunidades, les está permitida la inserción universitaria y el trabajo intelectual, hay cada vez menos mujeres jóvenes que desean optar por esta forma de vida tan sacrificada. En la iglesia primitiva la mujer podía ejercer el diaconado. Su exclusión de las esferas de gobierno de la iglesia fue el resultado de un proceso histórico en el que la iglesia moldeó una concepción organicista y misógina, donde las mujeres fueron relegadas y silenciadas además de ser estigmatizadas como el símbolo de la debilidad y la perfidia sexual”.
El padre Echeverría, el misionero, dice que la estampida de siervos y siervas de Dios es una ocasión única para revisar todas esas cosas que en la iglesia no se sostienen más. Una ocasión que puede ser considerada una de las últimas antes del Día D, el día de la deserción definitiva, cuando no quedarán ni las ostias. “Esto es como un grito. Lo que ocurre es que en la iglesia no sabemos discernir por qué se va la gente de la vida religiosa. Algo está pasando. Hay una necesidad detrás de ese grito que hay que saber interpretar. Si no, parece que la institución nunca tiene que preguntarse por nada.
Hay cosas que no van más y que requieren un replanteo interno de la vida religiosa. El estilo de ejercicio de la autoridad donde se supone que hay superiores e inferiores, el modo de gobernar las congregaciones, la forma de vida, que en muchos casos promueve estilos infantilistas. Esto coincide con cierto estilo de vida religiosa que fomenta inmadurez. Un estilo donde las decisiones importantes las toman otros. Seguir a Jesús requiere que seamos personas adultas y maduras.”
“Ir con los jesuitas era, para mí, como ir a un shopping para una compradora compulsiva”, revela una ex religiosa en el libro Mujeres de Dios.  “Estaba lleno de pibes re-estudiosos e intelectuales.  Era imposible no enamorarme… No tenía ni idea de qué era que me tocaran la espalda… No sabía qué era la masturbación ni que las mujeres podían masturbarse. Algo básico, y yo ya tenía veinte años”.  Para muchos psicoanalistas, el mundo de los religiosos es una caja de sorpresas. Ni qué hablar del contenido de esa caja en manos de un ex religioso: es todo un mobiliario de sorpresas.
Hay terapeutas que sostienen que, para indagar por qué la gente deja los hábitos, hay que analizar, en primera medida, por qué los abrazan.  Ricardo Litvinov, psiquiatra y psicoanalista, desde hace tiempo investiga sobre el elemento común a todas las religiones e iglesias: la mística.  Él es uno de los que afirman que, para saber cómo termina una mujer consagrada a Dios quitándose los hábitos y corriendo a comprar blusa y pollera, hay que saber cómo empieza la historia.
“Religión viene de re-ligar o sea volver a unir algo que en un momento estuvo unido”, apunta Litvinov. “Tiene que ver con la espiritualidad. Iglesia, en cambio, quiere decir ‘lugar de la reunión’ y apunta a una institución humana cuyo principal objetivo es preservar el poder de la casta sacerdotal.   Cuando la vocación es religiosa, el abandono puede producirse al comprender que en las instituciones actuales la espiritualidad es rechazada porque es absolutamente incontrolable.
Muchos de los más famosos santos de la Iglesia Católica, precisamente los más espirituales como San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Ávila o San Francisco de Asís, fueron durante su vida ignorados, perseguidos y aun torturados por la misma institución a la que pertenecían, y que luego de muertos, cuando ya eran controlables, se los canonizó. En el caso de la vocación eclesiástica, las razones de ingreso son tan variadas como lo son para ingresar a cualquier institución: la seguridad y protección, las ventajas materiales, la sensación de superioridad. Y el abandono se produce cuando estas expectativas no son satisfechas o se pierde la esperanza de obtenerlas, o se empieza a sentir que el precio a pagar es demasiado alto”.
Lo difícil es salir
Ana María Catalina Cerri tiene nombre de religiosa.  A decir verdad, Cerri era religiosa, formaba parte de la congregación del Sagrado Corazón, en Rosario, desde los 24 años. Hasta que decidió colgar los hábitos, doce años más tarde, como quien cuelga un sombrero de copa. “No me bancaba la vida en comunidad”, dice hoy Cerri, 62 años y traductora del italiano. “Todo lo que fuera demostración de afecto era sospechosa. No te rías. No uses el hábito muy corto. No escuches a Charly García.
A mí me gustaba Paul Williams y las monjas se querían morir”.  A los 15, Cerri había perdido a su mamá, enferma de tiroides. Desde entonces, buscaba una imagen fuerte de mujer que la sustituyera. “Un día, leí la biografía de Cabrini, la fundadora de mi congregación y me dio vuelta la cabeza. Tenía una fuerza esa mujer. Para mí, la vida religiosa fue la salvación. Yo era hija única. Sin madre. Y con un papá que me daba mucha libertad. Yo entré a la congregación en el 74. Si no me hubiese hecho monja, estate seguro: hubiese sido guerrillera o drogadicta”.
Cerri no recuerda que nadie la haya discrimina- do dentro de la iglesia por ser mujer. “Es que las hermanas tienen una cosa de excesiva pleitesía con los sacerdotes y obispos, y eso puede confundir”, recuerda ella. “Para muchas, ellos son como Cristo en la Tierra”. No la relegaban los hombres pero sí Ana María sentía que, al tener título universitario —se recibió en comunicación social, y al día siguiente de dar su último final, se metió en el convento—, provocaba cierto recelo entre sus pares.
Es decir, era víctima de una discriminación académica. Dentro de la congregación muchas veían en la hermana Cerri, una candidata firme a convertirse en Madre Superiora. Y eso a cierta gente no le caía, digamos, como Dios manda. “Ojo, no sé si era una persecución mía esta discriminación”, se ataja. “Es que en la iglesia hay de todo: personas dedicadas, personas a las que sólo les interesa el poder y hasta personas santas, de verdad. Pero una vez llegó una carta donde la Madre General de la congregación desde Roma pedía que yo fuera a una convención en los Estados Unidos. Entre todas, me elegía a mí. ¡Y nunca me pasaron esa carta!
Cuando me llamaron por teléfono para saber en qué vuelo viajaba, yo no sabía ni de qué me estaban hablando”.  Apartada de la iglesia, Cerri hizo de todo: fue chofer de un abogado y directora de un geriátrico durante 22 años. Ahora prepara los papeles para jubilarse. “Entrar al convento es fácil”, se acuerda hoy. “Lo difícil es salir. A mí siempre me decían: ‘Esperá un año más hasta que estés segura’. ‘No te vayas si no estás convencida’.
‘Aguantá otro año más’. Y así iba pasando el tiempo. Y pasaba y pasaba mi vida.” Hasta que Cerri no aguantó más.  Pecadora y anarquista Si no escuchó la historia de la rosarina Stella Maris Rollan, menos habrá escuchado la de Elsa San Martín, hoy en día auto autoproclamada teóloga feminista, una de las mayores estudiosas del tema del machismo en la iglesia. Otra que colgó los hábitos porque entendió que Dios atendía en otra parte, fuera de la iglesia.
Hija única, oriunda de la localidad de 9 de Julio. De madre directora de escuelas y padre hombre de negocios y ex funcionario del Ministerio de Salud Pública, a la pequeña Elsa un detalle importante la acercó a la iglesia, un detalle que arrastra a miles y miles de fieles al año, a los pies del Señor: la culpa. “Empecé a sentir que mi vida no estaba orientada a aquello que pedían los principios católicos. Y ahí toqué fondo y pensé una salida para no seguir en una vida ‘pecaminosa’. Me dije: ‘sublimemos esto y vamos a empezar una vida religiosa’”. ‘Esto’, para la futura hermana Elsa, era su predilección por las mujeres. A diferencia de Stella Maris, enamorada de un preso, a Elsa le gustaba algo todavía más escandaloso para la época: le gustaban las chicas. Y al mismo Dios que no le gustan los novios, tampoco le gusta que las mujeres se sientan atraídas por otras mujeres. “Lo que me pasó a mí le sucedió a mucha gente que conozco. Muchas y muchos empiezan una vida religiosa por tener una orientación sexual ‘fuera de la norma’ de la sociedad”. Con el apoyo de sus padres, San Martín ingresó a los 23 años a la Compañía del Divino Maestro, con su lesbianismo guardado en el ropero. “Dentro de la iglesia, hay dos caminos: la vía reactiva y la contemplativa.  Monjas son las que están más encerradas, religiosas son las que tienen más contacto con la gente. Yo era religiosa. Son tres los votos que una hace: castidad, pobreza y obediencia. Una vez mamá me compró un tapado de Harrod’s, carísimo, y se lo regalé a una monja que no tenía otro abrigo. Era de pelo de camello, impresionante”.
En sus años dentro de la Iglesia Católica, Elsa vio cómo la vida de las hermanas y sacerdotes que la acompañaban se desenvolvía con el pulso de un actor de teatro: arriba del escenario, un personaje; abajo, otro, verdadero, con apetitos carnales que el Dios bíblico condenaría al último de los roperos. “En la iglesia hay machismo y hay misoginia”, exclama Elsa, hoy en pareja estable con una mujer. “Y hay líneas de ascenso de jerarquías que son absolutamente por contactos gays.   O sea, dentro de la iglesia hay líneas de ascenso hacia un mayor poder hasta llegar a Roma donde los religiosos homosexuales escalan mucho más rápido que los heterosexuales. Es la doble moral bien instalada. No pasa lo mismo con las lesbianas, que quedan, quedamos, invisibilizadas y ocultas. Una cosa era aquello del principio de vivir y compartir en una comunidad, y otra muy distinta cuando ves la jerarquía y ese orden jerárquico. Y como anarquista que soy, eso siempre me molestó. Ahí empecé a rebelarme”.
En esa doble vida fuera de bambalinas, los propios hombres,  según San Martín, tienen más ventajas sobre las mujeres. El poder lo mantienen arriba y abajo del escenario. Es un mandamiento que no encontrará escrito en ninguna parte. Hay que padecerlo. “Los sacerdotes prácticamente nunca conservan el celibato y la castidad.  Y eso, para los curas en las parroquias, es algo que siempre existió. Se lo llamaba el amancebamiento.
El cura amancebado es el que tiene una mujer en su casa parroquial que lava, plancha, cocina, limpia y tiene relaciones con él. La Iglesia Católica hace la vista gorda con los curas. A mí no me importarían estas cosas, si la misma iglesia no predicara el celibato. ¡Decime si eso no es doble moral!”  En 1972, Elsa ingresó a la vida religiosa junto a sesenta hermanas. De acuerdo a sus cálculos, seis abandonaron. Al igual que Rollan, San Martín tenía un obstáculo inmobiliario con la vida religiosa. La primera sentía que Dios estaba del lado de afuera de los muros de la iglesia.
San Martín, en cambio, sentía que el techo que la institución le ofrecía era demasiado bajo. Después de siete años consagrada a la iglesia, Elsa descubrió que ese Dios patriarcal no tenía mucho más para ofrecerle. “Me di cuenta de que no podía crecer más. Estaba en un lugar donde no podía acceder al sacerdocio. Te cuesta volver a insertarte en el mundo común y corriente porque ahí, en la congregación, tenés todo solucionado: trabajo, casa, comida paga y salud. Yo salí al mundo a pelearla de nuevo”.
En 1984, se despidió de la iglesia, alquiló un campo en La Cumbre, en Córdoba y se fue a cultivar lechugas y a criar vacas junto a su novia. “¿Por qué no llama la atención cuando una mujer deja los hábitos?”, se pregunta Elsa, a 35 años de aquella decisión. “Porque somos las oprimidas del sistema. Las invisibles.  No importamos demasiado. No importa si dejamos o no los hábitos, si vamos o venimos. Somos mujeres. Y no tenemos poder. Ya sé, me salió la feminista, ¿no es cierto?”
El paso de San Martín por la iglesia la dejó más indignada que panelista de programa de la tarde. “Lo que me enoja del Papa Benedicto es que se trata de uno de los tipos mejor vestidos del mundo. Se compra todo en Armani. ¡Es lo contrapuesto a Jesús!”, dice hoy la ex hermana, con las mejillas en rojo. “El hijo del hombre, dice el Evangelio, no tenía dónde reclinar su cabeza y ¡estos se sientan en tronos de oro!”
Hoy en día, San Martín proclama que Dios se encuentra en cada uno de nosotros. Cada ser humano es divino, dice. A los 63 años, alejada de la iglesia, jura que se siente cada día más cerca del Señor. Ahora que está lejos. Elsa lo siente cerca.
Monjas en tiempos de Facebook
Fue mérito de Omar Romay: en 1989 logra que una monja se vuelva popular.  La extraña dama —protagonizada por la siempre sufriente Luisa Kuliok— convierte al convento en decorado de TV y reafirma algunos de los clichés más habituales con respecto a la vida religiosa.  ¿Quién no ha escuchado a una abuela contar la historia de una chica que luego de un desengaño amoroso “se metió a monja” como hizo Luisa en el papel de Sor Piedad? Lo cierto es que el desconocimiento motiva el morbo, el morbo a las historias bizarras, las historias bizarras al prejuicio, el prejuicio a la discriminación, el estereotipo a encapsular lo desconocido bajo diversos rótulos (aunque no necesariamente en ese orden). La sabiduría popular estigmatiza: se presume que las monjas son todas locas, lesbianas, reprimidas y represoras. O, en el otro extremo, que son santas, entregadas al prójimo, piadosas, mártires.
Hubo una época en que más que legítimo resultaba natural pensar, por ejemplo, que si no tenías un novio no quedaba otra que entrar al convento. Hoy las opciones se multiplicaron y elegir la vida religiosa ya no brinda prestigio social.  Las monjas quizás sean la representación más extrema de ese “otro” incomprensible, monstruoso, antinatural. Valores antes considerados trascendentales, cuestiones que van desde la virginidad hasta la entrega a un proyecto colectivo, ahora están mal vistas. Al mismo tiempo, ser monja en estos días puede significar —más allá de un mayor acceso a la educación— cosas distintas según la congregación.
Siguen existiendo las monjas de clausura.
Las que ayudan en zonas de marginalidad extrema. Las que administran colegios.  Las que asisten a mujeres en situación de prostitución. Las que destruyen cualquier generalización posible sobre las religiosas como gente anticuada, solemne y conservadora: varias hermanas manejan Internet mejor que un adolescente.
Usan twitter, facebook y tienen blogs en los que cuentan desde sus paseos en bicicleta hasta su vida en comunidad. En algunos casos no sólo están bien escritos, sino que son divertidos, como el blog de Sister Julie (anunslife.org). Julie también usa twitter, donde escribe en 140 caracteres sobre otras hermanas, sobre las películas que ve, las conferencias a las que asiste y, desde luego, sobre temas religiosos.
Tiene más de 300 seguidores.
Lo que todas parecen compartir hoy, entonces, es cierto estigma. Lo que nos lleva a pensar que, a diferencia de otros momentos históricos, ya ninguna mujer ingresa al convento por presión social; sino, en todo caso, por una decisión personal que no suele generar demasiada empatía en el común de la sociedad.
* Autora del libro Mujeres de Dios.
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